jueves, 22 de agosto de 2013

El interlocutor vacante



   La obra de teatro había resultado buenísima, más allá de algunas críticas que se esforzaban maliciosamente por encontrarle excesos o redundancias al texto. Necesitaba a alguien con quien comentarla, el inevitable deseo de comunicar la excitación que producen las buenas obras cuando uno apenas termina de verlas. Salí encantado de la sala, felicité al dramaturgo y le conté genuinamente que creía que ésta era su mejor texto hasta el momento. Luego me fui del teatro y caminé por las veredas de Palermo, interrumpido mi paso por mesas que ocupaban personas que no habían visto la obra, que hablaban entre sí de otras cosas menos importantes para mí. Hubiera querido tener el coraje para recomendárselas. 

Me alejé de a poco de la zona de bares y me fui acercando a mi barrio. El frío era abrazador y yo era uno de los pocos que transitaban a pie la noche del viernes. Entonces me crucé con ellos. Venían en un auto nuevo, y sólo después entendí que me seguían desde hacía unas cuantas cuadras; era una parejita joven. Ella iba al volante y él, en el asiento del acompañante. Ella no llegaría a los treinta; él, unos ocho o diez años más. Me preguntaron por un boliche que nunca había oído nombrar. Ella era un encanto, con su sonrisa amplia y los ojos más despiertos que yo recordara bajo un flequillo lacio. Al tipo apenas si se lo veía entre la sombra de la noche y la opacidad de los vidrios del auto.

No puedo precisar cuándo, pero en cierto momento ella apagó el motor y de repente estábamos hablando con toda naturalidad. El asentía cada tanto, o más bien acompañaba el entusiasmo de ella con un ocasional “sí… claro”, no muy convencido. Me ofrecieron acercarme hasta mi casa, y aunque nunca me había subido al auto de unos extraños en estas circunstancias, entré igual. Estaban escuchando ese tipo de música electrónica que prescinde de letra y de melodía; en el interior del auto había olor a aromatizante artificial de ambientes; pino o eucaliptus. 

Ella conducía la charla y, poco después de algunas preguntas inocuas sobre el trabajo de cada uno, me confesó sus verdaderas intenciones: querían meter a un tercero en su cama. Lo veían como algo nuevo, exótico, como quien nada con tiburones cuando se va de vacaciones al Caribe. Entendí que la que se había aburrido de la pareja era ella y que él, para no dejar ir a esa mujer espléndida, estaba dispuesto a compartirla con otro hombre. Me puse por un momento en su lugar y sentí algo de pena. Al principio tomé la propuesta como una broma, porque el tema lo fueron introduciendo entre risas, en ese terreno donde está legitimado decir la verdad y enseguida neutralizarla con el humor. Así fue hasta que ella, que decía llamarse Guadalupe, me miró a los ojos por el espejo retrovisor y fue taxativa: “¿Vamos o no?”. Le devolví la mirada y luego miré al tipo, como pidiéndole una suerte de permiso para intrusar su privacidad. Hasta el momento mi único plan era ver algo en televisión e ir a dormir. “Y dale”. Les seguí el juego para ver hasta dónde llegaba. Imaginé que me invitaban a su casa, pero después comprendí que ya tenían todo organizado, que habían averiguado a qué telo se podía ir de a tres, y con qué pretexto iban a abordar a ese tercero que por azar era yo. Pasé de sentirme un aventurero o un pionero, a sentirme apenas un subordinado, una pieza de la logística de Guadalupe. 

El hotel no quedaba cerca, tuvimos que tomar por Juan B. Justo hacia el lado de Floresta. Cuando llegamos, justo antes de cruzar el portón automático, pensé en bajarme del auto: ya había sido suficiente, tenía una buena anécdota para contar durante años. En esos momentos de duda en los que cualquier suceso mínimo puede inclinar la decisión en un sentido o en otro, Guadalupe detuvo el auto al lado de la ventanilla de la caja y giró hacia atrás para mirarme de frente por primera vez. “Invitamos nosotros”, dijo sonriendo y sacó una tarjeta de crédito de su cartera. Después de pagar, estacionó el auto y bajamos los tres. Cruzamos el playón en silencio, sólo se escuchaba el eco de nuestros pasos entre los autos vacíos. Ibant obscuri sola sub nocte per umbram.


