jueves, 5 de enero de 2017

A la edad de brindar


A la edad de brindar


       La piel de gallina, el enrojecimiento, el rugido del estómago, la taquicardia. Todas las reacciones involuntarias de mi cuerpo, por causa de él. Existen los milagros navideños, al final. Éste tuvo que marinarse por doce años, hasta que nos hiciéramos grandes, yo me convenciera de que no luzco demasiado mal y hasta que, detalle práctico, simple pero imprescindible, su familia regresara al pueblo de visita. El tiempo cronológico, el relativo y el espacio, los tres de acuerdo.
       Apenas lo vi entrar, sentí un acordeonazo de recuerdos. Los tenía en el fondo, apretados, y se abrieron tronando. Recuerdos desafinados, furiosos de tanto aguante. Mi primer “beso de asco”, como le decíamos a los cinco años a los besos de boca, fue con él. El vecino rubio de la cuadra. El que todavía tiene esos ojos achinados que se ríen no sé sabe de qué. De que a mí me gustan, quizás.
       “Los Fernández van a pasar a las 12 a saludar, para el brindis”, me había avisado mamá y yo entré en mi cuarto para desesperarme un buen rato hasta encontrar un apropiado disfraz de sexy. Apariencia que nunca tendré al natural y que es necesaria para que te miren, para ser feliz. Por fortuna, mamá no se sorprendió cuando me vio maquillada y con tacones. Ni siquiera me dedicó un comentario halagüeño. Ella siguió haciendo sus cosas como si yo fuera siempre sexy.
       En lo que duró la cena, traté de seguir la conversación de la mesa. Lo que decía mi tía sobre su reciente viaje a la India, por ejemplo. En cualquier otra ocasión, me hubieran apasionado sus relatos; esa noche, si le hice una o dos preguntas fue mucho. Mi atención se la pasó rebotando de Vicente a los hindúes, de Vicente al lechón adobado que habían hecho mis primos con una receta que habían copiado de un chef de la tele, de Vicente al espectáculo de patín artístico de mi hermana, que había salido increíble, de Vicente a “no le pongas más sal, Cacho, que no es necesario y te va a subir la presión”, de Vicente a “¿te sirvo otro poquito, Agustina? No comiste nada...”.
       Por instantes dorados, me esperanzaba con que él me vería atractiva y con que tuviéramos oportunidad de charlar, intercambiar los números de whatsapp y hasta de retomar el nivel de confianza. Aunque vivía lejos, algún día podríamos cruzarnos en la ciudad, por qué no. Lástima que a esos momentos dulces le seguían los “realistas” y me ponía a pensar que, seguro, él ni se acordaría de mí y que cumpliría con el compromiso del brindis lo más rápido posible, para después salir con los amigos. ¡O con su novia! Cómo no había evaluado que tuviera una novia... Y peor, que viniera con ella de la mano. Sin certezas sobre la próxima visita, probablemente, vestida así, ilusionada así, yo estaba siendo bastante patética.
