martes, 26 de noviembre de 2013

parando en aquella plaza un primero


I
parando en aquella plaza un primero
cayó un negro grande medio mota
un ojo medio bizco otro en compota
con otro que llamaban el remero

era un flaquito alto y medio choto
andaba pala y pala todo el día
le preguntabas algo no sabía
faltaba y se ponía como moto

el negro se paró peló remera
el lomo casi escrito como un libro
se arrimó nos tiró así sin filtro
hoy van a debutar en la primera

el gato vino con una propuesta
salir de fierro loco a toda orquesta


II
nuestra experiencia entonces era amateur
estereos cubiertas celulares
jugamos al fair play chorros leales
sopapos apuradas y sin tomuers

el negro en varios cantris laburaba
cortar pasto pintar con el rodillo
en verano vendía era muy pillo
caballo pasta porro casi nada

quería comenzar este otro oficio
hacer yunta equipo armar dream team 
ser bandido malandra ser paladín
vivir bien y tener para los vicios

hacer un tachangou medio comando
poner juntos un chino irnos formando



III
en un tacho afanado sin un faro
el remero nos dejó por jean jaurés
entré confiado al chino éramos tres
cien mangos el cubierto nada caro

un chino puto cara de picachu
apareció de atrás de una señora
tiró mortal patada voladora
y peló de la nada unos nunchaku

el negro le tiró con lo que pudo
un plato de chau mien un arrollado
picachu con el palo retobado
le arruinó todo el cuero cabelludo

después me vino encima ese bruce lee
y fulera como en olmos me las vi

IV
esquivé como pude la patada
le trabé con los brazos la rodilla
en el lomo lo puse con la silla
se comió una piña en la volada

vi que el negro se me despabilaba
eh dale china danonos la plata
arrebaté del frezer unas latas
encaré el buffet cuando rajaba

en el tacho hicimos el rapartijo
treinta mangos por barba una cagada
y yo que había pensado me paraba
comprandome cedines plazo fijo

al menos rescaté unas ciabattas
el atún era caballa chinos ratas

martes, 29 de octubre de 2013

Salir a comprar

Siento que ya no puedo volver a comprarme ropa.  Venía mal, pero la última vez fue como haber retrocedido en el tiempo, a las primeras excursiones en las que iba a comprar sólo y de las que salía casi siempre derrotado, con algún jean que no me convencía del todo, con una camisa a cuadros que no volvía a ponerme más, con unos zapatos que después no entendía por qué me los había comprado.  Todavía no me animaba a salir de los negocios con las manos vacías, que fue el paso siguiente, el que me condenó a esa larga temporada medio homeless, con un par de mudas que repetía en loop y que la facultad de sociales me permitía camuflar. Si no hubiera sido por los grandes almacenes donde uno puede agarrar y probarse a destajo creo que no hubiera superado esa etapa, porque después ya me daba vergüenza ir a los locales con la ropa que tenía puesta, lo que iba desajustando mi relación con la época: cuanto más de moda era el lugar más me costaba entrar, y así terminaba entregando el alma al estilo intemporal de legacy.  Pero el principio de la adolescencia había sido peor. Un pasaje del diario de Kafka ilustra esos últimos años de ir a comprar ropa con mis viejos, esas sesiones de tortura en las que tenía que sufrir el complot de mi madre con los vendedores. Kafka recuerda que estaba invitado a un baile y no tenía ropa para ponerse (ni intención de bailar), y va con la madre a un sastre para hacerse un traje. Se siente ridículo, discute con el sastre, con la madre, y se va sin comprar nada: “aproveché el fastidio de los pros y los contras como pretexto para despedir al sastre con algún encargo insignificante y con una vana promesa respecto al smoking, y quedé agotado, entre los reproches de mi madre, y apartado para siempre –a mí todo me ocurría para siempre- de las muchachas, de una apariencia elegante y de los bailes de sociedad”.  
Creo que todas estas cosas quedaron atrás hasta que voy a comprarme algo y la herida se vuelve a abrir. Venía de un racha mala, un par de intentos fallidos de  comprarme zapatillas que siempre fue un rubro bastante crítico. Necesitaba renovar el jean y entré a un local con la idea de comprarme un corte más bien clásico, pero no es fácil porque siempre me lo complican con algún bolsillo extra, unas líneas que no me puedo permitir o esos cortes medio chupines.  Zafé un rato de la vendedora pero no encontraba nada y cuando me preguntó por segunda vez si me ayudaba me tuve que entregar. Calculó el talle y me pasó un par de modelos. Ya entré al probador medio vencido. Corrí la cortinita, acomodé mis cosas en un rincón.  Me empecé a desarmar cuando luchaba por subirme el pantalón y la vendedora me preguntó cómo me iba el talle.  Uno está muy vulnerable en esas circunstancias: en calzones, con la camisa salida y las piernas medio atascadas, haciendo equilibrio en medias para no caerse contra la pared del cambiador.  Un talle más, dije como pude. Mientras la vendedora volvía con el jean me probé el otro y de nuevo me quedé a mitad de camino.  Esperé un ratito en calzones hasta que llegó con  otro pantalón: de ese modelo no tengo en 44, fijate si te va este, me dijo y me lo pasó, con ese aire medio furtivo que tienen esos intercambios, asomando el jean por la cortinita y mirando para el otro lado. Me lo puse y me miré en el espejo: ahí estaban las rayas, el corte me apretaba más de la cuenta. Si te va bien el talle te puedo mostrar unos de gabardina que están en oferta, escuché. Era el momento de huir.  En la etapa homeless no hubiera llegado al probador, o hubiera salido y tirado una frase al vendedor que daba a entender, de manera algo ambigua, que iba volver.  Con el tiempo fui resignándome a que lo mejor era comprar algo y no tener que volver a pasar otra vez por lo mismo. Le di el pantalón y me lo llevó a la caja. Cuando la chica de la caja me fue a cobrar reparé en que salía doscientos pesos más que el que me había probado primero. Saqué la billetera como quien saca un arma.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El eco de lo que ya no existe



