Para Elisa
Elisa regresaba, en la hora pico, como todos los días
hábiles. El subte le quedaba muy ajustado. Cada tanto, se le cruzaba la
realidad en su mente. Se le ocurría la idea de estar compartiendo el aire con
gente que no conocía y que podía estar enferma. Un barbudo sudoroso, justo
frente a ella, la atormentaba, porque no se había sacado el saco para subir al
vagón y, especialmente, porque lo que exhalaban sus pulmones, luego de
atravesar vaya a saber una cuántas venas, se lo estaba chupando ella. Elisa
percibía que su cuerpo se estaba fundiendo con los de unos desconocidos, en un crematorio
de identidades. Finas láminas de tela separaban sus respectivas pieles. Y sus
complejas personalidades se estaban reduciendo, por la densidad, a meros
adjetivos: anciano, alto, adolescente, lindo, gorda. Hasta la próxima estación,
se había sometido a la esclavitud y, una vez ahí, tendría que decidir de nuevo:
“¿Sigo acá arriba o me libero?”.
En cuanto su neurosis le dio un respiro, Elisa enseguida la espantó a la realidad, la echó de su mente, como quien echa de su casa a un perro molesto. Y de inmediato, se puso a pensar en cualquier otra cosa que no le estuviera sucediendo tan cerca en tiempo y espacio. Repasaba los puntos salientes de su jornada, y planificaba con detalle lo que haría al bajar, cuando sintió que el pantalón también le quedaba muy ajustado, probablemente, por exceso de biscochitos en la oficina. Y cuando proyectó lo que compraría en el super chino, apenas llegara a su barrio, se dio cuenta que su sueldo era otra cosa que le estaba quedando ajustado. Luego, recordó que tenía que cocinar rapidito, porque sus suegros irían a cenar. O sea, lo que quedaba del martes, también le quedaba muy ajustado. Y lo que quedaba de la semana, si es que quería terminar para el lunes el trabajo que había prometido entregar. Si Elisa hubiera continuado pasando lista a sus obligaciones, hubiera descubierto que hasta el mes completo le apretaba por todos lados, porque había planeado varias refacciones en la casa que, indefectiblemente, no lograría concretar. “¿Qué me pasa, por Dios? ¿Por qué perdí la comodidad? ¿En qué momento dejé de vivir a mis anchas, para contraerme así de fuerte entre tanta cantidad de tareas?”, se lamentó.
En cuanto su neurosis le dio un respiro, Elisa enseguida la espantó a la realidad, la echó de su mente, como quien echa de su casa a un perro molesto. Y de inmediato, se puso a pensar en cualquier otra cosa que no le estuviera sucediendo tan cerca en tiempo y espacio. Repasaba los puntos salientes de su jornada, y planificaba con detalle lo que haría al bajar, cuando sintió que el pantalón también le quedaba muy ajustado, probablemente, por exceso de biscochitos en la oficina. Y cuando proyectó lo que compraría en el super chino, apenas llegara a su barrio, se dio cuenta que su sueldo era otra cosa que le estaba quedando ajustado. Luego, recordó que tenía que cocinar rapidito, porque sus suegros irían a cenar. O sea, lo que quedaba del martes, también le quedaba muy ajustado. Y lo que quedaba de la semana, si es que quería terminar para el lunes el trabajo que había prometido entregar. Si Elisa hubiera continuado pasando lista a sus obligaciones, hubiera descubierto que hasta el mes completo le apretaba por todos lados, porque había planeado varias refacciones en la casa que, indefectiblemente, no lograría concretar. “¿Qué me pasa, por Dios? ¿Por qué perdí la comodidad? ¿En qué momento dejé de vivir a mis anchas, para contraerme así de fuerte entre tanta cantidad de tareas?”, se lamentó.
En la anteúltima parada, miró por la ventanilla a un
muchacho que tocaba la guitarra, sentado en el andén. A él la ropa no le quedaba
ajustada, y llevaba el pelo largo, atado con una gomita, muy floja. El hombre
parecía tener el tiempo del mundo. Y Elisa creyó ver que él ostentaba horas
libres. Lo envidió secretamente. De forma tan secreta, que ni a sí misma se lo
confesó. Sólo su inconsciente acusó recibo de tamaño despropósito. Resulta que
ella, titular de un trabajo decente y de una familia tipo, que una vez fue a
veranear a Miami, llegó a envidiar a un hippie de mala muerte. Pronto le empezó
a faltar el aire y, cuando abandonó el subte, se salteó las compras del
supermercado, para subir a su departamento casi corriendo. Lo primero que hizo
al traspasar la puerta, fue tirarse boca abajo en el piso del living, con los
brazos y piernas extendidas, formando una estrella de mar. Su esposo le
preguntó si se sentía bien, lo que es un claro eufemismo de “por qué te sentís
mal”, pero como única explicación obtuvo una ambigüedad: “Necesito estirarme un
poco. Dejame estirarme un poco”. Él, sabiendo que así le levantaría el ánimo, o
se lo estiraría al ánimo, si lo prefería más, le comentó que habían llamado
de la oficina, y que el informe que tenía que entregar el lunes, no lo
necesitaban con tanta urgencia, porque la reunión se posponía. “Parece que el
director salió de viaje, y vuelve el 23”, le comentó. Ella levantó la cabeza
levemente, del mismo modo que lo haría una tortuga vieja a la que le pesa su
caparazón, y sonrió emocionada. “Algo menos, no lo puedo creer…”, pensó. Aunque la noticia era sólo eso, le pareció un regalo divino. “¿Estás
llorando?”, le preguntó su marido, sin poder creer lo que veía. Sí, era cierto,
Elisa lloraba.
Mientras tanto, en el andén, cuando el subterráneo
estaba por cerrar las puertas, el hippie salía a la calle, sosteniendo con la
espalda la guitarra y los deseos repetidos: “Qué bueno sería que alguien me
esperara en casa”, “qué lindo sería poder tener mi propio departamento”.
A la mañana siguiente, era el Día del
Trabajador, y Elisa volvió a subirse al subte, pero sólo para acercarse al shopping. Tenía que hacer unas compras y esos locales eran los únicos que abrían en el feriado. Viajaba sentada, con el bolso a su
lado, ocupando casi el espacio de otra persona, y dándose palmaditas rítmicas
en sus muslos, cuando tras una sola estación, escuchó al guitarrista y cambió
de planes: decidió bajarse ahí. Se le acercó lentamente y, presumiendo ella de
sus horas libres, se detuvo ante él, con unas monedas en la mano. Las hizo
sonar, como invitándolo a que se las ganara. El muchacho le sonrió, divertido,
y le preguntó su nombre. Ese truco le alcanzó para, además, ganarse un billete
de diez. Le improvisó un poco de Para Elisa, y se rieron juntos al mismo tiempo,
de manera explosiva, como hacen los chicos. Eso sí fue extraordinario. Durante
esos segundos de picardía, se sintieron de la misma especie. Casi iguales.
María Silvana Méndez
2013
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