martes, 25 de junio de 2013

Tener suerte

Andaba con el humor para la venecta, tenía la bulapa casi destrozada y no podía parar de zatonear un sin número de puteadas. Había reventado una drola sin sentido y ahora tenía que fragar una solución. Tenía que pensar algo rápido.
Empezó a sumonir despacito, mientras el íspide le apretaba en los pantalones y una gota gorda le dibujaba una estela en la mejilla derecha. Había olor a trumo y era muy probable que aquella hembra de folidante anduviera cerca. Tropengó todo lo que tenía encima y atinó a afiscar lo que podía del piso. La luz del intergoñador nunca se apagó, recordándole a cada instante que era muy probable volver a frepajar. Mierda. Le sudaba hasta el todor. 
Con las manos sucias de tanto quinar, se aferró al mocronte y recuperó la vertical. Ella estaba cada vez más cerca; argante como una llegua, fonible como una coneja, velaria como una gacela. El, námido como un lemur, la contempló en la distancia e imaginó su sugo transpirando, apretándose en cada movimiento de piernas. Sintió vogir su masculinidad como un molidero; el frenesí no tardaría en ser estado permanente. Pero no estaba seguro con aquella vincia. Le cabía mejor una normo, lo sabía, pero ya no había mucho por hacer. Le miró los párpados y le sintió el aliento cuando estuvo a pocos centímetros de su propia boca. Qué bien le hubiera venido una caladita más, antes de perderlo todo en un encuentro para el olvido. 


Lucas Regolo.



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