martes, 29 de octubre de 2013

Salir a comprar

Siento que ya no puedo volver a comprarme ropa.  Venía mal, pero la última vez fue como haber retrocedido en el tiempo, a las primeras excursiones en las que iba a comprar sólo y de las que salía casi siempre derrotado, con algún jean que no me convencía del todo, con una camisa a cuadros que no volvía a ponerme más, con unos zapatos que después no entendía por qué me los había comprado.  Todavía no me animaba a salir de los negocios con las manos vacías, que fue el paso siguiente, el que me condenó a esa larga temporada medio homeless, con un par de mudas que repetía en loop y que la facultad de sociales me permitía camuflar. Si no hubiera sido por los grandes almacenes donde uno puede agarrar y probarse a destajo creo que no hubiera superado esa etapa, porque después ya me daba vergüenza ir a los locales con la ropa que tenía puesta, lo que iba desajustando mi relación con la época: cuanto más de moda era el lugar más me costaba entrar, y así terminaba entregando el alma al estilo intemporal de legacy.  Pero el principio de la adolescencia había sido peor. Un pasaje del diario de Kafka ilustra esos últimos años de ir a comprar ropa con mis viejos, esas sesiones de tortura en las que tenía que sufrir el complot de mi madre con los vendedores. Kafka recuerda que estaba invitado a un baile y no tenía ropa para ponerse (ni intención de bailar), y va con la madre a un sastre para hacerse un traje. Se siente ridículo, discute con el sastre, con la madre, y se va sin comprar nada: “aproveché el fastidio de los pros y los contras como pretexto para despedir al sastre con algún encargo insignificante y con una vana promesa respecto al smoking, y quedé agotado, entre los reproches de mi madre, y apartado para siempre –a mí todo me ocurría para siempre- de las muchachas, de una apariencia elegante y de los bailes de sociedad”.  
Creo que todas estas cosas quedaron atrás hasta que voy a comprarme algo y la herida se vuelve a abrir. Venía de un racha mala, un par de intentos fallidos de  comprarme zapatillas que siempre fue un rubro bastante crítico. Necesitaba renovar el jean y entré a un local con la idea de comprarme un corte más bien clásico, pero no es fácil porque siempre me lo complican con algún bolsillo extra, unas líneas que no me puedo permitir o esos cortes medio chupines.  Zafé un rato de la vendedora pero no encontraba nada y cuando me preguntó por segunda vez si me ayudaba me tuve que entregar. Calculó el talle y me pasó un par de modelos. Ya entré al probador medio vencido. Corrí la cortinita, acomodé mis cosas en un rincón.  Me empecé a desarmar cuando luchaba por subirme el pantalón y la vendedora me preguntó cómo me iba el talle.  Uno está muy vulnerable en esas circunstancias: en calzones, con la camisa salida y las piernas medio atascadas, haciendo equilibrio en medias para no caerse contra la pared del cambiador.  Un talle más, dije como pude. Mientras la vendedora volvía con el jean me probé el otro y de nuevo me quedé a mitad de camino.  Esperé un ratito en calzones hasta que llegó con  otro pantalón: de ese modelo no tengo en 44, fijate si te va este, me dijo y me lo pasó, con ese aire medio furtivo que tienen esos intercambios, asomando el jean por la cortinita y mirando para el otro lado. Me lo puse y me miré en el espejo: ahí estaban las rayas, el corte me apretaba más de la cuenta. Si te va bien el talle te puedo mostrar unos de gabardina que están en oferta, escuché. Era el momento de huir.  En la etapa homeless no hubiera llegado al probador, o hubiera salido y tirado una frase al vendedor que daba a entender, de manera algo ambigua, que iba volver.  Con el tiempo fui resignándome a que lo mejor era comprar algo y no tener que volver a pasar otra vez por lo mismo. Le di el pantalón y me lo llevó a la caja. Cuando la chica de la caja me fue a cobrar reparé en que salía doscientos pesos más que el que me había probado primero. Saqué la billetera como quien saca un arma.

