lunes, 5 de agosto de 2013

El círculo




     Marina corta la cinta de embalar, abre una caja de cartón, y saca un sobre de cuero. Feliz de constatar que su posesión más querida estaba en perfectas condiciones, se acerca a su novio. “Pablo, mirá: ésta es la foto de la que te hablé. La última que le sacaron a mi abuela. Unos días antes del ataque de Pearl Harbor. Ocho o nueve días antes. Acababa de llegar a Hawaii en un crucero comercial, para visitar a mi abuelo, que trabajaba en la base militar. Él era yanqui, pero ella no, era española. Combinación rara, ¿no? Mi mamá se había quedado en San Diego, donde vivían, con la hermana de mi abuela, porque era muy chiquita para ese viaje larguísimo. Cómo son las cosas…. Si hubiera viajado con ella, yo no hubiera nacido. Por eso me da tanta pena esta foto. Y tanta alegría al mismo tiempo. Es mi objeto preferido en el mundo. Vos sabés cómo soy, te diste cuenta que en una mudanza puedo olvidarme o regalar cualquier cosa. Pero de este papel no me separo ni loca; se viene conmigo vaya donde vaya”. La puerta al living se abre, y un hombre se asoma y la interrumpe:

-Excuse me, ¿do you want me to leave the books over here?
-Yes, please. Over there is ok. Thank you.

     “Mirá el sombrerito, y los guantes que se había sacado… Aunque era invierno, me imagino que haría calor en la cubierta del barco. ¿Viste el piso de madera? Divino. ¿Y la baranda, lustrosa? Ahora todo es de metal”.

-¿Tu abuelo también se murió ahí?
-Los dos se murieron, sí. Pero, según le dijeron a mi tía abuela, no juntos. Encima eso. Ella terminó muriendo solita, en una casucha del puerto, donde se había escondido. Como si un techo de morondanga pudiera protegerla de una bomba. Pobre. Por lo que se enteró la familia, cuando llegaron los japoneses, apenas los radares captaron los aviones, sonaron las sirenas, y entonces mi abuelo se tuvo que reportar en servicio. Ella hizo lo que pudo.

-¿Cuántos años tenía?
-No era muy vieja, eh… Tendría treinta y pico, o cuarenta, no más, pero esa moda era terrible. Además, todas las mujeres de la época eran medio gorditas, ¿viste? Se usaba así. 
-Y ahora, los que estamos en San Diego somos nosotros.

     Marina mira por un rato la ventana, y suspira: “Sí. Es como si se cerrara un círculo, ¿no? Justo te fueron a ofrecer este trabajo… De todas las locaciones que tiene el hotel, te vinieron a ofrecer ésta. Tiene que ser el destino, no hay otra. Lástima que no sé cuál era la dirección de mi abuela, para ir a ver la casa, porque mi mamá era muy chiquita para saberla, y enseguida la llevaron a la Argentina, donde estaban sus otros cinco tíos. Eran siete hermanos en total, dos vivían acá, y cinco en Buenos Aires. Y la tía de San Diego ya se murió también, hace mucho, así que no se me ocurre cómo podría averiguar la calle. Lo que sí me dijo mami es que mis abuelos están enterrados acá, porque llegaron a trasladar los cuerpos. Esa historia la conozco bien, porque una vez hice una monografía de esto, para la facultad. Había que rastrear algún antepasado y, obvio, elegí a la abuela que no llegué a conocer, y que murió el domingo 7 de diciembre del 41, en Hawaii, ni más ni menos. La titulé Una guerra en el paraíso, y tuve que investigar bastante. Por ejemplo, ahora sé que en Estados Unidos hay ciento cuarenta y seis cementerios nacionales. De los miles que hay, creo que hay como cien mil, entre estatales, privados, y familiares, están éstos, que se llaman nacionales por su importancia en la historia. Ahí entierran a los próceres y al personal militar con sus cónyuges. El más conocido de todos es el Arlington, en Washington DC, que se hizo sobre unos terrenos que eran de Robert Lee, el general de los Confederados, cuando terminó la guerra civil. Está muy cerca del Pentágono, y es el más famoso. Tiene la tumba de Kennedy, el memorial de Iwo Jima, el de las víctimas del Challenger… Bueno, en definitiva, mis abuelos están acá, en el Cementerio Nacional de San Diego, porque él tenía un rango bastante importante en la US Navy. Era oficial técnico. Y también sé que fue complicado el traslado, porque la Marina quería sepultarlos en el nacional de Hawaii, que se llama Cementerio del Pacífico, y que queda en Honolulu. Pero la familia hinchó hasta que aprobaron el transporte. Tuvieron que esperar un montón porque, como sabés, al día siguiente del bombardeo de Pearl Harbor, Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial. Era un quilombo todo. Y los aviones militares estaban reservados para otras tareas. No sé por qué pero, mientras todavía estaban organizando las filas, y reparando los buques que no se habían hundido, pudieron enviar los cuerpos a San Diego. La situación era un caos, pero a ellos sí los trasladaron. Eso quiero que hagamos, ¿ves? Ahora que me acuerdo… Me gustaría mucho ir a ver las tumbas de mis abuelos”.

-¿Pero sabés bien dónde están?
-Sí, perfectamente. El Cementerio se llama Fort Rosecrans. Ah… También tengo una postal de mi abuela, que le llegó a escribir a su hermana, a los tres o cuatro días de pisar tierra. ¿Te la leo? Es cortita.

