jueves, 22 de agosto de 2013

El interlocutor vacante



   La obra de teatro había resultado buenísima, más allá de algunas críticas que se esforzaban maliciosamente por encontrarle excesos o redundancias al texto. Necesitaba a alguien con quien comentarla, el inevitable deseo de comunicar la excitación que producen las buenas obras cuando uno apenas termina de verlas. Salí encantado de la sala, felicité al dramaturgo y le conté genuinamente que creía que ésta era su mejor texto hasta el momento. Luego me fui del teatro y caminé por las veredas de Palermo, interrumpido mi paso por mesas que ocupaban personas que no habían visto la obra, que hablaban entre sí de otras cosas menos importantes para mí. Hubiera querido tener el coraje para recomendárselas. 

Me alejé de a poco de la zona de bares y me fui acercando a mi barrio. El frío era abrazador y yo era uno de los pocos que transitaban a pie la noche del viernes. Entonces me crucé con ellos. Venían en un auto nuevo, y sólo después entendí que me seguían desde hacía unas cuantas cuadras; era una parejita joven. Ella iba al volante y él, en el asiento del acompañante. Ella no llegaría a los treinta; él, unos ocho o diez años más. Me preguntaron por un boliche que nunca había oído nombrar. Ella era un encanto, con su sonrisa amplia y los ojos más despiertos que yo recordara bajo un flequillo lacio. Al tipo apenas si se lo veía entre la sombra de la noche y la opacidad de los vidrios del auto.

No puedo precisar cuándo, pero en cierto momento ella apagó el motor y de repente estábamos hablando con toda naturalidad. El asentía cada tanto, o más bien acompañaba el entusiasmo de ella con un ocasional “sí… claro”, no muy convencido. Me ofrecieron acercarme hasta mi casa, y aunque nunca me había subido al auto de unos extraños en estas circunstancias, entré igual. Estaban escuchando ese tipo de música electrónica que prescinde de letra y de melodía; en el interior del auto había olor a aromatizante artificial de ambientes; pino o eucaliptus. 

Ella conducía la charla y, poco después de algunas preguntas inocuas sobre el trabajo de cada uno, me confesó sus verdaderas intenciones: querían meter a un tercero en su cama. Lo veían como algo nuevo, exótico, como quien nada con tiburones cuando se va de vacaciones al Caribe. Entendí que la que se había aburrido de la pareja era ella y que él, para no dejar ir a esa mujer espléndida, estaba dispuesto a compartirla con otro hombre. Me puse por un momento en su lugar y sentí algo de pena. Al principio tomé la propuesta como una broma, porque el tema lo fueron introduciendo entre risas, en ese terreno donde está legitimado decir la verdad y enseguida neutralizarla con el humor. Así fue hasta que ella, que decía llamarse Guadalupe, me miró a los ojos por el espejo retrovisor y fue taxativa: “¿Vamos o no?”. Le devolví la mirada y luego miré al tipo, como pidiéndole una suerte de permiso para intrusar su privacidad. Hasta el momento mi único plan era ver algo en televisión e ir a dormir. “Y dale”. Les seguí el juego para ver hasta dónde llegaba. Imaginé que me invitaban a su casa, pero después comprendí que ya tenían todo organizado, que habían averiguado a qué telo se podía ir de a tres, y con qué pretexto iban a abordar a ese tercero que por azar era yo. Pasé de sentirme un aventurero o un pionero, a sentirme apenas un subordinado, una pieza de la logística de Guadalupe. 

El hotel no quedaba cerca, tuvimos que tomar por Juan B. Justo hacia el lado de Floresta. Cuando llegamos, justo antes de cruzar el portón automático, pensé en bajarme del auto: ya había sido suficiente, tenía una buena anécdota para contar durante años. En esos momentos de duda en los que cualquier suceso mínimo puede inclinar la decisión en un sentido o en otro, Guadalupe detuvo el auto al lado de la ventanilla de la caja y giró hacia atrás para mirarme de frente por primera vez. “Invitamos nosotros”, dijo sonriendo y sacó una tarjeta de crédito de su cartera. Después de pagar, estacionó el auto y bajamos los tres. Cruzamos el playón en silencio, sólo se escuchaba el eco de nuestros pasos entre los autos vacíos. Ibant obscuri sola sub nocte per umbram.


