jueves, 27 de junio de 2013

Cuento a cuatro manos

La Media

Se vistió rápidamente y salió. Recién cuando pudo sentarse en el Bondi, medio primereando a un tipo que amagó a cagarle el asiento, se dio cuenta de que le faltaba una media.

Ya en el club buscó a Peter, el guardia de seguridad que siempre le salvaba las papas. Peter le dijo que las suyas eran color bordó y que, cuando se pusiese el short, todos notarían la diferencia. Adrián entró en pánico: era la segunda vez, en tres días, que le pasaba lo mismo.

El médico le había dicho que, a su edad, esas distracciones rara vez se correspondían con una patología, que se olvidara del Alzheimer y esas estupideces. Él era un muchacho sano, fuerte, pero con una agenda demasiado cargadita. ¿Por qué insistía en ocupar hasta los pocos minutos libres que separaban su trabajo de la facultad? “¿No estarás enamorado vos, pibe?”, le había preguntado antes de despedirlo en la puerta del consultorio. Joaquín, aprovechando su supuesta falta de tiempo, prefirió no contestarle. Sólo le sonrió un poco, y le dijo: “La próxima vez te cuento, doc”.


Cerró la puerta y se dijo para sus adentros: “Nos vemos en Disney”. No pensaba volver a aquel consultorio, sobre todo, después de haber visitado a su tío Carlos, gran cirujano nacional, quien le simplificó la vida desde una infografía que vio en una revista. “Lo tuyo, Adri, es una gilada”.

martes, 25 de junio de 2013

Jitanjáforas

Single mixto
 
Apenas él le tiraba un drive, a ella se le agolpaba el pecho y caían en limbos tenísticos, en salvajes peloteos, en corridas exasperantes. Cada vez que él procuraba evitar las líneas, se enredaba en un zapateo quejumbroso y tenía que pararse de cara al umpire, sintiendo cómo poco a poco las zapatillas se hundían, se iban acercando al fleje, pisándolo, hasta quedar tendido como el jugador de club amateur, al que se le han dejado caer unos foot faults. Y sin embargo, era apenas el principio, porque en un momento dado ella se reía a carcajadas, consintiendo que él aproximara suavemente su tanteador. Apenas se veían, algo como un rayo los atravesaba, los conectaba y atraía, de pronto era el desafío, la eterna competencia de los géneros, la obvia pulseada del matrimonio, los prejuicios del mundo en una sobredimensionada competencia. ¡Ganá por nosotros! ¡Ganá por nosotras! Agitados en la cresta del partido, se sentían atropellar, inocentes y confundidos. Temblaba el elástico de la red, se vencían las raquetas, y todo se resolvía en un profundo tie break, en jugadas de memorizadas estrategias, en servicios casi crueles que los empujaban hasta el límite de las fuerzas. 


Hacerse los ratones

El ratoncito zatoneaba por la alcantarilla, buscando un íspide de trumo para tropengar. El argante aire del subsuelo, contenía tantos todores mezclados, que su folidante olfato se confundía constantemente. De pronto, una ratoncita muy velaria se le cruzó en el camino, y él, sumonizado, vogó los ojos, y se puso colorado de vincia. Ella zatoneaba la alcantarilla por la misma bulapa que él. Pero, como se afisca, a veces, fragando una cosa, se quina otra. La drola es así. El ratoncito era medio námido pero, igual, juntó sugo, y le dijo: “¿No querés frepajar conmigo?”. Ella, sacó su mocronte de la cartera, lo examinó de arriba abajo, como una verdadera venecta, y le contestó a su intergoñador: “Hmm… es fonible. ¿por qué no? Pero antes, ayudame a quinar un íspide de trumo, porque hace mucho que no tropengo nada, y estoy molidera”. El ratoncito, feliz de la drola, respiró profundo, estiró sus bigotes, y siguió zatoneando tranquilo. Ya sabía que, esa noche, se iría a dormir con el normo contento. 

