sábado, 7 de septiembre de 2013

Post función



   Ese domingo habíamos ido al teatro Sarmiento, el que está en la misma manzana que el zoológico, sobre la avenida que le da nombre. Una función especial de una obra distinta, que venía de ganar subsidios y premios en festivales europeos y que fue especialmente bien recibida en Bélgica. Siendo una de las primeras funciones en Buenos Aires, después de la obra hubo un coloquio abierto de los actores, el director, la escenógrafa y el músico con el público. Por eso pudimos acceder, después de haber transitado la intensidad de dos horas de representación, a los entretelones de la puesta. Los actores, ya fuera de sus personajes, hablaban como personas normales, o lo que suele entenderse por normalidad. Eran personas que vivían en el mismo mundo que uno, ya no los portadores de las palabras encendidas de un dramaturgo inspirado. Se nos permitía hacerles preguntas, de manera que cada una de ellas los hacía más vulnerables, más reales, cada vez más alejados del épico artificio épico de un escenario en una sala a oscuras, dentro de una escenografía iluminada por reflectores.

Después de casi una hora de coloquio, el evento terminó. Con un grupo de amigos fuimos a comer pizza a un lugar cercano. Como solemos hacer después de ver una obra que nos gustó mucho, nos sentamos a desguazarla a fuerza de impresiones y puntos de vista, dejándonos llevar más por la emoción en estado primitivo que por cualquier otra forma de análisis. Pensé en los rituales griegos del siglo VI a.C. donde se originó el teatro tal como lo entendemos actualmente, esas fiestas en honor a Baco que duraban días enteros y de las que surgieron los primeros textos representados. Brindamos por todo lo que se podía brindar, y la fiesta de ese día llegó a su fin.
Algunos se fueron caminando por Santa Fe hacia el lado del centro, yo fui a buscar el auto que había estacionado sobre la avenida Sarmiento; ya la noche era profunda. Atrás habían quedado los sonidos del domingo: las voces de las personas caminando al sol hacia alguna de las plazas de Libertador, el pregón del vendedor de Coca y golosinas bajo la sombrilla de su carrito, los ciclistas y patinadores, los autos haciéndose lugar para circular. Ahora todo se había callado, la gente que durante el día habitaba esa marea sonora ahora debía estar durmiendo o a punto de hacerlo, la calle estaba casi desierta. Esa ancha cuadra del zoológico era ahora un corredor vacío. Mi auto estaba estacionado frente al teatro, era el único que quedaba en ese espacio que durante el día había sido tan demandado. 

Caminaba por Sarmiento cuando oí ruidos del otro lado de la reja del zoológico. Me paré para ver. Ahí entre las ramas pude observar a un grupo de unas quince o veinte garzas, de piernas finísimas y plumas de tono rosado, paradas al borde de una breve laguna artificial. En los graznidos simultáneos de las garzas se intuía una especie de conversación, de diálogo secreto. Era lo único para escuchaba en la noche: las voces de esas aves fuera del contexto del zoológico, lejos de los nenes que gritan “mamá mirá mirá mamá el pájaro mamá mirá mamá el pájaro mirá”. Lejos de la banda de sonido de la ciudad, estaban las voces animadas de las garzas como si fueran la única especie animal despierta a esa hora, como si aprovechasen ese momento de silencio alrededor para escuchar su propia voz. Como comentando un día de trabajo, como obreros después de cumplir su horario. Como actores después de terminar una función. Me quedé en silencio, atestiguando esa intimidad.
Pensé que durante el día las garzas interpretan un papel no muy distinto al de un actor en una obra, que recitaban un texto y se comportaban de la manera precisa en que lo había digitado quién sabe qué dramaturgo, que su presencia sobre el pasto raído del zoológico no era menos artificiosa que la de los actores que yo acababa de ver sobre el escenario transitado del teatro Sarmiento. Y que ahora yo accedía a los entretelones de la representación, a la verdadera voz de esos animales, la que tienen cuando no hay público que los observe. 

