Siento que ya no puedo volver a comprarme ropa. Venía mal, pero la última vez fue como haber retrocedido en el tiempo, a las primeras excursiones en las que iba a comprar sólo y de las que salía casi siempre derrotado, con algún jean que no me convencía del todo, con una camisa a cuadros que no volvía a ponerme más, con unos zapatos que después no entendía por qué me los había comprado. Todavía no me animaba a salir de los negocios con las manos vacías, que fue el paso siguiente, el que me condenó a esa larga temporada medio homeless, con un par de mudas que repetía en loop y que la facultad de sociales me permitía camuflar. Si no hubiera sido por los grandes almacenes donde uno puede agarrar y probarse a destajo creo que no hubiera superado esa etapa, porque después ya me daba vergüenza ir a los locales con la ropa que tenía puesta, lo que iba desajustando mi relación con la época: cuanto más de moda era el lugar más me costaba entrar, y así terminaba entregando el alma al estilo intemporal de legacy. Pero el principio de la adolescencia había sido peor. Un pasaje del diario de Kafka ilustra esos últimos años de ir a comprar ropa con mis viejos, esas sesiones de tortura en las que tenía que sufrir el complot de mi madre con los vendedores. Kafka recuerda que estaba invitado a un baile y no tenía ropa para ponerse (ni intención de bailar), y va con la madre a un sastre para hacerse un traje. Se siente ridículo, discute con el sastre, con la madre, y se va sin comprar nada: “aproveché el fastidio de los pros y los contras como pretexto para despedir al sastre con algún encargo insignificante y con una vana promesa respecto al smoking, y quedé agotado, entre los reproches de mi madre, y apartado para siempre –a mí todo me ocurría para siempre- de las muchachas, de una apariencia elegante y de los bailes de sociedad”.
Creo que todas estas cosas quedaron atrás hasta que voy a comprarme algo y la herida se vuelve a abrir. Venía de un racha mala, un par de intentos fallidos de comprarme zapatillas que siempre fue un rubro bastante crítico. Necesitaba renovar el jean y entré a un local con la idea de comprarme un corte más bien clásico, pero no es fácil porque siempre me lo complican con algún bolsillo extra, unas líneas que no me puedo permitir o esos cortes medio chupines. Zafé un rato de la vendedora pero no encontraba nada y cuando me preguntó por segunda vez si me ayudaba me tuve que entregar. Calculó el talle y me pasó un par de modelos. Ya entré al probador medio vencido. Corrí la cortinita, acomodé mis cosas en un rincón. Me empecé a desarmar cuando luchaba por subirme el pantalón y la vendedora me preguntó cómo me iba el talle. Uno está muy vulnerable en esas circunstancias: en calzones, con la camisa salida y las piernas medio atascadas, haciendo equilibrio en medias para no caerse contra la pared del cambiador. Un talle más, dije como pude. Mientras la vendedora volvía con el jean me probé el otro y de nuevo me quedé a mitad de camino. Esperé un ratito en calzones hasta que llegó con otro pantalón: de ese modelo no tengo en 44, fijate si te va este, me dijo y me lo pasó, con ese aire medio furtivo que tienen esos intercambios, asomando el jean por la cortinita y mirando para el otro lado. Me lo puse y me miré en el espejo: ahí estaban las rayas, el corte me apretaba más de la cuenta. Si te va bien el talle te puedo mostrar unos de gabardina que están en oferta, escuché. Era el momento de huir. En la etapa homeless no hubiera llegado al probador, o hubiera salido y tirado una frase al vendedor que daba a entender, de manera algo ambigua, que iba volver. Con el tiempo fui resignándome a que lo mejor era comprar algo y no tener que volver a pasar otra vez por lo mismo. Le di el pantalón y me lo llevó a la caja. Cuando la chica de la caja me fue a cobrar reparé en que salía doscientos pesos más que el que me había probado primero. Saqué la billetera como quien saca un arma.
Creo que todas estas cosas quedaron atrás hasta que voy a comprarme algo y la herida se vuelve a abrir. Venía de un racha mala, un par de intentos fallidos de comprarme zapatillas que siempre fue un rubro bastante crítico. Necesitaba renovar el jean y entré a un local con la idea de comprarme un corte más bien clásico, pero no es fácil porque siempre me lo complican con algún bolsillo extra, unas líneas que no me puedo permitir o esos cortes medio chupines. Zafé un rato de la vendedora pero no encontraba nada y cuando me preguntó por segunda vez si me ayudaba me tuve que entregar. Calculó el talle y me pasó un par de modelos. Ya entré al probador medio vencido. Corrí la cortinita, acomodé mis cosas en un rincón. Me empecé a desarmar cuando luchaba por subirme el pantalón y la vendedora me preguntó cómo me iba el talle. Uno está muy vulnerable en esas circunstancias: en calzones, con la camisa salida y las piernas medio atascadas, haciendo equilibrio en medias para no caerse contra la pared del cambiador. Un talle más, dije como pude. Mientras la vendedora volvía con el jean me probé el otro y de nuevo me quedé a mitad de camino. Esperé un ratito en calzones hasta que llegó con otro pantalón: de ese modelo no tengo en 44, fijate si te va este, me dijo y me lo pasó, con ese aire medio furtivo que tienen esos intercambios, asomando el jean por la cortinita y mirando para el otro lado. Me lo puse y me miré en el espejo: ahí estaban las rayas, el corte me apretaba más de la cuenta. Si te va bien el talle te puedo mostrar unos de gabardina que están en oferta, escuché. Era el momento de huir. En la etapa homeless no hubiera llegado al probador, o hubiera salido y tirado una frase al vendedor que daba a entender, de manera algo ambigua, que iba volver. Con el tiempo fui resignándome a que lo mejor era comprar algo y no tener que volver a pasar otra vez por lo mismo. Le di el pantalón y me lo llevó a la caja. Cuando la chica de la caja me fue a cobrar reparé en que salía doscientos pesos más que el que me había probado primero. Saqué la billetera como quien saca un arma.
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