lunes, 5 de agosto de 2013

El domingo siguiente, hizo todo lo contrario

El cascarón
   
    El cura nuevo se refregaba las manos en la sacristía, ansioso, a la espera del primer contacto con los fieles del pueblo. El párroco anterior de esa capilla, el Padre Emilio, había muerto hacía unas semanas, y él había sido designado para ocupar su lugar. Tenía treinta años, y ninguna experiencia en oficiar misas, por su gran timidez. Durante un tiempo, había eludido cada una de las convocatorias, con artilugios, y se ocupaba en otras tareas de la iglesia, hasta sentir que estuviera preparado. Pero un día, su confesor, un obispo muy renombrado, que conduce un programa de televisión, no le dio más opciones: “Martín, llegó el momento. En Santa Isabel necesitan un párroco, y tenés que ir vos”. El cura joven lo admiraba sinceramente a su mentor, por muchos motivos, pero el principal era su oratoria, algo de lo que él carecía absolutamente. Si bien había estudiado todo lo que se podía leer sobre el tema, nunca se había animado a enfrentar una audiencia. “Estás preparado, no te preocupes tanto, hombre… Sabés lo que tenés que saber, siempre fuiste un buen estudiante. No tengas miedo, que si el Señor te puso en este camino, no se equivoca”, le insistió. “El que me puso en este camino es usted, no Dios”, pensó Martín, pero no pronunció una palabra.

    Esa mañana se había levantado a las 5, para hacer sus ejercicios, releer su sermón, y para rezar lo suficiente hasta juntar seguridad. Se había olvidado de comer pero, dado el desafío que estaba a punto de afrontar, y de su carácter nervioso, era una mejor idea que no cargara el estómago.

    El monaguillo, un chico de once años, entreabrió la puerta, se asomó y le avisó que la parroquia estaba llena: “Padre Martín, hay hasta gente parada. Esto no es común en el pueblo. Todos quieren conocerlo”. El nene estaba entusiasmado, porque a él también lo iba a ver mucha gente. Incluso, Chiara, su compañera pelirroja. Aunque en condiciones normales, cualquier sacerdote hubiera recibido el dato de un recinto a tope como una excelente noticia, ésa no era una situación normal. Era la misa debut de un cura tímido.

    El campanario marcó las 9, y el gong final casi le hizo caer el evangelio de las manos. El ritmo de esos golpes, metálicos y toscos, increíblemente estridentes, lo hicieron reflexionar: “Dios no necesita gritar. Y los hombres ya no necesitan que la iglesia les dé la hora. ¿Por qué se siguen usando las campanadas?”. Después, se acercó a la imagen de la virgen de Caacupé, la que le recordaba sus años felices como misionero en el Paraguay, le tocó su manto azul y su pelo largo, cerró los ojos, le pidió fortaleza y claridad, poder decir las palabras justas, se puso la estola, respiró profundo tres veces, se persignó cuatro, y salió.

    La capilla estaba en silencio, y aunque el público sintió ganas de abrir un aplauso cuando entró, por pura costumbre teatral, y porque se acababa la espera, lo contuvo. Sí se escuchó la potente voz de la directora de la escuela: “¡Bienvenido, padre. Bienvenido a Santa Isabel!”. “Gracias, hermana”, le contestó él, y se acercó al ambón, para empezar la misa.

     Pánico escénico. Pánico escénico. Miedo. Pánico. Ataque de pánico. Estado inhibitorio. Miedo escénico. Ansiedad. Trastorno de ansiedad. Fobia social. Miedo. Pánico escénico.

    Los fantasmas del Padre Martín comenzaron a escalarle el cuello y a gritarle fuerte en el oído. Le recordaron todo lo desenvuelto que él no era, y nunca había sido. La oratoria que sólo tenía en teoría. Su falta de práctica, y de confianza. La designación en el cargo contra su voluntad. Y la terapia psicológica de la que todavía no había recibido el alta. Cerró los ojos de nuevo, suspiró, pidió a los santos que lo ayudaran, que no lo abandonaran, que se llevaran su miedo, y se abocó a la primera lectura.

     Leyó correctamente, pero en una voz tan baja que sólo lo escucharon el monaguillo, y los vecinos de la primera fila. Nadie más. Con la segunda lectura, pasó lo mismo. Y con el evangelio. Y con las canciones. Pero todo eso no fue tan grave, como lo que seguiría. Para el momento del sermón, el Padre Martín ya no podía esconder sus ojos en las páginas de la Biblia: tenía que dirigirse directamente a su público.

    Levantó la vista del cancionero, y lo apoyó junto a la cruz, consciente de que había llegado la prueba más difícil. Tragó saliva, y ahí, una nube espesa lo envolvió por completo. Casi no veía nada, sólo siluetas, contornos grises. Y como sintió que estaba por perder el equilibrio, cerró los ojos otra vez, se inclinó sobre el pequeño micrófono, con el que chocó sus dientes, y sólo dijo: “Sean buenos”. Acto seguido, se metió en la sacristía, con la velocidad con la que desaparece un mago tras bambalinas.

