martes, 20 de agosto de 2013

Elecciones

Voy a repetir el año en el taller. Ahora sí. Es la segunda reunión consecutiva en que llego al martes sin el texto y ya agoté hace unos meses el recurso de escribir que no había podido escribir. Elegí mal el tema, el fin de semana largo me colgué pintando unas mesitas de luz y lo dejé para el final. Ahora ya está. El viernes antes de las elecciones me llegó la citación para ser autoridad de mesa, con ese aire de leva que tiene la idea de carga pública, y pensé en escribir sobre eso, hasta anoté algunas ideas.  En realidad lo pensé un poco después, porque al principio fue una mezcla de arrepentimiento por haber atendido el portero y de pequeño drama, de berrinche infantil, de por qué a mí. Releí la citación para ver si había alguna chance de zafar pero la única forma contemplada de excusarse era haciendo un trámite en La Plata, creo que no decía ni la dirección. (Poner que el trámite es en La Plata es una forma de decir que no se puede hacer, que es imposible. Cuando un empleado público o un abogado te dice “Mirá que esto primero tiene que ir a la Plata” es como si te dijera que tiene que ir a Marte. Te lo dicen con un tono de advertencia, como atajándose, “Esto primero va a La Plata”, y te quedás pensando que si va a La Plata tu trámite no va a volver nunca más, que se va a perder entre las diagonales).  
Cuánto proyecto de asado truncado, cuánto partido de tenis suspendido, cuánta reunión familiar amputada, ese domingo. No presentarme ni se me cruzó, no tanto por un sentimiento de responsabilidad cívica sino porque me imaginé que justo ese día iban a faltar un montón de autoridades de mesa y por primera vez se iba aplicar la multa de 6 meses de cárcel que informaba la citación, una condena ejemplificadora para asustar a la población y garantizar el funcionamiento de las instancias democráticas. Me veía saliendo en Telenoche, compartiendo la celda con otros desertores.
Después me resigné y ahí fue que pensé que era una oportunidad para a escribir algo sobre las elecciones, pero esa cosa más bien micro que en última instancia son las elecciones, la precariedad de estar sacando los sobres de la urna e ir contando los votos en el pizarrón, que tenía pegadas figuras de cartulina del dinosaurio Barney. Al final no me salió escribirlo y me quedé sin tema, no fue mucho más que madrugar ese domingo y  pasarme todo el día ahí sentado en las sillitas demasiado bajas del aula de primer grado, recibiendo a la gente que iba a cumplir con sus obligaciones cívicas con mayor o menor entusiasmo, controlando los documentos y entregándoles, a modo de ofrenda, los troqueles firmados.  Salvo por el incidente con el fiscal de un candidato a concejal que iba con la lista de Stolbizer, que invitó a pelear al presidente de mi mesa porque no lo dejó pasar al cuarto oscuro a revisar las boletas, no pasó casi nada. El tipo se paró a un costado y con un tono educado y a la vez desafiante le dijo: “Cuando terminés ahí vení un poquito acá que te voy a enseñar cómo hablamos los argentinos”. Al final vino un gendarme que se lo llevó pero me hubiera gustado escucharlo desarrollar un poco más sus teorías lingüísticas. 
En el word que tenía empezado había escrito un solo párrafo: “Uno se siente raro con estas convocatorias, es como que de alguna forma el brazo del estado te elige entre millones de ciudadanos, te saca de golpe de esa especie de anonimato que compartís con el resto. Es un poco como La lotería en Babilonia”. Nunca me fue muy bien con el azar. En un momento en que la cosa se tranquilizó y no había nadie para votar me paré para ir al baño y estirar un poco las piernas. Caminé hasta el mástil de la escuela, en el medio del patio, y me acordé del día en que gané una caja de fibras en una rifa de la cooperadora de la escuela. Creo que estaba en tercer grado. El sorteo fue en un acto, así que tuve que salir de la fila y buscar las fibras al lado del mástil. Seis fibras traía la caja. Si hubiera sabido que era lo único que iba a ganar en la vida por ahí lo disfrutaba un poco más,  hubiera alzado el puño apretando bien fuerte la caja de fibras ante la multitud impávida de delantales blancos. 

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