Memoria llena
-Ahora que vas a conocer a mi hermano, te cuento
algo. A él, hace unos años, le pasó lo mismo que te pasa a vos con este examen.
Cuando se estaba por recibir, no podía memorizar un dato, pero de Química. El
nombre de un compuesto.
-¿Germán?
-Sí, el del medio. El más chiquito no agarró nunca
un libro, no hubo caso, pero Germán, sí. Un día vino con que estaba seguro,
quería estudiar Psicología. Pero no tenía el secundario completo porque le
quedaba Química de quinto, entonces, se anotó en una escuela para adultos, y
cursó a la noche, solamente esa materia.
-¿Y cómo le fue?
-Pará, pará que te cuento. Venía muy bien, pero
antes del examen final, le agarró como una tara. No podía retener un nombre:
hexaclorociclohexano. Hasta yo me lo acuerdo. Creo que toda la familia. No
sabés lo que fue. Él estaba convencido de que le iban a tomar eso, y no podía
memorizarlo. Decía “hexanono cloro ciclo”, cualquier cosa. Tiraba muchas combinaciones
parecidas, pero nunca era la correcta: hexaclorociclohexano. Como te pasa a vos
ahora, con Historia, que tenés una negación.
-Me parece que esa palabra es todavía más difícil
que lo que tengo que aprender yo.
-No sé, cada uno tiene sus nudos. A mí, por ejemplo,
me re cuestan las fechas. Los números en general. Creo que me sé de memoria
tres teléfonos nada más. Y de los cumpleaños, olvidate, si no fuera por el
recordatorio del celu, ni del mío me entero. Son como una nebulosa los números
para mí. Miro una dirección en un papel y cuando levanto la vista, esa imagen
se me empieza a desteñir. Se derrite. Grabo uno o dos números y listo, se
autodestruye la cinta. Pero las palabras sí se me quedan pegadas.
-Bueno, ¿y qué pasó?
-Pasó que estuvimos todos, la flia, los amigos,
ayudándolo como quince días para que se aprendiera esa palabra.
-¿Quince días? Me estás jodiendo. No pudo haber sido
tanto.
-Sí, te juro. Fue desesperante. Casi daba ganas de
mandarlo al médico. No había forma, no le entraba en la cabeza. Y estaba
obsesionado. Llegó a pegarse papelitos con el nombre en el espejo del baño, en
la luneta del auto, en los placares, en el monitor del laburo. Decía que,
aunque él estuviera leyendo la pantalla, el papelito de costado podía
influenciarlo.
-¿Cómo subliminalmente? Buena idea.
-Claro. Se quería autosugestionar. Era delirante. Y cada
tanto, le tomábamos la lección. “A ver, Ger: el compuesto hexacloruro de
benceno, también lleva el nombre de…”. Y él tiraba: “Hexanono… ¡noooo! ¡Hexanono,
no, boludo!”. No podía. No había caso. Probamos hasta con las canciones de la cancha.
Le cambiábamos la letra a temas de Sergio Denis, de Gilda, cualquiera. Un día
dijo que así no lo iba a poder memorizar nunca, porque él no escucha esa
música, que a él le gustan los Stones. OK, le dije, hagamos algo con
Satisfaction, por ejemplo. Y entonces Germán andaba cantando: “Hexa-clo-ro cha
na nan. Ciclohe-xa-no cha na nan”. No sabés lo que fue.
-Me imagino. Es muy gracioso. Yo espero no caer tan
bajo. Casi me lo acuerdo ahora, mirá: “Las tropas mexicanas del Ejército de…
algo… de Oriente creo, comandadas por Zaragoza, rechazaron con valentía al
ejército francés, el 5 de mayo de 1862. O 1864. No, no, 1862”.
-¿Sabés lo que llegó a hacer mi hermano? Agarró una
de las banderas que llevábamos a la cancha y, desquiciado, le escribió encima
con aerosol rojo: hexaclorociclohexano. Cuando entré en la casa, y vi que la
pared entera del living estaba tapada con eso, pensé: “Este pibe está loco”.
Parecía un mensaje mafioso. Ya todos nos sabíamos el nombre, además, menos él.
Había machetitos hasta dentro de la heladera. Me llegó a decir que le hubiera
gustado poder desfragmentar el disco rígido de su cabeza, porque sentía que no
tenía un espacio libre lo suficientemente largo para grabar esa palabra de no
sé cuántas sílabas. O podía guardar hexacloro, o podía ciclo, o hexano, pero no
todo junto. Estaba re demente.
-¿Y no pensó hacerse dibujitos? A mí me sirve eso.
-¿Pero cómo dibujás hexaclorociclohexano? Es
imposible.
-No, lo dividís en partes… Yo una vez, para otro
examen de Historia, tenía que memorizar el cruce de Pino Hachado, y en la mano
me dibujé una X, y un árbol con un hacha clavada. En esto que me decís, no sé,
capaz que me haría un número 6, por hexa, una pileta, por el cloro, un
lavarropas por los ciclos…
-Ah… vos me parece que estás más loca que él.
-¿Y cómo le fue al final? Supongo que bien, porque
entró en Psicología.
-Llegó el día del examen, y arrancó con sus diez mil
cábalas desde temprano. Ahí entendí por qué Germán quería estudiar Psicología, para
curarse a él mismo. Es re mañoso mi hermano, ya te vas a dar cuenta. La
cuestión es que llegó a rendir, y le fue bárbaro, hasta que le preguntaron lo
del hexacloro. Tenía razón, se lo iban a preguntar.
-Y lo contestó bien, me imagino.
-Él dice que primero lo contestó mal, pero que se
corrigió enseguida, y le pusieron un 9. Volvió a casa a los gritos. Estamos
llegando ya. El bar de mi hermano está acá a la vuelta.
-¿Pero no se recibió de psicólogo, no? ¿Por eso
abrió el bar?
-Afirmativo. Al final, estudió un par de materias nada
más. Pero dice que, ahora, en la barra, se la pasa analizando a la gente. Que
con este bar ya está realizado, porque los clientes le cuentan todos sus mambos.
¿Viste el cartel, cómo se llama?
-El Hexacloro. No lo puedo creer.
-Creelo. La gente piensa que es la fórmula de alguna
bebida, como el alcohol etílico que tiene el vino, y nada que ver. Ahora, vos ya
sabés por qué le puso ese nombre. Pero no se lo digas a nadie, eh… Es un
secreto de familia ¿OK?
-Hecho.
María Silvana Méndez
Agosto de 2013
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