María Silvana Méndez
Junio 2013

Tener suerte

Andaba con el humor para la venecta, tenía la bulapa casi destrozada y no podía parar de zatonear un sin número de puteadas. Había reventado una drola sin sentido y ahora tenía que fragar una solución. Tenía que pensar algo rápido.
Empezó a sumonir despacito, mientras el íspide le apretaba en los pantalones y una gota gorda le dibujaba una estela en la mejilla derecha. Había olor a trumo y era muy probable que aquella hembra de folidante anduviera cerca. Tropengó todo lo que tenía encima y atinó a afiscar lo que podía del piso. La luz del intergoñador nunca se apagó, recordándole a cada instante que era muy probable volver a frepajar. Mierda. Le sudaba hasta el todor. 
Con las manos sucias de tanto quinar, se aferró al mocronte y recuperó la vertical. Ella estaba cada vez más cerca; argante como una llegua, fonible como una coneja, velaria como una gacela. El, námido como un lemur, la contempló en la distancia e imaginó su sugo transpirando, apretándose en cada movimiento de piernas. Sintió vogir su masculinidad como un molidero; el frenesí no tardaría en ser estado permanente. Pero no estaba seguro con aquella vincia. Le cabía mejor una normo, lo sabía, pero ya no había mucho por hacer. Le miró los párpados y le sintió el aliento cuando estuvo a pocos centímetros de su propia boca. Qué bien le hubiera venido una caladita más, antes de perderlo todo en un encuentro para el olvido. 


Lucas Regolo.



lunes, 24 de junio de 2013

Un puto full

Apenas él le miraba las fichas, a ella se le agolpaba el párpado y caían en miradas, en salvajes exámenes, en suspiros exasperantes. Cada vez que él procuraba sacarle las fichas, se enredaba en un movimiento quejumbroso y tenía que ponerse de cara al poniente, sintiendo cómo poco a poco las cartas se daban, se iban juntando, sumándose, hasta quedar tendidas como el mantel de paño que al que se le han dejado caer unos pisapapeles de amianto. Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se aflojaba las manos, consintiendo en que él aproximara suavemente su hocico. Apenas se medían, algo como un tornado los separaba, los iluminaba y engalanaba, de pronto era el flop, las malditas cartas de los mazos, las fichas perdidas de las luces, los sinsabores del entorno en una mano millonaria. ¡All in! ¡All in!Subidos a la cresta del poker, se sentía levitar, caer, rodar. Temblaba el párpado, se vencían los tics, y todo se resolvía en un profundo segundo, en cartas de dos palos, en un full house casi cruel que los condenaba hasta el límite de la próxima partida.

Lucas Regolo.

68 bis


I. La carne

Apenas él le rozaba el escote, a ella se le agolpaba el aliento y caían en franeleos, en salvajes manoseos, en chuponeos exasperantes. Cada vez que él procuraba liberarle los melones, se enredaba en un manipuleo quejumbroso y tenía que apretarla de cara al suelo, sintiendo cómo poco a poco el órgano se despabilaba, se iba desperezando, emputeciendo, hasta quedar tendido como el mástil de Belgrano al que se le han dejado caer unas comparsas de granaderos.  Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se bajaba los lienzos, consintiendo en que él aproximara suavemente su bochín. Apenas se despelotaban, algo como un huracán los encarajinaba, los zarandeaba y sacudía, de pronto era el quilombo, la estrepitosa andanada de las mantas, la infartante propulsión del garche, los revoleos del entrevero en una mítica empomada. ¡Seguí! Seguí! Desbocados en la cresta del asunto, se sentían Gardel, Adán y Eva. Temblaba el colchón, se vencían las patas, y todo se eclipsaba en un profundo aullido, en palabras de amor grasas, en mordiscos casi crueles que los llevaban hasta el límite de las ganas.




II. El verbo

Apenas él le citaba el poema, a ella se le agolpaba el llanto y caían en antologías, en salvajes fonemas, en traducciones exasperantes. Cada vez que él procuraba recitar las odas, se enredaba en un balbuceo quejumbroso y tenía que pararse de cara al texto, sintiendo cómo poco a poco las imágenes se aclaraban, se iban acomodando, redefiniendo, hasta quedar tendido como el verso de Verlaine al que se le han dejado caer unas hojas muertas.  Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se imaginaba los pasajes, consintiendo en que él aproximara suavemente su canto. Apenas se relajaban algo como un remolino los elevaba, los transportaba y predisponía, de pronto era el símbolo, la caprichosa economía de las métricas, la exultante libertad del verso, los secretos del soneto en una mítica eufonía. ¡Mallarmé! ¡Mallarmé! Ensimismados en la cresta del lirismo, se sentían levitar, místicos y eufóricos. Temblaba el lenguaje, se vencían las sílabas, y todo se liberaba en un profundo ritmo, en estilos de sintaxis laxas, en rimas casi crueles que los llevaban hasta el límite de las palabras.