Mañana sería un nuevo día y habrían de repetir una vez más el rito guionado, a provocar admiración, a generar interrogantes y materia de conversaciones. Pero ahora estaban relajadas, y yo me alejé para no molestarlas.

martes, 3 de septiembre de 2013

El regreso del hombre empanada

Después de un rato de estar caminando por la plaza, un poco para hacer tiempo y otro poco para aflojar la tensión, se paró atrás de un árbol, en una posición que le permitía dominar la esquina sin exponerse tanto a las miradas que lo acosaban desde que había salido. Se sentía incómodo y ya tenía empapada la camisa cuando la vio llegar y pararse en la esquina, algo más arreglada que de costumbre, y fue ahí que se dio cuenta del error, que se arrepintió profundamente de haber ido pero sobre todo de haber ido así, disfrazado de hombre empanda. 
No se lo había contado a nadie pero cuando estaba en el último año de la secundaria había trabajado un tiempo como hombre empanada. Caminaba por la calle y desde una combi un flaco le había preguntado si quería trabajar un par de horas y dijo que sí. Como era el último en sumarse y ya se habían repartido los trajes le dieron el de humita. El que lo invitó usaba el de carne y era el que manejaba los tiempos y dirigía el grupo (una media docena), y una chica que tenía la de jamón y queso repartía volantes con las promos por los autos. Al principio le había costado pero con los días fue perdiendo la timidez, y el día que oyó que desde un auto decían “la de la humita la rompe” se pudo soltar del todo y empezó a jugarse un poco más con la coreo que hacían cuando cortaba el semáforo. Fueron un par de meses hasta que se cansó del calor y de que no le pagaran (le debían tres semanas), y en un descanso se fue caminando a la casa con el traje puesto. Lo había guardado en un galponcito y se había olvidado hasta que la noche anterior se había vuelto a acordar, mientras daba vueltas sin poder dormirse después de descubrir el chat en el celular de Andrea en el que un un tal Fer (o una tal Fer, no le quedaba claro) la citaba para las cinco en la esquina de una plaza.
Hacía unos meses que las cosas no estaban del todo bien, más o menos desde que Andrea se había anotado en la facultad y él se sintió amenazado por la nueva situación. Ahora ella llegaba tarde a la casa  varios días de semana,  los sábados o domingos  tenía que estudiar o juntarse a hacer trabajos prácticos con los compañeros. Creía  que lo de la facultad era una forma indirecta de reprocharle su falta de iniciativa, de recriminarle que todavía debía esas materias del secundario y que se iba a pasar toda la vida vendiendo electrodomésticos a comisión y quejándose del trabajo. Al menos eso le parecía entrever en las discusiones que tenían cada vez más seguido, en el malhumor constante de Andrea, en sus gestos de fastidio. 
En el momento le había parecido una buena idea, y además le daban los tiempos para salir del trabajo, buscar el traje en lo de los viejos y apostarse en la esquina para sacarse la duda. No había pensado en la logística, porque ningún taxi lo quiso parar y tuvo que caminarse las treinta y pico de cuadras hasta la plaza, tragándose el olor a humedad y encierro de la goma espuma que se le iba pegando en la garganta. Tampoco había reparado en lo  vulnerable que se iba a sentir en esa situación: temblaba cada vez que venía venir a un hombre, se aferraba a la esperanza de que fuera cada chica que aparecía en su campo de visión, algo recortado por el traje.
Pasó un buen rato torturándose así, con el cuello y la espalda agarrotados por la tensión. En un momento sintió que le faltaba el aire y pensó que se iba a desmayar: supo que si la veía con otro ya no iba a poder recuperarse, que no iba a tener el coraje para volver a sacarse el traje. Pensó en irse pero ya era demasiado tarde, porque vio a Andrea hacer un gesto de reconocimiento, con el corazón en la boca enfocó la vista y vio que a la distancia venía una chica con anteojos, y apenas unos metros atrás el flaco de camisa celeste. Entonces le llegó, ahogado por la goma espuma, el grito de Andrea.
Lo que pasó después fue todo muy rápido: giró de golpe y vio al borracho manoteándola del brazo, se vio como desde afuera correr hacia donde estaban y empujar al tipo mientras Andrea se zafaba y cruzaba la calle corriendo. Torció todo el cuerpo para atajar el botellazo que le tiró el borracho con la parte del repulge, después el traje se enderezó de golpe y con el envión le dio de lleno en el pecho con todo el lomo de la empanada. El borracho trastabilló y se calló de espalda contra un banco de la plaza y no se volvió a levantar.  Se dio vuelta para ver la calle de enfrente pero Andrea ya no estaba. Tampoco la chica de anteojos ni el flaco de la camisa celeste. Se empezó a juntar gente que lo palmeaba, le sacaba fotos y le pedía que hiciera el pasito. Saludó a los que se habían reunido a celebrar el regreso triunfal del hombre empanada y se volvió caminando.
En esas cuadras fue pensando que esa noche la iba a esperar a Andrea con una comida especial, le iba a contar que había decidido ponerse a estudiar para rendir las materias que le faltaban y, en el momento indicado le iba pedir que cerrara los ojos por unos segundos. Entonces se iba a levantar despacio, iba a ir al cuarto y se iba a volver a calzar el traje. Sabía que cuando le pidiera que los volviera a abrir ya nada iba a ser lo mismo. 

