viernes, 12 de julio de 2013

No me escribas la pared


    Cuando Sofía era chiquita, tenía muy claro que vivía en una casa, dentro de una casa, dentro del mundo. Y podía explicarlo sin rodeos ni esoterismo, con soltura, como explican todo los chicos: “Mi primera casa es mi cuerpo. Mi segunda casa es el lugar donde vivo con mi familia. Y el mundo es el mundo”.

    También era bastante imaginativa al describirse a sí misma, y a los adultos les divertía preguntarle cuáles eran las partes de su casa, de la primera. Sin tener más remedio, porque eran insistentes, Sofi les revelaba lo que para ella era obvio, que sus ojos eran las ventanas, su boca, la puerta, su pelo, el techo, que las habitaciones estaban, lógicamente, en su torso, -“en mi pecho” decía ella-, porque adentro hay varios órganos que guardan cosas, etc. A su espalda la llamaba, con sencillez, “la pared”.

    Un amigo del papá, que es pintor, estaba fascinado con el relato de la nena, y se animó a mostrarle una lámina de Salvador Dalí, en la que a una mujer le salen cajones del cuerpo. “¿Ves, Sofi?, tiene cajones en los pechos, porque ahí guarda la leche, y un cajón en la panza, porque ahí hace a los bebés. Además, todas esas cajitas, le sirven para proteger sus secretos”. A sus cinco años, la pintura le pareció de lo más normal, nada surrealista, pero un poco aburrida. “Le faltan partes”, le contestó al hombre. “¿Ah… si? ¿Cuáles partes?”. Entonces, Sofía se las dibujó. Buscó un papel amarillo, su color favorito, garabateó una mujer, y le hizo cajones en las manos, “donde mamá tiene las caricias”, en la garganta, “donde a mí me salen las canciones”, en la frente “donde todos fabrican las ideas”, en el corazón “donde nacen los besos”, y en la espalda. El artista aplaudió su dibujo, pero no entendió el último detalle: “¿Y qué guarda esta señora en su espalda, a ver Sofi…?”. “Ah… ¿en la pared…? Ahí, guarda los dolores”.

    Hoy, Sofía ya es una adulta también, tiene veinticinco años, y no volvió a repetir su teoría. Por vergüenza, y por falta de oportunidades. No encuentra nadie tan interesado en sus relatos, ni con el tiempo para escucharlos. Pero por obra y gracia del inconsciente, que es un gran tallador de instintos, cada vez que quiere decir “espalda”, tiene que reprimir la palabra “pared”. Internamente, cuando alguien comenta algo de la columna vertebral, los omóplatos, o de la cintura, Sofía piensa que están hablando de “la pared”. No puede evitarlo. Y siempre, un segundo antes de expresar lo primero que se le ocurre, cambia el cassette, y dice lo que los demás sí van a entender. “Me duele la par…la espalda”, cuenta.

    Anoche, durmió con quien, en tres o cuatro años, probablemente, se case y forme una familia. Aunque se conocen desde hace apenas un mes, son dos piezas contiguas del rompecabezas. Ambos ya lo saben; lo confirmaron al amanecer. Sofía se despertó boca abajo y él le escribió con su dedo índice, donde termina el cuello, la palabra “linda”. Todavía desprendiéndose los sueños de a uno, como telas arañas, desde el último escalón del inconsciente, ella le bromeó: “No me escribas la pared”. A él, tampoco le pareció nada surrealista esta frase y, después de hacerle un masajito en los hombros, sonriendo como un cómplice, le contestó: “No te preocupes. Te escribí la pared con una pintura invisible que, además, saca los dolores”.