martes, 11 de junio de 2013

Lo nuestro es para siempre

No alcancé a mirar las tribunas; nos bajamos del micro y yo quería seguir en la mía. Sonaba fuerte “Si te vas” y a mí me sacaba alguna que otra sonrisa, como cuando veía a mis pobres compatriotas quedar arriados a “Garota de Ipanema”, cada vez que algún local la hacía sonar con algún instrumento o simplemente la silbaba. Daba exactamente lo mismo estar en Leblon, en Ipanema o en Copacabana; la gente no la tiene tan clara con las veredas y, sencillamente, quiere seguir consumiendo lo que vino a buscar. El aleatorio del mp3 saltó a “las pibas quieren cha cha” y todo me hacía pensar en esa tarde, en si la iba a poner, cuándo, cómo. Las lluvias de la mañana habían dejado un hueco en el firmamento para que se filtraran unos rayos de luz. El desayuno había quedado lejos en el tiempo y la ansiedad me estaba jugando una mala pasada, haciendo retorcer a mi estómago en un crujir incómodo. Nos arrumbamos en una especie de doble fila y yo no podía escuchar a la gente, porque de haber prestado atención a aquellos gritos me hubiese vuelto loco. A mi lado había quedado Juan, que miraba una y otra vez lo largo del pasillo que terminaba en los vestuarios con sus ojos de canicas, listos para ser arrojados también en velocidad a lo que sea que haya que perseguir. No nos hablamos en todo el viaje desde que habíamos salido de la concentración. El se la pasó con su ipad tratando de pasar el nivel de no sé qué juego; yo contesté algunos mensajes en el celular, pero sólo aquellos que no eran importantes. Ya en el vestuario, Cristian se sentó al lado mío; pero su mirada no se cruzó con la del técnico cuando éste se paró delante de Juan y de mí. Qué negro hermoso que tenemos al frente del equipo. Siempre tiene la palabra que no te permitirías en el momento adecuado.
-Manu, sacate esos auriculares de mierda y prestame atención… empezá a meterte en lo que viene, que hoy la rompés…  Juan ¡Juan!…. La puta que te parió Juan, vení acá que les quiero hablar a los dos- dijo mientras su mirada periférica controlaba que Emiliano no empilchara para opacarlo, si acaso eso fuera posible. Juan se acercó como corriendo, pero en verdad apenas si se había deslizado dos varillas en los bancos de madera. Así era Juan. A todo le ponía su velocidad.

