miércoles, 29 de mayo de 2013

La Jota

Un camino enterrado en su tierra misma, el campo monocromático sin ser ganado. El olor a tierra, la tierra que entraba al auto y la tierra que, gracias a la luz, era visible. Un motor, Josefina que lloraba, Josefina iluminada por los reflejos del sol. Yo iba adelante, atento a que no se cruzara un animal. El abuelo no veía bien, no quería usar anteojos y me encargaba esa “misión” a mí. Misión que me ponía nerviosa y tensa. Nuestra vida y la de algún otro animalito dependían pura y exclusivamente de mí. Josefina lloraba siempre. Papá decía que Josefina ya había nacido llorando lo cual después me enteré que nada tenía que ver con que Josefina llorase tanto en ese momento. Todos naciendo lloramos.  Así que así iba yo. Dura, tensa y con una responsabilidad que me habitaba todo el cuerpo. Además Cocó, mi abuelo, no escuchaba, no hacía más que fumar y atrás el llanto de Josefina. Adelante la radio sorda del abuelo, el ruido rosa y la tierra. Cinco días en el campo del abuelo. Josefina lloraba cuándo llegábamos, cuándo mis viejos se iban, cuando dormíamos, cuando comíamos, cuándo nos íbamos y todavía más si alguien iba a ocupar su lugar. Y ésta era la ocasión. Había llegado mi segunda hermana, Juana. La tercer mujer. Todas con jota. Algo de apuros, de nostálgicos apuros.  Cada cigarrillo consumido era para mí algo que ya me había perdido de los primeros momentos de mi hermana. Debía ser la primera y probablemente la única vez de Cocó en la ciudad durante varios años. Y yo que pensaba que cuando entremos iba a tener que advertirle de tantas cosas más. Entonces la tierra, la radio, el mate, el llanto de Josefina, la entrada a un pueblo cercano y la F100 que recalienta y hay que esperar que baje la temperatura. Son como 40 cigarrillos que me pierdo de Juana, que espero que no llore, pienso yo. 

martes, 28 de mayo de 2013

20 centímetros

Corría el mes de abril. Los destrozos del último huracán habían bajado los precios de Miami hasta un piso no visto desde la década del 60, en ocasión de la crisis de misiles entre Kruschev y aquel “irlandés”. Siempre que viajaba a ese punto del Caribe, se hospedaba en el Raleigh. No sabía si el art deco le gustaba más que las mujeres, por eso se empecinaba en perseguir mujeres en la pileta de su hotel favorito.
 Miró de reojo la piel de naranja de su old fashioned, que se movía lentamente de izquierda a derecha, sin poder completar una vuelta entera. Los hielos duraban poco en ése vaso y en ése abril; los mozos ya no eran negros, pero insistían de la misma manera en el servicio permanente.No recordaba (y cabe aclarar que mientras más años se tienen, menos se recuerda) haber vacilado tanto antes de ubicar en el podio a semejante piel. Morena, firme, brillante, con un imaginario aroma a olivas toscanas que la convertía en el mejor de los deseos. El sol de las dos de la tarde le pegaba al agua de la pileta en un ángulo tal que ella quedaba como decapitada, separada de la perfección indecible de su cuerpo exultante.  Podría haber hablado sueco, ruso o inglés. Podría incluso haber hablado alemán que ello no la hubiese afeado. 
Comenzó a palpitar un acercamiento. La veía carísima y amable; se la imaginaba con algunos pruritos antes de aceptar una invitación, acaso solamente de una copa. Olfateaba que esos dedos dejarían estela por donde se movieran; ardía por probar una y otra vez las resistencias corporales de esa hembra. El viento moviendole el pelo lo habría enamorado para siempre, pero afortunadamente estaba en Miami. Sintió un tirón en la entrepierna y bajó la mirada para comprobar que todo estuviera allí. 
Pensó, inesperadamente, en todas esas putas que había contratado. Pensó en aquella ninfómana bengalí, que dejaba propina a los clientes que “realmente la penetraban bien”. Pensó en aquella madre nicaragüense tan bonita y tan desesperada, que cayó en la prostitución por apenas 12 dólares. Pensó incluso en su propia madre, que había fregado pisos por bastante menos dinero. Pensó en sus dos hijas, a las que apenas si sabía invitar a cenar. Pensó en su hermana, tan puta y sin futuro. Pensó que casarse con su mujer fue de las pocas cosas que no se arrepentiría en ésta vida, que para él siempre había sido sólo de pecado. Pensó que se tomaría otro old fashioned cuando todo aquello hubiese terminado, y que en el mundo que él imaginaba para su descendencia, no podían faltar las putas. Juntó un billete de 20 dólares entre sus dedos mayor e índice y le hizo una seña al mozo.

-¿Qué cotiza la puta esa de la piscina? - le dijo a uno que probablemente sería cubano o portorriqueño, en español neutro.
- Señor, aquí no hay putas - le contestó el mozo, algo turbado por la pregunta.
- Muchacho, a tu edad yo ya conocía la verdad de éste mundo: que las putas las hay en todos lados - y le dio los 20 dólares de todos modos, porque ésos estaban perdidos cuando salieron del bolsillo, antes de tocar la mano del destinatario.
Apuró el trago y se incorporó. Con un ademán que imaginó opulento, acomodó su miembro a la derecha del cierre del pantalón. Comenzó a dibujar su sombra sobre el blanco de las baldozas del patio del Raleigh, y luego la perdió al llegar las oscuras. Sorteó con tranquilidad lo que parecía una barrera infranqueable de reposeras hasta llegar a esa morocha de ensueño. Acarició con sabiduría los contornos de su barriga. No hizo nada por disimularla; no contuvo el aire, no usaba ropa blanca. Se agachó para susurrarle algo al oído a ella, que parecía tan de otro planeta. Vio su rostro reflejarse en el agua y se sintió joven y con fuerzas, y no volvió a recordar a sus hijas. 
- Dos mil dólares por lo que queda de la tarde, y otros dos mil dólares si te quedas a la noche - le dijo con seguridad y con poder de cancelación; lo dijo olfateando ese aroma inconfundible de la tinta que usa el departamento del tesoro norteamericano. 
La chica hablaba español, por supuesto, aunque a Nicolás poco le importara. Ni siquiera levantó la mirada para contestarle. Meneó la cabeza, jugueteó un poco con el agua entre los dedos, y salpicó otro poco hacia atrás para darle entereza a lo que pensaba soltarle a aquel atrevido.
- No follo abuelos - le soltó con la tranquilidad de las lindas, de esas que saben pueden decir las cosas más idiotas sin poner en juego su futuro en ningún momento.
Nicolás sonrió. No las llamaba decepciones, si no "oportunidades de mercado". Recordó, porque de alguna manera tenía una deuda con aquello, una novela de Pierre Rey, que era más una crítica al análisis que el relato del análisis propio en sí, y donde el parisino había arrojado una idea brillante que a él se le había hecho carne en más de una oportunidad. El francés, analizante de Lacan por más de una década,  entendió lo que muchos hemos sufrido sin poder verbalizar: el sentido de la creación es algo que se ubica en los 15 o 20 centímetros que separan el culo de una mujer de la mano de un hombre. Si ese ademán es exitoso, si esa mano aprieta ese culo gentil y turgente, se sucede una noche irrefrenable de sexo y placer; puro goce, en palabras de analistas. Pero allí no hay creación. El goce impide que fermente ese huésped indeseado del delirio. Sin embargo, si la intentona falla, entonces sí, el hombre, derrotado, cercenado en la posibilidad del goce, vuelve solo a su casa, esculpe el David, pinta la Gioconda, escribe Romeo y Julieta y levanta el Kavannagh. 
Nicolás no quería volver a la fotografía; esos tiempos habían sido hermosos para él, pero ya estaban muertos. Como muy probablemente lo estaría él en breve. Se incorporó de manera lenta y no volvió a mirar aquella escultura de mujer. Volvió sobre sus pasos en el patio del Raleigh, dejó algunos dólares sobre su mesa frente al vaso que no terminó, y encaró hacia la puerta de entrada. Eran casi las 8 de la noche. Seguramente las putas de Ocean Drive estarían llegando en esos momentos a sus puestos de trabajo, y él quería ver todas las posibles al momento de volver a elegir.