Desde que me mudé al edificio de Villa Crespo, hace unos cuantos años, fueron varias las veces que me tocó subir los ocho pisos por escalera durante algún corte de luz. Aprendí que en esta cuadra en particular los cortes de energía son algo habitual. En el edificio hay un solo departamento por piso, y la mayoría de mis vecinos son gente muy mayor. Algunos de ellos judíos, otros católicos, y estoy yo, que no soy ni lo uno ni lo otro. Cuando camino los ocho pisos por escalera me veo forzado a pasar por el palier de cada uno de ellos. En algunas puertas hay mezuzás, en otras San Jorges, como en silenciosa batalla por defender sus verdades de las verdades del otro.

En el primer piso del edificio vive sola Felisa, una mujer de casi 90 años, muy chiquita, a quien cada tanto su familia, con el buen tino de dejarla vivir en su departamento y no enviarla a un geriátrico, pasa a buscar para ir a pasear en auto. La anciana se las arregla como puede, luchando para retener su fuerza vital fugitiva, más por un deseo de no depender de otros que por miedo a morirse. Cada vez que me ve, Felisa me saluda como si fuera la última, y de esto hace ya más de cinco años. Me aprieta la mano con fuerza y me mira fijamente a los ojos como queriendo revelarme algo. Cuando le pregunto cómo estás (la trato de vos, no de usted, para forzar una cercanía) ella me contesta “y… ahí” o “luchando” o directamente “mal, querido”, con un aire crónico de gravedad. Su marido murió hace unos dos años, de repente, y la dejó sola añorándolo en el departamento. Felisa confunde mi nombre; rara vez me llama Tomás, a veces soy Martín, otras Pablo, y otras no me nombra de ninguna manera, tal vez resignada a olvidar para siempre el nombre del apóstol incrédulo. Cada tanto me llama por teléfono para pedirme algún favor; la última vez fue para que le cambiara el foquito de una lámpara en la cocina. Cuando entro a su departamento lo primero que quiero hacer es irme, me invade el miedo a quedar atrapado en la telaraña de sus ayes. Una vez insistió en mostrarme lo grande que era el lugar, vimos las habitaciones con camas preparadas que hacía años no se deshacían, el baño con pérdida de agua en el lavatorio y el living coqueto. Este último con fotos de su familia: su esposo, hijas, nietos, casamientos, retratos, gente posando, gente desconocida, siendo felices o aparentando serlo para la cámara. Todos actuamos para las fotos cuando posamos, queremos que se nos recuerde con una sonrisa, como si quisiéramos comunicarle al observador del futuro que no era tan mala nuestra vida, que podíamos sonreir a pesar de todo. Monologar para el futuro: eso es sacarse una foto.

            Felisa parece no haberse reido nunca en su vida, como si los músculos de su rostro desconocieran el rictus que denota la felicidad. Su voz es quebradiza y contrasta notablemente con la voz de su contestador automático. Las veces que llamé y ella no atendió, en la grabación escuché la voz de una mujer diez o quince años más joven. La Felisa del contestador suena más firme, menos temerosa de su vejez. Sin embargo, tampoco transmite alegría: es enérgica e imperativa: ordena al escucha a dejar su mensaje como si se tratara de un llamado indeseable. Quizás justo antes de grabar ese mensaje, Felisa acababa de discutir con su marido, y ése es ahora el registro que quedó de su voz, inmodificable desde el pasado. La grabación como una especie de fotografía audible que con el paso del tiempo no se puede corregir. Llamar a Felisa y que atienda su contestador es como llamar al pasado. Debería inventarse un teléfono así, que permitiera hablar con el que uno fue hace años o décadas. Basta de baratijas medidas en megapíxeles, el teléfono al pasado será  la verdadera revolución de las telecomunicaciones.