Recuerdo haber pensado, "cómo quiero a éste hombre". Cuánto le estimo, que tanta admiración no me da vergüenza. Qué feo y qué fanfarrón es, y sin embargo, qué lejos ha llegado paseando su reticente humanidad por los cinco continentes. Su nariz de halcón detectaba una posibilidad de gol a kilómetros de distancia, y todo su cuerpo se sincronizaba para alcanzar el cuero y que éste, blandiera las redes contrarias. Sentí que ése mediodía me hablaba de una manera especial, inédita. Atesoré sus palabras como si se tratara de un incunable; tanto, que no puedo reproducirlas. Era especial para dar a cada uno lo suyo, y para que, una vez recibido el mensaje, uno se fuera contento en su egoísmo. 
- Así que los dos se tienen que encontrar; vos lo tenés que buscar a él, que a patir de ahora le vas a tener más ganas que a tu novia. Y vos lo tenés que mirar siempre a los ojos, porque ese amor lo querés corresponder, porque vos querés que él vea en tus ojos que siempre lo vas a esperar- soltó, como si en efecto nosotros fuéramos dos amantes. Sin lograr comprenderlo del todo, ya sabía que tenía razón. El manto sagrado me cubría el pecho, y acaso podría decirse que la sangre que me sobrepasaba el corazón, dibujaba esa banda roja que me teñía el alma. El aroma a alcanfor de las cremas que se untaron en una veintena de cuádriceps me abrió las fosas nasales por completo. El rugir del estadio empezaba a bajar como una condena: "para ser campeón, hoy hay que ganar". No estoy muy seguro de poder alcanzar ese campeonato; los fríos de Rosario vienen pisando fuerte. Pero con ganar damos un paso grande, y empujamos a otro al vacío. Una combinación irresistible. 
Subí las escaleras como flotando en el aire, como si el aliento de mis compañeros me hiciera levitar hasta la boca del túnel. Empecé a sentir el olor de la gramilla húmeda, que suele confundirse, en ocasiones, con una marihuana mal curada. El rojo del estadio pasó a un carmesí intenso, mientras apurábamos el trote que nos dibujaría en el 4-3-1-2 que se veía desde las tribunas. A lo alto, en la tribuna que da la espalda a la Figueroa Alcorta, había un ramillete de hinchas aferrados a una ilusión cada vez más resbaladisa. Ni siquiera se los veía mover los brazos. Muchos permanecieron sentados, porque el mundo entero se les había vuelto demasiado pesado.
El partido recién se estaba armando cuando vi, como en muchos otros partidos, que Leonel empezaba una escalada por el andirivel izquierdo. Otra vez, la ansiedad me hizo dar un pase defectuoso que derivó en un saque de banda para ellos. Pero pareció que el nervisiosmo se fue también con el pase, ya que al instante de ser conectada por el defensor rival quedó en los pies de Gabriel, que me la dio con fuerza y rápido y no pude más que apoyar mi pie en el césped para que rebote la pelota. A Gabriel le pasó lo mismo, sólo que su error derivó en una habilitación genial para Juan, el bueno de Juan, el rápido Juan, el inalcanzable Juan. Apenas tuvo que acariciar el cuero ante la desesperación del arquero rival para ver cómo la pelota pasaba tranquila la línea de sentencia, y el Rojo bajaba unos peldaños más en la escalera del Nacional. La otrora bulliciosa tribuna Centenario parecía un fresco. No llegué a distinguir los rostros demudados de la parcialidad visitante, pero sabía que estaban quebrados.
Podría relatar la extraña sensación de saber que de aquel momento en adelante todo estaba sentenciado, y en esas cavilaciones perdí buena parte del partido. Ellos se venían, más por amor propio que por capacidad, y a nosotros nos alcanzaba con abroquelarnos en defensa para que no pasara un solo centro. De hecho, sucedió más o menos de esa manera. 
Fue un centro a media altura, como esos a los que nos tenía acostumbrados justo a nosotros el bueno de Chiche, que Jony se encargó de extirpar y devolver con pelota redonda a mis pies. Yo venía de una excursión infructuosa en los metros finales de Independiente, así que todavía estaba recuperando el aire. Pero lo vi bien parado al tucumano y le entregué la caprichosa. Juan, otra vez Juan, se lanzó en velocidad para atravesar la defensa rival que se empezaba a improvisar desde la mitad de la cancha. El tucu no dudó mucho: con un talento delicioso, lanzó la bola unos sesenta metros para que Juan hiciera lo que más le gusta hacer: mostrarles su brillante dorsal número 15 a los rivales. El pase fue tan pero tan preciso que impulsó a mis piernas cansadas a lanzarse también en esa carrera. Juan llegó prácticamente a la raya del fondo, donde un Morel que tenía bastante de zoombie no sabía si saltarle a la yugular o correrse de la escena para que la culpa sea de otro. Juan le mostró la pelota y la escondió, la cambió para su pie izquierdo y en una suerte de golpe de billar, la devolvió hacia el punto penal. Yo venía tranquilo y aceleré la carrera. Vi otra vez la tribuna Centenario, completamente muda. Se me aparecieron también, y no sé por qué, los morros de Río de Janeiro. Pisé firme con mi pie izquierdo y abrí todo el arco de mi pie derecho, para darle con rosca y precisión al ángulo superior derecho del arquerito de Independiente que se tiró para no hacer vista, pero que nada podía hacer para detener mi disparo. Las redes se agitaron como el velo de una novia, hermosa, que está lista para ser entregada en el altar. Sentí alegría, furor, un leve cosquilleo en el estómago y una sensación inolvidable: ver la soberbia doblegarse ante el talento. A lo lejos, parado sobre el alambrado, vi a un hincha que miraba a esa misma tribuna y esperaba una devolución, mientras juntaba ambos brazos como sosteniendo un niño invisible, haciendo el ademán que hacen los padres para poner sus hijos a dormir. Volaron algunas butacas en su dirección pero el padre siguió sosteniendo a su hijo invisible, abrigado con el vacío de un otrora gran club que se arrastraba casi inerte sobre el césped del glorioso Monumental. Encerrado por una docena de brazos amigos, volví a mirar a Juan como Ramón me había pedido que lo mire. Soltamos una carcajada franca, deliciosa, de un entedimiento más allá del fútbol. Juan miró por primera vez a la tribuna Centenario, que parecía una flor deshojada por los hinchas que no paraban de arrojar las butacas hacia la parcialidad local. Otros, la gran mayoría, se desplomaron sobre sus asientos y llevaron sus manos a la cara. Para ellos empezaba un verdadero infierno que no tiene fecha de vencimiento. Otra vez el recuerdo me llevó a Río de Janeiro, cuando veía esas imágenes invertidas por la televisión. Evidentemente en aquel instante me fui de todos lados, porque Gabriel me zamarreó un poco más como si siguiera festejando el gol, pero me susurró al oído para conjurar de una vez por todas ese recuerdo amargo: "Les cabe por putos". 

