Desde
que me mudé al edificio de Villa Crespo, hace unos cuantos años, fueron varias
las veces que me tocó subir los ocho pisos por escalera durante algún corte de
luz. Aprendí que en esta cuadra en particular los cortes de energía son algo habitual.
En el edificio hay un solo departamento por piso, y la mayoría de mis vecinos
son gente muy mayor. Algunos de ellos judíos, otros católicos, y estoy yo, que no soy
ni lo uno ni lo otro. Cuando camino los ocho pisos por escalera me veo forzado
a pasar por el palier de cada uno de ellos. En algunas puertas hay mezuzás, en
otras San Jorges, como en silenciosa batalla por defender sus verdades de
las verdades del otro.
En
el primer piso del edificio vive sola Felisa, una mujer de casi 90 años, muy
chiquita, a quien cada tanto su familia, con el buen tino de dejarla vivir en
su departamento y no enviarla a un geriátrico, pasa a buscar para ir a pasear
en auto. La anciana se las arregla como puede, luchando para retener su fuerza
vital fugitiva, más por un deseo de no depender de otros que por miedo a
morirse. Cada vez que me ve, Felisa me saluda como si fuera la última, y de
esto hace ya más de cinco años. Me aprieta la mano con fuerza y me mira
fijamente a los ojos como queriendo revelarme algo. Cuando le pregunto cómo
estás (la trato de vos, no de usted, para forzar una cercanía) ella me contesta
“y… ahí” o “luchando” o directamente “mal, querido”, con un aire crónico de
gravedad. Su marido murió hace unos dos años, de repente, y la dejó sola
añorándolo en el departamento. Felisa confunde mi nombre; rara vez me llama
Tomás, a veces soy Martín, otras Pablo, y otras no me nombra de ninguna manera,
tal vez resignada a olvidar para siempre el nombre del apóstol incrédulo. Cada
tanto me llama por teléfono para pedirme algún favor; la última vez fue para
que le cambiara el foquito de una lámpara en la cocina. Cuando entro a su
departamento lo primero que quiero hacer es irme, me invade el miedo a quedar
atrapado en la telaraña de sus ayes. Una vez insistió en mostrarme lo grande
que era el lugar, vimos las habitaciones con camas preparadas que hacía años no
se deshacían, el baño con pérdida de agua en el lavatorio y el living coqueto.
Este último con fotos de su familia: su esposo, hijas, nietos, casamientos,
retratos, gente posando, gente desconocida, siendo felices o aparentando serlo
para la cámara. Todos actuamos para las fotos cuando posamos, queremos que se
nos recuerde con una sonrisa, como si quisiéramos comunicarle al observador del
futuro que no era tan mala nuestra vida, que podíamos sonreir a pesar de todo.
Monologar para el futuro: eso es sacarse una foto.
Felisa parece no haberse reido nunca en su vida, como si
los músculos de su rostro desconocieran el rictus que denota la felicidad. Su
voz es quebradiza y contrasta notablemente con la voz de su contestador
automático. Las veces que llamé y ella no atendió, en la grabación escuché la
voz de una mujer diez o quince años más joven. La Felisa del contestador suena
más firme, menos temerosa de su vejez. Sin embargo, tampoco transmite alegría:
es enérgica e imperativa: ordena al escucha a dejar su mensaje como si se
tratara de un llamado indeseable. Quizás justo antes de grabar ese mensaje,
Felisa acababa de discutir con su marido, y ése es ahora el registro que quedó
de su voz, inmodificable desde el pasado. La grabación como una especie de fotografía
audible que con el paso del tiempo no se puede corregir. Llamar a Felisa y que
atienda su contestador es como llamar al pasado. Debería inventarse un teléfono
así, que permitiera hablar con el que uno fue hace años o décadas. Basta de
baratijas medidas en megapíxeles, el teléfono al pasado será la verdadera revolución de las
telecomunicaciones.
Ayer llamé a Felisa para preguntarle si, ya que yo iba a
ir al supermercado, ella necesitaba que le comprara algo. Me atendió la Felisa
del pasado, la grabada. Lo mismo pasó cuando llamé un rato después. Me pregunté
lo que habría de sentir el día que llame y ella no esté más. La muerte nos
iguala, la tenemos en nuestro haber como la única experiencia a la que no
podemos renunciar. Bajé hasta el primer piso y toqué el timbre de su casa. Me
pareció escucharla hablando dormida: palabras ininteligibles desde el otro lado
de la puerta y desde el otro lado de la vigilia, doble lejanía. Vaciar la mente
de especulaciones, dejar que suceda la realidad. Me subí al ascensor y me fui,
queriendo pensar en otra cosa.
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