En el ascensor diminuto no me animé a mirar a ninguno de los dos a los ojos. Mirar al piso también era ridículo, pero era la menos ridícula de las opciones. Llegamos al sexto y ellos salieron primero; cerré la puerta y los seguí. Entramos en una de las habitaciones. Me resultó extraño no ser el que empieza a probar todas las funciones de la botonera que hay junto a la cabecera de la cama, pero ese día yo era más visitante que local, más invitado que anfitrión. Me quedé de pie, inmóvil a la espera de instrucciones. Guadalupe anunció que se iba al baño: “Ustedes charlen”. Ese fue para mí el momento de mayor incomodidad, cuando me quedé a solas con su novio. “¿Estás seguro de que está todo bien con esto?”, fue lo menos sonzo que se me ocurrió decir. “Todo bien”, asintió arisco él mientras se tiraba en la cama como si estuviera en su casa y buscaba con el control remoto algún partido de futbol en televisión. No volvió a hablarme. Después de un rato de estar parado, me senté al pie de la cama a ver el partido. Hay pocas cosas que me importen ver menos en televisión que un partido de fútbol entre dos equipos desconocidos de una liga extranjera, y sin embargo ahí me encontraba: en un cuarto con un desconocido mirando algo que no me interesaba.

Guadalupe salió del baño. Vino vestida sólo con la bata del hotel. Sus pies descalzos eran bellísimos, virginales, como si nunca hubieran habitado la incomodidad de un zapato. Caminó hasta la mesa de luz y empezó a buscar algo en su cartera. “¿Ponemos música linda?”, preguntó mientras encontraba un porro ya armado. El novio de Guadalupe apagó la tele, se levantó de la cama y fue al baño. Ella se sentó al lado mío, prendió el porro y le dio una pitada larga. Luego exhaló el humo con una morosidad hipnótica. Dio otra pitada y me lo ofreció. “¿Sabés que yo sé leer las líneas de las manos? Mirá, dame esa.” Atrapó suavemente mi mano por la muñeca mientras dibujaba las líneas de mi palma con su dedo índice. No llegué a escuchar la primera de sus predicciones porque enseguida me arrastró hacia ella y me besó con voracidad. La extraña sensación de unos labios con temperatura y consistencia nueva para un ritual conocido. Nos besamos como si estuviéramos solos en la habitación, no sé cuánto tiempo, y yo hubiera seguido un rato más si ella no me alejaba de repente preguntando  “¿Qué te pasa?”. Estaba a punto de responderle que no me pasaba nada, o nada malo al menos, cuando me di cuenta de que le hablaba al novio, que nos miraba de pie a pocos pasos de distancia. No lo había oído salir del baño. 

“No puedo, Valeria… Perdonáme… Pensé que me lo iba a bancar, pero no…” Sentí que el tipo estaba a punto de quebrarse en llanto, que hacía un esfuerzo enorme por no soltarlo. “Pero si ya lo hablamos, Javi. Es para bien de los dos, ¿te acordás?”, respondió ella. Luego se acercó a él y lo abrazó con un cariño casi paramaternal. El se quebró definitivamente, “No puedo, Vale, perdóname…” intentaba decir con la voz entrecortada. Me sentí ajeno a ellos y a la vez fascinado por ser el espectador privilegiado de un teatro íntimo. Al rato me puse de pie, empecé a caminar lentamente hacia la puerta y la abrí. Pensé que en algún momento me mirarían, pero seguían ahí abrazados, para ellos yo era nada; un utensilio, en el mejor de los casos. No me habían preguntado ni siquiera mi nombre. De golpe volvimos a ser los extraños que siempre habíamos sido. Salí de la habitación y cerré la puerta sin hacer ruido. 

Hay pocas cosas más extrañas que caminar solo por los pasillos asordinados de un telo. Bajé con el ascensor y salí por la puerta de calle. El de la caja no me preguntó nada, se ve que es bastante frecuente que en las habitaciones de a tres haya uno que se va solo y antes que los otros dos. En la calle, el mismo frío que hacía un rato antes, y el mismo vacío de no tener a mano a alguien para comentarle la obra que acababa de ver. 