       Las medianoche de Navidad solía llegar rápido y siempre me apuraban para levantar la mesa y traer las copas altas “porque hay que brindar a esa hora, ni un minuto tarde, porque trae buena suerte y no se discute”. Pero esa cena se estiró a lo chicle Jirafa. Cuando por fin sonaron los pips de la radio, justo acababa de lavarme los dientes y de retocarme el rouge. Ahí sí mamá me miró raro. Que en una reunión me pintara por segunda vez la boca le debió parecer un evento cósmico.
       Los Fernández no tocaron el timbre, prefirieron golpear la puerta con impactos cortitos, acompañados de un saludo festivo: “¡Acá estamos los vecinos viejos! ¿Cómo les va a esta familia linda?”. Papá, ajeno por completo a mi imagen prefabricada y a mi taquicardia en aumento, me pidió que les abriera, y yo le dije “no” con los ojos. Entonces él frunció el ceño, confundido, y se levantó para abrir.
       En un lapso mínimo, además de los recuerdos atropellándose, sentí una chorrera de datos descargando en mi cerebro, verdes fosforescentes, como en la película The Matrix. Tan abierta estaba a ver, tan atenta a cada detalle de esa escena, que a los Fernández podría haberles precisado sus medidas de peso y longitud y hasta olisqueado sus volúmenes de azúcar en sangre, si alguien me los hubiera pedido.
       Al que más percibí, claro, fue a él. Y sólo para sintetizarlo, digo que lo vi alto, delgado, con el pelo un poco menos rubio y un poco menos largo, ojos igual de chinos y riéndose igual, jeans azules, camisa celeste -¡se había puesto una camisa!, ¡yo me había calzado tacos y él se había puesto una camisa!-, y un caja dorada en las manos. ¿Bombones quizás? ¿Un pan dulce de lujo? ¿La misma felicidad presentada con moño?
       La cena se había extendido lo más que podía extenderse una cena. El encuentro con los Fernández fue vertiginoso. Y con honestidad, no me acuerdo de ninguno de los pasos que se dieron hasta que llegamos solos al balcón de casa, a “tomar aire”. Fue el desenlace de una larga fila de fichas de dominó que habían costado un Perú acomodar paradas en perfecta equidistancia y que se derrumbaron rápido, con un solo toque.
       “Para brindar hay que mirarse a los ojos”, me dijo luciendo la brillantez de su copa y el lustre de su labio inferior. Pestañeé para protegerme. “Feliz Navidad, vecina”, se acercó para darme un beso y para que yo pudiera respirar su colonia.
       Fue cuando el acordeón de mi cabeza arrancó a sonar en armonía, con las notas ordenaditas, porque se había aprendido la ansiada partitura y la historia cobraba sentido. Tomé el espumante mirándolo, como él quería, burbuja tras burbuja, y me pareció exquisito. Cuánto mejor saben los brindis dentro de una nube de hormonas. Y pasadas las 12, con ese chinchín de cristal, sentí que me había vuelto oficialmente una adulta. Porque ya no me daba asco el alcohol. Ni los besos de boca.