Lucas Regolo.

El dolor de no poder


Su pelo, en mechones finos, flotaba en la pileta. Eso fue lo primero que alcancé a ver. Lo más importante que saltaba a la vista, sin dudas, era el cuerpo, semidesnudo, y la sangre. Pero, apenas me acerqué al lugar, enfoqué mi mirada en el pelo de la chica. Pegoteado por el tiempo, se había vuelto un sol de algas marrones. Después sí, me animé a seguir el resto de la imagen. Casi no quedaba agua en la piscina, sólo unos quince, veinte centímetros, porque la estaban vaciando, y aunque los disparos en su espalda se veían bien desde la altura del borde, hasta del trampolín, porque eran de una pistola de calibre grande, mis ojos iban y venían de la evidencia de la muerte, a su pelo, que flotaba, y que parecía seguir viviendo. Creí que podría ser uno de esos pálpitos de detective que ayudan sólo a los experimentados, y decidí empezar por ahí. Si mi inconsciente me llevó una y otra vez a la cabellera, era muy probable que guardara algún secreto para mí.
  
Como habían tomado las pruebas, pedí que la removieran con cuidado. Y cuando el agua había bajado por completo, ahí sí, sentí pánico. El mismo que me golpea por unos tres segundos, no más, cada vez que me acerco a una persona asesinada. No importan mis veinte años de profesión, los testigos que me rodeen, ni la protección policíaca; en el momento de tomar contacto con la escena de un crimen, siempre tengo tres segundos de pánico. De ganas de salir corriendo a un lugar tranquilo, alejado del mundo caníbal. Nadie lo nota a mi shock, por supuesto, porque aprendí a disimularlo, llevo muchos años en este ejercicio, pero tampoco lo puedo evitar.

Bajé por la escalerita de la pileta olímpica más linda que vi en mi vida, con el estómago comprimido. Ya no había líquido, pero el ámbito me ahogaba igual. Y cuando toqué la base con mi zapato, había llegado al infierno. ¿Qué clase de persona habría querido matar a una mujer tan joven, linda, querida? Se llamaba María Clara Ertuzi, era modelo, y dos veces por semana iba a nadar ahí, un club de campo que había fundado su abuelo, y que estaba poco poblado, en especial, los días hábiles. Ella tenía dieciocho años y buenos hábitos. Según mi hija, que había sido su compañera en el colegio, casi nunca salía de noche. “Se cuidaba mucho”, me dijo por teléfono cuando le avisé lo que había pasado. No vivo con mi hija, desde que me separé, hace un par de años, pero hablamos seguido. Y aunque estoy seguro que no conocí a la modelo en vida, el asesinato de Clara Ertuzi me caló hondo, porque nunca antes me designaron un caso que tocara en algún punto a mi familia. Se me hizo inolvidable. Me pregunto si hasta la misión de mi carrera toda haya sido este proceso. Todavía me parece verla, tirada, como una muñeca rota. En el fondo turquesa claro, la sangre casi negra, inmóvil, acompañaba su cadáver. La sangre es siempre fiel, cuesta arrancarla de su origen, separarla de quien fue parte íntima. La sangre y el pelo resplandecían para decirme algo.

El funeral fue tristísimo. Fui con mi hija, que estaba desvastada. Creo que la adolescencia es la peor edad para despedir un amigo. Bajaron el féretro de a poco, con unas poleas, y el llanto de sus padres y hermanas selló la mañana a fuego, todavía me acuerdo. Pensé que, en estos momentos, en cada último adiós, en compensación a la muerte, lo que está alrededor se hace más vívido. Se intensifica la percepción de la existencia. Los presentes sienten el corazón en la boca, las emociones en la piel, la inflamación de los sentidos. Los ojos de mi hija y de la mamá de la asesinada, por ejemplo, parecían bombitas de agua a punto de explotar. Las voces eran muy agudas, o lo más profundas posibles. Las caricias a cada cosa, la madera lustrosa del cajón, las últimas flores, el mármol frío, se hacían con conciencia, como las caricias de los ciegos. Entonces entendí que, incluso si el resultado de la investigación fuera óptimo, si lográbamos desentrañar el caso entero, no me iba a satisfacer. El dolor era tan grande, que una condena ejemplar no iba a amainarlo. Quizás, el tiempo, pero yo no podía hacer nada para que corriera más rápido.

Cuando volvía a la estación, para ponerme a trabajar, especulé también sobre cuándo iba a verla sonreír de nuevo a mi hija. Ella es una chica melancólica, y tuve miedo de que pasaran meses hasta reencontrarme con su sonrisa. Tan luminosa. Así como las flores de los lugares donde el invierno es crudo, son las más coloridas en primavera, cuando mi hija, que es nostálgica, sonríe, uno no puede hacer otra cosa más que mirarla con ojos de enamorado. Mi ex esposa me decía que yo la miraba así a la nena. Nada puede distraerme de sus sonrisas, son hipnotizantes.

Veinte cuerpos de expedientes, y trece meses después, conseguimos atrapar al asesino. Y la prueba determinante fue un mechón del pelo de la modelo. Sentí un dolor en el pecho cuando lo toqué. Era un bucle atado con un clip de metal, y estaba retorcido en uno de los bolsillos del tipo. Me acuerdo que el pelo todavía brillaba, como esperando él también que lo rescatáramos. El homicida era un profesor de equitación, que ella había contratado durante únicamente un mes, un año antes de que la matara. Y aunque él borró la evidencia, quiso quedarse con un poco de su pelo y con una foto que encontramos en un cajón de su escritorio. En la imagen, que era en blanco y negro, María Clara estaba sola dentro de la enorme pileta, y llevaba un traje de baño distinto al de la tarde de su muerte. Había sido tomada en la profundidad de la piscina, como al acecho, y se veía el cuerpo de la chica, pero no su cara, que salía del agua y del cuadro. Por esto el hombre habrá pensado que la foto no era prueba suficiente. En el fondo, los delincuentes quieren que los atrapen algún día, y que se acabe todo.

Tantas veces fue el idéntico móvil, las exactamente iguales razones retorcidas… En definitiva, este trastornado, al no poder seducirla, cayó en la estúpida conclusión de que ella no podría ser de nadie más tampoco. Él mismo lo confesó cuando lo acorralamos. Se había refugiado en su pueblo natal, algo que hacen muchos, como si intentaran volver atrás en el tiempo. Lo emboscamos ahí, una tarde muy calurosa. “¡Ella me mintió! ¡Jugó conmigo!”, repitió hasta al cansancio los ciento cincuenta kilómetros del trayecto a tribunales. Fue horroroso comprobar que lo más bello puede desaparecer en manos de lo más repulsivo. De las entrañas oscuras y agusanadas de la tierra, surgen flores preciosas pero, aunque conocen el sol por un tiempo, terminan su vida en la misma oscuridad.

