La obra de teatro había
resultado buenísima, más allá de algunas críticas que se esforzaban
maliciosamente por encontrarle excesos o redundancias al texto. Necesitaba a
alguien con quien comentarla, el inevitable deseo de comunicar la excitación
que producen las buenas obras cuando uno apenas termina de verlas. Salí
encantado de la sala, felicité al dramaturgo y le conté genuinamente que creía
que ésta era su mejor texto hasta el momento. Luego me fui del teatro y caminé
por las veredas de Palermo, interrumpido mi paso por mesas que ocupaban
personas que no habían visto la obra, que hablaban entre sí de otras cosas
menos importantes para mí. Hubiera querido tener el coraje para recomendárselas.
Me alejé de a poco de la
zona de bares y me fui acercando a mi barrio. El frío era abrazador y yo era
uno de los pocos que transitaban a pie la noche del viernes. Entonces me crucé
con ellos. Venían en un auto nuevo, y sólo después entendí que me seguían desde
hacía unas cuantas cuadras; era una parejita joven. Ella iba al volante y él,
en el asiento del acompañante. Ella no llegaría a los treinta; él, unos ocho o
diez años más. Me preguntaron por un boliche que nunca había oído nombrar. Ella
era un encanto, con su sonrisa amplia y los ojos más despiertos que yo
recordara bajo un flequillo lacio. Al tipo apenas si se lo veía entre la sombra
de la noche y la opacidad de los vidrios del auto.
No puedo precisar cuándo,
pero en cierto momento ella apagó el motor y de repente estábamos hablando con
toda naturalidad. El asentía cada tanto, o más bien acompañaba el entusiasmo de
ella con un ocasional “sí… claro”, no muy convencido. Me ofrecieron acercarme
hasta mi casa, y aunque nunca me había subido al auto de unos extraños en estas
circunstancias, entré igual. Estaban escuchando ese tipo de música electrónica
que prescinde de letra y de melodía; en el interior del auto había olor a
aromatizante artificial de ambientes; pino o eucaliptus.
Ella conducía la charla y,
poco después de algunas preguntas inocuas sobre el trabajo de cada uno, me
confesó sus verdaderas intenciones: querían meter a un tercero en su cama. Lo
veían como algo nuevo, exótico, como quien nada con tiburones cuando se va de
vacaciones al Caribe. Entendí que la que se había aburrido de la pareja era
ella y que él, para no dejar ir a esa mujer espléndida, estaba dispuesto a
compartirla con otro hombre. Me puse por un momento en su lugar y sentí algo de
pena. Al principio tomé la propuesta como una broma, porque el tema lo fueron
introduciendo entre risas, en ese terreno donde está legitimado decir la verdad
y enseguida neutralizarla con el humor. Así fue hasta que ella, que decía
llamarse Guadalupe, me miró a los ojos por el espejo retrovisor y fue taxativa:
“¿Vamos o no?”. Le devolví la mirada y luego miré al tipo, como pidiéndole una
suerte de permiso para intrusar su privacidad. Hasta el momento mi único plan
era ver algo en televisión e ir a dormir. “Y dale”. Les seguí el juego para ver
hasta dónde llegaba. Imaginé que me invitaban a su casa, pero después comprendí
que ya tenían todo organizado, que habían averiguado a qué telo se podía ir de
a tres, y con qué pretexto iban a abordar a ese tercero que por azar era yo.
Pasé de sentirme un aventurero o un pionero, a sentirme apenas un subordinado,
una pieza de la logística de Guadalupe.
El hotel no quedaba cerca,
tuvimos que tomar por Juan B. Justo hacia el lado de Floresta. Cuando llegamos,
justo antes de cruzar el portón automático, pensé en bajarme del auto: ya había
sido suficiente, tenía una buena anécdota para contar durante años. En esos
momentos de duda en los que cualquier suceso mínimo puede inclinar la decisión
en un sentido o en otro, Guadalupe detuvo el auto al lado de la ventanilla de
la caja y giró hacia atrás para mirarme de frente por primera vez. “Invitamos
nosotros”, dijo sonriendo y sacó una tarjeta de crédito de su cartera. Después
de pagar, estacionó el auto y bajamos los tres. Cruzamos el playón en silencio,
sólo se escuchaba el eco de nuestros pasos entre los autos vacíos. Ibant obscuri sola sub nocte per umbram.