María Silvana Méndez

Evoluciones

Evoluciones

       Examinar a los terrestres, en Navidad, no es recomendable. Es como -me enteré después-, tratar de analizar a sus niños, en un cumpleaños, justo en el momento en que están por pinchar la piñata de caramelos. Se produce demasiada estimulación en sus sistemas nerviosos. Al término de una órbita, lo que ellos denominan “diciembre”, sus emociones positivas y negativas son tan densas que es imposible tomar muestras fiables. Y uno puede regresar con falsas conclusiones sobre los humanos terrícolas. En ese viaje, por ejemplo, yo registré que recorrían largas distancias con tal de contactarse con las personas de rasgos fisonómicos similares, tenían propensión a los colores brillantes y que vivían deseándose mutuamente felicidad. Novato...
      También cometí el error de tomar notas detalladas sobre unas explosiones en el cielo que, supuse, se tratarían de algún medio de comunicación. Los datos que figuraban en la única bitácora de la Tierra hasta el momento, mencionaban el uso de unas aves para conducir mensajes a zonas lejanas y de ciertas señales de humo. El cielo, el aire, entonces, sería el espacio elegido de intercambio de información, por lo que dejé constancia infructuosa de cada color usado en los estallidos, cada ritmo, cada secuencia de figuras.
       Me equivoqué, además, cuando apunté que ellos nunca comían solos, sino que se juntaban a ingerir alimentos, en largas mesas, donde no faltaba el alcohol. Y concluí que ya no adoraban a becerros de oro, ni a pirámides ni a obeliscos, porque los pinos con ornamentos eran sus nuevos tótems.
       Empecé a sospechar inconsistencias en mis sondeos al notar que sólo un treinta por ciento de la población trabajaba, mientras que el resto se dedicaba ociosamente a comprar objetos, cantar, parrandear con amigos, llorar en las iglesias y, otra vez, a comer en abundancia. No podía ser sustentable ese sistema, con lo cual, tras largos meses de análisis de las imágenes extraídas en mi primera visita, decidí volver a la Tierra, para la mitad del “año”, lo que ocurre en el mes que llaman “junio”. Y ahí el modelo de sociedad cobró un poco más de sentido. Casi todos los terrestres trabajaban mientras los alumbraba el sol, aunque pocas veces gozaban de él, porque sus actividades solían producirse dentro de construcciones, mientras que los infantes ocupaban ese tiempo en capacitarse, interpreté, para poder producir en el futuro.
       Y entonces, ¿por qué esas fiestas? En ocasiones, cuando los datos nos confunden, los exploradores nos reunimos a intercambiar las carpetas y cotejamos las hipótesis. Es común que alguien que nunca pisó un planeta, saque mejores conclusiones sobre él, porque quien sí lo transitó, suele quedar parcialmente contaminado de esa cultura. Y si le gustó en algún aspecto, peor. En tal caso, comete errores graves de juicio. Así que, del mismo modo que una persona calzada con zapatos de goma puede tender una mano a alguien electrocutándose y despegarlo, cuando nos enredamos en las teorías, tenemos la alternativa de someterlas al grupo.
       “Entiendo que la Navidad es el equivalente social del orgasmo individual. Los terrícolas mantienen la monotonía de sus hábitos cotidianos y un día empiezan a adornar sus habitáculos, hasta atraer a otros, al estilo de ciertos animales que inician rituales de apareamiento, luciendo sus colas o cortejando con bailes y trinos”, fue la explicación que le encontró mi más antiguo compañero. “Tengo otra opinión. Al parecer, esa época del año no es una descarga para la mayoría sino, al contrario, un acto de responsabilidad. Lo viven como una obligación ineludible, impuesta por el Estado, que les interrumpe sus actividades. Pero, apenas la cumplen, regresan a sus ocupaciones, sin demorarse”, dedujo el más joven. “No lo creo, estuve ahí, y suelen disfrutarlo… pero no igual que un orgasmo, sino con cierta melancolía”, los corregí.
       Yo quería cerrar el registro y, al no ponernos de acuerdo, pedí una cita con el Gran Consejo de Capitanes. Próximamente, nos dirigiríamos a otra zona de la galaxia y pasarían otros de sus dos mil “años” hasta que volviéramos a patrullar el Sistema solar de la Tierra, así que era mi última oportunidad de clarificar el panorama.
       Luego de leer en silencio, con esa larga concentración suya, la Capitana mayor cerró el informe y se puso a observar las imágenes. Al cabo de unos minutos, detuvo las grabaciones, respiró hondo, exhaló con calma, con esa profunda calma suya, y sentenció: “La Navidad de los terrestres no sirve para nada. Por eso es importante. Ellos trabajan todo lo que se extiende la órbita y hacen cosas útiles para obtener, justamente, las inútiles. Las que no sirven para nada, porque son un fin en sí mismas. Conmemoran la Navidad, por la misma razón que celebran sus cumpleaños o sus bodas, sin motivos en particular. Lo hacen porque sí, porque las festividades forman parte de su humanidad. Y es probable que, cuando regresemos en un tiempo, esos ágapes hayan sido reemplazados por otros, igual de innecesarios. Queda cerrado el caso”.
       Los fundamentos de la Gran Capitana me parecieron acertados y, de inmediato, archivé mi expedición bajo la categoría que creí correspondiente. Saqué a la Tierra del sector Civilizaciones primitivas y la pasé a Civilizaciones sensibles, con chances de evolucionar.