Ese último día, tras cerrar la investigación definitivamente, volví solo al cementerio y deposité en la tumba de Ertuzi una rosa china de dos colores, de las que crecen en el jardín de mi casa. Se va convertir también en una sustancia pegajosa y oscura con los días pero, mientras tanto, va a alegrar un poquito a quien la vea. Como alegran las sonrisas de mi hija que, por suerte, volvieron. Como alegraba María Clara con sus ojos color miel y con su pelo.

María Silvana Méndez

Mayo 2013

sábado, 25 de mayo de 2013

Ella baila con desconocidos


El día que su novia comenzó a usar lentes de contacto las cosas comenzaron a cambiar entre ellos. Al poco tiempo de usarlos por primera vez, dejó de ser la chica callada que se ocultaba detrás de unos lentes de vidrio ancho y que evitaba toda conversación. 
Esa vitalidad que sólo se encuentra en los primeros meses de relación volvió a crecer en ambos. Ella empezó a pasar menos tiempo en frente de la computadora, habia noches en las que incluso lo agasajaba con una cena impecable. Él la observaba extrañado, le gustaba esta nueva versión de su novia. Se sorprendió cuando, por sugerencia de ella, los fines de semana pasaron de estar en frente al televisor mirando una película a comenzar a salir a bailar.
Sorpresivamente ella bailaba en el medio de la pista como si nada le importase. Se le acercaba, arqueaba, apoyaba los brazos en sus hombros mientras agitaba su cabeza, luego sonreía mirándolo con su nueva mirada. Él, confuso, seguía su juego y la tomaba de la cintura mientras ambos se balanceaban de un lado a otro. Él sabía que su forma de bailar invitaba a la mirada de otros. Incluso cuando se alejó en dirección a la barra veía como ella los rechazaba cuando intentaban acercarse a hablarle. Comenzó a sentirse envidiado, "pueden desearla pero está conmigo" pensaba.
Al cabo de días, empezaron a aparecer nuevas personas en la vida de ella. Personas que él no conocía. Nuevos amigos con los que ella podía pasar horas hablando por teléfono mientras él fingía desinterés. Pero lo que más le molestaba era la risa tímida que ocasionalmente esbozaba en la conversación mientras acomodaba su pelo detrás de la oreja. ¿Qué le estarán diciendo? Pensaba. Seguro alguna propuesta romántica hecha por alguien más fachero que él. Sin embargo todas estas dudas se iban cuando ella le contaba la conversación. "¿Te pusiste celoso?" le preguntaba, él lo negaba utilizando la cara de póker que suele poner cuando no quiere mostrar sus sentimientos.
Ese fin de semana volvieron a salir. Nuevamente ella lo observaba fijo con la mirada encendida, como hipnotizándolo. Sentía que podía dejarla sola, que bailar era un acto que correspondía sólo a ella. Se curvaba  fuertemente, más encendida que la vez anterior, tanto que a él le costaba seguirle el ritmo. Pese a la mirada de otros, decidió ir a la barra a probar si con alcohol quizás sus pies logren igualarla.
Ya con los tragos en la mano se quedó entretenido observando como alguien se acercaba a hablarle. Estaba seguro que ella lo ignoraría nuevamente, pero esta vez no fue así. Tomó un trago del vaso al observarla sonreír mientras le hablaban al oído. Rápidamente comenzó a caminar en dirección a ellos levantando los vasos entre la gente mientras observaba como le agarraban la cintura al hablarle. Apenas los alcanzó, intentó imponerse parándose en medio de ambos. "Está conmigo" dijo mirando fijo al sujeto, que retrocedió rápidamente. 
La confianza de ella no se detuvo sino que continuó aumentando. Comenzó a salir a correr por las mañanas para bajar esos kilos de más que le molestaban. Él, inseguro ante el hecho de que la nueva figura de ella atraiga más pretendientes, insistía en que no le hacía falta, que estaba bien en su cuerpo, pero ella no lo escuchaba. Corría durante más de una hora mientras él intentaba evadir su enojo centrándose en el trabajo.
Volvieron a salir de noche, sólo que esta vez él pasó más tiempo en la barra emborrachándose intentando llamar la atención mientras ella hablaba entretenida con otros.
La brecha entre ambos comenzó a crecer. Buscando gestos de ella, comenzó a dedicar más tiempo al trabajo mientras se refugiaba cada vez más en el silencio. Ella sabía que algo le molestaba pero al preguntarle él lo negaba.
Decidió no salir más con ella de noche, apelando al cansancio o al trabajo para evitar decir la verdadera razón. Ella no dudaba en salir. Celoso, la observaba con las manos en los bolsillos mientras ella estrenaba nuevo guardarropas, el cual se ajustaba perfectamente a su nuevo cuerpo. Para él, todo le quedaba muy corto o demasiado ajustado, sugería demasiado su silueta. Ella fingía ignorarlo. Probaba su ropa nueva mientras se miraba de perfil al espejo.
Fueron varias las noches de insomnio en las que él iba al baño y se encontraba cara a cara con aquellos cristales flexibles del mal. Como dos viejos rivales, ambos se observaban. Él los tomaba entre sus dedos mientras coqueteaba con la idea de que al romperlos, todo el mal que ellos contienen se disiparía y automáticamente su novia volvería a ser la chica gordita y retraída de la que se había enamorado. Pero inmediatamente los dejaba, sabía que después de ellos vendrían otros lentes que generarían el mismo mal, destruirlos sólo es atrasar un final anunciado.
La última noche juntos, él decidió salir una vez más con ella. Se limitó a observarla desde la barra, tomando de a grandes sorbos de su trago mientras ella bailaba en medio de la pista al ritmo de la música. Parecía que las luces del lugar sólo se dirigían a ella. Sonriente, agitaba su cabeza para correrse el pelo de la cara y levantaba los brazos entre las luces intermitentes. Era el centro de atención, opacaba a cualquiera que intentase igualarla.
A lo lejos, él la observaba mientras vaciaba su vaso. Ella ya no necesitaba bailar con él sino que era feliz entre las luces del centro de la pista, un lugar en el cual los perdedores en la barra sólo se pueden limitar a observar atontados la sonrisa en los demás. Comprendió que ella era feliz bailando con otros que le tomen la cintura y le hablen al oído. Feliz como nunca fué con él.


jueves, 23 de mayo de 2013

Pileta Libre


Es Enero y pienso que quiero apagar las chicharras. Del barrio de Saavedra al menos las quiero apagar. Hace calor, son los primeros días del año, no hay nada ni nadie en ningún lado y a mí me mandan especialmente a un lugar donde hay mucha. ¿Para qué?  Parece que la gente no tolera estar sola. Y además creo que mi mamá todavía no sabe que la gente no me gusta y menos los chicos de mi edad. Menos lo debe saber David, su nuevo novio que es el que más insiste para que me manden a la colonia. Dice que ahí puedo conocer chicas y que además qué más lindo que una pileta con éste calor. No entiende que la pileta no está fresca, que no me interesan las chicas y que yo también quiero quedarme en casa con el aire acondicionado. Pero no le puedo decir nada. Lamentablemente soy estúpidamente educado.