            Ayer llamé a Felisa para preguntarle si, ya que yo iba a ir al supermercado, ella necesitaba que le comprara algo. Me atendió la Felisa del pasado, la grabada. Lo mismo pasó cuando llamé un rato después. Me pregunté lo que habría de sentir el día que llame y ella no esté más. La muerte nos iguala, la tenemos en nuestro haber como la única experiencia a la que no podemos renunciar. Bajé hasta el primer piso y toqué el timbre de su casa. Me pareció escucharla hablando dormida: palabras ininteligibles desde el otro lado de la puerta y desde el otro lado de la vigilia, doble lejanía. Vaciar la mente de especulaciones, dejar que suceda la realidad. Me subí al ascensor y me fui, queriendo pensar en otra cosa.

martes, 1 de octubre de 2013

La noche boca arriba

Es el tercer día que paso acostado boca arriba y ya me siento una tortuga dada vuelta: me muevo un poco y la herida me tira, la espalda y el cuello se están empezando a contracturar por la inmovilidad y los ratos de lectura. Lo más indigno de todo es el calzón con faja que tuve que comprar para la ocasión, una especie de prenda deportiva para una variante poco feliz de lucha libre.  Un cuadro muy poco halagador el que compongo, sin contar que todavía me faltan un par de días para poder bañarme. Trato de relajarme, de improvisar ejercicios de respiración, pero presiento otra noche de insomnio.  Hace un rato contuve como pude un pico de ansiedad de la embarazada por una larga lista de cosas para hacer antes de que venga la niña, que sospecho mi estado ha propiciado. Trato de mostrarme activo a pesar de la inmovilidad, de proyectar una imagen de hombre-proveedor que esta variante con faja dista mucho de representar.  No creo lograrlo así que intento limitar mis demandas de recién operado, suplantar con buen ánimo mi incapacidad para resolver en el corto plazo alguno de los ítems de esa larga lista.  “Te vas caminando de la clínica”, me había dicho el cirujano. Engañado como una colegiala, me siento. 
No había reparado hasta ahora en la estructura similar que tienen los dos cuentos: el del tipo que agonizando en el hospital sueña una muerte en un duelo a cuchillo en una pulpería de El sur y el del que a punto de ser sacrificado por los Aztecas sueña con un accidente en la moto -que acaso no sabrá manejar- y con la recuperación en el hospital. Uno busca en el sueño una muerte más digna, el otro escapar a su destino centroamericano. Lo mío, con la bata puesta y ya preparado para entrar al quirófano para operarme de una hernia inguinal, fue mucho más modesto: no repetir el papelón que había hecho en la última operación.
Fue hace diez años, ligamentos cruzados.  Ya estaba medio dormido por el gas que me habían hecho aspirar, me pidieron que me abrazara las rodillas para darme la epidural y en esa niebla me pareció ver una cara conocida. A ése lo conozco, dije tímidamente. La segunda vez subí un poco el tono y ya después entré en un brote de euforia y me puse a gritarle al flaco (después reparé que era el residente que me había hecho la entrevista de admisión) y me quería bajar de la camilla para ir a saludarlo. Creo que me daba bronca que no me reconociera. Me tuvieron que agarrar entre tres y aumentar un poco la dosis. 
Siempre me dieron un poco de inquietud esos momentos previos a que termine de hacer efecto la anestesia. No sé, el temor de hacer una confesión bochornosa, revelar la contraseña del homebanking; cosas por el estilo.  Esta vez tenía miedo de señalarse al cirujano su parecido con Eduardo Feinman, que lo tomara a mal y me dejara alguna pinza adentro. Pero no pasó nada de eso: lo último que recuerdo antes de que me despertaran y me dijeran que ya me habían operado fue que el anestesista y una enfermera hablaban de la publicidad de un candidato y no se acordaban del nombre (antes otra enfermera contaba que se había quedado corta con los sanguchitos de miga en el cumpleaños del hijo, mientras me desparramaba pervinox por mis partes más íntimas). Yo escuchaba la conversación como de lejos, ya entregado en la camilla mientras la anestesia hacía efecto, y de pronto se me dibujó el nombre en medio de la niebla, junté fuerzas y lo pronuncié  como pude desde la profundidades en las que estaba: Francisco de Narváez.  Después me dormí del todo.
La operación por suerte salió bien: no me hubiera gustado que esas fueran mis últimas palabras.  