María Silvana Méndez



El balance

El balance

       Lo que extrañan los ángeles son los olores. Como es el sentido con más memoria, Dios se los restringe, para que no sientan nostalgia, que les da acidez. Entonces se produce una paradoja porque, en el universo simétrico, lo que se reprime, reaparece de otra manera: ellos, que casi nunca pueden percibir los olores, huelen al aire fresco que entra por las ventanas, ramos de novia y a ralladura de naranja.
       En compensación, los ángeles tienen satisfacciones propias. Entre miles de dones, pueden diseñar y habitar colores, sonidos armónicos, gustos y texturas agradables, sentimientos nobles, la belleza en las cosas y el equilibrio en las figuras. No todos al mismo tiempo, no son tan poderosos como se cree. Cada uno cultiva sus especialidades. Los niños lo saben mejor que los adultos y juegan atribuyéndoles a sus personajes uno o dos poderes con cierta equidad. Ellos dicen “éste es el dragón de fuego y éste el de hielo”; “éste es el súperheroe que tiene mucha fuerza y éste el que se mueve rápido”; “ésta es el hada artesana y ésta la bromista”.
       Aunque diferentes, los ángeles son necesarios por igual en el desarrollo de la vida y, para la raza humana, son directamente imprescindibles. Tanto como el oxígeno, el hidrógeno y el carbono. Administran aspectos sutiles, en apariencia accesorios, pero son los únicos que sostienen la existencia.
       Por ejemplo, hace unos quinientos años terrestres, los arcángeles, quienes miran de más lejos, notaron una tendencia al alza en la soledad de las personas, en particular, en las grandes urbes, y anticiparon un futuro aciago. Incluso, podría desembocar en la extinción de la especie. En esos días, convocaron a los ángeles a una reunión de consorcio, evento muy esporádico y de amplias repercusiones.
       Expuesta la situación, los equipos de ángeles propusieron intensificar las tareas en sus áreas y, al cabo de cinco de las que los humanos denominan “generaciones”, volvieron a reunirse para evaluar los avances.
       Los grupos musicales contaron que en ese tiempo habían inventado decenas de instrumentos y que, en torno a los más exitosos, el laúd y el piano, se abigarraban hombres y mujeres, con la consecuente socialización. Los grupos cromáticos habían duplicado la capacidad de teñido de los objetos, dado que los tonos brillantes estimulaban favorablemente los ánimos de las personas, incentivándolos a abrirse al entorno y a los nuevos contactos. Los grupos linguísticos habían estrenado códigos, simples de aprender, para aumentar la fluidez en las comunicaciones. Los estéticos, se llevaron una ovación porque, sin usar palabras, expusieron los objetos artísticos que se habían producido en ese período y que habrían de convocar a multitudes de seres sensibles por cientos de años más. Los arcángeles sonrieron complacidos al notar los homenajes a sus nombres que los estéticos les acababan de hacer. Las obras maestras habían sido creadas por un tal Miguel Ángel, por otro tal Rafael…
       Si bien los esfuerzos encomiables habían conseguido disminuir el porcentaje de habitantes solos en la Tierra, no habían sido suficientes. Los arcángeles les transmitieron que era de una vital importancia obtener un mínimo de interacciones entre los humanos, para generar la espiral ascendente y que ese número, aunque apreciaban la labor hecha, aún no se había alcanzado.
       Tras un silencio hondo, los ángeles que habitan las formas proporcionadas y que hablan poco, se atrevieron a exponer un nuevo plan. La mayoría se sorprendió pero, por cortesía, les brindaron su atención. “Necesitamos crear un nuevo símbolo”, dijeron con voces tenues. “Y sugerimos que sea con un triángulo”. Ahí se alzaron las voces fuertes. “¡Para crear símbolos tenemos que trabajar juntos y, ya saben, nosotros sólo nos presentarnos a través de la luz!”, “y nosotros, si en los ambientes no hay un líquido, ¿cómo sumaríamos nuestra fuerza?”. Los ángeles de las formas, con modestia, habían previsto de qué manera iban a colaborar: “También tenemos limitaciones, porque podemos aparecer únicamente donde haya un cuadrado o un prisma, por ejemplo, y a veces, en espacios reducidos, no hay opciones. Lo que les proponemos es que cada uno, con su don, provoque epifanías con esta imagen, ya sea hechas con luz, como un reflejo, con agua, o haciendo crecer más abetos, que son triangulares”.
       Luego de proyectar cómo podrían ser sus tareas, la totalidad de los ángeles se comprometieron a inspirar el nuevo símbolo a la mayor cantidad de gente posible. Sucede que, aunque pueden sentir dudas, ellos no se permiten la falta de fe.
       La próxima reunión de consorcio fue una celebración esplendorosa y, al día de hoy, los arcángeles contemplan extasiados el fenómeno de la Navidad. Gracias a un árbol adornado, algo tan simple pero efectivo, suben los números de interacciones humanas a fin de año y se garantiza mantener la espiral ascendente. Incluso, en las zonas geográficas donde no hay pinos, millones de humanos adquieren la costumbre de abrir, rama a rama, un artefacto artificial y se reúnen en diciembre. Entonces, una vez creado el triángulo, los ángeles de esa figura pueden integrarse en la fiesta e irradiar desde allí. Después, se les suman los ángeles de los colores, los de las luces, los de los gustos agradables, los de las canciones, hasta terminar descendiendo todos y esparcirse por las ciudades.
       Con excepción de los arcángeles, que siempre miran desde lejos. Y a la distancia, se ocupan en concederles a los ángeles, sólo por esas fechas, la capacidad de oler los árboles, el jabón en la piel, el café caliente, las frutas, el vino y el pan recién horneado. Les obsequian así, en recompensa, la posibilidad de recordar algunas vidas. Saben, por experiencia, que todavía necesitan algo de nostalgia.