“Querida Josefa:
                           He llegado a Hawaii, todavía no me lo creo, después de tanto mar, volver a ver árboles. Os envío esta fotografía que me han tomado en la cubierta. Estoy toda emperifollada, con uno de esos collares de flores. Me ha costado quitármelo, ¿no es bonito? Además, me han recibido con una música muy alegre. Aquí, hay un instrumento, como una guitarrilla, Ukelele le dicen, y lo venden de recuerdo. Le llevaré uno a la niña.
   El viaje fue largo, pero hermoso, vieras. Las puestas del sol y las noches estrelladas eran de no creer. Después de tomar la cena, subía con una lumbre pequeñita, y me ponía a ver el cielo. Válgame Dios, era todo un espectáculo.
La eché de menos a la Mary y, cuando no aguantaba más, y estaba que me ponía a llorar, salía del camarote para respirar aire fresco. El viento de ultramar tiene como gotillas, y aunque la sal estropea la piel, limpia los pensamientos. Se los lleva a otro sitio. También pensaba en el Rudolph, en que no lo veía hace un año. Y que para algo tengo su sortija. Pobrecillo, no sabes la alegría que le dio verme.
   El clima es formidable aquí. Y la gente muy amable, siempre sonriente. Vivimos en la Base, con muchas comodidades. Ya se me ha acabado la postal. Otro día os vuelvo a escribir, Josefín. Les quiero mucho. Dale mis cariños a Mary. Y besos. Recuérdale, por favor, que le amamos. Dile que sus padres le quieren y que, aunque estemos lejos, le cuidamos. María Rosa”.

     “Ahora me doy cuenta que está enterrada en Rosecrans, parecido a su nombre. Vayamos, please, gordo. Vayamos mañana, acá está casi todo listo. Solamente falta acomodar la ropa, y llenar la heladera. Además, el lugar está pegado a la bahía, y como va a ser un día lindo, podemos hacer un picnic, de paso, por ahí cerca. ¿Qué te parece?”.

     Al día siguiente, Marina y Pablo remontan en auto la colina Point Loma y encuentran el Cementerio militar, con sus miles de lápidas blancas, iguales, en perfecta alineación. Unas de otras están separadas por pasillos anchos, sinuosos, como caminos al otro mundo, que suben y bajan. Ellos sienten haberse metido en un juego de espejos, que multiplica la misma imagen. Los mármoles son redondeados y, a lo lejos, se unen formando infinitas letras m. Emes de morir. Sin embargo, la primera sensación es de bálsamo. La de estar andando en un suelo donde no va a haber ninguna guerra más. Y como el terreno es elevado, les parece que ya hubieran llegado al cielo. Hasta que el aire les trae el toque fúnebre de una trompeta, lentísimo, y la tristeza se les pega a los dos en el pecho. Descubren dónde está el funeral y se acercan un poco. Una docena de soldados y de oficiales con sus trajes de gala despiden a un compañero al que lo alcanzó el fuego furioso de una Kalashnikov, en Afganistán. Tres gaitas suenan con la canción Amazing Grace. En la primera fila, una familia, vestida de negro, son las únicas personas sentadas, y no se permiten llorar haciendo ruido. Aún desde el dolor, tienen orgullo por el momento. Por la dignidad de haber entregado en sacrificio a uno de sus hijos menores. Un militar le entrega a una señora, prolijamente doblada, la bandera que cubría el féretro de su hijo. A Marina le llama la atención que ella la agarra y, enseguida, la apreta contra su panza. Como si quisiera que su bebé volviera a nacer. Un par de cuadras a la derecha, en una de las franjas más antiguas, están los caídos en el ataque a Pearl Harbor. Los jóvenes de otras épocas, que fallecieron en otros sacrificios.

     “¡Ahí están! ¡Mirá, gordo, ahí están! No lo puedo creer… Las sepulturas de mis abuelos. Mirá lo que dice el mármol. ¿Ves? ¡Por eso los trasladaron en plena guerra! Ahora entiendo... Porque mi abuelo fue un héroe”.

-¿Estás llorando?
-Y sí, claro que estoy llorando. Además, estoy procesando el desarraigo. En la postal, mi abuela decía que extrañaba a su hija. Y ahora yo extraño a la misma persona, pero es mi mamá. Cuando venga en Navidad, la traigo. Va a ser fuerte. Pensá que ella nació acá, aunque nunca volvió.

     Marina se arrodilla frente a la lápida de su abuelo, del que no tiene ni siquiera una foto, y pasa sus dedos por las palabras caladas en la piedra. Se vuelve a emocionar. Siente que, por fin, pudo acariciarlo. Después, se para y mira alrededor: “Qué lindo es este cementerio, ¿no? Precioso. Arriba de una colina. El césped claro. El mar turquesa. Me gusta que estén en este lugar”.

-Tomá abuelita, te traje una rosa, como tu nombre. Me hubiera encantado conocerte. Si te sirve de consuelo, tu hija tiene una vida feliz. Chau, abuelo. ¿Así que rescataste a otros antes de morir? Me da orgullo. Soy nieta de un héroe de guerra. Si lo hubiera sabido antes, lo hubiera agregado en mi trabajo para la facultad, qué lástima…
-Bueno, ¿vamos, gorda?
-Esperá, dejame que me despida bien. Ahora que vamos a vivir acá, ellos son la única familia que voy a tener cerca.

María Silvana Méndez

Agosto de 2013

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