María Silvana Méndez

Julio de 2013

martes, 9 de julio de 2013

El africano

Pasó gran parte de su adolescencia leyendo las hazañas políticas de los grandes de la humanidad. Se deslumbró con la brutalidad de Aníbal y la inteligencia de  Marco Atilio Régulo, aquel fenómeno plebeyo que llegó a cónsul y a quien debemos, ciertamente, si acaso existiera alguno, el honor político por antonomasia. Soñó muchas veces el sueño de Escipión con distintos finales; con los párpados entreabiertos, dialogó más de una vez con Cicerón, le recriminó a Calígula su vanidad, retó al César a duelo por haber subyugado a Roma en tiranía, por haberla vuelto vil y arrogante. Hablaba más con Tácito que con su madre; Plutarco era más amigo que su compañero de banco y Tito Livio fue el padre que nunca tuvo. Comía con la mano, pues en su vida el tenedor aún no se había inventado.
Es una condición nefasta y terrible de la existencia el estar demasiado preparado, cuando tus pares apenas y saben gritar un gol o apurar a una veinteañera para que baje sus pantalones. Poder cavilar sobre lo aparentemente inevitable, conociendo causa y posible solución, sin mayores recursos a mano que una oratoria filosa y un cerebro despierto, sin moho.
Es imperdonable estar condenado a la política universitaria por haber nacido en éste rincón del mundo. Peor aún, que en la condena no haya un compañero de celda digno del delito que se les imputaba.
Su padre le había puesto Enzo, por motivos que muchos darían por obvios, y que sin embargo al día de la fecha permanecen ocultos. Arriesgaría un anagrama, habiendo conocido a su padre: no sabía cómo ponerle a ese accidente que le tocó en sus años mozos.

Usaba sólo zapatillas blancas, porque le gustaba ver el accionar del tiempo y la mugre sobre sus pies. Por el resto de las prendas de vestir, no tenía preferencia: le daba igual una camisa a una remera, un jean a un pantalón de vestir. Eso sí: jamás usaba joggins. Salir a la calle en esos pantalones equivalía a declararle al mundo entero “estoy derrotado”. No le iba muy bien con las chicas, sobre todo porque no podía discutir con ellas: algunas hacían jueguito con el pelo cuando él les hablaba de las Catilinarias, otras bostezaban cuando describía la batalla de Zama o les contaba por qué en Entre Ríos todos tienen algo de Urquiza. Hace algunos años, cuando su madre, atormentada por la falta de sociabilidad de su hijo le llevó al psicólogo, recibió una descripción tan acertada como conflictuante: como un cohete espacial, cuando era soltado en sus alturas, podía superar cualquier inconveniente y conquistar cualquier galaxia. Sin embargo, sus alas de gigante le impedían caminar entre los humanos. En el día a día, se arrastraba como un lagarto en el lodo sin poder llegar a orilla alguna.
Hacía apenas un corto año que había decidido formar su propia agrupación universitaria. Por supuesto, dado que existe sólo esa palabra para darle contenido a semejantes entidades, es raro pensar en una agrupación de un solo hombre. Tenía su mesa con sus panfletos bien ordenados, pero más bien bastante pocos oyentes, fuera de los profesores que en tan alta estima le tenían. No tomaba mate, porque esa infusión inmunda era sinónimo de vagancia y en su visión, la causa real y empíricamente comprobable de por qué, tan sólo en 30 años, Brasil pasó a ser potencia económica mundial y Argentina, no.
La campaña por el gobierno del centro de estudiantes había comenzado hacía algunos meses pero ahora, ya muy cerca de la fecha de los comicios, la cosa había empezado a agitarse. Enzo recorría las aulas de la facultad en soledad. Cuando los profesores le garantizaban el uso de la palabra, él miraba a su audiencia con cierto aire desafiante, sin parpadear. Nunca cosechó aplausos, pero más de una vez pudo ver cierta reacción viral de cuchicheos a medida que se alejaba. 
Sucedió apenas dos semanas antes que se celebraran las elecciones. Enzo salía del aula magna del primer piso de la facultad cuando divisó, justo detrás de su mesa partidaria, una cabellera rubia que le hizo replantearse lo que sabía sobre la relación de Nietzsche y Salomé. Se acercó con paso decidido; la blonda tenía brocha en mano y tacho de pintura en el piso; había trazado una línea negra en lo que sería sin duda el inicio de una letra y se paralizó cuando oyó el bozarrón de Enzo que le espetó, sin anestesia: "No me pintes la pared". En el contacto visual que se desenvolvió al segundo siguiente, Enzo tuvo una evocación hacia su madre. Miró, cual Escipión en Cannas, hacia su retaguardia y palpitó el terror de sus soldados al forajido cartaginés. Sintió el peso insostenible de su espada en la mano, y a la vez, la fuerza incontenible del deber que le obligaba a avanzar. Conocía el coraje por haberlo transitado en las palabras de los grandes, pero no tenía idea cuál sería su fortuna si se embarcara en una aventura de amor. Contuvo el aliento e inmediatamente, exhaló el aire por la nariz. Ella dio dos pasos para acercarse y decirle, en lo que sería la gran confusión de su vida: "Quiero estar con vos". 

Lucas Regolo.