María Silvana Méndez



martes, 26 de noviembre de 2013

parando en aquella plaza un primero


I
parando en aquella plaza un primero
cayó un negro grande medio mota
un ojo medio bizco otro en compota
con otro que llamaban el remero

era un flaquito alto y medio choto
andaba pala y pala todo el día
le preguntabas algo no sabía
faltaba y se ponía como moto

el negro se paró peló remera
el lomo casi escrito como un libro
se arrimó nos tiró así sin filtro
hoy van a debutar en la primera

el gato vino con una propuesta
salir de fierro loco a toda orquesta


II
nuestra experiencia entonces era amateur
estereos cubiertas celulares
jugamos al fair play chorros leales
sopapos apuradas y sin tomuers

el negro en varios cantris laburaba
cortar pasto pintar con el rodillo
en verano vendía era muy pillo
caballo pasta porro casi nada

quería comenzar este otro oficio
hacer yunta equipo armar dream team 
ser bandido malandra ser paladín
vivir bien y tener para los vicios

hacer un tachangou medio comando
poner juntos un chino irnos formando



III
en un tacho afanado sin un faro
el remero nos dejó por jean jaurés
entré confiado al chino éramos tres
cien mangos el cubierto nada caro

un chino puto cara de picachu
apareció de atrás de una señora
tiró mortal patada voladora
y peló de la nada unos nunchaku

el negro le tiró con lo que pudo
un plato de chau mien un arrollado
picachu con el palo retobado
le arruinó todo el cuero cabelludo

después me vino encima ese bruce lee
y fulera como en olmos me las vi

IV
esquivé como pude la patada
le trabé con los brazos la rodilla
en el lomo lo puse con la silla
se comió una piña en la volada

vi que el negro se me despabilaba
eh dale china danonos la plata
arrebaté del frezer unas latas
encaré el buffet cuando rajaba

en el tacho hicimos el rapartijo
treinta mangos por barba una cagada
y yo que había pensado me paraba
comprandome cedines plazo fijo

