jueves, 5 de enero de 2017

A la edad de brindar


A la edad de brindar


       La piel de gallina, el enrojecimiento, el rugido del estómago, la taquicardia. Todas las reacciones involuntarias de mi cuerpo, por causa de él. Existen los milagros navideños, al final. Éste tuvo que marinarse por doce años, hasta que nos hiciéramos grandes, yo me convenciera de que no luzco demasiado mal y hasta que, detalle práctico, simple pero imprescindible, su familia regresara al pueblo de visita. El tiempo cronológico, el relativo y el espacio, los tres de acuerdo.
       Apenas lo vi entrar, sentí un acordeonazo de recuerdos. Los tenía en el fondo, apretados, y se abrieron tronando. Recuerdos desafinados, furiosos de tanto aguante. Mi primer “beso de asco”, como le decíamos a los cinco años a los besos de boca, fue con él. El vecino rubio de la cuadra. El que todavía tiene esos ojos achinados que se ríen no sé sabe de qué. De que a mí me gustan, quizás.
       “Los Fernández van a pasar a las 12 a saludar, para el brindis”, me había avisado mamá y yo entré en mi cuarto para desesperarme un buen rato hasta encontrar un apropiado disfraz de sexy. Apariencia que nunca tendré al natural y que es necesaria para que te miren, para ser feliz. Por fortuna, mamá no se sorprendió cuando me vio maquillada y con tacones. Ni siquiera me dedicó un comentario halagüeño. Ella siguió haciendo sus cosas como si yo fuera siempre sexy.
       En lo que duró la cena, traté de seguir la conversación de la mesa. Lo que decía mi tía sobre su reciente viaje a la India, por ejemplo. En cualquier otra ocasión, me hubieran apasionado sus relatos; esa noche, si le hice una o dos preguntas fue mucho. Mi atención se la pasó rebotando de Vicente a los hindúes, de Vicente al lechón adobado que habían hecho mis primos con una receta que habían copiado de un chef de la tele, de Vicente al espectáculo de patín artístico de mi hermana, que había salido increíble, de Vicente a “no le pongas más sal, Cacho, que no es necesario y te va a subir la presión”, de Vicente a “¿te sirvo otro poquito, Agustina? No comiste nada...”.
       Por instantes dorados, me esperanzaba con que él me vería atractiva y con que tuviéramos oportunidad de charlar, intercambiar los números de whatsapp y hasta de retomar el nivel de confianza. Aunque vivía lejos, algún día podríamos cruzarnos en la ciudad, por qué no. Lástima que a esos momentos dulces le seguían los “realistas” y me ponía a pensar que, seguro, él ni se acordaría de mí y que cumpliría con el compromiso del brindis lo más rápido posible, para después salir con los amigos. ¡O con su novia! Cómo no había evaluado que tuviera una novia... Y peor, que viniera con ella de la mano. Sin certezas sobre la próxima visita, probablemente, vestida así, ilusionada así, yo estaba siendo bastante patética.
       Las medianoche de Navidad solía llegar rápido y siempre me apuraban para levantar la mesa y traer las copas altas “porque hay que brindar a esa hora, ni un minuto tarde, porque trae buena suerte y no se discute”. Pero esa cena se estiró a lo chicle Jirafa. Cuando por fin sonaron los pips de la radio, justo acababa de lavarme los dientes y de retocarme el rouge. Ahí sí mamá me miró raro. Que en una reunión me pintara por segunda vez la boca le debió parecer un evento cósmico.
       Los Fernández no tocaron el timbre, prefirieron golpear la puerta con impactos cortitos, acompañados de un saludo festivo: “¡Acá estamos los vecinos viejos! ¿Cómo les va a esta familia linda?”. Papá, ajeno por completo a mi imagen prefabricada y a mi taquicardia en aumento, me pidió que les abriera, y yo le dije “no” con los ojos. Entonces él frunció el ceño, confundido, y se levantó para abrir.
       En un lapso mínimo, además de los recuerdos atropellándose, sentí una chorrera de datos descargando en mi cerebro, verdes fosforescentes, como en la película The Matrix. Tan abierta estaba a ver, tan atenta a cada detalle de esa escena, que a los Fernández podría haberles precisado sus medidas de peso y longitud y hasta olisqueado sus volúmenes de azúcar en sangre, si alguien me los hubiera pedido.
       Al que más percibí, claro, fue a él. Y sólo para sintetizarlo, digo que lo vi alto, delgado, con el pelo un poco menos rubio y un poco menos largo, ojos igual de chinos y riéndose igual, jeans azules, camisa celeste -¡se había puesto una camisa!, ¡yo me había calzado tacos y él se había puesto una camisa!-, y un caja dorada en las manos. ¿Bombones quizás? ¿Un pan dulce de lujo? ¿La misma felicidad presentada con moño?
       La cena se había extendido lo más que podía extenderse una cena. El encuentro con los Fernández fue vertiginoso. Y con honestidad, no me acuerdo de ninguno de los pasos que se dieron hasta que llegamos solos al balcón de casa, a “tomar aire”. Fue el desenlace de una larga fila de fichas de dominó que habían costado un Perú acomodar paradas en perfecta equidistancia y que se derrumbaron rápido, con un solo toque.
       “Para brindar hay que mirarse a los ojos”, me dijo luciendo la brillantez de su copa y el lustre de su labio inferior. Pestañeé para protegerme. “Feliz Navidad, vecina”, se acercó para darme un beso y para que yo pudiera respirar su colonia.
       Fue cuando el acordeón de mi cabeza arrancó a sonar en armonía, con las notas ordenaditas, porque se había aprendido la ansiada partitura y la historia cobraba sentido. Tomé el espumante mirándolo, como él quería, burbuja tras burbuja, y me pareció exquisito. Cuánto mejor saben los brindis dentro de una nube de hormonas. Y pasadas las 12, con ese chinchín de cristal, sentí que me había vuelto oficialmente una adulta. Porque ya no me daba asco el alcohol. Ni los besos de boca.



María Silvana Méndez

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