Desde que papá murió, mamá cambió. Y también yo. Ella es el recuerdo más próximo que tengo de papá y yo el del ella. Entonces nos alejamos mucho, es más fácil y preferimos evitarnos a tener el mínimo contacto. Hace algunos años mamá empezó a salir con David. David es empresario, trabaja con traje y todo el día. Mamá es maestra en la escuela a la que yo voy, motivo de bromas y chistes durante todo el año. Por eso también me dice que en la colonia voy a hacer nuevos y buenos amigos. Pero la verdad es que los chicos de la colonia son los mismos, la gente de barrio siempre es la misma. Es cierto que por lo general está la prima de, o la hermana de, pero  pocos son los nuevos y buenos.

Escribir, que es lo que hago ahora, es lo que me gusta, es el recuerdo de lo nuevo y no siempre de lo bueno. Mamá me prepara la vianda y David me lleva en su auto. Fuma David, escucha Aspen Classic David y usa un perfume muy fuerte David. La buscamos a Martina que vive a tres cuadras de mi casa y seguimos. Ninguno hablo durante el viaje. Martina y yo nos bajamos en el club y él saluda eufóricamente.

Después del vestuario y del protector solar, vamos a la pileta. Una pileta calma y olímpica. Una pileta a la que solo invadimos diez o doce niños. Una pileta a la que le sobra agua, una pileta de distintos colores y donde, a veces, me siento libre. Nadamos crol, pecho y de tanto en tanto espalda. Practicamos patada y brazada. A veces usamos las patas de rana para ir más rápido. No me divierto pero hay algo del agua que me gusta, que me conecta con la panza de mi mamá.

Vuelvo a mi casa con la mamá de Martina, hacemos “pool”. Pool significa que un día volvemos con un padre y otro día con otro. Se turnan entre ellos, creo que hay días asignados. Se llama “pool” por pileta en inglés.

Martina es tímida y callada, pero nos entendemos muy bien, así, en silencio. La mamá de Martina tarda en llegar al club, así que la esperamos tomando una chocolatada envasada, y yo mientras, le leo mis cuentos. Martina es la única que me escucha leer. Digo, que escucha lo que escribo.

Hacen 37º y yo le cuento uno sobre dos chicos que se escapan juntos a conocer el país. Martina está muy quemada por el sol porque la mamá le mandó un protector que estaba vencido. Cuando termino de contar la historia Martina me dice que somos nosotros.

-¿Quiénes? Le pregunto

-Los de la historia de recién, dale, seamos nosotros.

Entiendo que Martina quiere decirme que quiere que nos escapemos juntos. La idea nunca me había parecido cercana, pero ahora la pienso posible y empezamos a pensar en la fuga.

Durante los próximos días planeamos estratégicamente todo. Hacemos una carta hacia la mamá de Martina para que nos busque más tarde y firmamos por la profesora. Yo le pido a David que me lleve antes a la colonia para desayunar con mis compañeros. Así Martina y yo tenemos más tiempo. Necesitamos eso, mucho tiempo en poco.

Luego de dos semanas tenemos casi todo armado. Martina se encargó de los pasajes, falsificando una autorización para viajar solos desde Retiro. Nos vamos a un lugar que se llama “El árbol solo”. Creo que queda en el sur, o en el norte. No sé, lo elegimos porque el nombre nos pareció divertido. Yo me hice cargo de conseguir el dinero suficiente para nuestros primeros destinos. Saqué algo de mi casa, otro poco de lo de la abuela y vendí los juegos de la Play a mis compañeros.

Finalmente llegó el día. Salgo de casa a las 4 de la madrugada y la busco. Martina está más linda que nunca. Nos tomamos un colectivo que ella dice que nos deja exactamente en Retiro, que lo averiguó. Tiene una guía a la que no le saca la vista durante todo el viaje. Llegamos con media hora de anticipación, nos tomamos una chocolatada. A las 5:45 subimos al micro. Ya salió el sol. Martina se siente y prueba el asiento, lo acuesta y lo sienta de nuevo. Me pide que le cuente un cuento. Saco mi cuaderno y empiezo. Pero en ése momento Martina pega un grito.

-¡No!

-¿Qué pasa?

-Me olvidé del protector solar. Dice ella

- No importa. Le digo yo. -El sol nunca pega como en Buenos Aires.

Martina sonríe, apoya su cabeza sobre mi hombro y descansa.

jueves, 16 de mayo de 2013

Bicicleta


                 Fermín tenía preferencia por las películas con persecuciones. Esto me lo enteré un tiempo después. Cuando nos hicimos amigos.

Una noche, después de guardar su bicicleta, se sacó el casco y me dijo, “Hasta mañana Héctor…” Pero cuando vio que yo estaba mirando una película en la garita, se acercó y se quedó mirando un rato. "¿Puedo?". Me preguntó. Le dije que claro que podía pero que ya estaba terminando. Era una película conocida que pasaban por cable bastante seguido. Fermín la conocía de memoria. Muy por lo bajo, con su timidez que tanto lo caracterizaba, balbuceó los diálogos de los personajes, los sabía con una precisión que impresionaba, él los tenía impresos en realidad, lo tenía todo en su cabeza. Estaba parado atrás mío. La película terminaba y nuestro primer encuentro también.

Mi horario de trabajo empezaba a las siete de la tarde y terminaba a las tres de la mañana cuando llegaba Víctor y ocupaba mi lugar. El estacionamiento estaba ubicado en Suipacha y Santa Fé, en las puertas del centro de Buenos Aires.  El primer tren que iba para el lado de mi casa, en Merlo, salía a las cinco de la mañana. Así que tenía que hacer dos horitas de tiempo. Por lo general me tomaba un café y comía un pebete en la estación y esperaba a que se haga el horario. Cuando llegaba a casa desayunaba con las nenas y me iba a dormir. Fermín solía llegar siempre alrededor de las diez de la noche a guardar su bicicleta, pagaba por guardarla ahí el diez por ciento de lo que pagaba un auto. Yo trabajaba ahí hacía cuatro o cinco años. Y siempre me había entretenido pensando qué sería de la vida de cada cliente, a dónde iba, de dónde venía. Pero la pregunta que le haría a Fermín, si llegase a darse algún tipo de conversación sería preguntarle dónde y de qué trabajaba. Me había intrigado siempre. Llegar a las diez de la noche y en bicicleta era extraño para un trabajo de oficina normal. Tendría unos veinticuatro años Fermín y era tímido, era muy tímido.

Nuestro segundo encuentro fue dos noches después. A eso de las nueve enganché una película italiana sobre una familia que quedaba pobre y debía mudarse de pueblo. Fermín se adelantó y llegó diez menos cuarto. Me saludó y se acercó. Me dijo el nombre de la película. Me lo dijo en italiano, así que no entendí bien. Le pregunté si quería sentarse y me dijo que no, que ya se iba. Atrás mío otra vez se escuchaban los diálogos en perfecta sincronización con los verdaderos. No podía entender. De ansiedad gasté mi pregunta y le dije cualquier cosa. Creo que le pregunté la hora o si hacía frío o alguna pregunta sin sentido. Sin sentido para mí que lo único que quería era más información de él. Y no del afuera. Quince minutos antes de que la película terminase le sonó el celular, lo miró y no atendió. Eso llamó mi atención. ¿Por qué no había atendido? ¿Para no interrumpir nuestro encuentro? Cuando la película terminó, me dijo hasta mañana y se fue.