al menos rescaté unas ciabattas
el atún era caballa chinos ratas

martes, 29 de octubre de 2013

Salir a comprar

Siento que ya no puedo volver a comprarme ropa.  Venía mal, pero la última vez fue como haber retrocedido en el tiempo, a las primeras excursiones en las que iba a comprar sólo y de las que salía casi siempre derrotado, con algún jean que no me convencía del todo, con una camisa a cuadros que no volvía a ponerme más, con unos zapatos que después no entendía por qué me los había comprado.  Todavía no me animaba a salir de los negocios con las manos vacías, que fue el paso siguiente, el que me condenó a esa larga temporada medio homeless, con un par de mudas que repetía en loop y que la facultad de sociales me permitía camuflar. Si no hubiera sido por los grandes almacenes donde uno puede agarrar y probarse a destajo creo que no hubiera superado esa etapa, porque después ya me daba vergüenza ir a los locales con la ropa que tenía puesta, lo que iba desajustando mi relación con la época: cuanto más de moda era el lugar más me costaba entrar, y así terminaba entregando el alma al estilo intemporal de legacy.  Pero el principio de la adolescencia había sido peor. Un pasaje del diario de Kafka ilustra esos últimos años de ir a comprar ropa con mis viejos, esas sesiones de tortura en las que tenía que sufrir el complot de mi madre con los vendedores. Kafka recuerda que estaba invitado a un baile y no tenía ropa para ponerse (ni intención de bailar), y va con la madre a un sastre para hacerse un traje. Se siente ridículo, discute con el sastre, con la madre, y se va sin comprar nada: “aproveché el fastidio de los pros y los contras como pretexto para despedir al sastre con algún encargo insignificante y con una vana promesa respecto al smoking, y quedé agotado, entre los reproches de mi madre, y apartado para siempre –a mí todo me ocurría para siempre- de las muchachas, de una apariencia elegante y de los bailes de sociedad”.  
Creo que todas estas cosas quedaron atrás hasta que voy a comprarme algo y la herida se vuelve a abrir. Venía de un racha mala, un par de intentos fallidos de  comprarme zapatillas que siempre fue un rubro bastante crítico. Necesitaba renovar el jean y entré a un local con la idea de comprarme un corte más bien clásico, pero no es fácil porque siempre me lo complican con algún bolsillo extra, unas líneas que no me puedo permitir o esos cortes medio chupines.  Zafé un rato de la vendedora pero no encontraba nada y cuando me preguntó por segunda vez si me ayudaba me tuve que entregar. Calculó el talle y me pasó un par de modelos. Ya entré al probador medio vencido. Corrí la cortinita, acomodé mis cosas en un rincón.  Me empecé a desarmar cuando luchaba por subirme el pantalón y la vendedora me preguntó cómo me iba el talle.  Uno está muy vulnerable en esas circunstancias: en calzones, con la camisa salida y las piernas medio atascadas, haciendo equilibrio en medias para no caerse contra la pared del cambiador.  Un talle más, dije como pude. Mientras la vendedora volvía con el jean me probé el otro y de nuevo me quedé a mitad de camino.  Esperé un ratito en calzones hasta que llegó con  otro pantalón: de ese modelo no tengo en 44, fijate si te va este, me dijo y me lo pasó, con ese aire medio furtivo que tienen esos intercambios, asomando el jean por la cortinita y mirando para el otro lado. Me lo puse y me miré en el espejo: ahí estaban las rayas, el corte me apretaba más de la cuenta. Si te va bien el talle te puedo mostrar unos de gabardina que están en oferta, escuché. Era el momento de huir.  En la etapa homeless no hubiera llegado al probador, o hubiera salido y tirado una frase al vendedor que daba a entender, de manera algo ambigua, que iba volver.  Con el tiempo fui resignándome a que lo mejor era comprar algo y no tener que volver a pasar otra vez por lo mismo. Le di el pantalón y me lo llevó a la caja. Cuando la chica de la caja me fue a cobrar reparé en que salía doscientos pesos más que el que me había probado primero. Saqué la billetera como quien saca un arma.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El eco de lo que ya no existe



Desde que me mudé al edificio de Villa Crespo, hace unos cuantos años, fueron varias las veces que me tocó subir los ocho pisos por escalera durante algún corte de luz. Aprendí que en esta cuadra en particular los cortes de energía son algo habitual. En el edificio hay un solo departamento por piso, y la mayoría de mis vecinos son gente muy mayor. Algunos de ellos judíos, otros católicos, y estoy yo, que no soy ni lo uno ni lo otro. Cuando camino los ocho pisos por escalera me veo forzado a pasar por el palier de cada uno de ellos. En algunas puertas hay mezuzás, en otras San Jorges, como en silenciosa batalla por defender sus verdades de las verdades del otro.

