Cuando Sofía
era chiquita, tenía muy claro que vivía en una casa, dentro de una casa, dentro
del mundo. Y podía explicarlo sin rodeos ni esoterismo, con soltura, como
explican todo los chicos: “Mi primera casa es mi cuerpo. Mi segunda casa es el
lugar donde vivo con mi familia. Y el mundo es el mundo”.
También era
bastante imaginativa al describirse a sí misma, y a los adultos les divertía
preguntarle cuáles eran las partes de su casa, de la primera. Sin tener más
remedio, porque eran insistentes, Sofi les revelaba lo que para ella era obvio,
que sus ojos eran las ventanas, su boca, la puerta, su pelo, el techo, que las
habitaciones estaban, lógicamente, en su torso, -“en mi pecho” decía ella-, porque
adentro hay varios órganos que guardan cosas, etc. A su espalda la llamaba, con
sencillez, “la pared”.
Un amigo del
papá, que es pintor, estaba fascinado con el relato de la nena, y se animó a
mostrarle una lámina de Salvador Dalí, en la que a una mujer le salen cajones
del cuerpo. “¿Ves, Sofi?, tiene cajones en los pechos, porque ahí guarda la
leche, y un cajón en la panza, porque ahí hace a los bebés. Además, todas esas
cajitas, le sirven para proteger sus secretos”. A sus cinco años, la pintura le
pareció de lo más normal, nada surrealista, pero un poco aburrida. “Le faltan
partes”, le contestó al hombre. “¿Ah… si? ¿Cuáles partes?”. Entonces, Sofía se
las dibujó. Buscó un papel amarillo, su color favorito, garabateó una mujer, y
le hizo cajones en las manos, “donde mamá tiene las caricias”, en la garganta,
“donde a mí me salen las canciones”, en la frente “donde todos fabrican las
ideas”, en el corazón “donde nacen los besos”, y en la espalda. El artista
aplaudió su dibujo, pero no entendió el último detalle: “¿Y qué guarda esta
señora en su espalda, a ver Sofi…?”. “Ah… ¿en la pared…? Ahí, guarda los
dolores”.
Hoy, Sofía
ya es una adulta también, tiene veinticinco años, y no volvió a repetir su
teoría. Por vergüenza, y por falta de oportunidades. No encuentra nadie tan
interesado en sus relatos, ni con el tiempo para escucharlos. Pero por obra y
gracia del inconsciente, que es un gran tallador de instintos, cada vez que quiere
decir “espalda”, tiene que reprimir la palabra “pared”. Internamente, cuando
alguien comenta algo de la columna vertebral, los omóplatos, o de la cintura,
Sofía piensa que están hablando de “la pared”. No puede evitarlo. Y siempre, un
segundo antes de expresar lo primero que se le ocurre, cambia el cassette, y
dice lo que los demás sí van a entender. “Me duele la par…la espalda”, cuenta.
Anoche, durmió
con quien, en tres o cuatro años, probablemente, se case y forme una familia.
Aunque se conocen desde hace apenas un mes, son dos piezas contiguas del
rompecabezas. Ambos ya lo saben; lo confirmaron al amanecer. Sofía se despertó
boca abajo y él le escribió con su dedo índice, donde termina el cuello, la
palabra “linda”. Todavía desprendiéndose los sueños de a uno, como telas
arañas, desde el último escalón del inconsciente, ella le bromeó: “No me
escribas la pared”. A él, tampoco le pareció nada surrealista esta frase y,
después de hacerle un masajito en los hombros, sonriendo como un cómplice, le
contestó: “No te preocupes. Te escribí la pared con una pintura invisible que,
además, saca los dolores”.
María Silvana Méndez
Julio de 2013