El cascarón
El cura
nuevo se refregaba las manos en la sacristía, ansioso, a la espera del primer
contacto con los fieles del pueblo. El párroco anterior de esa capilla, el
Padre Emilio, había muerto hacía unas semanas, y él había sido designado para
ocupar su lugar. Tenía treinta años, y ninguna experiencia en oficiar misas,
por su gran timidez. Durante un tiempo, había eludido cada una de las
convocatorias, con artilugios, y se ocupaba en otras tareas de la iglesia,
hasta sentir que estuviera preparado. Pero un día, su confesor, un obispo muy
renombrado, que conduce un programa de televisión, no le dio más opciones:
“Martín, llegó el momento. En Santa Isabel necesitan un párroco, y tenés que ir
vos”. El cura joven lo admiraba sinceramente a su mentor, por muchos motivos,
pero el principal era su oratoria, algo de lo que él carecía absolutamente. Si
bien había estudiado todo lo que se podía leer sobre el tema, nunca se había
animado a enfrentar una audiencia. “Estás preparado, no te preocupes tanto,
hombre… Sabés lo que tenés que saber, siempre fuiste un buen estudiante. No
tengas miedo, que si el Señor te puso en este camino, no se equivoca”, le
insistió. “El que me puso en este camino es usted, no Dios”, pensó Martín, pero
no pronunció una palabra.
Esa mañana
se había levantado a las 5, para hacer sus ejercicios, releer su sermón, y para
rezar lo suficiente hasta juntar seguridad. Se había olvidado de comer pero,
dado el desafío que estaba a punto de afrontar, y de su carácter nervioso, era
una mejor idea que no cargara el estómago.
El
monaguillo, un chico de once años, entreabrió la puerta, se asomó y le avisó
que la parroquia estaba llena: “Padre Martín, hay hasta gente parada. Esto no es
común en el pueblo. Todos quieren conocerlo”. El nene estaba entusiasmado,
porque a él también lo iba a ver mucha gente. Incluso, Chiara, su compañera
pelirroja. Aunque en condiciones normales, cualquier sacerdote hubiera recibido
el dato de un recinto a tope como una excelente noticia, ésa no era una situación
normal. Era la misa debut de un cura tímido.
El
campanario marcó las 9, y el gong final casi le hizo caer el evangelio de las
manos. El ritmo de esos golpes, metálicos y toscos, increíblemente estridentes,
lo hicieron reflexionar: “Dios no necesita gritar. Y los hombres ya no
necesitan que la iglesia les dé la hora. ¿Por qué se siguen usando las
campanadas?”. Después, se acercó a la imagen de la virgen de Caacupé, la que le
recordaba sus años felices como misionero en el Paraguay, le tocó su manto azul
y su pelo largo, cerró los ojos, le pidió fortaleza y claridad, poder decir las
palabras justas, se puso la estola, respiró profundo tres veces, se persignó
cuatro, y salió.
La capilla
estaba en silencio, y aunque el público sintió ganas de abrir un aplauso cuando
entró, por pura costumbre teatral, y porque se acababa la espera, lo contuvo. Sí
se escuchó la potente voz de la directora de la escuela: “¡Bienvenido, padre.
Bienvenido a Santa Isabel!”. “Gracias, hermana”, le contestó él, y se acercó al
ambón, para empezar la misa.
Pánico
escénico. Pánico escénico. Miedo. Pánico. Ataque de pánico. Estado inhibitorio.
Miedo escénico. Ansiedad. Trastorno de ansiedad. Fobia social. Miedo. Pánico
escénico.
Los
fantasmas del Padre Martín comenzaron a escalarle el cuello y a gritarle fuerte
en el oído. Le recordaron todo lo desenvuelto que él no era, y nunca había
sido. La oratoria que sólo tenía en teoría. Su falta de práctica, y de
confianza. La designación en el cargo contra su voluntad. Y la terapia
psicológica de la que todavía no había recibido el alta. Cerró los ojos de
nuevo, suspiró, pidió a los santos que lo ayudaran, que no lo abandonaran, que
se llevaran su miedo, y se abocó a la primera lectura.
Leyó
correctamente, pero en una voz tan baja que sólo lo escucharon el monaguillo, y
los vecinos de la primera fila. Nadie más. Con la segunda lectura, pasó lo
mismo. Y con el evangelio. Y con las canciones. Pero todo eso no fue tan grave,
como lo que seguiría. Para el momento del sermón, el Padre Martín ya no podía
esconder sus ojos en las páginas de la Biblia: tenía que dirigirse directamente
a su público.
Levantó la
vista del cancionero, y lo apoyó junto a la cruz, consciente de que había llegado
la prueba más difícil. Tragó saliva, y ahí, una nube espesa lo envolvió por
completo. Casi no veía nada, sólo siluetas, contornos grises. Y como sintió que
estaba por perder el equilibrio, cerró los ojos otra vez, se inclinó sobre el
pequeño micrófono, con el que chocó sus dientes, y sólo dijo: “Sean buenos”. Acto
seguido, se metió en la sacristía, con la velocidad con la que desaparece un
mago tras bambalinas.
