Después de un rato de estar caminando por la plaza, un poco para hacer tiempo y otro poco para aflojar la tensión, se paró atrás de un árbol, en una posición que le permitía dominar la esquina sin exponerse tanto a las miradas que lo acosaban desde que había salido. Se sentía incómodo y ya tenía empapada la camisa cuando la vio llegar y pararse en la esquina, algo más arreglada que de costumbre, y fue ahí que se dio cuenta del error, que se arrepintió profundamente de haber ido pero sobre todo de haber ido así, disfrazado de hombre empanda.
No se lo había contado a nadie pero cuando estaba en el último año de la secundaria había trabajado un tiempo como hombre empanada. Caminaba por la calle y desde una combi un flaco le había preguntado si quería trabajar un par de horas y dijo que sí. Como era el último en sumarse y ya se habían repartido los trajes le dieron el de humita. El que lo invitó usaba el de carne y era el que manejaba los tiempos y dirigía el grupo (una media docena), y una chica que tenía la de jamón y queso repartía volantes con las promos por los autos. Al principio le había costado pero con los días fue perdiendo la timidez, y el día que oyó que desde un auto decían “la de la humita la rompe” se pudo soltar del todo y empezó a jugarse un poco más con la coreo que hacían cuando cortaba el semáforo. Fueron un par de meses hasta que se cansó del calor y de que no le pagaran (le debían tres semanas), y en un descanso se fue caminando a la casa con el traje puesto. Lo había guardado en un galponcito y se había olvidado hasta que la noche anterior se había vuelto a acordar, mientras daba vueltas sin poder dormirse después de descubrir el chat en el celular de Andrea en el que un un tal Fer (o una tal Fer, no le quedaba claro) la citaba para las cinco en la esquina de una plaza.
Hacía unos meses que las cosas no estaban del todo bien, más o menos desde que Andrea se había anotado en la facultad y él se sintió amenazado por la nueva situación. Ahora ella llegaba tarde a la casa varios días de semana, los sábados o domingos tenía que estudiar o juntarse a hacer trabajos prácticos con los compañeros. Creía que lo de la facultad era una forma indirecta de reprocharle su falta de iniciativa, de recriminarle que todavía debía esas materias del secundario y que se iba a pasar toda la vida vendiendo electrodomésticos a comisión y quejándose del trabajo. Al menos eso le parecía entrever en las discusiones que tenían cada vez más seguido, en el malhumor constante de Andrea, en sus gestos de fastidio.
En el momento le había parecido una buena idea, y además le daban los tiempos para salir del trabajo, buscar el traje en lo de los viejos y apostarse en la esquina para sacarse la duda. No había pensado en la logística, porque ningún taxi lo quiso parar y tuvo que caminarse las treinta y pico de cuadras hasta la plaza, tragándose el olor a humedad y encierro de la goma espuma que se le iba pegando en la garganta. Tampoco había reparado en lo vulnerable que se iba a sentir en esa situación: temblaba cada vez que venía venir a un hombre, se aferraba a la esperanza de que fuera cada chica que aparecía en su campo de visión, algo recortado por el traje.
Pasó un buen rato torturándose así, con el cuello y la espalda agarrotados por la tensión. En un momento sintió que le faltaba el aire y pensó que se iba a desmayar: supo que si la veía con otro ya no iba a poder recuperarse, que no iba a tener el coraje para volver a sacarse el traje. Pensó en irse pero ya era demasiado tarde, porque vio a Andrea hacer un gesto de reconocimiento, con el corazón en la boca enfocó la vista y vio que a la distancia venía una chica con anteojos, y apenas unos metros atrás el flaco de camisa celeste. Entonces le llegó, ahogado por la goma espuma, el grito de Andrea.
Lo que pasó después fue todo muy rápido: giró de golpe y vio al borracho manoteándola del brazo, se vio como desde afuera correr hacia donde estaban y empujar al tipo mientras Andrea se zafaba y cruzaba la calle corriendo. Torció todo el cuerpo para atajar el botellazo que le tiró el borracho con la parte del repulge, después el traje se enderezó de golpe y con el envión le dio de lleno en el pecho con todo el lomo de la empanada. El borracho trastabilló y se calló de espalda contra un banco de la plaza y no se volvió a levantar. Se dio vuelta para ver la calle de enfrente pero Andrea ya no estaba. Tampoco la chica de anteojos ni el flaco de la camisa celeste. Se empezó a juntar gente que lo palmeaba, le sacaba fotos y le pedía que hiciera el pasito. Saludó a los que se habían reunido a celebrar el regreso triunfal del hombre empanada y se volvió caminando.