Las semanas que siguieron nos seguimos encontrando. Siempre con películas de por medio. La confianza avanzaba con lentitud pero ya se percibía cierta mecánica entre nosotros dos. Un día compré unos chocolates para que compartamos durante la película. La próxima vez, él trajo helado. Nuestros encuentros se habían vuelto necesarios para los dos, o, al menos para mí. Casi que charla no había. El llegaba, la película estaba empezada, la sabía de memoria, me contaba alguna cosa sobre la realización, comíamos o tomábamos algo, la película terminaba y se iba. Cada vez que me decía "hasta mañana” me angustiaba pensar que tenía que esperar hasta la próxima noche para volver a verlo. 

Una noche, después de un drama francés sobre una violinista y su profesor, lo seguí dos cuadras. Fermín caminaba pausado, con tranquilidad quiero decir, transmitía eso, tranquilidad. Paró en un quiosco. No pude ver qué compraba, pero creo que fueron cigarrillos porque después prendió uno. Me sorprendió. No creía que fumaba. Nunca lo había visto fumando. Yo también fumaba pero como él no lo había hecho nunca adelante mío, tampoco lo hice. Por respeto. Decidí volver al garaje, estaba arriesgando mi trabajo, el dueño de la panchería de al lado podía contarle a mi jefe, eran amigos. Además también tenía miedo que me vea él. No quería arruinar lo que habíamos formado. Pensé estrategias para que nuestros encuentros fueran más largos, para que Fermín se sintiese cómodo conmigo. La primera sería prender un cigarrillo para poder fumar juntos. No hay cigarrillo más lindo que el compartido. La segunda buscar una película que llegase a medianoche. Sin duda nuestra relación estaba avanzando.
La noche que siguió era Viernes. Compré vino, empanadas y cigarrillos y lo esperé. Cuando llegó, en la tele, en el canal que estaba la tele, estaban pasando los créditos de una película. Eso era bueno, era una muy buena noticia. Empezaba una película y además íbamos a compartir la cena. Y los cigarrillos. Fermín se sentó en el banquito. La garita era muy chiquitita, apenas entrábamos los dos. Abrí el atado y le ofrecí uno. “No, gracias. No fumo” me contestó. Me quedé sorprendido con la respuesta. ¿Quién era el chico que la noche anterior fumaba apenas algunos metros adelante mío? Pero no podía decir nada, no podía evidenciar que lo había seguido.

Empezó la película. No dijo los diálogos. Cuando una le gustaba mucho no los decía, se los guardaba todos para adentro, para disfrutarla todavía más. La película se trataba de un grupo de detectives que tenía que encontrar al verdadero culpable de un robo. Había muchos tiros, bombas y explosiones. Y había, especialmente, persecuciones. De las que le gustaban a Fermín que en ese momento me miró y, creo yo, fue la primera vez que me dijo algo. Me preguntó cuántos autos entraban en el garaje. Le dije que fácilmente setenta. Asintió y no dijo nada. Miró para atrás, miró para los costados. Sacó un cuaderno y anotó. Estábamos en la propaganda. Con aire tímido y escupiendo la palabra le pregunté “¿Por qué?”. No me entendió. Tosí y le volví a preguntar. “¿Por qué?”. Me contó que estaba escribiendo una película, una con persecuciones en estacionamientos. Y que necesitaba hacer cálculos. Le ofrecí mi ayuda para lo que necesite.
Esa noche soñé que yo corría a un hombre al cual nunca podía terminar de verle la cara. Pero tenía que atraparlo. El hombre se subía a una moto, yo a otra y lo seguía por un campo. Me tocó bocina, timbre, en realidad, cuando entró al garaje la noche siguiente. Era un timbre de esos que parecen un yoyó, de metal, antiguos, que tenés que mover una palanquita y suenan. Estela le había puesto uno muy parecido a las bicis de las nenas.

Ese hecho, el del timbre, hizo darme cuenta que definitivamente habíamos ganado confianza suficiente. Suficiente no sé para qué. Pero nos queríamos ya mucho. No había ni chocolates, ni vino, ni mate ésa noche. No había plan. No había tele. Yo la había sacado. Quería saber si podíamos acercarnos sin un tercero. Le mentí, le dije que el dueño del garaje la había prestado por un tiempo y la quería de vuelta. Fermín se sorprendió. Pedimos una pizza y brindamos, tampoco sé por qué.

Había llegado el frío. Hacía cuatro días que no veía a Fermín, me habían dado reposo por fiebres altas y vómitos. El Jueves me reincorporé al garaje. A las doce de la noche entró una moto con dos personas al estacionamiento. Como tenían casco no pude verles la cara. El de adelante era un hombre, la de atrás una mujer con un pantalón de cuero que le quedaba muy ajustado. Bajaron de la moto. Se sacaron el casco. Se acercaban a mí. Salían en realidad, por la salida de Esmeralda. Era él. Era él con una chica a la que agarraba de la mano. Me miró, levantó su brazo y asintió con la cabeza. Me estaba saludando como si fuésemos dos desconocidos, dos cuerpos intocables. No pude levantar la mirada. Cuando salió, cuando salieron, quiero decir, por Esmeralda, me asomé para verlo hasta que se desapareciera. Prendió un cigarrillo y dobló. Se había terminado todo.

domingo, 12 de mayo de 2013

Conversión

Es raro porque no puedo recordarme mirando el Zorro, es como si las imágenes de la serie estuvieran separadas del acto físico de verla, una especie de proyección fuera del tiempo. Intento verme en el living de la casa de mi infancia, sentado en el sillón frente a la tele en blanco y negro que duró hasta la adolescencia, y se me arman escenarios borrosos, una mezcla de los lugares en los que viví, de los aparatos de televisión que vinieron después. Digo que es raro porque otras cosas se me aparecen con mucha nitidez. Por ejemplo, todavía puedo sentir en la mano la aspereza de la madera con la que hacía de espada, unos palitos que usaba mi viejo para prender el fuego, el olor de la capa de un plástico medio berreta, con la zeta blanca pegada en la espalda. Y la humedad del galponcito del fondo,  sobre todo la humedad del galponcito del fondo. 
Fue un día después de volver de la escuela. Salí al patio vestido del Zorro y cuando iba a buscar la espada escuché que Jimena me llamaba desde la terraza del PH que daba al fondo de casa. No íbamos al mismo grado pero a veces nos veíamos en los recreos del colegio y nos saludábamos desde lejos. Me dio vergüenza que me viera así y corrí a esconderme en el galpón. Siempre que recuerdo esa tarde pienso que, en algún punto, lo que uno es se decide en un momento crucial de la infancia, y con cierta piedad me veo asistir tan desarmado a esa batalla: agarro la espada, me acerco lleno de espanto a la puerta del galpón, me acomodo la capa. Entonces todo estaba ahí, en el aire: podía dar un salto y cagar a espadazos al limonero como hacía siempre que mamá no estaba, dedicarle el triunfo a Jimena que me saludaba desde la terraza como en el colegio. Amagué a salir un par de veces pero al final me quedé en el galpón, y es como si todavía no hubiera salido del todo. Habrán sido tres o cinco minutos. Jimena seguía llamándome.  Yo me dejaba ganar por la humedad del galpón, sostenía cada vez con menos convicción la espada, y algo profundo de mi personalidad se iba cuajando, se configuraba para siempre mi relación con las mujeres. Cuando la voz de Jimena se apagó yo seguía disfrazado del Zorro pero ya me había convertido en Bernardo. Me quedé un rato más ahí, sentado en el piso, matando hormigas con la punta de la espada. Salí con la capa arrugada en la mano y la impresión de que me habían cruzado la frente con una zeta gigante. 

