jueves, 5 de enero de 2017

Evoluciones

Evoluciones

       Examinar a los terrestres, en Navidad, no es recomendable. Es como -me enteré después-, tratar de analizar a sus niños, en un cumpleaños, justo en el momento en que están por pinchar la piñata de caramelos. Se produce demasiada estimulación en sus sistemas nerviosos. Al término de una órbita, lo que ellos denominan “diciembre”, sus emociones positivas y negativas son tan densas que es imposible tomar muestras fiables. Y uno puede regresar con falsas conclusiones sobre los humanos terrícolas. En ese viaje, por ejemplo, yo registré que recorrían largas distancias con tal de contactarse con las personas de rasgos fisonómicos similares, tenían propensión a los colores brillantes y que vivían deseándose mutuamente felicidad. Novato...
      También cometí el error de tomar notas detalladas sobre unas explosiones en el cielo que, supuse, se tratarían de algún medio de comunicación. Los datos que figuraban en la única bitácora de la Tierra hasta el momento, mencionaban el uso de unas aves para conducir mensajes a zonas lejanas y de ciertas señales de humo. El cielo, el aire, entonces, sería el espacio elegido de intercambio de información, por lo que dejé constancia infructuosa de cada color usado en los estallidos, cada ritmo, cada secuencia de figuras.
       Me equivoqué, además, cuando apunté que ellos nunca comían solos, sino que se juntaban a ingerir alimentos, en largas mesas, donde no faltaba el alcohol. Y concluí que ya no adoraban a becerros de oro, ni a pirámides ni a obeliscos, porque los pinos con ornamentos eran sus nuevos tótems.
       Empecé a sospechar inconsistencias en mis sondeos al notar que sólo un treinta por ciento de la población trabajaba, mientras que el resto se dedicaba ociosamente a comprar objetos, cantar, parrandear con amigos, llorar en las iglesias y, otra vez, a comer en abundancia. No podía ser sustentable ese sistema, con lo cual, tras largos meses de análisis de las imágenes extraídas en mi primera visita, decidí volver a la Tierra, para la mitad del “año”, lo que ocurre en el mes que llaman “junio”. Y ahí el modelo de sociedad cobró un poco más de sentido. Casi todos los terrestres trabajaban mientras los alumbraba el sol, aunque pocas veces gozaban de él, porque sus actividades solían producirse dentro de construcciones, mientras que los infantes ocupaban ese tiempo en capacitarse, interpreté, para poder producir en el futuro.
       Y entonces, ¿por qué esas fiestas? En ocasiones, cuando los datos nos confunden, los exploradores nos reunimos a intercambiar las carpetas y cotejamos las hipótesis. Es común que alguien que nunca pisó un planeta, saque mejores conclusiones sobre él, porque quien sí lo transitó, suele quedar parcialmente contaminado de esa cultura. Y si le gustó en algún aspecto, peor. En tal caso, comete errores graves de juicio. Así que, del mismo modo que una persona calzada con zapatos de goma puede tender una mano a alguien electrocutándose y despegarlo, cuando nos enredamos en las teorías, tenemos la alternativa de someterlas al grupo.
       “Entiendo que la Navidad es el equivalente social del orgasmo individual. Los terrícolas mantienen la monotonía de sus hábitos cotidianos y un día empiezan a adornar sus habitáculos, hasta atraer a otros, al estilo de ciertos animales que inician rituales de apareamiento, luciendo sus colas o cortejando con bailes y trinos”, fue la explicación que le encontró mi más antiguo compañero. “Tengo otra opinión. Al parecer, esa época del año no es una descarga para la mayoría sino, al contrario, un acto de responsabilidad. Lo viven como una obligación ineludible, impuesta por el Estado, que les interrumpe sus actividades. Pero, apenas la cumplen, regresan a sus ocupaciones, sin demorarse”, dedujo el más joven. “No lo creo, estuve ahí, y suelen disfrutarlo… pero no igual que un orgasmo, sino con cierta melancolía”, los corregí.
       Yo quería cerrar el registro y, al no ponernos de acuerdo, pedí una cita con el Gran Consejo de Capitanes. Próximamente, nos dirigiríamos a otra zona de la galaxia y pasarían otros de sus dos mil “años” hasta que volviéramos a patrullar el Sistema solar de la Tierra, así que era mi última oportunidad de clarificar el panorama.
       Luego de leer en silencio, con esa larga concentración suya, la Capitana mayor cerró el informe y se puso a observar las imágenes. Al cabo de unos minutos, detuvo las grabaciones, respiró hondo, exhaló con calma, con esa profunda calma suya, y sentenció: “La Navidad de los terrestres no sirve para nada. Por eso es importante. Ellos trabajan todo lo que se extiende la órbita y hacen cosas útiles para obtener, justamente, las inútiles. Las que no sirven para nada, porque son un fin en sí mismas. Conmemoran la Navidad, por la misma razón que celebran sus cumpleaños o sus bodas, sin motivos en particular. Lo hacen porque sí, porque las festividades forman parte de su humanidad. Y es probable que, cuando regresemos en un tiempo, esos ágapes hayan sido reemplazados por otros, igual de innecesarios. Queda cerrado el caso”.
       Los fundamentos de la Gran Capitana me parecieron acertados y, de inmediato, archivé mi expedición bajo la categoría que creí correspondiente. Saqué a la Tierra del sector Civilizaciones primitivas y la pasé a Civilizaciones sensibles, con chances de evolucionar.

María Silvana Méndez



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