El
balance
Lo
que extrañan los ángeles son los olores. Como es el sentido con más
memoria, Dios se los restringe, para que no sientan nostalgia, que
les da acidez. Entonces se produce una paradoja porque, en el
universo simétrico, lo que se reprime, reaparece de otra manera:
ellos, que casi nunca pueden percibir los olores, huelen al aire
fresco que entra por las ventanas, ramos de novia y a ralladura de
naranja.
En
compensación, los ángeles tienen satisfacciones propias. Entre
miles de dones, pueden diseñar y habitar colores, sonidos armónicos,
gustos y texturas agradables, sentimientos nobles, la belleza en las
cosas y el equilibrio en las figuras. No todos al mismo tiempo, no
son tan poderosos como se cree. Cada uno cultiva sus especialidades.
Los niños lo saben mejor que los adultos y juegan atribuyéndoles a
sus personajes uno o dos poderes con cierta equidad. Ellos dicen
“éste es el dragón de fuego y éste el de hielo”; “éste es
el súperheroe que tiene mucha fuerza y éste el que se mueve
rápido”; “ésta es el hada artesana y ésta la bromista”.
Aunque
diferentes, los ángeles son necesarios por igual en el desarrollo de
la vida y, para la raza humana, son directamente imprescindibles.
Tanto como el oxígeno, el hidrógeno y el carbono. Administran
aspectos sutiles, en apariencia accesorios, pero son los únicos que
sostienen la existencia.
Por
ejemplo, hace unos quinientos años terrestres, los arcángeles,
quienes miran de más lejos, notaron una tendencia al alza en la
soledad de las personas, en particular, en las grandes urbes, y
anticiparon un futuro aciago. Incluso, podría desembocar en la
extinción de la especie. En esos días, convocaron a los ángeles a
una reunión de consorcio, evento muy esporádico y de amplias
repercusiones.
Expuesta
la situación, los equipos de ángeles propusieron intensificar las
tareas en sus áreas y, al cabo de cinco de las que los humanos
denominan “generaciones”, volvieron a reunirse para evaluar los
avances.
Los
grupos musicales contaron que en ese tiempo habían inventado decenas
de instrumentos y que, en torno a los más exitosos, el laúd y el
piano, se abigarraban hombres y mujeres, con la consecuente
socialización. Los grupos cromáticos habían duplicado la capacidad
de teñido de los objetos, dado que los tonos brillantes estimulaban
favorablemente los ánimos de las personas, incentivándolos a
abrirse al entorno y a los nuevos contactos. Los grupos linguísticos
habían estrenado códigos, simples de aprender, para aumentar la
fluidez en las comunicaciones. Los estéticos, se llevaron una
ovación porque, sin usar palabras, expusieron los objetos artísticos
que se habían producido en ese período y que habrían de convocar a
multitudes de seres sensibles por cientos de años más. Los
arcángeles sonrieron complacidos al notar los homenajes a sus
nombres que los estéticos les acababan de hacer. Las obras maestras
habían sido creadas por un tal Miguel Ángel, por otro tal Rafael…
Si
bien los esfuerzos encomiables habían conseguido disminuir el
porcentaje de habitantes solos en la Tierra, no habían sido
suficientes. Los arcángeles les transmitieron que era de una vital
importancia obtener un mínimo de interacciones entre los humanos,
para generar la espiral ascendente y que ese número, aunque
apreciaban la labor hecha, aún no se había alcanzado.
Tras
un silencio hondo, los ángeles que habitan las formas proporcionadas
y que hablan poco, se atrevieron a exponer un nuevo plan. La mayoría
se sorprendió pero, por cortesía, les brindaron su atención.
“Necesitamos crear un nuevo símbolo”, dijeron con voces tenues.
“Y sugerimos que sea con un triángulo”. Ahí se alzaron las
voces fuertes. “¡Para crear símbolos tenemos que trabajar juntos
y, ya saben, nosotros sólo nos presentarnos a través de la luz!”,
“y nosotros, si en los ambientes no hay un líquido, ¿cómo
sumaríamos nuestra fuerza?”. Los ángeles de las formas, con
modestia, habían previsto de qué manera iban a colaborar: “También
tenemos limitaciones, porque podemos aparecer únicamente donde haya
un cuadrado o un prisma, por ejemplo, y a veces, en espacios
reducidos, no hay opciones. Lo que les proponemos es que cada uno,
con su don, provoque epifanías con esta imagen, ya sea hechas con
luz, como un reflejo, con agua, o haciendo crecer más abetos, que
son triangulares”.
Luego
de proyectar cómo podrían ser sus tareas, la totalidad de los
ángeles se comprometieron a inspirar el nuevo símbolo a la mayor
cantidad de gente posible. Sucede que, aunque pueden sentir dudas,
ellos no se permiten la falta de fe.
La
próxima reunión de consorcio fue una celebración esplendorosa y,
al día de hoy, los arcángeles contemplan extasiados el fenómeno de
la Navidad. Gracias a un árbol adornado, algo tan simple pero
efectivo, suben los números de interacciones humanas a fin de año y
se garantiza mantener la espiral ascendente. Incluso, en las zonas
geográficas donde no hay pinos, millones de humanos adquieren la
costumbre de abrir, rama a rama, un artefacto artificial y se reúnen
en diciembre. Entonces, una vez creado el triángulo, los ángeles de
esa figura pueden integrarse en la fiesta e irradiar desde allí.
Después, se les suman los ángeles de los colores, los de las luces,
los de los gustos agradables, los de las canciones, hasta terminar
descendiendo todos y esparcirse por las ciudades.
Con
excepción de los arcángeles, que siempre miran desde lejos. Y a la
distancia, se ocupan en concederles a los ángeles, sólo por esas
fechas, la capacidad de oler los árboles, el jabón en la piel, el
café caliente, las frutas, el vino y el pan recién horneado. Les
obsequian así, en recompensa, la posibilidad de recordar algunas
vidas. Saben, por experiencia, que todavía necesitan algo de
nostalgia.
María
Silvana Méndez
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