miércoles, 8 de mayo de 2013

Le quedaba demasiado corto


Puntadas

El señor Wildrow se miró de nuevo en el espejo de pie, e hizo una mueca de fastidio. La misma mueca que pone al ver a sus vecinos adolescentes, que se llaman punks. Estaba por dar el discurso más importante de su vida, quizás, el único importante de su vida, y el pantalón le quedaba demasiado corto. Era una situación sencillamente inexplicable. Más aún que el origen del Universo; de ése podía hablar un rato largo. La situación era inexplicable al estilo qué quieren las mujeres. Aunque echó mano a sus ciento treinta puntos de cociente intelectual, no pudo esbozar ni una tibia hipótesis de por qué le quedaba corto el pantalón del jacquet, si hacía diez años mantenía su peso y, naturalmente, era imposible que hubiera crecido en altura a su tercera edad. Hizo medio giro hacia la derecha, un giro entero hacia la izquierda, y corroboró que, desde luego, de atrás le quedaba tan corto como de adelante. Al menos, esto era coherente. Lo sobresaltó el golpe a su puerta.
-Señor Wildrow, el señor Rosemberg ya llegó y desea verlo…
-Está bien, Claire, hágalo pasar, ya sabe lo que tiene que hacer.

Tras los saludos de rigor, afectuosos e intelectuales, abrazos de un solo brazo, acompañados de una palmada en la espalda y de un chiste irónico, los amigos salieron de la elegante residencia. Antes de que se subieran al auto, en el que los esperaba el chofer, Claire, desde la entrada, saludó sin ser respondida, y detuvo su mirada en el pantalón gris claro de su empleador. Advirtió que estaba bien planchado, pero que le quedaba demasiado corto.

Una vez en la explanada de la Universidad, el señor Wildrow se lamentó de que, al subir los escalones, se distinguiera todavía más la estrechez de su vestimenta. Y su acompañante, con su habitual sarcasmo, no le permitió dudar sobre si se notaba o no el defecto, si debía o no avergonzarse, cuando le preguntó: “¿Es probable que te hayan crecido las medias?”. El profesor sintió una gota de ácido bajando por su columna. “Sí, ni me lo menciones, una contrariedad, pero no interesa…”, le contestó, para parecer menos consternado de lo que estaba.

Dentro del recinto, la eminencia de Física que todos los presentes, unos cientos, esperaban escuchar con ansias, dejó de repasar mentalmente sus enunciados. Ni siquiera reflexionaba ya en la materia, ni en el motivo de la solemne ceremonia. Tampoco trataba de adivinar con qué colegas extranjeros se cruzaría, ni en cuáles periódicos saldría retratado. Sólo pensaba en su pantalón corto. Y al acercarse al escenario, clavó su mirada en el transparente atril. Se había esperanzado con que fuera uno ancho, de madera maciza, como eran casi todos los muebles que tenía en su casa.

El discurso le salió en piloto automático. Desgranó su teoría correctamente porque, de tantas veces estudiada, no podría olvidarla ni estando muerto. Pero su disertación no fue bendecida por la elocuencia, y no pudo disfrutarla como había planeado. Durante la hora que le llevó pronunciar las palabras, se robotizó y, al recibir los aplausos finales, sonrió rectangular, como si alguien lo hubiera apuntado por la espalda para hacerlo. Es que su estrado terminaba en un pie delgado, y había dejado expuestas sus botamangas, cortísimas, tanto de adelante, como de atrás, como de costado, para que hasta los alumnos del pullman pudieran apreciarlas. Tras la presentación, el comentario generalizado fue que estaría bueno volver a escucharla en el video, para entenderla mejor, porque el tema era complejo. Sólo excusas. A la mayoría le había costado mucho concentrarse en las ideas de un individuo que, aunque respetable, llevaba el pantalón así de corto.

El señor Wildrow regresó a su domicilio cabizbajo. Y Claire lo recibió con compasión y con un té con miel, a la temperatura ideal, como él le había enseñado en reiteradas oportunidades. Cuando se retiró a la cocina, mientras caminaba en la penumbra del pasillo, con las manos tomadas hacia atrás, se le escapó una sonrisa de satisfacción. “¿Así que las mujeres sólo servimos para limpiar y chusmear? Ja. No, profesor, también sabemos vengarnos….”.
María Silvana Méndez
2013 

Le quedaba muy ajustado


Para Elisa

Elisa regresaba, en la hora pico, como todos los días hábiles. El subte le quedaba muy ajustado. Cada tanto, se le cruzaba la realidad en su mente. Se le ocurría la idea de estar compartiendo el aire con gente que no conocía y que podía estar enferma. Un barbudo sudoroso, justo frente a ella, la atormentaba, porque no se había sacado el saco para subir al vagón y, especialmente, porque lo que exhalaban sus pulmones, luego de atravesar vaya a saber una cuántas venas, se lo estaba chupando ella. Elisa percibía que su cuerpo se estaba fundiendo con los de unos desconocidos, en un crematorio de identidades. Finas láminas de tela separaban sus respectivas pieles. Y sus complejas personalidades se estaban reduciendo, por la densidad, a meros adjetivos: anciano, alto, adolescente, lindo, gorda. Hasta la próxima estación, se había sometido a la esclavitud y, una vez ahí, tendría que decidir de nuevo: “¿Sigo acá arriba o me libero?”.

En cuanto su neurosis le dio un respiro, Elisa enseguida la espantó a la realidad, la echó de su mente, como quien echa de su casa a un perro molesto. Y de inmediato, se puso a pensar en cualquier otra cosa que no le estuviera sucediendo tan cerca en tiempo y espacio. Repasaba los puntos salientes de su jornada, y planificaba con detalle lo que haría al bajar, cuando sintió que el pantalón también le quedaba muy ajustado, probablemente, por exceso de biscochitos en la oficina. Y cuando proyectó lo que compraría en el super chino, apenas llegara a su barrio, se dio cuenta que su sueldo era otra cosa que le estaba quedando ajustado. Luego, recordó que tenía que cocinar rapidito, porque sus suegros irían a cenar. O sea, lo que quedaba del martes, también le quedaba muy ajustado. Y lo que quedaba de la semana, si es que quería terminar para el lunes el trabajo que había prometido entregar. Si Elisa hubiera continuado pasando lista a sus obligaciones, hubiera descubierto que hasta el mes completo le apretaba por todos lados, porque había planeado varias refacciones en la casa que, indefectiblemente, no lograría concretar. “¿Qué me pasa, por Dios? ¿Por qué perdí la comodidad? ¿En qué momento dejé de vivir a mis anchas, para contraerme así de fuerte entre tanta cantidad de tareas?”, se lamentó.

