A
la edad de brindar
La
piel de gallina, el enrojecimiento, el rugido del estómago, la
taquicardia. Todas las reacciones involuntarias de mi cuerpo, por
causa de él. Existen los milagros navideños, al final. Éste tuvo
que marinarse por doce años, hasta que nos hiciéramos grandes, yo
me convenciera de que no luzco demasiado mal y hasta que, detalle
práctico, simple pero imprescindible, su familia regresara al pueblo
de visita. El tiempo cronológico, el relativo y el espacio, los tres
de acuerdo.
Apenas
lo vi entrar, sentí un acordeonazo de recuerdos. Los tenía en el
fondo, apretados, y se abrieron tronando. Recuerdos desafinados,
furiosos de tanto aguante. Mi primer “beso de asco”, como le
decíamos a los cinco años a los besos de boca, fue con él. El
vecino rubio de la cuadra. El que todavía tiene esos ojos achinados
que se ríen no sé sabe de qué. De que a mí me gustan, quizás.
“Los
Fernández van a pasar a las 12 a saludar, para el brindis”, me
había avisado mamá y yo entré en mi cuarto para desesperarme un
buen rato hasta encontrar un apropiado disfraz de sexy. Apariencia
que nunca tendré al natural y que es necesaria para que te miren,
para ser feliz. Por fortuna, mamá no se sorprendió cuando me vio
maquillada
y con tacones. Ni siquiera me dedicó un comentario halagüeño. Ella
siguió
haciendo sus cosas como si yo fuera siempre sexy.
En
lo que duró la cena, traté de seguir la conversación de la mesa.
Lo que decía mi tía sobre su reciente viaje a la India, por
ejemplo. En cualquier otra ocasión, me hubieran apasionado sus
relatos; esa noche, si le hice una o dos preguntas fue mucho. Mi
atención se la pasó rebotando de Vicente a los hindúes, de Vicente
al lechón adobado que habían hecho mis primos con una receta que
habían copiado de un chef de la tele, de Vicente al espectáculo de
patín artístico de mi hermana, que había salido increíble, de
Vicente a “no le pongas más sal, Cacho, que no es necesario y te
va a subir la presión”, de Vicente a “¿te sirvo otro poquito,
Agustina? No comiste nada...”.
Por
instantes dorados, me esperanzaba con que él me vería atractiva y
con que tuviéramos oportunidad de charlar, intercambiar los números
de whatsapp y hasta de retomar el nivel de confianza. Aunque vivía
lejos, algún día podríamos cruzarnos en la ciudad, por qué no.
Lástima que a esos momentos dulces le seguían los “realistas” y
me ponía a pensar que, seguro, él ni se acordaría de mí y que
cumpliría con el compromiso del brindis lo más rápido posible,
para después salir con los amigos. ¡O con su novia! Cómo no había
evaluado que tuviera una novia... Y peor, que viniera con ella de la
mano. Sin certezas sobre la próxima visita, probablemente, vestida
así, ilusionada así, yo estaba siendo bastante patética.
Las
medianoche de Navidad solía llegar rápido y siempre me apuraban
para levantar la mesa y traer las copas altas “porque hay que
brindar a esa hora, ni un minuto tarde, porque trae buena suerte y no
se discute”. Pero esa cena se estiró a lo chicle Jirafa. Cuando
por fin sonaron los pips de la radio, justo acababa de lavarme los
dientes y de retocarme el rouge. Ahí sí mamá me miró raro. Que en
una reunión me pintara por segunda vez la boca le debió parecer un
evento cósmico.
Los
Fernández no tocaron el timbre, prefirieron golpear la puerta con
impactos cortitos, acompañados de un saludo festivo: “¡Acá
estamos los vecinos viejos! ¿Cómo les va a esta familia linda?”.
Papá, ajeno por completo a mi imagen prefabricada y a mi taquicardia
en aumento, me pidió que les abriera, y yo le dije “no” con los
ojos. Entonces él frunció el ceño, confundido, y se levantó para
abrir.
En
un lapso mínimo, además de los recuerdos atropellándose, sentí
una chorrera de datos descargando en mi cerebro, verdes
fosforescentes, como en la película The Matrix. Tan abierta estaba a
ver, tan atenta a cada detalle de esa escena, que a los Fernández
podría haberles precisado sus medidas de peso y longitud y hasta
olisqueado sus volúmenes de azúcar en sangre, si alguien me los
hubiera pedido.
Al
que más percibí, claro, fue a él. Y sólo para sintetizarlo, digo
que lo vi alto, delgado, con el pelo un poco menos rubio y un poco
menos largo, ojos igual de chinos y riéndose igual, jeans azules,
camisa celeste -¡se había puesto una camisa!, ¡yo me había
calzado tacos y él se había puesto una camisa!-, y un caja dorada
en las manos. ¿Bombones quizás? ¿Un pan dulce de lujo? ¿La misma
felicidad presentada con moño?
La
cena se había extendido lo más que podía extenderse una cena. El
encuentro con los Fernández fue vertiginoso. Y con honestidad, no me
acuerdo de ninguno de los pasos que se dieron hasta que llegamos
solos al balcón de casa, a “tomar aire”. Fue el desenlace de una
larga fila de fichas de dominó que habían costado un Perú acomodar
paradas en perfecta equidistancia y que se derrumbaron rápido, con
un solo toque.
“Para
brindar hay que mirarse a los ojos”, me dijo luciendo la brillantez
de su copa y el lustre de su labio inferior. Pestañeé para
protegerme. “Feliz Navidad, vecina”, se acercó para darme un
beso y para que yo pudiera respirar su colonia.
Fue
cuando el acordeón de mi cabeza arrancó a sonar en armonía, con
las notas ordenaditas, porque se había aprendido
la ansiada
partitura
y la historia cobraba sentido. Tomé el espumante mirándolo, como él
quería, burbuja tras burbuja, y me pareció exquisito. Cuánto mejor
saben los brindis dentro de una nube de hormonas. Y pasadas las 12,
con ese chinchín de cristal, sentí que me había vuelto
oficialmente una adulta. Porque ya no me daba asco el alcohol. Ni los
besos de boca.
María
Silvana Méndez
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