miércoles, 2 de octubre de 2013

El eco de lo que ya no existe



Desde que me mudé al edificio de Villa Crespo, hace unos cuantos años, fueron varias las veces que me tocó subir los ocho pisos por escalera durante algún corte de luz. Aprendí que en esta cuadra en particular los cortes de energía son algo habitual. En el edificio hay un solo departamento por piso, y la mayoría de mis vecinos son gente muy mayor. Algunos de ellos judíos, otros católicos, y estoy yo, que no soy ni lo uno ni lo otro. Cuando camino los ocho pisos por escalera me veo forzado a pasar por el palier de cada uno de ellos. En algunas puertas hay mezuzás, en otras San Jorges, como en silenciosa batalla por defender sus verdades de las verdades del otro.

En el primer piso del edificio vive sola Felisa, una mujer de casi 90 años, muy chiquita, a quien cada tanto su familia, con el buen tino de dejarla vivir en su departamento y no enviarla a un geriátrico, pasa a buscar para ir a pasear en auto. La anciana se las arregla como puede, luchando para retener su fuerza vital fugitiva, más por un deseo de no depender de otros que por miedo a morirse. Cada vez que me ve, Felisa me saluda como si fuera la última, y de esto hace ya más de cinco años. Me aprieta la mano con fuerza y me mira fijamente a los ojos como queriendo revelarme algo. Cuando le pregunto cómo estás (la trato de vos, no de usted, para forzar una cercanía) ella me contesta “y… ahí” o “luchando” o directamente “mal, querido”, con un aire crónico de gravedad. Su marido murió hace unos dos años, de repente, y la dejó sola añorándolo en el departamento. Felisa confunde mi nombre; rara vez me llama Tomás, a veces soy Martín, otras Pablo, y otras no me nombra de ninguna manera, tal vez resignada a olvidar para siempre el nombre del apóstol incrédulo. Cada tanto me llama por teléfono para pedirme algún favor; la última vez fue para que le cambiara el foquito de una lámpara en la cocina. Cuando entro a su departamento lo primero que quiero hacer es irme, me invade el miedo a quedar atrapado en la telaraña de sus ayes. Una vez insistió en mostrarme lo grande que era el lugar, vimos las habitaciones con camas preparadas que hacía años no se deshacían, el baño con pérdida de agua en el lavatorio y el living coqueto. Este último con fotos de su familia: su esposo, hijas, nietos, casamientos, retratos, gente posando, gente desconocida, siendo felices o aparentando serlo para la cámara. Todos actuamos para las fotos cuando posamos, queremos que se nos recuerde con una sonrisa, como si quisiéramos comunicarle al observador del futuro que no era tan mala nuestra vida, que podíamos sonreir a pesar de todo. Monologar para el futuro: eso es sacarse una foto.

            Felisa parece no haberse reido nunca en su vida, como si los músculos de su rostro desconocieran el rictus que denota la felicidad. Su voz es quebradiza y contrasta notablemente con la voz de su contestador automático. Las veces que llamé y ella no atendió, en la grabación escuché la voz de una mujer diez o quince años más joven. La Felisa del contestador suena más firme, menos temerosa de su vejez. Sin embargo, tampoco transmite alegría: es enérgica e imperativa: ordena al escucha a dejar su mensaje como si se tratara de un llamado indeseable. Quizás justo antes de grabar ese mensaje, Felisa acababa de discutir con su marido, y ése es ahora el registro que quedó de su voz, inmodificable desde el pasado. La grabación como una especie de fotografía audible que con el paso del tiempo no se puede corregir. Llamar a Felisa y que atienda su contestador es como llamar al pasado. Debería inventarse un teléfono así, que permitiera hablar con el que uno fue hace años o décadas. Basta de baratijas medidas en megapíxeles, el teléfono al pasado será  la verdadera revolución de las telecomunicaciones.