Cuando se
despertó, lo rodeaban el monaguillo, dos catequistas, la mujer que toca el
Aleluya en la guitarra, y la directora de la escuela. Ellos lo habían pasado a
saludar, y terminaron cargándolo como una bolsa de papas hasta su dormitorio.
Después, le hicieron oler un perfume muy fuerte. Fue idea de la directora que,
casualmente, llevaba uno en su enorme bolso, que parecía contenerlo todo.
-¿Cómo se siente padre? –le preguntó la guitarrista
cuando él se despertó
-Bien, bien, muchas gracias. ¿Qué pasó?
Después de
contarle que lo habían encontrado inconsciente en el piso de la sacristía, y de
diagnosticarlo falsamente con un presunto bajón de presión, le recomendaron una
gran variedad de remedios caseros, que Martín no les había pedido, todos contra
la presión baja, de la cual estaban convencidos, y se fueron satisfechos de
haber ayudado a un sacerdote. Nada menos que a un pastor de Dios. Aunque no lo
dirían, los cinco especularon con obtener alguna recompensa del cielo por los
servicios prestados. Como mínimo, creyeron que se habían ganado el favor de no
engriparse en invierno.
Ya estabilizado
y en soledad, el Padre Martín se prometió cambiar para la próxima misa. Apelaría
a las estrategias de su terapia cognitiva conductual: invertiría la carga de la
prueba. Empezaría por la parte difícil, el sermón, y no lo ensayaría. Haría
todo distinto. Improvisaría con lo que le surgiera del fondo del corazón.
Alguna vez, su terapeuta lo había alentado a hacer eso, porque cuando él por
fin decía lo que sentía, era una persona interesante. “Es una lástima que planifiques
tanto las cosas; es muy lindo escucharte cuando hablás de verdad”, le había
dicho la mujer. Nunca olvidó esa frase. Así fue que el domingo siguiente hizo
todo lo contrario.
-Hermanos, me cuesta hablarles. Ésa es la verdad.
Quisiera ser como el Padre Emilio, que seguramente ustedes extrañan. O como mi
mentor, el obispo Justo. Pero yo soy yo. Me cuesta hablar en público, y más con
una responsabilidad tan grande. Guiar sus almas, mostrarles el camino de Jesús.
Luego de
confesarse, vio que los vecinos tenían los ceños fruncidos, pero no por enojo,
sino por confusión. Pensó que ellos creerían que le habían destinado un cura
que no sabía dar sermones. Y que era un despropósito. Como un abogado que no conociera
las leyes, o un maestro que no supiera enseñar. ¿Para qué era cura, si no daba
consejos? Los malpensados hasta arriesgarían una teoría conspirativa: “Seguro
que lo destinaron a este pueblo, porque es inexperto, y en ningún otro lado lo hubieran
aceptado. En la ciudad, éste no dura ni dos días. Pero acá, claro, nos mandan a
cualquiera”. Algunos, incluso, estarían dudando de que se hubiera ordenado cura:
“Capaz que es un impostor, y nunca tomó los hábitos”. Pero como nadie reveló
sus dudas, y a él todavía no lo había envuelto la nube, siguió hablando.
-¿Quieren saber por qué me hice sacerdote? Porque pensé
que las iglesias son los lugares adonde va la gente pobre cuando necesita ayuda
espiritual. Y quería estar ahí, para recibirlos. Algunos eligen los psicólogos,
incluso yo fui a uno. Pero hay un tipo de problema, existencial, que no atacan
ellos. Porque no pueden. Ciertas respuestas sólo las da la fe.
La gente
empezó a borrar el rictus, y le sonrieron, con compasión. Les había parecido
sincero y, por ese día, estaban conformes. El monaguillo, entonces, le acercó
el libro de lecturas, osó guiñarle un ojo, y en un tono barrial, propio de un
adulto, se tapó la boca con la mano y le dijo por lo bajo: “Estuvo bien, padre.
Con ésa levantó mucho…”. Pero antes de empezar a leer, con una confianza in
crescendo, que nunca antes había sentido, Martín sí se animó a dar su primer
sermón. Honesto, improvisado, como lo haría siempre en el futuro, y con una
pasión que no creía poder manejar con decoro. Habló veinticinco minutos
seguidos, con suavidad y contundencia. Hizo llorar a las mujeres, ablandar a
los duros, despertar a los dormidos. No se escucharon ni llantos de bebés esa
mañana. Todos estaban mirándolo a él, entretenidos.
Desde el
fondo de la parroquia, su psicóloga, se enjugaba los ojos con un pañuelo de
papel. Enterada del desmayo de Martín, había viajado al pueblo y se había
mezclado entre los vecinos, cuidándose de que él no la viera. Cuanto más lo
escuchaba, más se felicitaba por haber ido. Se había ganado el privilegio de
ver, en su momento de eclosión, el fruto de tanto esfuerzo. Su paciente preferido
había roto la coraza, el caparazón, la cápsula, y las tantas otras metáforas
que ella le había dado. Se había producido el quiebre, y ahora lo veía como una
flor brotando, de la que salían cientos de palabras, como chorros de agua roja.
Era conmovedor.
En el
envión, además, el Padre Martín estaba haciendo feliz a otra gente. Y renovando
la propia fe de la psicóloga. Su fe en la Psicología.
María Silvana Méndez
Julio 2013
No hay comentarios:
Publicar un comentario