En el ascensor diminuto no me animé a mirar a ninguno de los dos a los ojos. Mirar al piso también era ridículo, pero era la menos ridícula de las opciones. Llegamos al sexto y ellos salieron primero; cerré la puerta y los seguí. Entramos en una de las habitaciones. Me resultó extraño no ser el que empieza a probar todas las funciones de la botonera que hay junto a la cabecera de la cama, pero ese día yo era más visitante que local, más invitado que anfitrión. Me quedé de pie, inmóvil a la espera de instrucciones. Guadalupe anunció que se iba al baño: “Ustedes charlen”. Ese fue para mí el momento de mayor incomodidad, cuando me quedé a solas con su novio. “¿Estás seguro de que está todo bien con esto?”, fue lo menos sonzo que se me ocurrió decir. “Todo bien”, asintió arisco él mientras se tiraba en la cama como si estuviera en su casa y buscaba con el control remoto algún partido de futbol en televisión. No volvió a hablarme. Después de un rato de estar parado, me senté al pie de la cama a ver el partido. Hay pocas cosas que me importen ver menos en televisión que un partido de fútbol entre dos equipos desconocidos de una liga extranjera, y sin embargo ahí me encontraba: en un cuarto con un desconocido mirando algo que no me interesaba.

Guadalupe salió del baño. Vino vestida sólo con la bata del hotel. Sus pies descalzos eran bellísimos, virginales, como si nunca hubieran habitado la incomodidad de un zapato. Caminó hasta la mesa de luz y empezó a buscar algo en su cartera. “¿Ponemos música linda?”, preguntó mientras encontraba un porro ya armado. El novio de Guadalupe apagó la tele, se levantó de la cama y fue al baño. Ella se sentó al lado mío, prendió el porro y le dio una pitada larga. Luego exhaló el humo con una morosidad hipnótica. Dio otra pitada y me lo ofreció. “¿Sabés que yo sé leer las líneas de las manos? Mirá, dame esa.” Atrapó suavemente mi mano por la muñeca mientras dibujaba las líneas de mi palma con su dedo índice. No llegué a escuchar la primera de sus predicciones porque enseguida me arrastró hacia ella y me besó con voracidad. La extraña sensación de unos labios con temperatura y consistencia nueva para un ritual conocido. Nos besamos como si estuviéramos solos en la habitación, no sé cuánto tiempo, y yo hubiera seguido un rato más si ella no me alejaba de repente preguntando  “¿Qué te pasa?”. Estaba a punto de responderle que no me pasaba nada, o nada malo al menos, cuando me di cuenta de que le hablaba al novio, que nos miraba de pie a pocos pasos de distancia. No lo había oído salir del baño. 

“No puedo, Valeria… Perdonáme… Pensé que me lo iba a bancar, pero no…” Sentí que el tipo estaba a punto de quebrarse en llanto, que hacía un esfuerzo enorme por no soltarlo. “Pero si ya lo hablamos, Javi. Es para bien de los dos, ¿te acordás?”, respondió ella. Luego se acercó a él y lo abrazó con un cariño casi paramaternal. El se quebró definitivamente, “No puedo, Vale, perdóname…” intentaba decir con la voz entrecortada. Me sentí ajeno a ellos y a la vez fascinado por ser el espectador privilegiado de un teatro íntimo. Al rato me puse de pie, empecé a caminar lentamente hacia la puerta y la abrí. Pensé que en algún momento me mirarían, pero seguían ahí abrazados, para ellos yo era nada; un utensilio, en el mejor de los casos. No me habían preguntado ni siquiera mi nombre. De golpe volvimos a ser los extraños que siempre habíamos sido. Salí de la habitación y cerré la puerta sin hacer ruido. 

Hay pocas cosas más extrañas que caminar solo por los pasillos asordinados de un telo. Bajé con el ascensor y salí por la puerta de calle. El de la caja no me preguntó nada, se ve que es bastante frecuente que en las habitaciones de a tres haya uno que se va solo y antes que los otros dos. En la calle, el mismo frío que hacía un rato antes, y el mismo vacío de no tener a mano a alguien para comentarle la obra que acababa de ver. 


Tomás Grounauer

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