Tomás Grounauer

martes, 20 de agosto de 2013

Elecciones

Voy a repetir el año en el taller. Ahora sí. Es la segunda reunión consecutiva en que llego al martes sin el texto y ya agoté hace unos meses el recurso de escribir que no había podido escribir. Elegí mal el tema, el fin de semana largo me colgué pintando unas mesitas de luz y lo dejé para el final. Ahora ya está. El viernes antes de las elecciones me llegó la citación para ser autoridad de mesa, con ese aire de leva que tiene la idea de carga pública, y pensé en escribir sobre eso, hasta anoté algunas ideas.  En realidad lo pensé un poco después, porque al principio fue una mezcla de arrepentimiento por haber atendido el portero y de pequeño drama, de berrinche infantil, de por qué a mí. Releí la citación para ver si había alguna chance de zafar pero la única forma contemplada de excusarse era haciendo un trámite en La Plata, creo que no decía ni la dirección. (Poner que el trámite es en La Plata es una forma de decir que no se puede hacer, que es imposible. Cuando un empleado público o un abogado te dice “Mirá que esto primero tiene que ir a la Plata” es como si te dijera que tiene que ir a Marte. Te lo dicen con un tono de advertencia, como atajándose, “Esto primero va a La Plata”, y te quedás pensando que si va a La Plata tu trámite no va a volver nunca más, que se va a perder entre las diagonales).  
Cuánto proyecto de asado truncado, cuánto partido de tenis suspendido, cuánta reunión familiar amputada, ese domingo. No presentarme ni se me cruzó, no tanto por un sentimiento de responsabilidad cívica sino porque me imaginé que justo ese día iban a faltar un montón de autoridades de mesa y por primera vez se iba aplicar la multa de 6 meses de cárcel que informaba la citación, una condena ejemplificadora para asustar a la población y garantizar el funcionamiento de las instancias democráticas. Me veía saliendo en Telenoche, compartiendo la celda con otros desertores.
Después me resigné y ahí fue que pensé que era una oportunidad para a escribir algo sobre las elecciones, pero esa cosa más bien micro que en última instancia son las elecciones, la precariedad de estar sacando los sobres de la urna e ir contando los votos en el pizarrón, que tenía pegadas figuras de cartulina del dinosaurio Barney. Al final no me salió escribirlo y me quedé sin tema, no fue mucho más que madrugar ese domingo y  pasarme todo el día ahí sentado en las sillitas demasiado bajas del aula de primer grado, recibiendo a la gente que iba a cumplir con sus obligaciones cívicas con mayor o menor entusiasmo, controlando los documentos y entregándoles, a modo de ofrenda, los troqueles firmados.  Salvo por el incidente con el fiscal de un candidato a concejal que iba con la lista de Stolbizer, que invitó a pelear al presidente de mi mesa porque no lo dejó pasar al cuarto oscuro a revisar las boletas, no pasó casi nada. El tipo se paró a un costado y con un tono educado y a la vez desafiante le dijo: “Cuando terminés ahí vení un poquito acá que te voy a enseñar cómo hablamos los argentinos”. Al final vino un gendarme que se lo llevó pero me hubiera gustado escucharlo desarrollar un poco más sus teorías lingüísticas. 
En el word que tenía empezado había escrito un solo párrafo: “Uno se siente raro con estas convocatorias, es como que de alguna forma el brazo del estado te elige entre millones de ciudadanos, te saca de golpe de esa especie de anonimato que compartís con el resto. Es un poco como La lotería en Babilonia”. Nunca me fue muy bien con el azar. En un momento en que la cosa se tranquilizó y no había nadie para votar me paré para ir al baño y estirar un poco las piernas. Caminé hasta el mástil de la escuela, en el medio del patio, y me acordé del día en que gané una caja de fibras en una rifa de la cooperadora de la escuela. Creo que estaba en tercer grado. El sorteo fue en un acto, así que tuve que salir de la fila y buscar las fibras al lado del mástil. Seis fibras traía la caja. Si hubiera sabido que era lo único que iba a ganar en la vida por ahí lo disfrutaba un poco más,  hubiera alzado el puño apretando bien fuerte la caja de fibras ante la multitud impávida de delantales blancos. 

