Su pelo, en mechones finos, flotaba en la pileta. Eso
fue lo primero que alcancé a ver. Lo más importante que saltaba a la vista, sin
dudas, era el cuerpo, semidesnudo, y la sangre. Pero, apenas me acerqué al
lugar, enfoqué mi mirada en el pelo de la chica. Pegoteado por el tiempo, se
había vuelto un sol de algas marrones. Después sí, me animé a seguir el resto
de la imagen. Casi no quedaba agua en la piscina, sólo unos quince, veinte
centímetros, porque la estaban vaciando, y aunque los disparos en su espalda se
veían bien desde la altura del borde, hasta del trampolín, porque eran de una
pistola de calibre grande, mis ojos iban y venían de la evidencia de la muerte,
a su pelo, que flotaba, y que parecía seguir viviendo. Creí que podría ser uno
de esos pálpitos de detective que ayudan sólo a los experimentados, y decidí
empezar por ahí. Si mi inconsciente me llevó una y otra vez a la cabellera, era
muy probable que guardara algún secreto para mí.
Como habían tomado las pruebas, pedí que la removieran
con cuidado. Y cuando el agua había bajado por completo, ahí sí, sentí pánico.
El mismo que me golpea por unos tres segundos, no más, cada vez que me acerco a
una persona asesinada. No importan mis veinte años de profesión, los testigos
que me rodeen, ni la protección policíaca; en el momento de tomar contacto con
la escena de un crimen, siempre tengo tres segundos de pánico. De ganas de salir
corriendo a un lugar tranquilo, alejado del mundo caníbal. Nadie lo nota a mi
shock, por supuesto, porque aprendí a disimularlo, llevo muchos años en este
ejercicio, pero tampoco lo puedo evitar.
Bajé por la escalerita de la pileta olímpica más linda
que vi en mi vida, con el estómago comprimido. Ya no había líquido, pero el ámbito
me ahogaba igual. Y cuando toqué la base con mi zapato, había llegado al
infierno. ¿Qué clase de persona habría querido matar a una mujer tan joven,
linda, querida? Se llamaba María Clara Ertuzi, era modelo, y dos veces por
semana iba a nadar ahí, un club de campo que había fundado su abuelo, y que
estaba poco poblado, en especial, los días hábiles. Ella tenía dieciocho años y
buenos hábitos. Según mi hija, que había sido su compañera en el colegio, casi
nunca salía de noche. “Se cuidaba mucho”, me dijo por teléfono cuando le avisé
lo que había pasado. No vivo con mi hija, desde que me separé, hace un par de
años, pero hablamos seguido. Y aunque estoy seguro que no conocí a la modelo en
vida, el asesinato de Clara Ertuzi me caló hondo, porque nunca antes me
designaron un caso que tocara en algún punto a mi familia. Se me hizo
inolvidable. Me pregunto si hasta la misión de mi carrera toda haya sido este
proceso. Todavía me parece verla, tirada, como una muñeca rota. En el fondo
turquesa claro, la sangre casi negra, inmóvil, acompañaba su cadáver. La sangre
es siempre fiel, cuesta arrancarla de su origen, separarla de quien fue parte
íntima. La sangre y el pelo resplandecían para decirme algo.
El funeral fue tristísimo. Fui con mi hija, que estaba
desvastada. Creo que la adolescencia es la peor edad para despedir un amigo. Bajaron
el féretro de a poco, con unas poleas, y el llanto de sus padres y hermanas
selló la mañana a fuego, todavía me acuerdo. Pensé que, en estos momentos, en
cada último adiós, en compensación a la muerte, lo que está alrededor se hace
más vívido. Se intensifica la percepción de la existencia. Los presentes
sienten el corazón en la boca, las emociones en la piel, la inflamación de los
sentidos. Los ojos de mi hija y de la mamá de la asesinada, por ejemplo,
parecían bombitas de agua a punto de explotar. Las voces eran muy agudas, o lo
más profundas posibles. Las caricias a cada cosa, la madera lustrosa del cajón,
las últimas flores, el mármol frío, se hacían con conciencia, como las caricias
de los ciegos. Entonces entendí que, incluso si el resultado de la investigación
fuera óptimo, si lográbamos desentrañar el caso entero, no me iba a satisfacer.
El dolor era tan grande, que una condena ejemplar no iba a amainarlo. Quizás,
el tiempo, pero yo no podía hacer nada para que corriera más rápido.
Cuando volvía
a la estación, para ponerme a trabajar, especulé también sobre cuándo iba a
verla sonreír de nuevo a mi hija. Ella es una chica melancólica, y tuve miedo
de que pasaran meses hasta reencontrarme con su sonrisa. Tan luminosa. Así como
las flores de los lugares donde el invierno es crudo, son las más coloridas en
primavera, cuando mi hija, que es nostálgica, sonríe, uno no puede hacer otra
cosa más que mirarla con ojos de enamorado. Mi ex esposa me decía que yo la miraba
así a la nena. Nada puede distraerme de sus sonrisas, son hipnotizantes.
Veinte cuerpos de expedientes, y trece meses después,
conseguimos atrapar al asesino. Y la prueba determinante fue un mechón del pelo
de la modelo. Sentí un dolor en el pecho cuando lo toqué. Era un bucle atado
con un clip de metal, y estaba retorcido en uno de los bolsillos del tipo. Me
acuerdo que el pelo todavía brillaba, como esperando él también que lo
rescatáramos. El homicida era un profesor de equitación, que ella había contratado
durante únicamente un mes, un año antes de que la matara. Y aunque él borró la
evidencia, quiso quedarse con un poco de su pelo y con una foto que encontramos
en un cajón de su escritorio. En la imagen, que era en blanco y negro, María Clara
estaba sola dentro de la enorme pileta, y llevaba un traje de baño distinto al
de la tarde de su muerte. Había sido tomada en la profundidad de la piscina, como
al acecho, y se veía el cuerpo de la chica, pero no su cara, que salía del agua
y del cuadro. Por esto el hombre habrá pensado que la foto no era prueba
suficiente. En el fondo, los delincuentes quieren que los atrapen algún día, y
que se acabe todo.
Tantas veces fue el idéntico móvil, las exactamente
iguales razones retorcidas… En definitiva, este trastornado, al no poder
seducirla, cayó en la estúpida conclusión de que ella no podría ser de nadie
más tampoco. Él mismo lo confesó cuando lo acorralamos. Se había refugiado en
su pueblo natal, algo que hacen muchos, como si intentaran volver atrás en el
tiempo. Lo emboscamos ahí, una tarde muy calurosa. “¡Ella me mintió! ¡Jugó
conmigo!”, repitió hasta al cansancio los ciento cincuenta kilómetros del
trayecto a tribunales. Fue horroroso comprobar que lo más bello puede desaparecer
en manos de lo más repulsivo. De las entrañas oscuras y agusanadas de la
tierra, surgen flores preciosas pero, aunque conocen el sol por un tiempo,
terminan su vida en la misma oscuridad.
Ese último día, tras cerrar la investigación
definitivamente, volví solo al cementerio y deposité en la tumba de Ertuzi una
rosa china de dos colores, de las que crecen en el jardín de mi casa. Se va
convertir también en una sustancia pegajosa y oscura con los días pero,
mientras tanto, va a alegrar un poquito a quien la vea. Como alegran las
sonrisas de mi hija que, por suerte, volvieron. Como alegraba María Clara con
sus ojos color miel y con su pelo.
María Silvana Méndez
Mayo 2013
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