En el ascensor diminuto no
me animé a mirar a ninguno de los dos a los ojos. Mirar al piso también era
ridículo, pero era la menos ridícula de las opciones. Llegamos al sexto y ellos
salieron primero; cerré la puerta y los seguí. Entramos en una de las
habitaciones. Me resultó extraño no ser el que empieza a probar todas las
funciones de la botonera que hay junto a la cabecera de la cama, pero ese día
yo era más visitante que local, más invitado que anfitrión. Me quedé de pie,
inmóvil a la espera de instrucciones. Guadalupe anunció que se iba al baño:
“Ustedes charlen”. Ese fue para mí el momento de mayor incomodidad, cuando me
quedé a solas con su novio. “¿Estás seguro de que está todo bien con esto?”,
fue lo menos sonzo que se me ocurrió decir. “Todo bien”, asintió arisco él
mientras se tiraba en la cama como si estuviera en su casa y buscaba con el
control remoto algún partido de futbol en televisión. No volvió a hablarme.
Después de un rato de estar parado, me senté al pie de la cama a ver el
partido. Hay pocas cosas que me importen ver menos en televisión que un partido
de fútbol entre dos equipos desconocidos de una liga extranjera, y sin embargo
ahí me encontraba: en un cuarto con un desconocido mirando algo que no me
interesaba.
Guadalupe salió del baño. Vino
vestida sólo con la bata del hotel. Sus pies descalzos eran bellísimos, virginales,
como si nunca hubieran habitado la incomodidad de un zapato. Caminó hasta la
mesa de luz y empezó a buscar algo en su cartera. “¿Ponemos música linda?”,
preguntó mientras encontraba un porro ya armado. El novio de Guadalupe apagó la
tele, se levantó de la cama y fue al baño. Ella se sentó al lado mío, prendió
el porro y le dio una pitada larga. Luego exhaló el humo con una morosidad hipnótica.
Dio otra pitada y me lo ofreció. “¿Sabés que yo sé leer las líneas de las
manos? Mirá, dame esa.” Atrapó suavemente mi mano por la muñeca mientras dibujaba
las líneas de mi palma con su dedo índice. No llegué a escuchar la primera de
sus predicciones porque enseguida me arrastró hacia ella y me besó con
voracidad. La extraña sensación de unos labios con temperatura y consistencia
nueva para un ritual conocido. Nos besamos como si estuviéramos solos en la
habitación, no sé cuánto tiempo, y yo hubiera seguido un rato más si ella no me
alejaba de repente preguntando “¿Qué te
pasa?”. Estaba a punto de responderle que no me pasaba nada, o nada malo al
menos, cuando me di cuenta de que le hablaba al novio, que nos miraba de pie a
pocos pasos de distancia. No lo había oído salir del baño.
“No puedo, Valeria… Perdonáme…
Pensé que me lo iba a bancar, pero no…” Sentí que el tipo estaba a punto de
quebrarse en llanto, que hacía un esfuerzo enorme por no soltarlo. “Pero si ya
lo hablamos, Javi. Es para bien de los dos, ¿te acordás?”, respondió ella.
Luego se acercó a él y lo abrazó con un cariño casi paramaternal. El se quebró
definitivamente, “No puedo, Vale, perdóname…” intentaba decir con la voz entrecortada.
Me sentí ajeno a ellos y a la vez fascinado por ser el espectador privilegiado
de un teatro íntimo. Al rato me puse de pie, empecé a caminar lentamente hacia
la puerta y la abrí. Pensé que en algún momento me mirarían, pero seguían ahí abrazados,
para ellos yo era nada; un utensilio, en el mejor de los casos. No me habían
preguntado ni siquiera mi nombre. De golpe volvimos a ser los extraños que
siempre habíamos sido. Salí de la habitación y cerré la puerta sin hacer ruido.
Hay pocas cosas más extrañas
que caminar solo por los pasillos asordinados de un telo. Bajé con el ascensor
y salí por la puerta de calle. El de la caja no me preguntó nada, se ve que es
bastante frecuente que en las habitaciones de a tres haya uno que se va solo y
antes que los otros dos. En la calle, el mismo frío que hacía un rato antes, y
el mismo vacío de no tener a mano a alguien para comentarle la obra que acababa
de ver.
Tomás Grounauer
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