Entró igual

Memoria llena

-Ahora que vas a conocer a mi hermano, te cuento algo. A él, hace unos años, le pasó lo mismo que te pasa a vos con este examen. Cuando se estaba por recibir, no podía memorizar un dato, pero de Química. El nombre de un compuesto.
-¿Germán?
-Sí, el del medio. El más chiquito no agarró nunca un libro, no hubo caso, pero Germán, sí. Un día vino con que estaba seguro, quería estudiar Psicología. Pero no tenía el secundario completo porque le quedaba Química de quinto, entonces, se anotó en una escuela para adultos, y cursó a la noche, solamente esa materia.
-¿Y cómo le fue?
-Pará, pará que te cuento. Venía muy bien, pero antes del examen final, le agarró como una tara. No podía retener un nombre: hexaclorociclohexano. Hasta yo me lo acuerdo. Creo que toda la familia. No sabés lo que fue. Él estaba convencido de que le iban a tomar eso, y no podía memorizarlo. Decía “hexanono cloro ciclo”, cualquier cosa. Tiraba muchas combinaciones parecidas, pero nunca era la correcta: hexaclorociclohexano. Como te pasa a vos ahora, con Historia, que tenés una negación.
-Me parece que esa palabra es todavía más difícil que lo que tengo que aprender yo.
-No sé, cada uno tiene sus nudos. A mí, por ejemplo, me re cuestan las fechas. Los números en general. Creo que me sé de memoria tres teléfonos nada más. Y de los cumpleaños, olvidate, si no fuera por el recordatorio del celu, ni del mío me entero. Son como una nebulosa los números para mí. Miro una dirección en un papel y cuando levanto la vista, esa imagen se me empieza a desteñir. Se derrite. Grabo uno o dos números y listo, se autodestruye la cinta. Pero las palabras sí se me quedan pegadas.
-Bueno, ¿y qué pasó?
-Pasó que estuvimos todos, la flia, los amigos, ayudándolo como quince días para que se aprendiera esa palabra.
-¿Quince días? Me estás jodiendo. No pudo haber sido tanto.
-Sí, te juro. Fue desesperante. Casi daba ganas de mandarlo al médico. No había forma, no le entraba en la cabeza. Y estaba obsesionado. Llegó a pegarse papelitos con el nombre en el espejo del baño, en la luneta del auto, en los placares, en el monitor del laburo. Decía que, aunque él estuviera leyendo la pantalla, el papelito de costado podía influenciarlo.
-¿Cómo subliminalmente? Buena idea.
-Claro. Se quería autosugestionar. Era delirante. Y cada tanto, le tomábamos la lección. “A ver, Ger: el compuesto hexacloruro de benceno, también lleva el nombre de…”. Y él tiraba: “Hexanono… ¡noooo! ¡Hexanono, no, boludo!”. No podía. No había caso. Probamos hasta con las canciones de la cancha. Le cambiábamos la letra a temas de Sergio Denis, de Gilda, cualquiera. Un día dijo que así no lo iba a poder memorizar nunca, porque él no escucha esa música, que a él le gustan los Stones. OK, le dije, hagamos algo con Satisfaction, por ejemplo. Y entonces Germán andaba cantando: “Hexa-clo-ro cha na nan. Ciclohe-xa-no cha na nan”. No sabés lo que fue.