domingo, 9 de junio de 2013

La espera

De alguna forma se me fueron los días sin escribir nada, ya es domingo y estoy sentado en el auto, tratando de sacar el estéreo con dos cuchillos. El otro día me olvidé las luces prendidas, se me cagó la batería y me reseteó todo. El estéreo no arranca sin el código de seguridad así que busco el manual y no está, el tipo que me lo vendió no me lo dio  y para activarlo tengo que sacarlo, mirar el número de serie y llamar al concesionario para que me lo habiliten. Busqué en google y encontré un video en youtube de un tipo que los sacaba con dos tramontina y acá estoy, clavandole cuchillos al estéreo como si le estuviera haciendo acupuntura, sin saber de dónde tirar, para qué lado hacer fuerza, de lo más golpeado en mi masculinidad. Como cuando voy a la ferretería a comprar algo y viene la repregunta que me liquida: de cuántos milímetros, rosca para afuera o para adentro, macho o hembra. Qué sé yo, pelado. Nunca sé cómo responder así que tengo que volver humillado a casa, buscar otra vez en google, volver con el caballo cansado: 8 milímetros, rosca para afuera, hembra.  Es como que el tipo disfruta tirándome esas preguntas, te va midiendo y zas, te la manda a guardar, con una toma de judo te deja revolcado en ese lado B de la masculinidad.  Al final pude sacar al estéreo (había que clavar los tramontinas de a uno y tirar para afuera medio haciendo palanca) y mentalmente se lo dediqué al ferretero. Para aprovechar el envión anímico me vine a escribir al bar con la notebook. Me pedí un cortado y una tarta de manzana y abrí el word, esperando que se me cayera una idea, y otra vez se me apareció la imagen del pelado de la ferretería preguntándome si me creía David Viñas, escribiendo en el bar, y fue como si me hubiera clavado un tramontina en la espalda. Están dando el partido así que me quedo viendo la tele mientras me como la tarta de manzana y me deprimo un poco con el domingo y con la lluvia. River hace el segundo gol y lo manda a Independiente a la be, miro los mails, los diarios. El documento de word sigue intacto.  El tipo de la mesa de al lado me hace un comentario del partido, después otro, le contesto los dos pero mis respuestas son tan malas que le empieza a hablar a un flaco de otra mesa y al ratito ya están conversando como si se conocieran de toda la vida, y me voy quedando sin refugios de masculinidad a los que aferrarme. Después Independiente hace un gol y los tipos hablan como cinco minutos del Rolfi Montenegro. Le dicen “el Rolfi” como si lo conocieran, con un tonito que me da bronca. Siempre me pasa lo mismo cuando veo los partidos en los bares: hay uno que se me pone a hablar y no sé qué pasa, es como que no sé devolverles la pared y al rato terminan ignorándome. No es que no quiera ponerme a hablar, es más bien que no me sale, aunque quisiera no puedo ser esos dos tipos hablando del Rolfi Montenegro, en algún punto la conversación se me muere, no sé qué decir, repito el comentario del otro, asiento pero de manera tan poco adecuada que al otro se le van las ganas de seguir hablando y yo me quedo derrotado, pensando lo que tendría que haber dicho, elucubrando arranques en falso. En el mundial pasado me pasó algo parecido. Los primeros partidos los vi en el mismo bar, había siempre poca gente y entre todos no podíamos crear un clima medianamente satisfactorio. En silencio mirábamos como exiliados cómo explotaba el bar de enfrente con los goles, culpando en secreto a los otros por nuestra vergüenza colectiva. Para los cuartos de final me mudé al bar de enfrente, que desbordaba pasión mundialista, con tipos grandes vestidos con la camiseta de la selección, y nos comimos cuatro con Alemania. Cuando hicieron el tercero un gordo que puteó todo el partido le gritó “callate pibe” a un nenito que soplaba una vuvuzela y me dieron ganas de volver al otro bar con mis compañeros de exilio, al sosiego sin estridencias de mi lado B. De eso tendría que escribir, de la experiencia de ver partidos en los bares, de esos microclimas que se arman, un par de mesas en las que se toma birra y se grita como si se estuviera en la cancha, al lado una pareja totalmente abstraída que toma café con leche con medialunas como en un bar paralelo, mientras un tipo hace comentarios en voz alta como si fuera Macaya. Hacerme el etnógrafo, ir a distintos bares y tomar notas en una libreta, copiar los diálogos, tirar comparaciones y pensar en alguna periodización, cuando no había fútbol ni plasmas para todos y los bares ponían el fixture de los partidos para los que no tenían cable. Vuelvo al word. Pienso en la consigna y no viene nada, una imagen de los más obvia, una mujer esperando el colectivo en la parada. No puedo pasar de ahí, rebusco en el cerebro y me vuelve la misma imagen, sin avanzar un centímetro, sin ninguna punta para seguir. ¿De dónde viene? ¿A dónde va? Como si me faltara otro cablecito para conectar y hacer sinapsis, me queda una neurona regulando sola, trabada en esa imagen totalmente estéril. Siento que el espíritu de David Viñas me mira desde la mesa de al lado, a la que se sumó el ferretero, y les dice a los tipos que soy un pecho frío como el Rolfi. Pienso que voy a repetir el año en el taller. Antes de que me revuelquen con otra toma de judo pido la cuenta y me voy a casa. 