sábado, 7 de septiembre de 2013

Post función



   Ese domingo habíamos ido al teatro Sarmiento, el que está en la misma manzana que el zoológico, sobre la avenida que le da nombre. Una función especial de una obra distinta, que venía de ganar subsidios y premios en festivales europeos y que fue especialmente bien recibida en Bélgica. Siendo una de las primeras funciones en Buenos Aires, después de la obra hubo un coloquio abierto de los actores, el director, la escenógrafa y el músico con el público. Por eso pudimos acceder, después de haber transitado la intensidad de dos horas de representación, a los entretelones de la puesta. Los actores, ya fuera de sus personajes, hablaban como personas normales, o lo que suele entenderse por normalidad. Eran personas que vivían en el mismo mundo que uno, ya no los portadores de las palabras encendidas de un dramaturgo inspirado. Se nos permitía hacerles preguntas, de manera que cada una de ellas los hacía más vulnerables, más reales, cada vez más alejados del épico artificio épico de un escenario en una sala a oscuras, dentro de una escenografía iluminada por reflectores.

Después de casi una hora de coloquio, el evento terminó. Con un grupo de amigos fuimos a comer pizza a un lugar cercano. Como solemos hacer después de ver una obra que nos gustó mucho, nos sentamos a desguazarla a fuerza de impresiones y puntos de vista, dejándonos llevar más por la emoción en estado primitivo que por cualquier otra forma de análisis. Pensé en los rituales griegos del siglo VI a.C. donde se originó el teatro tal como lo entendemos actualmente, esas fiestas en honor a Baco que duraban días enteros y de las que surgieron los primeros textos representados. Brindamos por todo lo que se podía brindar, y la fiesta de ese día llegó a su fin.
Algunos se fueron caminando por Santa Fe hacia el lado del centro, yo fui a buscar el auto que había estacionado sobre la avenida Sarmiento; ya la noche era profunda. Atrás habían quedado los sonidos del domingo: las voces de las personas caminando al sol hacia alguna de las plazas de Libertador, el pregón del vendedor de Coca y golosinas bajo la sombrilla de su carrito, los ciclistas y patinadores, los autos haciéndose lugar para circular. Ahora todo se había callado, la gente que durante el día habitaba esa marea sonora ahora debía estar durmiendo o a punto de hacerlo, la calle estaba casi desierta. Esa ancha cuadra del zoológico era ahora un corredor vacío. Mi auto estaba estacionado frente al teatro, era el único que quedaba en ese espacio que durante el día había sido tan demandado. 

Caminaba por Sarmiento cuando oí ruidos del otro lado de la reja del zoológico. Me paré para ver. Ahí entre las ramas pude observar a un grupo de unas quince o veinte garzas, de piernas finísimas y plumas de tono rosado, paradas al borde de una breve laguna artificial. En los graznidos simultáneos de las garzas se intuía una especie de conversación, de diálogo secreto. Era lo único para escuchaba en la noche: las voces de esas aves fuera del contexto del zoológico, lejos de los nenes que gritan “mamá mirá mirá mamá el pájaro mamá mirá mamá el pájaro mirá”. Lejos de la banda de sonido de la ciudad, estaban las voces animadas de las garzas como si fueran la única especie animal despierta a esa hora, como si aprovechasen ese momento de silencio alrededor para escuchar su propia voz. Como comentando un día de trabajo, como obreros después de cumplir su horario. Como actores después de terminar una función. Me quedé en silencio, atestiguando esa intimidad.
Pensé que durante el día las garzas interpretan un papel no muy distinto al de un actor en una obra, que recitaban un texto y se comportaban de la manera precisa en que lo había digitado quién sabe qué dramaturgo, que su presencia sobre el pasto raído del zoológico no era menos artificiosa que la de los actores que yo acababa de ver sobre el escenario transitado del teatro Sarmiento. Y que ahora yo accedía a los entretelones de la representación, a la verdadera voz de esos animales, la que tienen cuando no hay público que los observe. 

Mañana sería un nuevo día y habrían de repetir una vez más el rito guionado, a provocar admiración, a generar interrogantes y materia de conversaciones. Pero ahora estaban relajadas, y yo me alejé para no molestarlas.