En el primer piso del edificio vive sola Felisa, una mujer de casi 90 años, muy chiquita, a quien cada tanto su familia, con el buen tino de dejarla vivir en su departamento y no enviarla a un geriátrico, pasa a buscar para ir a pasear en auto. La anciana se las arregla como puede, luchando para retener su fuerza vital fugitiva, más por un deseo de no depender de otros que por miedo a morirse. Cada vez que me ve, Felisa me saluda como si fuera la última, y de esto hace ya más de cinco años. Me aprieta la mano con fuerza y me mira fijamente a los ojos como queriendo revelarme algo. Cuando le pregunto cómo estás (la trato de vos, no de usted, para forzar una cercanía) ella me contesta “y… ahí” o “luchando” o directamente “mal, querido”, con un aire crónico de gravedad. Su marido murió hace unos dos años, de repente, y la dejó sola añorándolo en el departamento. Felisa confunde mi nombre; rara vez me llama Tomás, a veces soy Martín, otras Pablo, y otras no me nombra de ninguna manera, tal vez resignada a olvidar para siempre el nombre del apóstol incrédulo. Cada tanto me llama por teléfono para pedirme algún favor; la última vez fue para que le cambiara el foquito de una lámpara en la cocina. Cuando entro a su departamento lo primero que quiero hacer es irme, me invade el miedo a quedar atrapado en la telaraña de sus ayes. Una vez insistió en mostrarme lo grande que era el lugar, vimos las habitaciones con camas preparadas que hacía años no se deshacían, el baño con pérdida de agua en el lavatorio y el living coqueto. Este último con fotos de su familia: su esposo, hijas, nietos, casamientos, retratos, gente posando, gente desconocida, siendo felices o aparentando serlo para la cámara. Todos actuamos para las fotos cuando posamos, queremos que se nos recuerde con una sonrisa, como si quisiéramos comunicarle al observador del futuro que no era tan mala nuestra vida, que podíamos sonreir a pesar de todo. Monologar para el futuro: eso es sacarse una foto.

            Felisa parece no haberse reido nunca en su vida, como si los músculos de su rostro desconocieran el rictus que denota la felicidad. Su voz es quebradiza y contrasta notablemente con la voz de su contestador automático. Las veces que llamé y ella no atendió, en la grabación escuché la voz de una mujer diez o quince años más joven. La Felisa del contestador suena más firme, menos temerosa de su vejez. Sin embargo, tampoco transmite alegría: es enérgica e imperativa: ordena al escucha a dejar su mensaje como si se tratara de un llamado indeseable. Quizás justo antes de grabar ese mensaje, Felisa acababa de discutir con su marido, y ése es ahora el registro que quedó de su voz, inmodificable desde el pasado. La grabación como una especie de fotografía audible que con el paso del tiempo no se puede corregir. Llamar a Felisa y que atienda su contestador es como llamar al pasado. Debería inventarse un teléfono así, que permitiera hablar con el que uno fue hace años o décadas. Basta de baratijas medidas en megapíxeles, el teléfono al pasado será  la verdadera revolución de las telecomunicaciones.