De lejos, lo vi esperando

Querido diario:

Estoy mirando la última fecha en que te escribí, y fue hace más de tres años. Pero vuelvo a vos, para no explotar. Será que lo que viví ayer me hizo sentir una adolescente de nuevo. Y las regresiones son un bajón. Anoche tuve que ir al casamiento de Nacho. Sí, el mismo. El hombre del que te hablé durante casi la mitad de tus páginas. Se casó, pero con otra. Ya sé lo que pensás, no es que tuve que ir. Nadie tiene que hacer algo así, si no quiere. Pero estaba invitada la oficina entera, desde el cadete hasta el jefe, entonces ir o no ir iba a ser más o menos lo mismo: mis compañeros iban a hablar por días del tema. Y no yendo, generaría suspicacias. Tenía que soportar estoicamente el compromiso, para no parecer tan malherida. Aunque lo estoy. Además, me moría de intriga por saber con quién se casaba, cómo era esa tal Carmela. La “Carme, no sabés, es una divina”, como la llamó Nacho cuando la conoció. Si no la veía con mis propios ojos, la duda me iba a atormentar por meses. ¿Sería re linda? ¿Linda común? ¿Medio feíta pero con una gran personalidad? ¿Fea del todo pero re buena, onda María Teresa? ¿Talentosa? Lo que era seguro es que algún valor tendría, porque él no se casaría con la primera chica con la que pudiera. Capacidad de elección, justamente, no le falta. Yo creía, y no me equivoqué, que cuando los viera, a ella y a su entorno, me iba a dar cuenta de la historia completa. Iba a entender cuál es el arma secreta de esa Carme, la divina. En qué consiste su súper poder, con el que conquistó a mi Nacho.

Cuando bajé del taxi, a media cuadra de la iglesia, me enredé el vestido con el zapato, y pensé: “Cuánta alfombra roja me falta… Cómo se nota que este look lo usé cuatro veces en toda mi vida. Está claro que lo mío no es el glamour, en ninguna forma. No sé maquillarme, no camino bien con tacos, tomo una copa de alcohol y empiezo a decir pavadas…”.

Me sorprendió ver el revuelo de mucha gente en la puerta, y el despliegue de fotógrafos. Había tres, o dos y un camarógrafo. Y por un segundo, se me cruzó la idea que ella podría provenir de una familia conocida. Me había fijado cuál era su apellido en la participación, pero no conozco a nadie que se llame Colombo. A mí, esa palabra no me dice nada. Después, a medida que subía la escalinata, deduje que algunas de esas personas debían ser de la ceremonia anterior, o de la que seguía. Se casan varias parejas la misma noche, así que no iba a ser tan fácil entender el panorama con un solo vistazo.