martes, 3 de septiembre de 2013

El regreso del hombre empanada

Después de un rato de estar caminando por la plaza, un poco para hacer tiempo y otro poco para aflojar la tensión, se paró atrás de un árbol, en una posición que le permitía dominar la esquina sin exponerse tanto a las miradas que lo acosaban desde que había salido. Se sentía incómodo y ya tenía empapada la camisa cuando la vio llegar y pararse en la esquina, algo más arreglada que de costumbre, y fue ahí que se dio cuenta del error, que se arrepintió profundamente de haber ido pero sobre todo de haber ido así, disfrazado de hombre empanda. 
No se lo había contado a nadie pero cuando estaba en el último año de la secundaria había trabajado un tiempo como hombre empanada. Caminaba por la calle y desde una combi un flaco le había preguntado si quería trabajar un par de horas y dijo que sí. Como era el último en sumarse y ya se habían repartido los trajes le dieron el de humita. El que lo invitó usaba el de carne y era el que manejaba los tiempos y dirigía el grupo (una media docena), y una chica que tenía la de jamón y queso repartía volantes con las promos por los autos. Al principio le había costado pero con los días fue perdiendo la timidez, y el día que oyó que desde un auto decían “la de la humita la rompe” se pudo soltar del todo y empezó a jugarse un poco más con la coreo que hacían cuando cortaba el semáforo. Fueron un par de meses hasta que se cansó del calor y de que no le pagaran (le debían tres semanas), y en un descanso se fue caminando a la casa con el traje puesto. Lo había guardado en un galponcito y se había olvidado hasta que la noche anterior se había vuelto a acordar, mientras daba vueltas sin poder dormirse después de descubrir el chat en el celular de Andrea en el que un un tal Fer (o una tal Fer, no le quedaba claro) la citaba para las cinco en la esquina de una plaza.
Hacía unos meses que las cosas no estaban del todo bien, más o menos desde que Andrea se había anotado en la facultad y él se sintió amenazado por la nueva situación. Ahora ella llegaba tarde a la casa  varios días de semana,  los sábados o domingos  tenía que estudiar o juntarse a hacer trabajos prácticos con los compañeros. Creía  que lo de la facultad era una forma indirecta de reprocharle su falta de iniciativa, de recriminarle que todavía debía esas materias del secundario y que se iba a pasar toda la vida vendiendo electrodomésticos a comisión y quejándose del trabajo. Al menos eso le parecía entrever en las discusiones que tenían cada vez más seguido, en el malhumor constante de Andrea, en sus gestos de fastidio. 
En el momento le había parecido una buena idea, y además le daban los tiempos para salir del trabajo, buscar el traje en lo de los viejos y apostarse en la esquina para sacarse la duda. No había pensado en la logística, porque ningún taxi lo quiso parar y tuvo que caminarse las treinta y pico de cuadras hasta la plaza, tragándose el olor a humedad y encierro de la goma espuma que se le iba pegando en la garganta. Tampoco había reparado en lo  vulnerable que se iba a sentir en esa situación: temblaba cada vez que venía venir a un hombre, se aferraba a la esperanza de que fuera cada chica que aparecía en su campo de visión, algo recortado por el traje.
Pasó un buen rato torturándose así, con el cuello y la espalda agarrotados por la tensión. En un momento sintió que le faltaba el aire y pensó que se iba a desmayar: supo que si la veía con otro ya no iba a poder recuperarse, que no iba a tener el coraje para volver a sacarse el traje. Pensó en irse pero ya era demasiado tarde, porque vio a Andrea hacer un gesto de reconocimiento, con el corazón en la boca enfocó la vista y vio que a la distancia venía una chica con anteojos, y apenas unos metros atrás el flaco de camisa celeste. Entonces le llegó, ahogado por la goma espuma, el grito de Andrea.
Lo que pasó después fue todo muy rápido: giró de golpe y vio al borracho manoteándola del brazo, se vio como desde afuera correr hacia donde estaban y empujar al tipo mientras Andrea se zafaba y cruzaba la calle corriendo. Torció todo el cuerpo para atajar el botellazo que le tiró el borracho con la parte del repulge, después el traje se enderezó de golpe y con el envión le dio de lleno en el pecho con todo el lomo de la empanada. El borracho trastabilló y se calló de espalda contra un banco de la plaza y no se volvió a levantar.  Se dio vuelta para ver la calle de enfrente pero Andrea ya no estaba. Tampoco la chica de anteojos ni el flaco de la camisa celeste. Se empezó a juntar gente que lo palmeaba, le sacaba fotos y le pedía que hiciera el pasito. Saludó a los que se habían reunido a celebrar el regreso triunfal del hombre empanada y se volvió caminando.
En esas cuadras fue pensando que esa noche la iba a esperar a Andrea con una comida especial, le iba a contar que había decidido ponerse a estudiar para rendir las materias que le faltaban y, en el momento indicado le iba pedir que cerrara los ojos por unos segundos. Entonces se iba a levantar despacio, iba a ir al cuarto y se iba a volver a calzar el traje. Sabía que cuando le pidiera que los volviera a abrir ya nada iba a ser lo mismo. 