-Me imagino. Es muy gracioso. Yo espero no caer tan bajo. Casi me lo acuerdo ahora, mirá: “Las tropas mexicanas del Ejército de… algo… de Oriente creo, comandadas por Zaragoza, rechazaron con valentía al ejército francés, el 5 de mayo de 1862. O 1864. No, no, 1862”.
-¿Sabés lo que llegó a hacer mi hermano? Agarró una de las banderas que llevábamos a la cancha y, desquiciado, le escribió encima con aerosol rojo: hexaclorociclohexano. Cuando entré en la casa, y vi que la pared entera del living estaba tapada con eso, pensé: “Este pibe está loco”. Parecía un mensaje mafioso. Ya todos nos sabíamos el nombre, además, menos él. Había machetitos hasta dentro de la heladera. Me llegó a decir que le hubiera gustado poder desfragmentar el disco rígido de su cabeza, porque sentía que no tenía un espacio libre lo suficientemente largo para grabar esa palabra de no sé cuántas sílabas. O podía guardar hexacloro, o podía ciclo, o hexano, pero no todo junto. Estaba re demente.
-¿Y no pensó hacerse dibujitos? A mí me sirve eso.
-¿Pero cómo dibujás hexaclorociclohexano? Es imposible.
-No, lo dividís en partes… Yo una vez, para otro examen de Historia, tenía que memorizar el cruce de Pino Hachado, y en la mano me dibujé una X, y un árbol con un hacha clavada. En esto que me decís, no sé, capaz que me haría un número 6, por hexa, una pileta, por el cloro, un lavarropas por los ciclos…
-Ah… vos me parece que estás más loca que él.
-¿Y cómo le fue al final? Supongo que bien, porque entró en Psicología.
-Llegó el día del examen, y arrancó con sus diez mil cábalas desde temprano. Ahí entendí por qué Germán quería estudiar Psicología, para curarse a él mismo. Es re mañoso mi hermano, ya te vas a dar cuenta. La cuestión es que llegó a rendir, y le fue bárbaro, hasta que le preguntaron lo del hexacloro. Tenía razón, se lo iban a preguntar.
-Y lo contestó bien, me imagino.
-Él dice que primero lo contestó mal, pero que se corrigió enseguida, y le pusieron un 9. Volvió a casa a los gritos. Estamos llegando ya. El bar de mi hermano está acá a la vuelta.
-¿Pero no se recibió de psicólogo, no? ¿Por eso abrió el bar?
-Afirmativo. Al final, estudió un par de materias nada más. Pero dice que, ahora, en la barra, se la pasa analizando a la gente. Que con este bar ya está realizado, porque los clientes le cuentan todos sus mambos. ¿Viste el cartel, cómo se llama?
-El Hexacloro. No lo puedo creer.
-Creelo. La gente piensa que es la fórmula de alguna bebida, como el alcohol etílico que tiene el vino, y nada que ver. Ahora, vos ya sabés por qué le puso ese nombre. Pero no se lo digas a nadie, eh… Es un secreto de familia ¿OK?
-Hecho.

María Silvana Méndez
Agosto de 2013