Marina
corta la cinta de embalar, abre una caja de cartón, y saca un sobre de cuero.
Feliz de constatar que su posesión más querida estaba en perfectas condiciones,
se acerca a su novio. “Pablo, mirá: ésta es la foto de la que te hablé. La
última que le sacaron a mi abuela. Unos días antes del ataque de Pearl Harbor.
Ocho o nueve días antes. Acababa de llegar a Hawaii en un crucero comercial,
para visitar a mi abuelo, que trabajaba en la base militar. Él era yanqui, pero
ella no, era española. Combinación rara, ¿no? Mi mamá se había quedado en San
Diego, donde vivían, con la hermana de mi abuela, porque era muy chiquita para
ese viaje larguísimo. Cómo son las cosas…. Si hubiera viajado con ella, yo no
hubiera nacido. Por eso me da tanta pena esta foto. Y tanta alegría al mismo
tiempo. Es mi objeto preferido en el mundo. Vos sabés cómo soy, te diste cuenta
que en una mudanza puedo olvidarme o regalar cualquier cosa. Pero de este papel
no me separo ni loca; se viene conmigo vaya donde vaya”. La puerta al living se abre, y un hombre se
asoma y la interrumpe:
-Excuse me, ¿do you want me to leave
the books over here?
-Yes, please. Over there is ok. Thank
you.
“Mirá el
sombrerito, y los guantes que se había sacado… Aunque era invierno, me imagino
que haría calor en la cubierta del barco. ¿Viste el piso de madera? Divino. ¿Y
la baranda, lustrosa? Ahora todo es de metal”.
-¿Tu abuelo también se murió ahí?
-Los dos se
murieron, sí. Pero, según le dijeron a mi tía abuela, no juntos. Encima eso.
Ella terminó muriendo solita, en una casucha del puerto, donde se había
escondido. Como si un techo de morondanga pudiera protegerla de una bomba.
Pobre. Por lo que se enteró la familia, cuando llegaron los japoneses, apenas
los radares captaron los aviones, sonaron las sirenas, y entonces mi abuelo se
tuvo que reportar en servicio. Ella hizo lo que pudo.
-¿Cuántos años tenía?
-No era muy vieja, eh… Tendría treinta y pico, o
cuarenta, no más, pero esa moda era terrible. Además, todas las mujeres de la
época eran medio gorditas, ¿viste? Se usaba así.
-Y ahora, los que estamos en San Diego somos nosotros.
Marina mira
por un rato la ventana, y suspira: “Sí. Es como si se cerrara un círculo, ¿no?
Justo te fueron a ofrecer este trabajo… De todas las locaciones que tiene el
hotel, te vinieron a ofrecer ésta. Tiene que ser el destino, no hay otra. Lástima
que no sé cuál era la dirección de mi abuela, para ir a ver la casa, porque mi
mamá era muy chiquita para saberla, y enseguida la llevaron a la Argentina,
donde estaban sus otros cinco tíos. Eran siete hermanos en total, dos vivían
acá, y cinco en Buenos Aires. Y la tía de San Diego ya se murió también, hace
mucho, así que no se me ocurre cómo podría averiguar la calle. Lo que sí me
dijo mami es que mis abuelos están enterrados acá, porque llegaron a trasladar
los cuerpos. Esa historia la conozco bien, porque una vez hice una monografía
de esto, para la facultad. Había que rastrear algún antepasado y, obvio, elegí
a la abuela que no llegué a conocer, y que murió el domingo 7 de diciembre del
41, en Hawaii, ni más ni menos. La titulé Una guerra en el paraíso, y tuve que
investigar bastante. Por ejemplo, ahora sé que en Estados Unidos hay ciento
cuarenta y seis cementerios nacionales. De los miles que hay, creo que hay como
cien mil, entre estatales, privados, y familiares, están éstos, que se llaman nacionales
por su importancia en la historia. Ahí entierran a los próceres y al personal
militar con sus cónyuges. El más conocido de todos es el Arlington, en
Washington DC, que se hizo sobre unos terrenos que eran de Robert Lee, el general
de los Confederados, cuando terminó la guerra civil. Está muy cerca del
Pentágono, y es el más famoso. Tiene la tumba de Kennedy, el memorial de Iwo
Jima, el de las víctimas del Challenger… Bueno, en definitiva, mis abuelos
están acá, en el Cementerio Nacional de San Diego, porque él tenía un rango
bastante importante en la US Navy. Era oficial técnico. Y también sé que fue
complicado el traslado, porque la Marina quería sepultarlos en el nacional de
Hawaii, que se llama Cementerio del Pacífico, y que queda en Honolulu. Pero la
familia hinchó hasta que aprobaron el transporte. Tuvieron que esperar un
montón porque, como sabés, al día siguiente del bombardeo de Pearl Harbor,
Estados Unidos entró en la Segunda Guerra Mundial. Era un quilombo todo. Y los
aviones militares estaban reservados para otras tareas. No sé por qué pero,
mientras todavía estaban organizando las filas, y reparando los buques que no
se habían hundido, pudieron enviar los cuerpos a San Diego. La situación era un
caos, pero a ellos sí los trasladaron. Eso quiero que hagamos, ¿ves? Ahora que
me acuerdo… Me gustaría mucho ir a ver las tumbas de mis abuelos”.
-¿Pero sabés bien dónde están?
-Sí, perfectamente. El Cementerio se llama Fort
Rosecrans. Ah… También tengo una postal de mi abuela, que le llegó a escribir a
su hermana, a los tres o cuatro días de pisar tierra. ¿Te la leo? Es cortita.