Entró igual

Memoria llena

-Ahora que vas a conocer a mi hermano, te cuento algo. A él, hace unos años, le pasó lo mismo que te pasa a vos con este examen. Cuando se estaba por recibir, no podía memorizar un dato, pero de Química. El nombre de un compuesto.
-¿Germán?
-Sí, el del medio. El más chiquito no agarró nunca un libro, no hubo caso, pero Germán, sí. Un día vino con que estaba seguro, quería estudiar Psicología. Pero no tenía el secundario completo porque le quedaba Química de quinto, entonces, se anotó en una escuela para adultos, y cursó a la noche, solamente esa materia.
-¿Y cómo le fue?
-Pará, pará que te cuento. Venía muy bien, pero antes del examen final, le agarró como una tara. No podía retener un nombre: hexaclorociclohexano. Hasta yo me lo acuerdo. Creo que toda la familia. No sabés lo que fue. Él estaba convencido de que le iban a tomar eso, y no podía memorizarlo. Decía “hexanono cloro ciclo”, cualquier cosa. Tiraba muchas combinaciones parecidas, pero nunca era la correcta: hexaclorociclohexano. Como te pasa a vos ahora, con Historia, que tenés una negación.
-Me parece que esa palabra es todavía más difícil que lo que tengo que aprender yo.
-No sé, cada uno tiene sus nudos. A mí, por ejemplo, me re cuestan las fechas. Los números en general. Creo que me sé de memoria tres teléfonos nada más. Y de los cumpleaños, olvidate, si no fuera por el recordatorio del celu, ni del mío me entero. Son como una nebulosa los números para mí. Miro una dirección en un papel y cuando levanto la vista, esa imagen se me empieza a desteñir. Se derrite. Grabo uno o dos números y listo, se autodestruye la cinta. Pero las palabras sí se me quedan pegadas.
-Bueno, ¿y qué pasó?
-Pasó que estuvimos todos, la flia, los amigos, ayudándolo como quince días para que se aprendiera esa palabra.
-¿Quince días? Me estás jodiendo. No pudo haber sido tanto.
-Sí, te juro. Fue desesperante. Casi daba ganas de mandarlo al médico. No había forma, no le entraba en la cabeza. Y estaba obsesionado. Llegó a pegarse papelitos con el nombre en el espejo del baño, en la luneta del auto, en los placares, en el monitor del laburo. Decía que, aunque él estuviera leyendo la pantalla, el papelito de costado podía influenciarlo.
-¿Cómo subliminalmente? Buena idea.
-Claro. Se quería autosugestionar. Era delirante. Y cada tanto, le tomábamos la lección. “A ver, Ger: el compuesto hexacloruro de benceno, también lleva el nombre de…”. Y él tiraba: “Hexanono… ¡noooo! ¡Hexanono, no, boludo!”. No podía. No había caso. Probamos hasta con las canciones de la cancha. Le cambiábamos la letra a temas de Sergio Denis, de Gilda, cualquiera. Un día dijo que así no lo iba a poder memorizar nunca, porque él no escucha esa música, que a él le gustan los Stones. OK, le dije, hagamos algo con Satisfaction, por ejemplo. Y entonces Germán andaba cantando: “Hexa-clo-ro cha na nan. Ciclohe-xa-no cha na nan”. No sabés lo que fue.
-Me imagino. Es muy gracioso. Yo espero no caer tan bajo. Casi me lo acuerdo ahora, mirá: “Las tropas mexicanas del Ejército de… algo… de Oriente creo, comandadas por Zaragoza, rechazaron con valentía al ejército francés, el 5 de mayo de 1862. O 1864. No, no, 1862”.
-¿Sabés lo que llegó a hacer mi hermano? Agarró una de las banderas que llevábamos a la cancha y, desquiciado, le escribió encima con aerosol rojo: hexaclorociclohexano. Cuando entré en la casa, y vi que la pared entera del living estaba tapada con eso, pensé: “Este pibe está loco”. Parecía un mensaje mafioso. Ya todos nos sabíamos el nombre, además, menos él. Había machetitos hasta dentro de la heladera. Me llegó a decir que le hubiera gustado poder desfragmentar el disco rígido de su cabeza, porque sentía que no tenía un espacio libre lo suficientemente largo para grabar esa palabra de no sé cuántas sílabas. O podía guardar hexacloro, o podía ciclo, o hexano, pero no todo junto. Estaba re demente.
-¿Y no pensó hacerse dibujitos? A mí me sirve eso.
-¿Pero cómo dibujás hexaclorociclohexano? Es imposible.
-No, lo dividís en partes… Yo una vez, para otro examen de Historia, tenía que memorizar el cruce de Pino Hachado, y en la mano me dibujé una X, y un árbol con un hacha clavada. En esto que me decís, no sé, capaz que me haría un número 6, por hexa, una pileta, por el cloro, un lavarropas por los ciclos…
-Ah… vos me parece que estás más loca que él.
-¿Y cómo le fue al final? Supongo que bien, porque entró en Psicología.
-Llegó el día del examen, y arrancó con sus diez mil cábalas desde temprano. Ahí entendí por qué Germán quería estudiar Psicología, para curarse a él mismo. Es re mañoso mi hermano, ya te vas a dar cuenta. La cuestión es que llegó a rendir, y le fue bárbaro, hasta que le preguntaron lo del hexacloro. Tenía razón, se lo iban a preguntar.
-Y lo contestó bien, me imagino.
-Él dice que primero lo contestó mal, pero que se corrigió enseguida, y le pusieron un 9. Volvió a casa a los gritos. Estamos llegando ya. El bar de mi hermano está acá a la vuelta.
-¿Pero no se recibió de psicólogo, no? ¿Por eso abrió el bar?
-Afirmativo. Al final, estudió un par de materias nada más. Pero dice que, ahora, en la barra, se la pasa analizando a la gente. Que con este bar ya está realizado, porque los clientes le cuentan todos sus mambos. ¿Viste el cartel, cómo se llama?
-El Hexacloro. No lo puedo creer.
-Creelo. La gente piensa que es la fórmula de alguna bebida, como el alcohol etílico que tiene el vino, y nada que ver. Ahora, vos ya sabés por qué le puso ese nombre. Pero no se lo digas a nadie, eh… Es un secreto de familia ¿OK?
-Hecho.

