martes, 1 de octubre de 2013

La noche boca arriba

Es el tercer día que paso acostado boca arriba y ya me siento una tortuga dada vuelta: me muevo un poco y la herida me tira, la espalda y el cuello se están empezando a contracturar por la inmovilidad y los ratos de lectura. Lo más indigno de todo es el calzón con faja que tuve que comprar para la ocasión, una especie de prenda deportiva para una variante poco feliz de lucha libre.  Un cuadro muy poco halagador el que compongo, sin contar que todavía me faltan un par de días para poder bañarme. Trato de relajarme, de improvisar ejercicios de respiración, pero presiento otra noche de insomnio.  Hace un rato contuve como pude un pico de ansiedad de la embarazada por una larga lista de cosas para hacer antes de que venga la niña, que sospecho mi estado ha propiciado. Trato de mostrarme activo a pesar de la inmovilidad, de proyectar una imagen de hombre-proveedor que esta variante con faja dista mucho de representar.  No creo lograrlo así que intento limitar mis demandas de recién operado, suplantar con buen ánimo mi incapacidad para resolver en el corto plazo alguno de los ítems de esa larga lista.  “Te vas caminando de la clínica”, me había dicho el cirujano. Engañado como una colegiala, me siento. 
No había reparado hasta ahora en la estructura similar que tienen los dos cuentos: el del tipo que agonizando en el hospital sueña una muerte en un duelo a cuchillo en una pulpería de El sur y el del que a punto de ser sacrificado por los Aztecas sueña con un accidente en la moto -que acaso no sabrá manejar- y con la recuperación en el hospital. Uno busca en el sueño una muerte más digna, el otro escapar a su destino centroamericano. Lo mío, con la bata puesta y ya preparado para entrar al quirófano para operarme de una hernia inguinal, fue mucho más modesto: no repetir el papelón que había hecho en la última operación.
Fue hace diez años, ligamentos cruzados.  Ya estaba medio dormido por el gas que me habían hecho aspirar, me pidieron que me abrazara las rodillas para darme la epidural y en esa niebla me pareció ver una cara conocida. A ése lo conozco, dije tímidamente. La segunda vez subí un poco el tono y ya después entré en un brote de euforia y me puse a gritarle al flaco (después reparé que era el residente que me había hecho la entrevista de admisión) y me quería bajar de la camilla para ir a saludarlo. Creo que me daba bronca que no me reconociera. Me tuvieron que agarrar entre tres y aumentar un poco la dosis. 
Siempre me dieron un poco de inquietud esos momentos previos a que termine de hacer efecto la anestesia. No sé, el temor de hacer una confesión bochornosa, revelar la contraseña del homebanking; cosas por el estilo.  Esta vez tenía miedo de señalarse al cirujano su parecido con Eduardo Feinman, que lo tomara a mal y me dejara alguna pinza adentro. Pero no pasó nada de eso: lo último que recuerdo antes de que me despertaran y me dijeran que ya me habían operado fue que el anestesista y una enfermera hablaban de la publicidad de un candidato y no se acordaban del nombre (antes otra enfermera contaba que se había quedado corta con los sanguchitos de miga en el cumpleaños del hijo, mientras me desparramaba pervinox por mis partes más íntimas). Yo escuchaba la conversación como de lejos, ya entregado en la camilla mientras la anestesia hacía efecto, y de pronto se me dibujó el nombre en medio de la niebla, junté fuerzas y lo pronuncié  como pude desde la profundidades en las que estaba: Francisco de Narváez.  Después me dormí del todo.
La operación por suerte salió bien: no me hubiera gustado que esas fueran mis últimas palabras.  

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