lunes, 5 de agosto de 2013

El círculo




     Marina corta la cinta de embalar, abre una caja de cartón, y saca un sobre de cuero. Feliz de constatar que su posesión más querida estaba en perfectas condiciones, se acerca a su novio. “Pablo, mirá: ésta es la foto de la que te hablé. La última que le sacaron a mi abuela. Unos días antes del ataque de Pearl Harbor. Ocho o nueve días antes. Acababa de llegar a Hawaii en un crucero comercial, para visitar a mi abuelo, que trabajaba en la base militar. Él era yanqui, pero ella no, era española. Combinación rara, ¿no? Mi mamá se había quedado en San Diego, donde vivían, con la hermana de mi abuela, porque era muy chiquita para ese viaje larguísimo. Cómo son las cosas…. Si hubiera viajado con ella, yo no hubiera nacido. Por eso me da tanta pena esta foto. Y tanta alegría al mismo tiempo. Es mi objeto preferido en el mundo. Vos sabés cómo soy, te diste cuenta que en una mudanza puedo olvidarme o regalar cualquier cosa. Pero de este papel no me separo ni loca; se viene conmigo vaya donde vaya”. La puerta al living se abre, y un hombre se asoma y la interrumpe:

-Excuse me, ¿do you want me to leave the books over here?
-Yes, please. Over there is ok. Thank you.

     “Mirá el sombrerito, y los guantes que se había sacado… Aunque era invierno, me imagino que haría calor en la cubierta del barco. ¿Viste el piso de madera? Divino. ¿Y la baranda, lustrosa? Ahora todo es de metal”.

-¿Tu abuelo también se murió ahí?
-Los dos se murieron, sí. Pero, según le dijeron a mi tía abuela, no juntos. Encima eso. Ella terminó muriendo solita, en una casucha del puerto, donde se había escondido. Como si un techo de morondanga pudiera protegerla de una bomba. Pobre. Por lo que se enteró la familia, cuando llegaron los japoneses, apenas los radares captaron los aviones, sonaron las sirenas, y entonces mi abuelo se tuvo que reportar en servicio. Ella hizo lo que pudo.

-¿Cuántos años tenía?
-No era muy vieja, eh… Tendría treinta y pico, o cuarenta, no más, pero esa moda era terrible. Además, todas las mujeres de la época eran medio gorditas, ¿viste? Se usaba así. 
-Y ahora, los que estamos en San Diego somos nosotros.

     Marina mira por un rato la ventana, y suspira: “Sí. Es como si se cerrara un círculo, ¿no? Justo te fueron a ofrecer este trabajo… De todas las locaciones que tiene el hotel, te vinieron a ofrecer ésta. Tiene que ser el destino, no hay otra. Lástima que no sé cuál era la dirección de mi abuela, para ir a ver la casa, porque mi mamá era muy chiquita para saberla, y enseguida la llevaron a la Argentina, donde estaban sus otros cinco tíos. Eran siete hermanos en total, dos vivían acá, y cinco en Buenos Aires. Y la tía de San Diego ya se murió también, hace mucho, así que no se me ocurre cómo podría averiguar la calle. Lo que sí me dijo mami es que mis abuelos están enterrados acá, porque llegaron a trasladar los cuerpos. Esa historia la conozco bien, porque una vez hice una monografía de esto, para la facultad. Había que rastrear algún antepasado y, obvio, elegí a la abuela que no llegué a conocer, y que murió el domingo 7 de diciembre del 41, en Hawaii, ni más ni menos. La titulé Una guerra en el paraíso, y tuve que investigar bastante. Por ejemplo, ahora sé que en Estados Unidos hay ciento cuarenta y seis cementerios nacionales. De los miles que hay, creo que hay como cien mil, entre estatales, privados, y familiares, están éstos, que se llaman nacionales por su importancia en la historia. Ahí entierran a los próceres y al personal militar con sus cónyuges. El más conocido de todos es el Arlington, en Washington DC, que se hizo sobre unos terrenos que eran de Robert Lee, el general de los Confederados, cuando terminó la guerra civil. Está muy cerca del Pentágono, y es el más famoso. Tiene la tumba de Kennedy, el memorial de Iwo Jima, el de las víctimas del Challenger… Bueno, en definitiva, mis abuelos están acá, en el Cementerio Nacional de San Diego, porque él tenía un rango bastante importante en la US Navy. Era oficial técnico. Y también sé que fue complicado el traslado, porque la Marina quería sepultarlos en el nacional de Hawaii, que se llama Cementerio del Pacífico, y que queda en Honolulu. Pero la familia hinchó hasta que aprobaron el transporte. Tuvieron que esperar un montón porque, como sabés, al día siguiente del bombardeo de Pearl Harbor, Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial. Era un quilombo todo. Y los aviones militares estaban reservados para otras tareas. No sé por qué pero, mientras todavía estaban organizando las filas, y reparando los buques que no se habían hundido, pudieron enviar los cuerpos a San Diego. La situación era un caos, pero a ellos sí los trasladaron. Eso quiero que hagamos, ¿ves? Ahora que me acuerdo… Me gustaría mucho ir a ver las tumbas de mis abuelos”.