Me acomodé en un banco medio lejano, de la mitad de la nave para atrás, y pegada al pasillo central. Esta ubicación en un cine sería ideal, pero en una iglesia grande, no tanto. Y cuando estiré el cuello, ahí estaba. De lejos, lo vi esperando, en el altar.

Diario, esperá que me recupere un poquito y te sigo contando. No fue fácil ese momento. Fue como surrealista para mí.

Bueno, ahí estaba. Esperándola a ella. Hecho un … hermoso, como siempre. Yo pensaba que me encantaba el estilo informal en los hombres, la ropa canchera, descontracturada. Pero te juro que cuando lo vi a Nacho en smoking, me quedé sin aire. Si me sirvió de algo práctico haber ido a la boda, es que ahora sé que sí me gustan los hombres bien vestidos. O será que crecí y cambié mis preferencias sin haberme dado cuenta. Parecía una escultura. Peinado impecable, afeitado hasta la tersura, zapatos brillantes. Todo lo perfecto que puede lucir un hombre.

Se lo notaba nervioso también, porque cada tanto se refregaba las manos, y él hace eso por ansiedad. Igual, cuando lo vio acercarse a Miguel, cambió de expresión. Su mejor amigo lo sorprendió de atrás, casi a la altura del atrio, y no sé qué le dijo, pero Nachito se río, y ahí morí otra vez. Así vestido, y con esa sonrisa… Me costó más resucitar después de esa imagen. No me la voy a olvidar nunca. 

Para no desestabilizarme, lo dejé de mirar a él, y empecé a localizar a los demás en la iglesia, a ver quién había llegado. No había faltado nadie. Me sorprendió ver a algunos tan planchados, y a algunas tan brillantes. Como la empresa no tiene requisitos de formalidad, porque no atendemos al público, descubrirnos a cada uno súper producidos fue un espectáculo en sí mismo. La que más gracia me causó fue la recepcionista, Graciela, una mujer de unos sesenta y cinco, que fue con lentejuelas hasta en la cabeza. Y esto no es un chiste. Era como una boya en altamar. La iglesia estaba repleta, pero lo primero que se veía, incluso antes que la cruz y la imagen de María Auxiliadora, era Graciela, desde cualquier punto de alcance. Otro que me entretuvo un rato fue el jefe, más que por él, por su esposa. No me la imaginaba tan bonita y joven, cuando la atendía por teléfono. Supongo que, en general, para los empleados en relación de dependencia, los jefes son, simplemente, seres que existen para complicarnos las horas. Y nos cuesta imaginarlos en otros ámbitos o roles. Siendo divertidos, felices, atractivos para terceros.

Mientras sacaba conclusiones, al lado mío se sentó Damián, un flaco de contaduría, creo que es contador ya, que entró hace dos meses. Todavía es el nuevito, porque es el último en sumarse, así que está siempre de buen humor. Contento de conocernos. Le caemos genial los veintipico, y cualquier comentario al pasar le parece gracioso. A veces, me tira onda, con el grado de represión justa que le imponen las circunstancias. Él es nuevo, yo hace siete años trabajo ahí, y no sabe cómo viene la mano, si el terreno es firme o movedizo. Apenas me vio, eligió sentarse cerca, y me saludó con un entusiasmo casi infantil. Hasta me acuerdo que me dijo algo lindo, tipo “qué linda estás, Juli…”, pero no me importó.

A la que busqué y busqué hasta detectarla, porque tenía mucha curiosidad sobre cómo iba a ir, es a Mariela. Yo sé bien, porque me lo confesó hace un par de años, que ella moría también por Nacho. Conmigo no se podía hacer la distraída. Hace por lo menos diez meses que no la veo seguido porque, desde que se recibió, la transfirieron al sector de diseño, en planta baja. Pero tengo muy presente que le encantaba Nacho y que, un día, la caradura lo invitó a un recital. Él no pudo ir, me dijo, porque tenía el cumpleaños de su mamá. Para mí que mintió esa vez. En síntesis, me costó, pero la encontré a Mariela: cerca de un confesionario, a los besos con su novio. Un muchacho que no conocía, pero con el que, era claro, se estaba llevando bárbaro. “Buenísimo”, pensé. Mi sospecha se acababa de confirmar: la persona más desdichada de la totalidad de los presentes en el recinto era yo. Se casaba el hombre que era para mí, con otra mujer, y encima, a diferencia de Mariela, no tenía ni un palenque donde rascarme.

