Evoluciones
Examinar
a
los terrestres,
en Navidad, no es recomendable.
Es como -me enteré después-, tratar de analizar a sus niños, en un
cumpleaños, justo en el momento en que están por pinchar la piñata
de caramelos. Se produce demasiada estimulación en sus sistemas
nerviosos. Al término de una órbita, lo que ellos denominan
“diciembre”, sus emociones positivas y negativas son tan densas
que es imposible tomar muestras fiables. Y uno puede regresar con
falsas conclusiones sobre los humanos terrícolas. En ese viaje, por
ejemplo, yo registré que recorrían largas distancias con tal de
contactarse con las personas de rasgos fisonómicos similares, tenían
propensión a los colores brillantes y que vivían deseándose
mutuamente felicidad. Novato...
También
cometí el error de tomar notas detalladas sobre unas explosiones en
el cielo que, supuse, se tratarían de algún medio de comunicación.
Los datos que figuraban en la única bitácora de la Tierra hasta el
momento, mencionaban el uso de unas aves para conducir mensajes a
zonas lejanas y de ciertas señales de humo. El cielo, el aire,
entonces,
sería
el espacio elegido de intercambio de información, por lo que dejé
constancia infructuosa de cada color usado en los estallidos, cada
ritmo, cada secuencia de figuras.
Me
equivoqué, además, cuando apunté que ellos nunca comían solos,
sino que se juntaban a ingerir alimentos, en largas mesas, donde no
faltaba el alcohol. Y concluí que ya no adoraban a becerros de oro,
ni a pirámides ni a obeliscos, porque los pinos con ornamentos eran
sus nuevos tótems.
Empecé
a sospechar inconsistencias en mis sondeos al notar que sólo un
treinta por ciento de la población trabajaba, mientras que el resto
se dedicaba ociosamente a comprar objetos, cantar, parrandear con
amigos, llorar en las iglesias y, otra vez, a comer en abundancia. No
podía ser sustentable ese sistema, con lo cual, tras largos meses de
análisis de las imágenes extraídas en mi primera visita, decidí
volver a la Tierra, para la mitad del “año”, lo que ocurre en el
mes que llaman “junio”. Y ahí el modelo de sociedad cobró un
poco más de sentido. Casi todos los terrestres trabajaban mientras
los alumbraba el sol, aunque pocas veces gozaban de él, porque sus
actividades solían producirse dentro de construcciones, mientras que
los infantes ocupaban ese tiempo en capacitarse, interpreté, para
poder producir en el futuro.
Y entonces, ¿por qué esas fiestas? En ocasiones, cuando los datos
nos confunden, los exploradores nos reunimos a intercambiar las
carpetas y cotejamos las
hipótesis.
Es común
que alguien que nunca pisó un planeta, saque mejores conclusiones
sobre él, porque quien sí lo transitó, suele quedar parcialmente
contaminado de esa cultura. Y si le gustó en algún aspecto, peor.
En tal caso, comete errores graves de juicio. Así que, del mismo
modo que una persona calzada con zapatos de goma puede tender una
mano a alguien electrocutándose y despegarlo, cuando nos enredamos
en las teorías, tenemos la alternativa de someterlas
al grupo.
“Entiendo
que
la Navidad es el equivalente social del orgasmo individual. Los
terrícolas mantienen la monotonía de sus hábitos cotidianos y un
día empiezan a adornar sus habitáculos, hasta atraer a otros, al
estilo de
ciertos animales que inician rituales de apareamiento, luciendo sus
colas o cortejando con bailes y trinos”, fue la explicación que le
encontró mi más antiguo compañero. “Tengo otra opinión. Al
parecer, esa época del año no es una descarga para la mayoría
sino, al contrario, un acto de responsabilidad. Lo viven como una
obligación ineludible, impuesta por el Estado, que les interrumpe
sus actividades. Pero, apenas la cumplen, regresan a sus ocupaciones,
sin demorarse”, dedujo el más joven. “No lo creo, estuve ahí, y
suelen disfrutarlo… pero no igual que un orgasmo, sino con cierta
melancolía”, los corregí.
Yo
quería cerrar el registro y, al no ponernos de acuerdo, pedí una
cita con el Gran Consejo de Capitanes. Próximamente, nos
dirigiríamos a otra zona de la galaxia y pasarían otros de sus dos
mil “años” hasta que volviéramos a patrullar el Sistema solar
de la Tierra, así que era mi última oportunidad de clarificar el
panorama.
Luego
de leer en silencio, con esa larga concentración suya, la Capitana
mayor cerró el informe y se puso a observar las imágenes. Al cabo
de unos minutos, detuvo las grabaciones, respiró hondo, exhaló con
calma, con esa profunda calma suya, y sentenció: “La Navidad de
los terrestres no sirve para nada. Por eso es importante. Ellos
trabajan todo lo que se extiende la órbita y hacen cosas útiles
para obtener, justamente, las inútiles. Las que no sirven para nada,
porque son un fin en sí mismas. Conmemoran la Navidad, por la misma
razón que celebran sus cumpleaños o sus bodas, sin motivos en
particular. Lo hacen porque sí, porque las festividades forman parte
de su humanidad. Y es probable que, cuando regresemos en un tiempo,
esos ágapes hayan sido reemplazados por otros, igual de
innecesarios. Queda cerrado el caso”.
Los
fundamentos de la Gran Capitana me parecieron acertados y, de
inmediato, archivé mi expedición bajo la categoría que creí
correspondiente. Saqué a la Tierra del sector Civilizaciones
primitivas y la pasé a Civilizaciones sensibles, con chances de
evolucionar.
María
Silvana Méndez
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