-¿Pero sabés bien dónde están?
-Sí, perfectamente. El Cementerio se llama Fort Rosecrans. Ah… También tengo una postal de mi abuela, que le llegó a escribir a su hermana, a los tres o cuatro días de pisar tierra. ¿Te la leo? Es cortita.

“Querida Josefa:
                           He llegado a Hawaii, todavía no me lo creo, después de tanto mar, volver a ver árboles. Os envío esta fotografía que me han tomado en la cubierta. Estoy toda emperifollada, con uno de esos collares de flores. Me ha costado quitármelo, ¿no es bonito? Además, me han recibido con una música muy alegre. Aquí, hay un instrumento, como una guitarrilla, Ukelele le dicen, y lo venden de recuerdo. Le llevaré uno a la niña.
   El viaje fue largo, pero hermoso, vieras. Las puestas del sol y las noches estrelladas eran de no creer. Después de tomar la cena, subía con una lumbre pequeñita, y me ponía a ver el cielo. Válgame Dios, era todo un espectáculo.
La eché de menos a la Mary y, cuando no aguantaba más, y estaba que me ponía a llorar, salía del camarote para respirar aire fresco. El viento de ultramar tiene como gotillas, y aunque la sal estropea la piel, limpia los pensamientos. Se los lleva a otro sitio. También pensaba en el Rudolph, en que no lo veía hace un año. Y que para algo tengo su sortija. Pobrecillo, no sabes la alegría que le dio verme.
   El clima es formidable aquí. Y la gente muy amable, siempre sonriente. Vivimos en la Base, con muchas comodidades. Ya se me ha acabado la postal. Otro día os vuelvo a escribir, Josefín. Les quiero mucho. Dale mis cariños a Mary. Y besos. Recuérdale, por favor, que le amamos. Dile que sus padres le quieren y que, aunque estemos lejos, le cuidamos. María Rosa”.

     “Ahora me doy cuenta que está enterrada en Rosecrans, parecido a su nombre. Vayamos, please, gordo. Vayamos mañana, acá está casi todo listo. Solamente falta acomodar la ropa, y llenar la heladera. Además, el lugar está pegado a la bahía, y como va a ser un día lindo, podemos hacer un picnic, de paso, por ahí cerca. ¿Qué te parece?”.

     Al día siguiente, Marina y Pablo remontan en auto la colina Point Loma y encuentran el Cementerio militar, con sus miles de lápidas blancas, iguales, en perfecta alineación. Unas de otras están separadas por pasillos anchos, sinuosos, como caminos al otro mundo, que suben y bajan. Ellos sienten haberse metido en un juego de espejos, que multiplica la misma imagen. Los mármoles son redondeados y, a lo lejos, se unen formando infinitas letras m. Emes de morir. Sin embargo, la primera sensación es de bálsamo. La de estar andando en un suelo donde no va a haber ninguna guerra más. Y como el terreno es elevado, les parece que ya hubieran llegado al cielo. Hasta que el aire les trae el toque fúnebre de una trompeta, lentísimo, y la tristeza se les pega a los dos en el pecho. Descubren dónde está el funeral y se acercan un poco. Una docena de soldados y de oficiales con sus trajes de gala despiden a un compañero al que lo alcanzó el fuego furioso de una Kalashnikov, en Afganistán. Tres gaitas suenan con la canción Amazing Grace. En la primera fila, una familia, vestida de negro, son las únicas personas sentadas, y no se permiten llorar haciendo ruido. Aún desde el dolor, tienen orgullo por el momento. Por la dignidad de haber entregado en sacrificio a uno de sus hijos menores. Un militar le entrega a una señora, prolijamente doblada, la bandera que cubría el féretro de su hijo. A Marina le llama la atención que ella la agarra y, enseguida, la apreta contra su panza. Como si quisiera que su bebé volviera a nacer. Un par de cuadras a la derecha, en una de las franjas más antiguas, están los caídos en el ataque a Pearl Harbor. Los jóvenes de otras épocas, que fallecieron en otros sacrificios.