            Ayer llamé a Felisa para preguntarle si, ya que yo iba a ir al supermercado, ella necesitaba que le comprara algo. Me atendió la Felisa del pasado, la grabada. Lo mismo pasó cuando llamé un rato después. Me pregunté lo que habría de sentir el día que llame y ella no esté más. La muerte nos iguala, la tenemos en nuestro haber como la única experiencia a la que no podemos renunciar. Bajé hasta el primer piso y toqué el timbre de su casa. Me pareció escucharla hablando dormida: palabras ininteligibles desde el otro lado de la puerta y desde el otro lado de la vigilia, doble lejanía. Vaciar la mente de especulaciones, dejar que suceda la realidad. Me subí al ascensor y me fui, queriendo pensar en otra cosa.

martes, 1 de octubre de 2013

La noche boca arriba

Es el tercer día que paso acostado boca arriba y ya me siento una tortuga dada vuelta: me muevo un poco y la herida me tira, la espalda y el cuello se están empezando a contracturar por la inmovilidad y los ratos de lectura. Lo más indigno de todo es el calzón con faja que tuve que comprar para la ocasión, una especie de prenda deportiva para una variante poco feliz de lucha libre.  Un cuadro muy poco halagador el que compongo, sin contar que todavía me faltan un par de días para poder bañarme. Trato de relajarme, de improvisar ejercicios de respiración, pero presiento otra noche de insomnio.  Hace un rato contuve como pude un pico de ansiedad de la embarazada por una larga lista de cosas para hacer antes de que venga la niña, que sospecho mi estado ha propiciado. Trato de mostrarme activo a pesar de la inmovilidad, de proyectar una imagen de hombre-proveedor que esta variante con faja dista mucho de representar.  No creo lograrlo así que intento limitar mis demandas de recién operado, suplantar con buen ánimo mi incapacidad para resolver en el corto plazo alguno de los ítems de esa larga lista.  “Te vas caminando de la clínica”, me había dicho el cirujano. Engañado como una colegiala, me siento. 
No había reparado hasta ahora en la estructura similar que tienen los dos cuentos: el del tipo que agonizando en el hospital sueña una muerte en un duelo a cuchillo en una pulpería de El sur y el del que a punto de ser sacrificado por los Aztecas sueña con un accidente en la moto -que acaso no sabrá manejar- y con la recuperación en el hospital. Uno busca en el sueño una muerte más digna, el otro escapar a su destino centroamericano. Lo mío, con la bata puesta y ya preparado para entrar al quirófano para operarme de una hernia inguinal, fue mucho más modesto: no repetir el papelón que había hecho en la última operación.
Fue hace diez años, ligamentos cruzados.  Ya estaba medio dormido por el gas que me habían hecho aspirar, me pidieron que me abrazara las rodillas para darme la epidural y en esa niebla me pareció ver una cara conocida. A ése lo conozco, dije tímidamente. La segunda vez subí un poco el tono y ya después entré en un brote de euforia y me puse a gritarle al flaco (después reparé que era el residente que me había hecho la entrevista de admisión) y me quería bajar de la camilla para ir a saludarlo. Creo que me daba bronca que no me reconociera. Me tuvieron que agarrar entre tres y aumentar un poco la dosis. 
Siempre me dieron un poco de inquietud esos momentos previos a que termine de hacer efecto la anestesia. No sé, el temor de hacer una confesión bochornosa, revelar la contraseña del homebanking; cosas por el estilo.  Esta vez tenía miedo de señalarse al cirujano su parecido con Eduardo Feinman, que lo tomara a mal y me dejara alguna pinza adentro. Pero no pasó nada de eso: lo último que recuerdo antes de que me despertaran y me dijeran que ya me habían operado fue que el anestesista y una enfermera hablaban de la publicidad de un candidato y no se acordaban del nombre (antes otra enfermera contaba que se había quedado corta con los sanguchitos de miga en el cumpleaños del hijo, mientras me desparramaba pervinox por mis partes más íntimas). Yo escuchaba la conversación como de lejos, ya entregado en la camilla mientras la anestesia hacía efecto, y de pronto se me dibujó el nombre en medio de la niebla, junté fuerzas y lo pronuncié  como pude desde la profundidades en las que estaba: Francisco de Narváez.  Después me dormí del todo.
La operación por suerte salió bien: no me hubiera gustado que esas fueran mis últimas palabras.