En esas cuadras fue pensando que esa noche la iba a esperar a Andrea con una comida especial, le iba a contar que había decidido ponerse a estudiar para rendir las materias que le faltaban y, en el momento indicado le iba pedir que cerrara los ojos por unos segundos. Entonces se iba a levantar despacio, iba a ir al cuarto y se iba a volver a calzar el traje. Sabía que cuando le pidiera que los volviera a abrir ya nada iba a ser lo mismo.
No se lo había contado a nadie pero cuando estaba en el último año de la secundaria había trabajado un tiempo como hombre empanada. Caminaba por la calle y desde una combi un flaco le había preguntado si quería trabajar un par de horas y dijo que sí. Como era el último en sumarse y ya se habían repartido los trajes le dieron el de humita. El que lo invitó usaba el de carne y era el que manejaba los tiempos y dirigía el grupo (una media docena), y una chica que tenía la de jamón y queso repartía volantes con las promos por los autos. Al principio le había costado pero con los días fue perdiendo la timidez, y el día que oyó que desde un auto decían “la de la humita la rompe” se pudo soltar del todo y empezó a jugarse un poco más con la coreo que hacían cuando cortaba el semáforo. Fueron un par de meses hasta que se cansó del calor y de que no le pagaran (le debían tres semanas), y en un descanso se fue caminando a la casa con el traje puesto. Lo había guardado en un galponcito y se había olvidado hasta que la noche anterior se había vuelto a acordar, mientras daba vueltas sin poder dormirse después de descubrir el chat en el celular de Andrea en el que un un tal Fer (o una tal Fer, no le quedaba claro) la citaba para las cinco en la esquina de una plaza.
Hacía unos meses que las cosas no estaban del todo bien, más o menos desde que Andrea se había anotado en la facultad y él se sintió amenazado por la nueva situación. Ahora ella llegaba tarde a la casa varios días de semana, los sábados o domingos tenía que estudiar o juntarse a hacer trabajos prácticos con los compañeros. Creía que lo de la facultad era una forma indirecta de reprocharle su falta de iniciativa, de recriminarle que todavía debía esas materias del secundario y que se iba a pasar toda la vida vendiendo electrodomésticos a comisión y quejándose del trabajo. Al menos eso le parecía entrever en las discusiones que tenían cada vez más seguido, en el malhumor constante de Andrea, en sus gestos de fastidio.
En el momento le había parecido una buena idea, y además le daban los tiempos para salir del trabajo, buscar el traje en lo de los viejos y apostarse en la esquina para sacarse la duda. No había pensado en la logística, porque ningún taxi lo quiso parar y tuvo que caminarse las treinta y pico de cuadras hasta la plaza, tragándose el olor a humedad y encierro de la goma espuma que se le iba pegando en la garganta. Tampoco había reparado en lo vulnerable que se iba a sentir en esa situación: temblaba cada vez que venía venir a un hombre, se aferraba a la esperanza de que fuera cada chica que aparecía en su campo de visión, algo recortado por el traje.
Pasó un buen rato torturándose así, con el cuello y la espalda agarrotados por la tensión. En un momento sintió que le faltaba el aire y pensó que se iba a desmayar: supo que si la veía con otro ya no iba a poder recuperarse, que no iba a tener el coraje para volver a sacarse el traje. Pensó en irse pero ya era demasiado tarde, porque vio a Andrea hacer un gesto de reconocimiento, con el corazón en la boca enfocó la vista y vio que a la distancia venía una chica con anteojos, y apenas unos metros atrás el flaco de camisa celeste. Entonces le llegó, ahogado por la goma espuma, el grito de Andrea.
Lo que pasó después fue todo muy rápido: giró de golpe y vio al borracho manoteándola del brazo, se vio como desde afuera correr hacia donde estaban y empujar al tipo mientras Andrea se zafaba y cruzaba la calle corriendo. Torció todo el cuerpo para atajar el botellazo que le tiró el borracho con la parte del repulge, después el traje se enderezó de golpe y con el envión le dio de lleno en el pecho con todo el lomo de la empanada. El borracho trastabilló y se calló de espalda contra un banco de la plaza y no se volvió a levantar. Se dio vuelta para ver la calle de enfrente pero Andrea ya no estaba. Tampoco la chica de anteojos ni el flaco de la camisa celeste. Se empezó a juntar gente que lo palmeaba, le sacaba fotos y le pedía que hiciera el pasito. Saludó a los que se habían reunido a celebrar el regreso triunfal del hombre empanada y se volvió caminando.
En esas cuadras fue pensando que esa noche la iba a esperar a Andrea con una comida especial, le iba a contar que había decidido ponerse a estudiar para rendir las materias que le faltaban y, en el momento indicado le iba pedir que cerrara los ojos por unos segundos. Entonces se iba a levantar despacio, iba a ir al cuarto y se iba a volver a calzar el traje. Sabía que cuando le pidiera que los volviera a abrir ya nada iba a ser lo mismo.
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