     “¡Ahí están! ¡Mirá, gordo, ahí están! No lo puedo creer… Las sepulturas de mis abuelos. Mirá lo que dice el mármol. ¿Ves? ¡Por eso los trasladaron en plena guerra! Ahora entiendo... Porque mi abuelo fue un héroe”.

-¿Estás llorando?
-Y sí, claro que estoy llorando. Además, estoy procesando el desarraigo. En la postal, mi abuela decía que extrañaba a su hija. Y ahora yo extraño a la misma persona, pero es mi mamá. Cuando venga en Navidad, la traigo. Va a ser fuerte. Pensá que ella nació acá, aunque nunca volvió.

     Marina se arrodilla frente a la lápida de su abuelo, del que no tiene ni siquiera una foto, y pasa sus dedos por las palabras caladas en la piedra. Se vuelve a emocionar. Siente que, por fin, pudo acariciarlo. Después, se para y mira alrededor: “Qué lindo es este cementerio, ¿no? Precioso. Arriba de una colina. El césped claro. El mar turquesa. Me gusta que estén en este lugar”.

-Tomá abuelita, te traje una rosa, como tu nombre. Me hubiera encantado conocerte. Si te sirve de consuelo, tu hija tiene una vida feliz. Chau, abuelo. ¿Así que rescataste a otros antes de morir? Me da orgullo. Soy nieta de un héroe de guerra. Si lo hubiera sabido antes, lo hubiera agregado en mi trabajo para la facultad, qué lástima…
-Bueno, ¿vamos, gorda?
-Esperá, dejame que me despida bien. Ahora que vamos a vivir acá, ellos son la única familia que voy a tener cerca.

María Silvana Méndez

Agosto de 2013

El domingo siguiente, hizo todo lo contrario

El cascarón
   
    El cura nuevo se refregaba las manos en la sacristía, ansioso, a la espera del primer contacto con los fieles del pueblo. El párroco anterior de esa capilla, el Padre Emilio, había muerto hacía unas semanas, y él había sido designado para ocupar su lugar. Tenía treinta años, y ninguna experiencia en oficiar misas, por su gran timidez. Durante un tiempo, había eludido cada una de las convocatorias, con artilugios, y se ocupaba en otras tareas de la iglesia, hasta sentir que estuviera preparado. Pero un día, su confesor, un obispo muy renombrado, que conduce un programa de televisión, no le dio más opciones: “Martín, llegó el momento. En Santa Isabel necesitan un párroco, y tenés que ir vos”. El cura joven lo admiraba sinceramente a su mentor, por muchos motivos, pero el principal era su oratoria, algo de lo que él carecía absolutamente. Si bien había estudiado todo lo que se podía leer sobre el tema, nunca se había animado a enfrentar una audiencia. “Estás preparado, no te preocupes tanto, hombre… Sabés lo que tenés que saber, siempre fuiste un buen estudiante. No tengas miedo, que si el Señor te puso en este camino, no se equivoca”, le insistió. “El que me puso en este camino es usted, no Dios”, pensó Martín, pero no pronunció una palabra.

    Esa mañana se había levantado a las 5, para hacer sus ejercicios, releer su sermón, y para rezar lo suficiente hasta juntar seguridad. Se había olvidado de comer pero, dado el desafío que estaba a punto de afrontar, y de su carácter nervioso, era una mejor idea que no cargara el estómago.