“Querida Josefa:
He llegado a Hawaii,
todavía no me lo creo, después de tanto mar, volver a ver árboles. Os envío
esta fotografía que me han tomado en la cubierta. Estoy toda emperifollada, con
uno de esos collares de flores. Me ha costado quitármelo, ¿no es bonito?
Además, me han recibido con una música muy alegre. Aquí, hay un instrumento, como
una guitarrilla, Ukelele le dicen, y lo venden de recuerdo. Le llevaré uno a la
niña.
El viaje fue
largo, pero hermoso, vieras. Las puestas del sol y las noches estrelladas eran
de no creer. Después de tomar la cena, subía con una lumbre pequeñita, y me
ponía a ver el cielo. Válgame Dios, era todo un espectáculo.
La eché de menos a la Mary y, cuando no aguantaba más,
y estaba que me ponía a llorar, salía del camarote para respirar aire fresco.
El viento de ultramar tiene como gotillas, y aunque la sal estropea la piel, limpia
los pensamientos. Se los lleva a otro sitio. También pensaba en el Rudolph, en
que no lo veía hace un año. Y que para algo tengo su sortija. Pobrecillo, no
sabes la alegría que le dio verme.
El clima es
formidable aquí. Y la gente muy amable, siempre sonriente. Vivimos en la Base,
con muchas comodidades. Ya se me ha acabado la postal. Otro día os vuelvo a
escribir, Josefín. Les quiero mucho. Dale mis cariños a Mary. Y besos. Recuérdale,
por favor, que le amamos. Dile que sus padres le quieren y que, aunque estemos
lejos, le cuidamos. María Rosa”.
“Ahora me
doy cuenta que está enterrada en Rosecrans, parecido a su nombre. Vayamos,
please, gordo. Vayamos mañana, acá está casi todo listo. Solamente falta
acomodar la ropa, y llenar la heladera. Además, el lugar está pegado a la
bahía, y como va a ser un día lindo, podemos hacer un picnic, de paso, por ahí
cerca. ¿Qué te parece?”.
Al día
siguiente, Marina y Pablo remontan en auto la colina Point Loma y encuentran el
Cementerio militar, con sus miles de lápidas blancas, iguales, en perfecta
alineación. Unas de otras están separadas por pasillos anchos, sinuosos, como
caminos al otro mundo, que suben y bajan. Ellos sienten haberse metido en un
juego de espejos, que multiplica la misma imagen. Los mármoles son redondeados
y, a lo lejos, se unen formando infinitas letras m. Emes de morir. Sin embargo,
la primera sensación es de bálsamo. La de estar andando en un suelo donde no va
a haber ninguna guerra más. Y como el terreno es elevado, les parece que ya hubieran
llegado al cielo. Hasta que el aire les trae el toque fúnebre de una trompeta,
lentísimo, y la tristeza se les pega a los dos en el pecho. Descubren dónde
está el funeral y se acercan un poco. Una docena de soldados y de oficiales con
sus trajes de gala despiden a un compañero al que lo alcanzó el fuego furioso
de una Kalashnikov, en Afganistán. Tres gaitas suenan con la canción Amazing
Grace. En la primera fila, una familia, vestida de negro, son las únicas
personas sentadas, y no se permiten llorar haciendo ruido. Aún desde el dolor, tienen
orgullo por el momento. Por la dignidad de haber entregado en sacrificio a uno
de sus hijos menores. Un militar le entrega a una señora, prolijamente doblada,
la bandera que cubría el féretro de su hijo. A Marina le llama la atención que
ella la agarra y, enseguida, la apreta contra su panza. Como si quisiera que su
bebé volviera a nacer. Un par de cuadras a la derecha, en una de las franjas
más antiguas, están los caídos en el ataque a Pearl Harbor. Los jóvenes de
otras épocas, que fallecieron en otros sacrificios.
“¡Ahí
están! ¡Mirá, gordo, ahí están! No lo puedo creer… Las sepulturas de mis
abuelos. Mirá lo que dice el mármol. ¿Ves? ¡Por eso los trasladaron en plena
guerra! Ahora entiendo... Porque mi abuelo fue un héroe”.
-¿Estás llorando?
-Y sí, claro que estoy llorando. Además, estoy
procesando el desarraigo. En la postal, mi abuela decía que extrañaba a su
hija. Y ahora yo extraño a la misma persona, pero es mi mamá. Cuando venga en
Navidad, la traigo. Va a ser fuerte. Pensá que ella nació acá, aunque nunca
volvió.
Marina se
arrodilla frente a la lápida de su abuelo, del que no tiene ni siquiera una
foto, y pasa sus dedos por las palabras caladas en la piedra. Se vuelve a
emocionar. Siente que, por fin, pudo acariciarlo. Después, se para y mira alrededor:
“Qué lindo es este cementerio, ¿no? Precioso. Arriba de una colina. El césped
claro. El mar turquesa. Me gusta que estén en este lugar”.
-Tomá abuelita, te traje una rosa, como tu nombre. Me
hubiera encantado conocerte. Si te sirve de consuelo, tu hija tiene una vida
feliz. Chau, abuelo. ¿Así que rescataste a otros antes de morir? Me da orgullo.
Soy nieta de un héroe de guerra. Si lo hubiera sabido antes, lo hubiera
agregado en mi trabajo para la facultad, qué lástima…
-Bueno, ¿vamos,
gorda?
-Esperá, dejame que me despida bien. Ahora que vamos a
vivir acá, ellos son la única familia que voy a tener cerca.
María Silvana Méndez
Agosto de 2013

No hay comentarios:
Publicar un comentario