miércoles, 8 de mayo de 2013

Le quedaba muy ajustado


Para Elisa

Elisa regresaba, en la hora pico, como todos los días hábiles. El subte le quedaba muy ajustado. Cada tanto, se le cruzaba la realidad en su mente. Se le ocurría la idea de estar compartiendo el aire con gente que no conocía y que podía estar enferma. Un barbudo sudoroso, justo frente a ella, la atormentaba, porque no se había sacado el saco para subir al vagón y, especialmente, porque lo que exhalaban sus pulmones, luego de atravesar vaya a saber una cuántas venas, se lo estaba chupando ella. Elisa percibía que su cuerpo se estaba fundiendo con los de unos desconocidos, en un crematorio de identidades. Finas láminas de tela separaban sus respectivas pieles. Y sus complejas personalidades se estaban reduciendo, por la densidad, a meros adjetivos: anciano, alto, adolescente, lindo, gorda. Hasta la próxima estación, se había sometido a la esclavitud y, una vez ahí, tendría que decidir de nuevo: “¿Sigo acá arriba o me libero?”.

En cuanto su neurosis le dio un respiro, Elisa enseguida la espantó a la realidad, la echó de su mente, como quien echa de su casa a un perro molesto. Y de inmediato, se puso a pensar en cualquier otra cosa que no le estuviera sucediendo tan cerca en tiempo y espacio. Repasaba los puntos salientes de su jornada, y planificaba con detalle lo que haría al bajar, cuando sintió que el pantalón también le quedaba muy ajustado, probablemente, por exceso de biscochitos en la oficina. Y cuando proyectó lo que compraría en el super chino, apenas llegara a su barrio, se dio cuenta que su sueldo era otra cosa que le estaba quedando ajustado. Luego, recordó que tenía que cocinar rapidito, porque sus suegros irían a cenar. O sea, lo que quedaba del martes, también le quedaba muy ajustado. Y lo que quedaba de la semana, si es que quería terminar para el lunes el trabajo que había prometido entregar. Si Elisa hubiera continuado pasando lista a sus obligaciones, hubiera descubierto que hasta el mes completo le apretaba por todos lados, porque había planeado varias refacciones en la casa que, indefectiblemente, no lograría concretar. “¿Qué me pasa, por Dios? ¿Por qué perdí la comodidad? ¿En qué momento dejé de vivir a mis anchas, para contraerme así de fuerte entre tanta cantidad de tareas?”, se lamentó.

En la anteúltima parada, miró por la ventanilla a un muchacho que tocaba la guitarra, sentado en el andén. A él la ropa no le quedaba ajustada, y llevaba el pelo largo, atado con una gomita, muy floja. El hombre parecía tener el tiempo del mundo. Y Elisa creyó ver que él ostentaba horas libres. Lo envidió secretamente. De forma tan secreta, que ni a sí misma se lo confesó. Sólo su inconsciente acusó recibo de tamaño despropósito. Resulta que ella, titular de un trabajo decente y de una familia tipo, que una vez fue a veranear a Miami, llegó a envidiar a un hippie de mala muerte. Pronto le empezó a faltar el aire y, cuando abandonó el subte, se salteó las compras del supermercado, para subir a su departamento casi corriendo. Lo primero que hizo al traspasar la puerta, fue tirarse boca abajo en el piso del living, con los brazos y piernas extendidas, formando una estrella de mar. Su esposo le preguntó si se sentía bien, lo que es un claro eufemismo de “por qué te sentís mal”, pero como única explicación obtuvo una ambigüedad: “Necesito estirarme un poco. Dejame estirarme un poco”. Él, sabiendo que así le levantaría el ánimo, o se lo estiraría al ánimo, si lo prefería más, le comentó que habían llamado de la oficina, y que el informe que tenía que entregar el lunes, no lo necesitaban con tanta urgencia, porque la reunión se posponía. “Parece que el director salió de viaje, y vuelve el 23”, le comentó. Ella levantó la cabeza levemente, del mismo modo que lo haría una tortuga vieja a la que le pesa su caparazón, y sonrió emocionada. “Algo menos, no lo puedo creer…”, pensó. Aunque la noticia era sólo eso, le pareció un regalo divino. “¿Estás llorando?”, le preguntó su marido, sin poder creer lo que veía. Sí, era cierto, Elisa lloraba.

Mientras tanto, en el andén, cuando el subterráneo estaba por cerrar las puertas, el hippie salía a la calle, sosteniendo con la espalda la guitarra y los deseos repetidos: “Qué bueno sería que alguien me esperara en casa”, “qué lindo sería poder tener mi propio departamento”.

A la mañana siguiente, era el Día del Trabajador, y Elisa volvió a subirse al subte, pero sólo para acercarse al shopping. Tenía que hacer unas compras y esos locales eran los únicos que abrían en el feriado. Viajaba sentada, con el bolso a su lado, ocupando casi el espacio de otra persona, y dándose palmaditas rítmicas en sus muslos, cuando tras una sola estación, escuchó al guitarrista y cambió de planes: decidió bajarse ahí. Se le acercó lentamente y, presumiendo ella de sus horas libres, se detuvo ante él, con unas monedas en la mano. Las hizo sonar, como invitándolo a que se las ganara. El muchacho le sonrió, divertido, y le preguntó su nombre. Ese truco le alcanzó para, además, ganarse un billete de diez. Le improvisó un poco de Para Elisa, y se rieron juntos al mismo tiempo, de manera explosiva, como hacen los chicos. Eso sí fue extraordinario. Durante esos segundos de picardía, se sintieron de la misma especie. Casi iguales. 

María Silvana Méndez
2013

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