    El monaguillo, un chico de once años, entreabrió la puerta, se asomó y le avisó que la parroquia estaba llena: “Padre Martín, hay hasta gente parada. Esto no es común en el pueblo. Todos quieren conocerlo”. El nene estaba entusiasmado, porque a él también lo iba a ver mucha gente. Incluso, Chiara, su compañera pelirroja. Aunque en condiciones normales, cualquier sacerdote hubiera recibido el dato de un recinto a tope como una excelente noticia, ésa no era una situación normal. Era la misa debut de un cura tímido.

    El campanario marcó las 9, y el gong final casi le hizo caer el evangelio de las manos. El ritmo de esos golpes, metálicos y toscos, increíblemente estridentes, lo hicieron reflexionar: “Dios no necesita gritar. Y los hombres ya no necesitan que la iglesia les dé la hora. ¿Por qué se siguen usando las campanadas?”. Después, se acercó a la imagen de la virgen de Caacupé, la que le recordaba sus años felices como misionero en el Paraguay, le tocó su manto azul y su pelo largo, cerró los ojos, le pidió fortaleza y claridad, poder decir las palabras justas, se puso la estola, respiró profundo tres veces, se persignó cuatro, y salió.

    La capilla estaba en silencio, y aunque el público sintió ganas de abrir un aplauso cuando entró, por pura costumbre teatral, y porque se acababa la espera, lo contuvo. Sí se escuchó la potente voz de la directora de la escuela: “¡Bienvenido, padre. Bienvenido a Santa Isabel!”. “Gracias, hermana”, le contestó él, y se acercó al ambón, para empezar la misa.

     Pánico escénico. Pánico escénico. Miedo. Pánico. Ataque de pánico. Estado inhibitorio. Miedo escénico. Ansiedad. Trastorno de ansiedad. Fobia social. Miedo. Pánico escénico.

    Los fantasmas del Padre Martín comenzaron a escalarle el cuello y a gritarle fuerte en el oído. Le recordaron todo lo desenvuelto que él no era, y nunca había sido. La oratoria que sólo tenía en teoría. Su falta de práctica, y de confianza. La designación en el cargo contra su voluntad. Y la terapia psicológica de la que todavía no había recibido el alta. Cerró los ojos de nuevo, suspiró, pidió a los santos que lo ayudaran, que no lo abandonaran, que se llevaran su miedo, y se abocó a la primera lectura.

     Leyó correctamente, pero en una voz tan baja que sólo lo escucharon el monaguillo, y los vecinos de la primera fila. Nadie más. Con la segunda lectura, pasó lo mismo. Y con el evangelio. Y con las canciones. Pero todo eso no fue tan grave, como lo que seguiría. Para el momento del sermón, el Padre Martín ya no podía esconder sus ojos en las páginas de la Biblia: tenía que dirigirse directamente a su público.

    Levantó la vista del cancionero, y lo apoyó junto a la cruz, consciente de que había llegado la prueba más difícil. Tragó saliva, y ahí, una nube espesa lo envolvió por completo. Casi no veía nada, sólo siluetas, contornos grises. Y como sintió que estaba por perder el equilibrio, cerró los ojos otra vez, se inclinó sobre el pequeño micrófono, con el que chocó sus dientes, y sólo dijo: “Sean buenos”. Acto seguido, se metió en la sacristía, con la velocidad con la que desaparece un mago tras bambalinas.

    Cuando se despertó, lo rodeaban el monaguillo, dos catequistas, la mujer que toca el Aleluya en la guitarra, y la directora de la escuela. Ellos lo habían pasado a saludar, y terminaron cargándolo como una bolsa de papas hasta su dormitorio. Después, le hicieron oler un perfume muy fuerte. Fue idea de la directora que, casualmente, llevaba uno en su enorme bolso, que parecía contenerlo todo.

-¿Cómo se siente padre? –le preguntó la guitarrista cuando él se despertó
-Bien, bien, muchas gracias. ¿Qué pasó?

    Después de contarle que lo habían encontrado inconsciente en el piso de la sacristía, y de diagnosticarlo falsamente con un presunto bajón de presión, le recomendaron una gran variedad de remedios caseros, que Martín no les había pedido, todos contra la presión baja, de la cual estaban convencidos, y se fueron satisfechos de haber ayudado a un sacerdote. Nada menos que a un pastor de Dios. Aunque no lo dirían, los cinco especularon con obtener alguna recompensa del cielo por los servicios prestados. Como mínimo, creyeron que se habían ganado el favor de no engriparse en invierno.
  