En la anteúltima parada, miró por la ventanilla a un muchacho que tocaba la guitarra, sentado en el andén. A él la ropa no le quedaba ajustada, y llevaba el pelo largo, atado con una gomita, muy floja. El hombre parecía tener el tiempo del mundo. Y Elisa creyó ver que él ostentaba horas libres. Lo envidió secretamente. De forma tan secreta, que ni a sí misma se lo confesó. Sólo su inconsciente acusó recibo de tamaño despropósito. Resulta que ella, titular de un trabajo decente y de una familia tipo, que una vez fue a veranear a Miami, llegó a envidiar a un hippie de mala muerte. Pronto le empezó a faltar el aire y, cuando abandonó el subte, se salteó las compras del supermercado, para subir a su departamento casi corriendo. Lo primero que hizo al traspasar la puerta, fue tirarse boca abajo en el piso del living, con los brazos y piernas extendidas, formando una estrella de mar. Su esposo le preguntó si se sentía bien, lo que es un claro eufemismo de “por qué te sentís mal”, pero como única explicación obtuvo una ambigüedad: “Necesito estirarme un poco. Dejame estirarme un poco”. Él, sabiendo que así le levantaría el ánimo, o se lo estiraría al ánimo, si lo prefería más, le comentó que habían llamado de la oficina, y que el informe que tenía que entregar el lunes, no lo necesitaban con tanta urgencia, porque la reunión se posponía. “Parece que el director salió de viaje, y vuelve el 23”, le comentó. Ella levantó la cabeza levemente, del mismo modo que lo haría una tortuga vieja a la que le pesa su caparazón, y sonrió emocionada. “Algo menos, no lo puedo creer…”, pensó. Aunque la noticia era sólo eso, le pareció un regalo divino. “¿Estás llorando?”, le preguntó su marido, sin poder creer lo que veía. Sí, era cierto, Elisa lloraba.

Mientras tanto, en el andén, cuando el subterráneo estaba por cerrar las puertas, el hippie salía a la calle, sosteniendo con la espalda la guitarra y los deseos repetidos: “Qué bueno sería que alguien me esperara en casa”, “qué lindo sería poder tener mi propio departamento”.

A la mañana siguiente, era el Día del Trabajador, y Elisa volvió a subirse al subte, pero sólo para acercarse al shopping. Tenía que hacer unas compras y esos locales eran los únicos que abrían en el feriado. Viajaba sentada, con el bolso a su lado, ocupando casi el espacio de otra persona, y dándose palmaditas rítmicas en sus muslos, cuando tras una sola estación, escuchó al guitarrista y cambió de planes: decidió bajarse ahí. Se le acercó lentamente y, presumiendo ella de sus horas libres, se detuvo ante él, con unas monedas en la mano. Las hizo sonar, como invitándolo a que se las ganara. El muchacho le sonrió, divertido, y le preguntó su nombre. Ese truco le alcanzó para, además, ganarse un billete de diez. Le improvisó un poco de Para Elisa, y se rieron juntos al mismo tiempo, de manera explosiva, como hacen los chicos. Eso sí fue extraordinario. Durante esos segundos de picardía, se sintieron de la misma especie. Casi iguales. 

María Silvana Méndez
2013

lunes, 6 de mayo de 2013

Por suerte el viaje era largo


Un fin de semana de bióloga

Antes de salir de casa, le puse una aspirina a las flores, y me tomé una yo. Sabía que iba a enfrentar un fin de semana agotador. Apenas llegué a Ezeiza, este hombre, que se llama Ramiro, me hizo señas demasiado ampulosas, y entendí todo. Al acercarme, me acuerdo que le dije, qué mala soy a veces…: “Hola, qué tal. Te cuento que saludando así, sos re gay. Yo puedo pasar por la novia de alguien, pero no de uno que salude así, sorry”. Él se quedó mudo. Igual, me la cobró a la crítica, porque no sabés la cantidad de cosas que tuve que memorizar durante el vuelo. Por suerte, el viaje era largo, que si no… Resulta que un familiar suyo, un primo que vive en Brasil, se casaba, y logró reunir a toda la familia. Se nota que el novio era muy querido, o tenía mucha plata y regaló pasajes, o ambas cosas, no sé. La cuestión es que este hombre que me contrató, Ramiro, todavía no se anima a informarles a sus parientes cuáles son sus preferencias sexuales, y no tuvo mejor idea que llamar a la agencia para alquilar una… vida hetero, más o menos. Lo primero que me dijo fue: “Esta vez es la primera y la última, te juro. Da mucho trabajo mentir, y estoy harto. La próxima, blanqueo todo”. “¿La próxima vez que se case un primo?, ¿qué próxima vez?”, le pregunté. No te rías… Sí, sí, ya sé… estuve bruta ahí. Pero no metí más la pata después, porque pagaba muy bien, y no quería perder el laburo. Lo malo es que no pude disfrutar ni media hora de la playa, porque fuimos a la capital de San Pablo y porque, encima, ya te dije, me hizo aprender un montón de cosas. Casi no tuve tiempo ni de dormir. Me creó un súper personaje de Mujer Maravilla, de lo más inverosímil, pero él se quedó re conforme. Yo, honestamente, pienso que nadie le creyó ni medio, pero bueh… problema suyo. El vuelo tenía escala en Asunción, Paraguay, así que tardamos en llegar siete u ocho horas. Pará, pará, que te sigo contando… Casi no me alcanzaron. ¿No te dije que hasta tuve que estudiar en el hotel, antes de la ceremonia? Hasta último momento. Y además, cada tanto, ¡me tomaba examen! ¿podés creer…? Por ahí, me veía distraída, con una caipirinha en la barra, y se me acercaba sólo para preguntarme, y chequear, algún dato que se suponía tenía que recontra saber. Resulta que yo me llamaba Cecilia Mendizábal, porque ni siquiera el nombre me dejó elegir, y era ¡bióloga! No pudo haber elegido una profesión más complicada de actuar… No te rías, no sabés la cara que le puse cuando me lo dijo en el aeropuerto. “¿¡Bióloga!? ¿en serio? ¿No querés mejor astronauta, o ministra de economía de Alemania?”. No entendí, realmente, por qué se le ocurrió justo eso. Según su explicación, era mejor que fuera algo así, de lo que nadie en su familia entiende mucho, que una profesión más común, como abogada o médica, porque ahí sí, seguro me matarían a preguntas. ¿Y dónde trabajás? ¿Conocés a Fulano o a Mengano..?  Lo que yo le retruqué es que podría tener cualquier otro trabajo, no una profesión de las clásicas. Podía ser peluquera, por ejemplo. O atender un kiosco. “¡Nooo!”, me dijo con ojos de loco, como si le hubiera sugerido ser ladrona de bancos. “Mi novia seguro fue a la universidad”. “Tu novia seguro tiene pito, pensaba yo, y sin embargo, acá estamos… En un avión rumbo a San Pablo, donde no hay playa, leyendo machetitos”. Porque ¡me hizo machetes! Entre otras cosas, afinidades, digamos, yo amaba la ópera. No te rías, pará que te cuento…. Sí, justo yo, ópera. Las galletitas Ópera conozco nada más. Lo frené en seco: “Te aclaro que nunca en mi vida fui a ver una ópera. ¿No podemos cambiar el género? Quizás por…. cumbia. O rock. O salsa. O romántico. Prefiero el tango, mirá. ¡Cualquier otro por el amor de Dios! Pero no ópera”. Él, inconmovible, insistió, dale que dale, con que a mí me tenía que gustar ver gordas cantando arriba de un escenario con cortinas rojas. Me quería morir, pero como ya había arrancado el vuelo, muchas opciones no tenía. “No te preocupes, acá te tengo unas listitas, con nombres y datos, y te las aprendés en una hora”. Hace mil años que yo no estudio nada, por lo menos, quince. Pero ahí estaba, sentadita en el avión, con la mesita de comer abierta, llena de papeles, prolijamente abrochados, con nombres de óperas famosas y una breve descripción de sus argumentos. Te digo una cosa… al final, volví más sabia. Y un poco más rica también. Por suerte, no dijo nada de mi vestuario. Yo temblaba con ese tema. “Me llega a pedir que me calce un tailleur beige, y me intoxico de aburrimiento”, pensaba. Como sabés, soy alérgica al color beige y a los pantalones pinzados, jajaja. Confirmado por análisis de laboratorio. Pero, por suerte, no tuvo objeciones sobre la ropa que llevé. Ahí la pegué. Para la fiesta, me puse un vestido bastante sexy, y creo que a él le gustó que fuera así, para reforzar su imagen de macho. Igual, pobre, me despertó un poco de compasión, al final. En el viaje de vuelta, estuvimos hablando mucho sobre sus sentimientos, y sobre sus planes. Le hice un poco de terapia también, pero eso no se lo cobré, ja. Era un buen pibe, pero muy miedoso. Una lástima. Porque, encima, besaba lindo. 

