lunes, 24 de junio de 2013

68 bis


I. La carne

Apenas él le rozaba el escote, a ella se le agolpaba el aliento y caían en franeleos, en salvajes manoseos, en chuponeos exasperantes. Cada vez que él procuraba liberarle los melones, se enredaba en un manipuleo quejumbroso y tenía que apretarla de cara al suelo, sintiendo cómo poco a poco el órgano se despabilaba, se iba desperezando, emputeciendo, hasta quedar tendido como el mástil de Belgrano al que se le han dejado caer unas comparsas de granaderos.  Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se bajaba los lienzos, consintiendo en que él aproximara suavemente su bochín. Apenas se despelotaban, algo como un huracán los encarajinaba, los zarandeaba y sacudía, de pronto era el quilombo, la estrepitosa andanada de las mantas, la infartante propulsión del garche, los revoleos del entrevero en una mítica empomada. ¡Seguí! Seguí! Desbocados en la cresta del asunto, se sentían Gardel, Adán y Eva. Temblaba el colchón, se vencían las patas, y todo se eclipsaba en un profundo aullido, en palabras de amor grasas, en mordiscos casi crueles que los llevaban hasta el límite de las ganas.




II. El verbo

Apenas él le citaba el poema, a ella se le agolpaba el llanto y caían en antologías, en salvajes fonemas, en traducciones exasperantes. Cada vez que él procuraba recitar las odas, se enredaba en un balbuceo quejumbroso y tenía que pararse de cara al texto, sintiendo cómo poco a poco las imágenes se aclaraban, se iban acomodando, redefiniendo, hasta quedar tendido como el verso de Verlaine al que se le han dejado caer unas hojas muertas.  Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella se imaginaba los pasajes, consintiendo en que él aproximara suavemente su canto. Apenas se relajaban algo como un remolino los elevaba, los transportaba y predisponía, de pronto era el símbolo, la caprichosa economía de las métricas, la exultante libertad del verso, los secretos del soneto en una mítica eufonía. ¡Mallarmé! ¡Mallarmé! Ensimismados en la cresta del lirismo, se sentían levitar, místicos y eufóricos. Temblaba el lenguaje, se vencían las sílabas, y todo se liberaba en un profundo ritmo, en estilos de sintaxis laxas, en rimas casi crueles que los llevaban hasta el límite de las palabras.

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