    Ya estabilizado y en soledad, el Padre Martín se prometió cambiar para la próxima misa. Apelaría a las estrategias de su terapia cognitiva conductual: invertiría la carga de la prueba. Empezaría por la parte difícil, el sermón, y no lo ensayaría. Haría todo distinto. Improvisaría con lo que le surgiera del fondo del corazón. Alguna vez, su terapeuta lo había alentado a hacer eso, porque cuando él por fin decía lo que sentía, era una persona interesante. “Es una lástima que planifiques tanto las cosas; es muy lindo escucharte cuando hablás de verdad”, le había dicho la mujer. Nunca olvidó esa frase. Así fue que el domingo siguiente hizo todo lo contrario.
  
-Hermanos, me cuesta hablarles. Ésa es la verdad. Quisiera ser como el Padre Emilio, que seguramente ustedes extrañan. O como mi mentor, el obispo Justo. Pero yo soy yo. Me cuesta hablar en público, y más con una responsabilidad tan grande. Guiar sus almas, mostrarles el camino de Jesús.

    Luego de confesarse, vio que los vecinos tenían los ceños fruncidos, pero no por enojo, sino por confusión. Pensó que ellos creerían que le habían destinado un cura que no sabía dar sermones. Y que era un despropósito. Como un abogado que no conociera las leyes, o un maestro que no supiera enseñar. ¿Para qué era cura, si no daba consejos? Los malpensados hasta arriesgarían una teoría conspirativa: “Seguro que lo destinaron a este pueblo, porque es inexperto, y en ningún otro lado lo hubieran aceptado. En la ciudad, éste no dura ni dos días. Pero acá, claro, nos mandan a cualquiera”. Algunos, incluso, estarían dudando de que se hubiera ordenado cura: “Capaz que es un impostor, y nunca tomó los hábitos”. Pero como nadie reveló sus dudas, y a él todavía no lo había envuelto la nube, siguió hablando.

-¿Quieren saber por qué me hice sacerdote? Porque pensé que las iglesias son los lugares adonde va la gente pobre cuando necesita ayuda espiritual. Y quería estar ahí, para recibirlos. Algunos eligen los psicólogos, incluso yo fui a uno. Pero hay un tipo de problema, existencial, que no atacan ellos. Porque no pueden. Ciertas respuestas sólo las da la fe.

    La gente empezó a borrar el rictus, y le sonrieron, con compasión. Les había parecido sincero y, por ese día, estaban conformes. El monaguillo, entonces, le acercó el libro de lecturas, osó guiñarle un ojo, y en un tono barrial, propio de un adulto, se tapó la boca con la mano y le dijo por lo bajo: “Estuvo bien, padre. Con ésa levantó mucho…”. Pero antes de empezar a leer, con una confianza in crescendo, que nunca antes había sentido, Martín sí se animó a dar su primer sermón. Honesto, improvisado, como lo haría siempre en el futuro, y con una pasión que no creía poder manejar con decoro. Habló veinticinco minutos seguidos, con suavidad y contundencia. Hizo llorar a las mujeres, ablandar a los duros, despertar a los dormidos. No se escucharon ni llantos de bebés esa mañana. Todos estaban mirándolo a él, entretenidos.
   
    Desde el fondo de la parroquia, su psicóloga, se enjugaba los ojos con un pañuelo de papel. Enterada del desmayo de Martín, había viajado al pueblo y se había mezclado entre los vecinos, cuidándose de que él no la viera. Cuanto más lo escuchaba, más se felicitaba por haber ido. Se había ganado el privilegio de ver, en su momento de eclosión, el fruto de tanto esfuerzo. Su paciente preferido había roto la coraza, el caparazón, la cápsula, y las tantas otras metáforas que ella le había dado. Se había producido el quiebre, y ahora lo veía como una flor brotando, de la que salían cientos de palabras, como chorros de agua roja. Era conmovedor.

    En el envión, además, el Padre Martín estaba haciendo feliz a otra gente. Y renovando la propia fe de la psicóloga. Su fe en la Psicología.

María Silvana Méndez
Julio 2013