Ese domingo habíamos ido al
teatro Sarmiento, el que está en la misma manzana que el zoológico, sobre la
avenida que le da nombre. Una función especial de una obra distinta, que venía
de ganar subsidios y premios en festivales europeos y que fue especialmente
bien recibida en Bélgica. Siendo una de las primeras funciones en Buenos Aires,
después de la obra hubo un coloquio abierto de los actores, el director, la
escenógrafa y el músico con el público. Por eso pudimos acceder, después de haber
transitado la intensidad de dos horas de representación, a los entretelones de
la puesta. Los actores, ya fuera de sus personajes, hablaban como personas
normales, o lo que suele entenderse por normalidad. Eran personas que vivían en
el mismo mundo que uno, ya no los portadores de las palabras encendidas de un
dramaturgo inspirado. Se nos permitía hacerles preguntas, de manera que cada
una de ellas los hacía más vulnerables, más reales, cada vez más alejados del épico
artificio épico de un escenario en una sala a oscuras, dentro de una
escenografía iluminada por reflectores.
Después de casi una hora de
coloquio, el evento terminó. Con un grupo de amigos fuimos a comer pizza a un lugar
cercano. Como solemos hacer después de ver una obra que nos gustó mucho, nos
sentamos a desguazarla a fuerza de impresiones y puntos de vista, dejándonos llevar
más por la emoción en estado primitivo que por cualquier otra forma de
análisis. Pensé en los rituales griegos del siglo VI a.C. donde se originó el
teatro tal como lo entendemos actualmente, esas fiestas en honor a Baco que
duraban días enteros y de las que surgieron los primeros textos representados.
Brindamos por todo lo que se podía brindar, y la fiesta de ese día llegó a su
fin.
Algunos se fueron caminando por
Santa Fe hacia el lado del centro, yo fui a buscar el auto que había
estacionado sobre la avenida Sarmiento; ya la noche era profunda. Atrás habían
quedado los sonidos del domingo: las voces de las personas caminando al sol
hacia alguna de las plazas de Libertador, el pregón del vendedor de Coca y
golosinas bajo la sombrilla de su carrito, los ciclistas y patinadores, los
autos haciéndose lugar para circular. Ahora todo se había callado, la gente que
durante el día habitaba esa marea sonora ahora debía estar durmiendo o a punto
de hacerlo, la calle estaba casi desierta. Esa ancha cuadra del zoológico era ahora
un corredor vacío. Mi auto estaba estacionado frente al teatro, era el único
que quedaba en ese espacio que durante el día había sido tan demandado.
Caminaba por Sarmiento cuando oí
ruidos del otro lado de la reja del zoológico. Me paré para ver. Ahí entre las
ramas pude observar a un grupo de unas quince o veinte garzas, de piernas
finísimas y plumas de tono rosado, paradas al borde de una breve laguna
artificial. En los graznidos simultáneos de las garzas se intuía una especie de
conversación, de diálogo secreto. Era lo único para escuchaba en la noche: las
voces de esas aves fuera del contexto del zoológico, lejos de los nenes que gritan
“mamá mirá mirá mamá el pájaro mamá mirá mamá el pájaro mirá”. Lejos de la
banda de sonido de la ciudad, estaban las voces animadas de las garzas como si
fueran la única especie animal despierta a esa hora, como si aprovechasen ese
momento de silencio alrededor para escuchar su propia voz. Como comentando un
día de trabajo, como obreros después de cumplir su horario. Como actores
después de terminar una función. Me quedé en silencio, atestiguando esa
intimidad.
Pensé que durante el día las
garzas interpretan un papel no muy distinto al de un actor en una obra, que
recitaban un texto y se comportaban de la manera precisa en que lo había
digitado quién sabe qué dramaturgo, que su presencia sobre el pasto raído del
zoológico no era menos artificiosa que la de los actores que yo acababa de ver
sobre el escenario transitado del teatro Sarmiento. Y que ahora yo accedía a
los entretelones de la representación, a la verdadera voz de esos animales, la
que tienen cuando no hay público que los observe.
Mañana sería un nuevo día y
habrían de repetir una vez más el rito guionado, a provocar admiración, a
generar interrogantes y materia de conversaciones. Pero ahora estaban relajadas,
y yo me alejé para no molestarlas.