jueves, 5 de enero de 2017

El balance

El balance

       Lo que extrañan los ángeles son los olores. Como es el sentido con más memoria, Dios se los restringe, para que no sientan nostalgia, que les da acidez. Entonces se produce una paradoja porque, en el universo simétrico, lo que se reprime, reaparece de otra manera: ellos, que casi nunca pueden percibir los olores, huelen al aire fresco que entra por las ventanas, ramos de novia y a ralladura de naranja.
       En compensación, los ángeles tienen satisfacciones propias. Entre miles de dones, pueden diseñar y habitar colores, sonidos armónicos, gustos y texturas agradables, sentimientos nobles, la belleza en las cosas y el equilibrio en las figuras. No todos al mismo tiempo, no son tan poderosos como se cree. Cada uno cultiva sus especialidades. Los niños lo saben mejor que los adultos y juegan atribuyéndoles a sus personajes uno o dos poderes con cierta equidad. Ellos dicen “éste es el dragón de fuego y éste el de hielo”; “éste es el súperheroe que tiene mucha fuerza y éste el que se mueve rápido”; “ésta es el hada artesana y ésta la bromista”.
       Aunque diferentes, los ángeles son necesarios por igual en el desarrollo de la vida y, para la raza humana, son directamente imprescindibles. Tanto como el oxígeno, el hidrógeno y el carbono. Administran aspectos sutiles, en apariencia accesorios, pero son los únicos que sostienen la existencia.
       Por ejemplo, hace unos quinientos años terrestres, los arcángeles, quienes miran de más lejos, notaron una tendencia al alza en la soledad de las personas, en particular, en las grandes urbes, y anticiparon un futuro aciago. Incluso, podría desembocar en la extinción de la especie. En esos días, convocaron a los ángeles a una reunión de consorcio, evento muy esporádico y de amplias repercusiones.
       Expuesta la situación, los equipos de ángeles propusieron intensificar las tareas en sus áreas y, al cabo de cinco de las que los humanos denominan “generaciones”, volvieron a reunirse para evaluar los avances.
       Los grupos musicales contaron que en ese tiempo habían inventado decenas de instrumentos y que, en torno a los más exitosos, el laúd y el piano, se abigarraban hombres y mujeres, con la consecuente socialización. Los grupos cromáticos habían duplicado la capacidad de teñido de los objetos, dado que los tonos brillantes estimulaban favorablemente los ánimos de las personas, incentivándolos a abrirse al entorno y a los nuevos contactos. Los grupos linguísticos habían estrenado códigos, simples de aprender, para aumentar la fluidez en las comunicaciones. Los estéticos, se llevaron una ovación porque, sin usar palabras, expusieron los objetos artísticos que se habían producido en ese período y que habrían de convocar a multitudes de seres sensibles por cientos de años más. Los arcángeles sonrieron complacidos al notar los homenajes a sus nombres que los estéticos les acababan de hacer. Las obras maestras habían sido creadas por un tal Miguel Ángel, por otro tal Rafael…
       Si bien los esfuerzos encomiables habían conseguido disminuir el porcentaje de habitantes solos en la Tierra, no habían sido suficientes. Los arcángeles les transmitieron que era de una vital importancia obtener un mínimo de interacciones entre los humanos, para generar la espiral ascendente y que ese número, aunque apreciaban la labor hecha, aún no se había alcanzado.
       Tras un silencio hondo, los ángeles que habitan las formas proporcionadas y que hablan poco, se atrevieron a exponer un nuevo plan. La mayoría se sorprendió pero, por cortesía, les brindaron su atención. “Necesitamos crear un nuevo símbolo”, dijeron con voces tenues. “Y sugerimos que sea con un triángulo”. Ahí se alzaron las voces fuertes. “¡Para crear símbolos tenemos que trabajar juntos y, ya saben, nosotros sólo nos presentarnos a través de la luz!”, “y nosotros, si en los ambientes no hay un líquido, ¿cómo sumaríamos nuestra fuerza?”. Los ángeles de las formas, con modestia, habían previsto de qué manera iban a colaborar: “También tenemos limitaciones, porque podemos aparecer únicamente donde haya un cuadrado o un prisma, por ejemplo, y a veces, en espacios reducidos, no hay opciones. Lo que les proponemos es que cada uno, con su don, provoque epifanías con esta imagen, ya sea hechas con luz, como un reflejo, con agua, o haciendo crecer más abetos, que son triangulares”.
       Luego de proyectar cómo podrían ser sus tareas, la totalidad de los ángeles se comprometieron a inspirar el nuevo símbolo a la mayor cantidad de gente posible. Sucede que, aunque pueden sentir dudas, ellos no se permiten la falta de fe.
       La próxima reunión de consorcio fue una celebración esplendorosa y, al día de hoy, los arcángeles contemplan extasiados el fenómeno de la Navidad. Gracias a un árbol adornado, algo tan simple pero efectivo, suben los números de interacciones humanas a fin de año y se garantiza mantener la espiral ascendente. Incluso, en las zonas geográficas donde no hay pinos, millones de humanos adquieren la costumbre de abrir, rama a rama, un artefacto artificial y se reúnen en diciembre. Entonces, una vez creado el triángulo, los ángeles de esa figura pueden integrarse en la fiesta e irradiar desde allí. Después, se les suman los ángeles de los colores, los de las luces, los de los gustos agradables, los de las canciones, hasta terminar descendiendo todos y esparcirse por las ciudades.
       Con excepción de los arcángeles, que siempre miran desde lejos. Y a la distancia, se ocupan en concederles a los ángeles, sólo por esas fechas, la capacidad de oler los árboles, el jabón en la piel, el café caliente, las frutas, el vino y el pan recién horneado. Les obsequian así, en recompensa, la posibilidad de recordar algunas vidas. Saben, por experiencia, que todavía necesitan algo de nostalgia.

María Silvana Méndez



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