    Cuando se despertó, lo rodeaban el monaguillo, dos catequistas, la mujer que toca el Aleluya en la guitarra, y la directora de la escuela. Ellos lo habían pasado a saludar, y terminaron cargándolo como una bolsa de papas hasta su dormitorio. Después, le hicieron oler un perfume muy fuerte. Fue idea de la directora que, casualmente, llevaba uno en su enorme bolso, que parecía contenerlo todo.

-¿Cómo se siente padre? –le preguntó la guitarrista cuando él se despertó
-Bien, bien, muchas gracias. ¿Qué pasó?

    Después de contarle que lo habían encontrado inconsciente en el piso de la sacristía, y de diagnosticarlo falsamente con un presunto bajón de presión, le recomendaron una gran variedad de remedios caseros, que Martín no les había pedido, todos contra la presión baja, de la cual estaban convencidos, y se fueron satisfechos de haber ayudado a un sacerdote. Nada menos que a un pastor de Dios. Aunque no lo dirían, los cinco especularon con obtener alguna recompensa del cielo por los servicios prestados. Como mínimo, creyeron que se habían ganado el favor de no engriparse en invierno.
  
    Ya estabilizado y en soledad, el Padre Martín se prometió cambiar para la próxima misa. Apelaría a las estrategias de su terapia cognitiva conductual: invertiría la carga de la prueba. Empezaría por la parte difícil, el sermón, y no lo ensayaría. Haría todo distinto. Improvisaría con lo que le surgiera del fondo del corazón. Alguna vez, su terapeuta lo había alentado a hacer eso, porque cuando él por fin decía lo que sentía, era una persona interesante. “Es una lástima que planifiques tanto las cosas; es muy lindo escucharte cuando hablás de verdad”, le había dicho la mujer. Nunca olvidó esa frase. Así fue que el domingo siguiente hizo todo lo contrario.
  
-Hermanos, me cuesta hablarles. Ésa es la verdad. Quisiera ser como el Padre Emilio, que seguramente ustedes extrañan. O como mi mentor, el obispo Justo. Pero yo soy yo. Me cuesta hablar en público, y más con una responsabilidad tan grande. Guiar sus almas, mostrarles el camino de Jesús.

    Luego de confesarse, vio que los vecinos tenían los ceños fruncidos, pero no por enojo, sino por confusión. Pensó que ellos creerían que le habían destinado un cura que no sabía dar sermones. Y que era un despropósito. Como un abogado que no conociera las leyes, o un maestro que no supiera enseñar. ¿Para qué era cura, si no daba consejos? Los malpensados hasta arriesgarían una teoría conspirativa: “Seguro que lo destinaron a este pueblo, porque es inexperto, y en ningún otro lado lo hubieran aceptado. En la ciudad, éste no dura ni dos días. Pero acá, claro, nos mandan a cualquiera”. Algunos, incluso, estarían dudando de que se hubiera ordenado cura: “Capaz que es un impostor, y nunca tomó los hábitos”. Pero como nadie reveló sus dudas, y a él todavía no lo había envuelto la nube, siguió hablando.

-¿Quieren saber por qué me hice sacerdote? Porque pensé que las iglesias son los lugares adonde va la gente pobre cuando necesita ayuda espiritual. Y quería estar ahí, para recibirlos. Algunos eligen los psicólogos, incluso yo fui a uno. Pero hay un tipo de problema, existencial, que no atacan ellos. Porque no pueden. Ciertas respuestas sólo las da la fe.

    La gente empezó a borrar el rictus, y le sonrieron, con compasión. Les había parecido sincero y, por ese día, estaban conformes. El monaguillo, entonces, le acercó el libro de lecturas, osó guiñarle un ojo, y en un tono barrial, propio de un adulto, se tapó la boca con la mano y le dijo por lo bajo: “Estuvo bien, padre. Con ésa levantó mucho…”. Pero antes de empezar a leer, con una confianza in crescendo, que nunca antes había sentido, Martín sí se animó a dar su primer sermón. Honesto, improvisado, como lo haría siempre en el futuro, y con una pasión que no creía poder manejar con decoro. Habló veinticinco minutos seguidos, con suavidad y contundencia. Hizo llorar a las mujeres, ablandar a los duros, despertar a los dormidos. No se escucharon ni llantos de bebés esa mañana. Todos estaban mirándolo a él, entretenidos.
   
    Desde el fondo de la parroquia, su psicóloga, se enjugaba los ojos con un pañuelo de papel. Enterada del desmayo de Martín, había viajado al pueblo y se había mezclado entre los vecinos, cuidándose de que él no la viera. Cuanto más lo escuchaba, más se felicitaba por haber ido. Se había ganado el privilegio de ver, en su momento de eclosión, el fruto de tanto esfuerzo. Su paciente preferido había roto la coraza, el caparazón, la cápsula, y las tantas otras metáforas que ella le había dado. Se había producido el quiebre, y ahora lo veía como una flor brotando, de la que salían cientos de palabras, como chorros de agua roja. Era conmovedor.

    En el envión, además, el Padre Martín estaba haciendo feliz a otra gente. Y renovando la propia fe de la psicóloga. Su fe en la Psicología.

María Silvana Méndez
Julio 2013

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