María Silvana Méndez
2013

Reunión



por John Cheever


La última vez que vi a mi padre fue en la Estación Gran Central. Yo iba de la casa de mi abuela, en los Adirondack, a un cottage en el Cabo alquilado por mi madre, y escribí a mi padre que estaría en Nueva York, entre dos trenes, durante una hora y media, y le pregunté si podíamos almorzar juntos. Su secretaria me escribió diciendo que él se encontraría conmigo a mediodía frente al mostrador de información, y a las doce en punto lo vi venir entre la gente. Para mí era un desconocido -mi madre se había divorciado de él hace tres años y desde entonces no lo había visto- pero apenas lo vi sentí que era mi padre, un ser de mi propia sangre, mi futuro y mi condenación. Supe que cuando creciera me parecería a él; tendría que planear mis campañas ateniéndome a sus limitaciones. Era un hombre alto y apuesto, y me complació enormemente volver a verlo. Me palmeó la espalda y estrechó mi mano.

-Hola, Charlie -dijo-. Hola, hijo. Me agradaría llevarte a mi club, pero está en la calle 60, y si tienes que tomar el tren será mejor que comamos aquí. - Me pasó el brazo sobre los hombros, y yo olí a mi padre del mismo modo que mi madre huele una rosa. Era una intensa mezcla de whisky, loción de afeitar, pomada de zapatos, lanas y el olor de un varón maduro. Abrigué la esperanza de que alguien nos viera juntos. Deseé que pudiéramos fotografiarnos. Quería conservar un recuerdo de nuestra reunión.


Salimos de la estación y entramos por una calle lateral, y entramos en un restaurante. Aún era temprano, y el local estaba vacío. El barman estaba disputando con un repartidor, y al lado de la puerta de la cocina había un camarero muy viejo con una chaqueta roja. Nos sentamos, y mi padre llamó en alta voz al camarero.


-Kellner! -gritó-. Garçon! Cameriere! ¡Usted! -En el restaurante vacío su estridencia parecía fuera de lugar. -¡Alguien que pueda atendernos! -gritó-. Chop-chop. -Después, batió palmas. Así atrajo la atención del camarero, que arrastrando los pies se acercó a nuestra mesa.


-¿Usted golpeó las manos para llamarme? -preguntó.


-Cálmese, cálmese, Sommelier -dijo mi padre-. Si no es demasiado pedirle... si no significa imponerle una obligación excesiva, desearíamos un par de Gibson.


-No me gusta que me llamen golpeando las manos -dijo el camarero.


-Tendría que haber traído mi silbato -dijo mi padre-. Tengo un silbato que es audible sólo para los camareros viejos. Bien, prepare su anotador y su lapicito y vea si puede escribirlo bien: Dos Gibson. Repita conmigo: Dos Gibson.


-Será mejor que vaya a otro lugar -dijo en voz baja el camarero.


-Ésa -dijo mi padre- es una de las sugerencias más brillantes que he oído jamás. Vamos, Charlie, salgamos de esta covacha.


Salí del restaurante con mi padre y entramos en otro. Esta vez no se mostró tan ruidoso. Llegaron las bebidas, y me interrogó acerca de la temporada del campeonato de béisbol. Después, golpeó con el cuchillo el borde de la copa vacía y de nuevo empezó a gritar.


-Garçon! Kellner! Cameriere! ¡Usted! Puede molestarse en traernos dos más de lo mismo.


-¿Qué edad tiene el muchacho? - preguntó el camarero.


-Eso -dijo mi padre- qué mierda le importa.


-Lo siento, señor -dijo el camarero- pero no serviré otra bebida al muchacho.


-Bien, tengo algo que decirle -dijo mi padre-. Tengo algo muy interesante que decirle. Ocurre que no es el único restaurante en Nueva York. Abrieron otro en la esquina. Vamos, Charlie.


Pagó la cuenta y salimos de ese restaurante y entramos en otro. Aquí, los camareros tenían chaquetas rosadas, como cazadores, y de las paredes colgaban diferentes arreos. Nos sentamos, y mi padre empezó a gritar otra vez.


-¡Perrero mayor! Iujuuú y todo eso. Queremos beber algo para el estribo. A saber, dos Bibson.-¿Dos Bibson? -preguntó el camarero, sonriendo.


-Maldito sea, sabe muy bien lo que deseo -dijo irritado mi padre-. Quiero dos Gibson, y de prisa. Las cosas han cambiado en la vieja y alegre Inglaterra. Así me dice mi amigo el duque. Veamos qué puede darnos Inglaterra cuando pedimos un coctel.


-No estamos en Inglaterra -dijo el camarero.


-No discuta conmigo -replicó mi padre-. Haga lo que le ordenan.


-Pensé que tal vez desearía saber dónde está -dijo el camarero.


-Si hay algo que no puedo tolerar -dijo mi padre-, es a los criados insolentes. Vamos, Charlie.
El cuarto lugar era italiano.


-Buon giorno -dijo mi padre-. Per favore, possiamo avere due cocktail americani, forti, forti. Molto gin, poco vermut.


-No entiendo italiano -dijo el camarero.


-Oh, vamos -dijo mi padre-. Entiende italiano, y claro que lo entiende. Vogliamo due cocktail americani. Subito.


El camarero se retiró y habló con su jefe, que se acercó a nuestra mesa y dijo:


-Lo siento, señor, pero esta mesa está reservada.


-Muy bien -dijo mi padre-. Denos otra mesa.


-Todas las mesas están reservadas -dijo el jefe de camareros.


-Entiendo -dijo mi padre-. No desean servirnos. ¿Es así? Bien, váyase a la mierda. Vada all´inferno. Vamos, Charlie.


-Tengo que tomar mi tren -dije.


-Lo siento, hijito -dijo mi padre-. Lo siento muchísimo. -Me pasó el brazo sobre los hombros y me apretó contra su cuerpo. -Te acompañaré a la estación. Si hubiéramos tenido tiempo de ir a mi club.


-Está bien, papá -dije.


-Te compraré un diario -dijo-. Te compraré un diario, para que leas en el tren. Se acercó a un puesto de periódicos y dijo:


-Amable señor, ¿tendría la bondad de hacerme el favor de venderme uno de sus malditos diarios vespertinos, esos que no sirven para nada y cuestan diez centavos? -El empleado se apartó de él y miró fijamente la tapa de una revista. -¿Es mucho pedir, bondadoso señor -dijo mi padre-, es mucho pedir que me venda de esos asquerosos especímenes del periodismo amarillo?


-Tengo que irme, papá -dije-. Es tarde.


-Vamos, espera un momento, hijito -dijo-. Nada más que un segundo. Quiero que este tipo me conteste.


-Adiós, papá -dije, y bajé la escalera y abordé mi tren, y fue la última vez que vi a mi padre.




1962