La Media
Se vistió
rápidamente y salió. Recién cuando pudo sentarse en el Bondi, medio primereando a un
tipo que amagó a cagarle el asiento, se dio cuenta de que le faltaba una media.
Ya en el club buscó a Peter, el guardia de seguridad que
siempre le salvaba las papas. Peter le dijo que las suyas eran color bordó y
que, cuando se pusiese el short, todos notarían la diferencia. Adrián entró en
pánico: era la segunda vez, en tres días, que le pasaba lo mismo.
El médico le había dicho que, a su edad,
esas distracciones rara vez se correspondían con una patología, que se olvidara
del Alzheimer y esas estupideces. Él era un muchacho sano, fuerte, pero con una
agenda demasiado cargadita. ¿Por qué insistía en ocupar hasta los pocos minutos
libres que separaban su trabajo de la facultad? “¿No estarás enamorado vos,
pibe?”, le había preguntado antes de despedirlo en la puerta del consultorio.
Joaquín, aprovechando su supuesta falta de tiempo, prefirió no contestarle.
Sólo le sonrió un poco, y le dijo: “La próxima vez te cuento, doc”.
Cerró
la puerta y se dijo para sus adentros: “Nos vemos en Disney”. No pensaba volver
a aquel consultorio, sobre todo, después de haber visitado a su tío Carlos,
gran cirujano nacional, quien le simplificó la vida desde una infografía que
vio en una revista. “Lo tuyo,
Adri, es una gilada”.
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