Un camino
enterrado en su tierra misma, el campo monocromático sin ser ganado. El olor a
tierra, la tierra que entraba al auto y la tierra que, gracias a la luz, era
visible. Un motor, Josefina que lloraba, Josefina iluminada por los reflejos
del sol. Yo iba adelante, atento a que no se cruzara un animal. El abuelo no
veía bien, no quería usar anteojos y me encargaba esa “misión” a mí. Misión que
me ponía nerviosa y tensa. Nuestra vida y la de algún otro animalito dependían
pura y exclusivamente de mí. Josefina lloraba siempre. Papá decía que Josefina
ya había nacido llorando lo cual después me enteré que nada tenía que ver con que
Josefina llorase tanto en ese momento. Todos naciendo lloramos. Así que así iba yo. Dura, tensa y con una
responsabilidad que me habitaba todo el cuerpo. Además Cocó, mi abuelo, no
escuchaba, no hacía más que fumar y atrás el llanto de Josefina. Adelante la
radio sorda del abuelo, el ruido rosa y la tierra. Cinco días en el campo del
abuelo. Josefina lloraba cuándo llegábamos, cuándo mis viejos se iban, cuando
dormíamos, cuando comíamos, cuándo nos íbamos y todavía más si alguien iba a
ocupar su lugar. Y ésta era la ocasión. Había llegado mi segunda hermana,
Juana. La tercer mujer. Todas con jota. Algo de apuros, de nostálgicos apuros. Cada cigarrillo consumido era para mí algo que
ya me había perdido de los primeros momentos de mi hermana. Debía ser la
primera y probablemente la única vez de Cocó en la ciudad durante varios años.
Y yo que pensaba que cuando entremos iba a tener que advertirle de tantas cosas
más. Entonces la tierra, la radio, el mate, el llanto de Josefina, la entrada a
un pueblo cercano y la F100 que recalienta y hay que esperar que baje la
temperatura. Son como 40 cigarrillos que me pierdo de Juana, que espero que no
llore, pienso yo.
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