Seguía ahí, auto compadeciéndome, cuando me despabiló el órgano. La novia estaba por entrar, y las cabezas giraron hacia la puerta, esperando a que se abra, como si fuera la misma entrada al paraíso. La única que miró justo para el lado opuesto fui yo, porque lo enfoqué a Nacho. Él estaba feliz. De golpe, los nervios se le habían ido, y sonreía con cara de satisfacción. Me pareció que, al acercarse ella, automáticamente, adoptó el modo “hombre bajo control”. Como si no hubiera querido mostrarse débil ante su mujer, sino confiado, seguro.

Damián, el de contaduría, sin vislumbrar una sola idea del universo complicadísimo en el que navegaba mi mente, interrumpió de nuevo mis pensamientos: “¿Querés un Beldent?”, me preguntó. “No, gracias”, le contesté ipso facto, sin siquiera mirarlo. Pobre, no era su culpa tampoco. Pero si él hubiera sabido en el atolladero emocional en el que me encontraba en ese preciso instante, esperando descubrir a la mujer que me arrebató a mi príncipe, porque iba a pasar espléndida al lado mío, en apenas segundos, jamás, ni en un millón de años, me hubiera hablado para ofrecerme chicles. Hubiera preferido no molestarme, y dejarme sola, elaborando el mal trago, por lo menos, hasta que se hicieran las cinco de la mañana. Ahí sí, tras tomar varias copas, probablemente, yo dejara que él me convidara con algo más que una golosina. No era seguro, porque la situación me había golpeado bastante, pero hubiera sumado chances. Por el contrario, en ese particular segmento de tiempo, su interés me resultó insoportablemente empalagoso. Cuando me tocó el brazo para hablarme, sentí, no te miento, que me estaba manchando con… no sé… dulce de leche. Me dio ganas de encararlo y decirle: “Please, dejá de enchastrarme. ¿No ves que estoy ocupada y que no tengo hambre..?”.

La puerta, finalmente, se abrió, y en el lugar se escuchó una ovación elegante. Exclamaciones en voz baja, mezcla de sorpresa y de alegría, junto con comentarios halagueños, del estilo “qué hermosa está” y “mirá el bordado de ese tul, es precioso”. No sé bien porque, de inmediato, no me animé a darme vuelta. Sólo orienté hacia Nacho. Y me di cuenta que las únicas personas que nos concentrábamos en el novio eran su mamá y yo. Las dos estábamos, a la fuerza, cortando un cordón umbilical. Ella, el de ser la mujer más importante en la vida de su hijo. Yo, el cordón que me ataba a un sueño imposible. En ambos casos, vivíamos un duelo. Pero lo vimos a él sonreír ampliamente, orgulloso, y se nos escapó a nosotras también una sonrisita. “Qué rico, Nachito. Ojalá sea feliz”.

Cuando Carme, la divina, había dados varios pasos, supe que el contacto era inevitable, y logré enfrentarla. Ahí se develó el enigma. Ella rubia, yo morocha. Ella alta, yo no tanto. Ella flaca, yo también, pero no importa. Ella sonriente como una reina, yo desahuciada como un vagabundo. Era linda, sí. Y daba una excelente primera impresión. Se veía buena gente también. Y alegre. Cómo no estarlo, si Nacho te quiere. Su traje de novia, efectivamente, era hermoso, y tenía un tul bien bordado. Además, aunque llevaba tacos, caminaba con mucha gracia. Después de mi escaneo de tres segundos, no pude evitarlo, y me largué a llorar.

Damián me habló otra vez, como si me hiciera falta: “Juli, ¿estás llorando?”. “Sí –le contesté, como pude-. Es que los casamientos me emocionan… No me hagas caso, es algo femenino”. “Claro, a mi vieja le pasa lo mismo. Siempre se le escapa un lagrimón en los casamientos”, me dijo Damián. Ahí, lloré todavía más. Y me importó un cuerno lo que fueran a pensar de mí: decidí no ir a la fiesta y volverme a casa.

María Silvana Méndez

Junio 2013