María Silvana Méndez
Agosto de 2013





jueves, 22 de agosto de 2013

El interlocutor vacante



   La obra de teatro había resultado buenísima, más allá de algunas críticas que se esforzaban maliciosamente por encontrarle excesos o redundancias al texto. Necesitaba a alguien con quien comentarla, el inevitable deseo de comunicar la excitación que producen las buenas obras cuando uno apenas termina de verlas. Salí encantado de la sala, felicité al dramaturgo y le conté genuinamente que creía que ésta era su mejor texto hasta el momento. Luego me fui del teatro y caminé por las veredas de Palermo, interrumpido mi paso por mesas que ocupaban personas que no habían visto la obra, que hablaban entre sí de otras cosas menos importantes para mí. Hubiera querido tener el coraje para recomendárselas. 

Me alejé de a poco de la zona de bares y me fui acercando a mi barrio. El frío era abrazador y yo era uno de los pocos que transitaban a pie la noche del viernes. Entonces me crucé con ellos. Venían en un auto nuevo, y sólo después entendí que me seguían desde hacía unas cuantas cuadras; era una parejita joven. Ella iba al volante y él, en el asiento del acompañante. Ella no llegaría a los treinta; él, unos ocho o diez años más. Me preguntaron por un boliche que nunca había oído nombrar. Ella era un encanto, con su sonrisa amplia y los ojos más despiertos que yo recordara bajo un flequillo lacio. Al tipo apenas si se lo veía entre la sombra de la noche y la opacidad de los vidrios del auto.

No puedo precisar cuándo, pero en cierto momento ella apagó el motor y de repente estábamos hablando con toda naturalidad. El asentía cada tanto, o más bien acompañaba el entusiasmo de ella con un ocasional “sí… claro”, no muy convencido. Me ofrecieron acercarme hasta mi casa, y aunque nunca me había subido al auto de unos extraños en estas circunstancias, entré igual. Estaban escuchando ese tipo de música electrónica que prescinde de letra y de melodía; en el interior del auto había olor a aromatizante artificial de ambientes; pino o eucaliptus. 

Ella conducía la charla y, poco después de algunas preguntas inocuas sobre el trabajo de cada uno, me confesó sus verdaderas intenciones: querían meter a un tercero en su cama. Lo veían como algo nuevo, exótico, como quien nada con tiburones cuando se va de vacaciones al Caribe. Entendí que la que se había aburrido de la pareja era ella y que él, para no dejar ir a esa mujer espléndida, estaba dispuesto a compartirla con otro hombre. Me puse por un momento en su lugar y sentí algo de pena. Al principio tomé la propuesta como una broma, porque el tema lo fueron introduciendo entre risas, en ese terreno donde está legitimado decir la verdad y enseguida neutralizarla con el humor. Así fue hasta que ella, que decía llamarse Guadalupe, me miró a los ojos por el espejo retrovisor y fue taxativa: “¿Vamos o no?”. Le devolví la mirada y luego miré al tipo, como pidiéndole una suerte de permiso para intrusar su privacidad. Hasta el momento mi único plan era ver algo en televisión e ir a dormir. “Y dale”. Les seguí el juego para ver hasta dónde llegaba. Imaginé que me invitaban a su casa, pero después comprendí que ya tenían todo organizado, que habían averiguado a qué telo se podía ir de a tres, y con qué pretexto iban a abordar a ese tercero que por azar era yo. Pasé de sentirme un aventurero o un pionero, a sentirme apenas un subordinado, una pieza de la logística de Guadalupe. 