            Ayer llamé a Felisa para preguntarle si, ya que yo iba a ir al supermercado, ella necesitaba que le comprara algo. Me atendió la Felisa del pasado, la grabada. Lo mismo pasó cuando llamé un rato después. Me pregunté lo que habría de sentir el día que llame y ella no esté más. La muerte nos iguala, la tenemos en nuestro haber como la única experiencia a la que no podemos renunciar. Bajé hasta el primer piso y toqué el timbre de su casa. Me pareció escucharla hablando dormida: palabras ininteligibles desde el otro lado de la puerta y desde el otro lado de la vigilia, doble lejanía. Vaciar la mente de especulaciones, dejar que suceda la realidad. Me subí al ascensor y me fui, queriendo pensar en otra cosa.

martes, 1 de octubre de 2013

La noche boca arriba

Es el tercer día que paso acostado boca arriba y ya me siento una tortuga dada vuelta: me muevo un poco y la herida me tira, la espalda y el cuello se están empezando a contracturar por la inmovilidad y los ratos de lectura. Lo más indigno de todo es el calzón con faja que tuve que comprar para la ocasión, una especie de prenda deportiva para una variante poco feliz de lucha libre.  Un cuadro muy poco halagador el que compongo, sin contar que todavía me faltan un par de días para poder bañarme. Trato de relajarme, de improvisar ejercicios de respiración, pero presiento otra noche de insomnio.  Hace un rato contuve como pude un pico de ansiedad de la embarazada por una larga lista de cosas para hacer antes de que venga la niña, que sospecho mi estado ha propiciado. Trato de mostrarme activo a pesar de la inmovilidad, de proyectar una imagen de hombre-proveedor que esta variante con faja dista mucho de representar.  No creo lograrlo así que intento limitar mis demandas de recién operado, suplantar con buen ánimo mi incapacidad para resolver en el corto plazo alguno de los ítems de esa larga lista.  “Te vas caminando de la clínica”, me había dicho el cirujano. Engañado como una colegiala, me siento. 
No había reparado hasta ahora en la estructura similar que tienen los dos cuentos: el del tipo que agonizando en el hospital sueña una muerte en un duelo a cuchillo en una pulpería de El sur y el del que a punto de ser sacrificado por los Aztecas sueña con un accidente en la moto -que acaso no sabrá manejar- y con la recuperación en el hospital. Uno busca en el sueño una muerte más digna, el otro escapar a su destino centroamericano. Lo mío, con la bata puesta y ya preparado para entrar al quirófano para operarme de una hernia inguinal, fue mucho más modesto: no repetir el papelón que había hecho en la última operación.
Fue hace diez años, ligamentos cruzados.  Ya estaba medio dormido por el gas que me habían hecho aspirar, me pidieron que me abrazara las rodillas para darme la epidural y en esa niebla me pareció ver una cara conocida. A ése lo conozco, dije tímidamente. La segunda vez subí un poco el tono y ya después entré en un brote de euforia y me puse a gritarle al flaco (después reparé que era el residente que me había hecho la entrevista de admisión) y me quería bajar de la camilla para ir a saludarlo. Creo que me daba bronca que no me reconociera. Me tuvieron que agarrar entre tres y aumentar un poco la dosis. 
Siempre me dieron un poco de inquietud esos momentos previos a que termine de hacer efecto la anestesia. No sé, el temor de hacer una confesión bochornosa, revelar la contraseña del homebanking; cosas por el estilo.  Esta vez tenía miedo de señalarse al cirujano su parecido con Eduardo Feinman, que lo tomara a mal y me dejara alguna pinza adentro. Pero no pasó nada de eso: lo último que recuerdo antes de que me despertaran y me dijeran que ya me habían operado fue que el anestesista y una enfermera hablaban de la publicidad de un candidato y no se acordaban del nombre (antes otra enfermera contaba que se había quedado corta con los sanguchitos de miga en el cumpleaños del hijo, mientras me desparramaba pervinox por mis partes más íntimas). Yo escuchaba la conversación como de lejos, ya entregado en la camilla mientras la anestesia hacía efecto, y de pronto se me dibujó el nombre en medio de la niebla, junté fuerzas y lo pronuncié  como pude desde la profundidades en las que estaba: Francisco de Narváez.  Después me dormí del todo.
La operación por suerte salió bien: no me hubiera gustado que esas fueran mis últimas palabras.