El hotel no quedaba cerca, tuvimos que tomar por Juan B. Justo hacia el lado de Floresta. Cuando llegamos, justo antes de cruzar el portón automático, pensé en bajarme del auto: ya había sido suficiente, tenía una buena anécdota para contar durante años. En esos momentos de duda en los que cualquier suceso mínimo puede inclinar la decisión en un sentido o en otro, Guadalupe detuvo el auto al lado de la ventanilla de la caja y giró hacia atrás para mirarme de frente por primera vez. “Invitamos nosotros”, dijo sonriendo y sacó una tarjeta de crédito de su cartera. Después de pagar, estacionó el auto y bajamos los tres. Cruzamos el playón en silencio, sólo se escuchaba el eco de nuestros pasos entre los autos vacíos. Ibant obscuri sola sub nocte per umbram.


En el ascensor diminuto no me animé a mirar a ninguno de los dos a los ojos. Mirar al piso también era ridículo, pero era la menos ridícula de las opciones. Llegamos al sexto y ellos salieron primero; cerré la puerta y los seguí. Entramos en una de las habitaciones. Me resultó extraño no ser el que empieza a probar todas las funciones de la botonera que hay junto a la cabecera de la cama, pero ese día yo era más visitante que local, más invitado que anfitrión. Me quedé de pie, inmóvil a la espera de instrucciones. Guadalupe anunció que se iba al baño: “Ustedes charlen”. Ese fue para mí el momento de mayor incomodidad, cuando me quedé a solas con su novio. “¿Estás seguro de que está todo bien con esto?”, fue lo menos sonzo que se me ocurrió decir. “Todo bien”, asintió arisco él mientras se tiraba en la cama como si estuviera en su casa y buscaba con el control remoto algún partido de futbol en televisión. No volvió a hablarme. Después de un rato de estar parado, me senté al pie de la cama a ver el partido. Hay pocas cosas que me importen ver menos en televisión que un partido de fútbol entre dos equipos desconocidos de una liga extranjera, y sin embargo ahí me encontraba: en un cuarto con un desconocido mirando algo que no me interesaba.

Guadalupe salió del baño. Vino vestida sólo con la bata del hotel. Sus pies descalzos eran bellísimos, virginales, como si nunca hubieran habitado la incomodidad de un zapato. Caminó hasta la mesa de luz y empezó a buscar algo en su cartera. “¿Ponemos música linda?”, preguntó mientras encontraba un porro ya armado. El novio de Guadalupe apagó la tele, se levantó de la cama y fue al baño. Ella se sentó al lado mío, prendió el porro y le dio una pitada larga. Luego exhaló el humo con una morosidad hipnótica. Dio otra pitada y me lo ofreció. “¿Sabés que yo sé leer las líneas de las manos? Mirá, dame esa.” Atrapó suavemente mi mano por la muñeca mientras dibujaba las líneas de mi palma con su dedo índice. No llegué a escuchar la primera de sus predicciones porque enseguida me arrastró hacia ella y me besó con voracidad. La extraña sensación de unos labios con temperatura y consistencia nueva para un ritual conocido. Nos besamos como si estuviéramos solos en la habitación, no sé cuánto tiempo, y yo hubiera seguido un rato más si ella no me alejaba de repente preguntando  “¿Qué te pasa?”. Estaba a punto de responderle que no me pasaba nada, o nada malo al menos, cuando me di cuenta de que le hablaba al novio, que nos miraba de pie a pocos pasos de distancia. No lo había oído salir del baño. 

“No puedo, Valeria… Perdonáme… Pensé que me lo iba a bancar, pero no…” Sentí que el tipo estaba a punto de quebrarse en llanto, que hacía un esfuerzo enorme por no soltarlo. “Pero si ya lo hablamos, Javi. Es para bien de los dos, ¿te acordás?”, respondió ella. Luego se acercó a él y lo abrazó con un cariño casi paramaternal. El se quebró definitivamente, “No puedo, Vale, perdóname…” intentaba decir con la voz entrecortada. Me sentí ajeno a ellos y a la vez fascinado por ser el espectador privilegiado de un teatro íntimo. Al rato me puse de pie, empecé a caminar lentamente hacia la puerta y la abrí. Pensé que en algún momento me mirarían, pero seguían ahí abrazados, para ellos yo era nada; un utensilio, en el mejor de los casos. No me habían preguntado ni siquiera mi nombre. De golpe volvimos a ser los extraños que siempre habíamos sido. Salí de la habitación y cerré la puerta sin hacer ruido. 

Hay pocas cosas más extrañas que caminar solo por los pasillos asordinados de un telo. Bajé con el ascensor y salí por la puerta de calle. El de la caja no me preguntó nada, se ve que es bastante frecuente que en las habitaciones de a tres haya uno que se va solo y antes que los otros dos. En la calle, el mismo frío que hacía un rato antes, y el mismo vacío de no tener a mano a alguien para comentarle la obra que acababa de ver. 


Tomás Grounauer