domingo, 9 de junio de 2013

La espera

De alguna forma se me fueron los días sin escribir nada, ya es domingo y estoy sentado en el auto, tratando de sacar el estéreo con dos cuchillos. El otro día me olvidé las luces prendidas, se me cagó la batería y me reseteó todo. El estéreo no arranca sin el código de seguridad así que busco el manual y no está, el tipo que me lo vendió no me lo dio  y para activarlo tengo que sacarlo, mirar el número de serie y llamar al concesionario para que me lo habiliten. Busqué en google y encontré un video en youtube de un tipo que los sacaba con dos tramontina y acá estoy, clavandole cuchillos al estéreo como si le estuviera haciendo acupuntura, sin saber de dónde tirar, para qué lado hacer fuerza, de lo más golpeado en mi masculinidad. Como cuando voy a la ferretería a comprar algo y viene la repregunta que me liquida: de cuántos milímetros, rosca para afuera o para adentro, macho o hembra. Qué sé yo, pelado. Nunca sé cómo responder así que tengo que volver humillado a casa, buscar otra vez en google, volver con el caballo cansado: 8 milímetros, rosca para afuera, hembra.  Es como que el tipo disfruta tirándome esas preguntas, te va midiendo y zas, te la manda a guardar, con una toma de judo te deja revolcado en ese lado B de la masculinidad.  Al final pude sacar al estéreo (había que clavar los tramontinas de a uno y tirar para afuera medio haciendo palanca) y mentalmente se lo dediqué al ferretero. Para aprovechar el envión anímico me vine a escribir al bar con la notebook. Me pedí un cortado y una tarta de manzana y abrí el word, esperando que se me cayera una idea, y otra vez se me apareció la imagen del pelado de la ferretería preguntándome si me creía David Viñas, escribiendo en el bar, y fue como si me hubiera clavado un tramontina en la espalda. Están dando el partido así que me quedo viendo la tele mientras me como la tarta de manzana y me deprimo un poco con el domingo y con la lluvia. River hace el segundo gol y lo manda a Independiente a la be, miro los mails, los diarios. El documento de word sigue intacto.  El tipo de la mesa de al lado me hace un comentario del partido, después otro, le contesto los dos pero mis respuestas son tan malas que le empieza a hablar a un flaco de otra mesa y al ratito ya están conversando como si se conocieran de toda la vida, y me voy quedando sin refugios de masculinidad a los que aferrarme. Después Independiente hace un gol y los tipos hablan como cinco minutos del Rolfi Montenegro. Le dicen “el Rolfi” como si lo conocieran, con un tonito que me da bronca. Siempre me pasa lo mismo cuando veo los partidos en los bares: hay uno que se me pone a hablar y no sé qué pasa, es como que no sé devolverles la pared y al rato terminan ignorándome. No es que no quiera ponerme a hablar, es más bien que no me sale, aunque quisiera no puedo ser esos dos tipos hablando del Rolfi Montenegro, en algún punto la conversación se me muere, no sé qué decir, repito el comentario del otro, asiento pero de manera tan poco adecuada que al otro se le van las ganas de seguir hablando y yo me quedo derrotado, pensando lo que tendría que haber dicho, elucubrando arranques en falso. En el mundial pasado me pasó algo parecido. Los primeros partidos los vi en el mismo bar, había siempre poca gente y entre todos no podíamos crear un clima medianamente satisfactorio. En silencio mirábamos como exiliados cómo explotaba el bar de enfrente con los goles, culpando en secreto a los otros por nuestra vergüenza colectiva. Para los cuartos de final me mudé al bar de enfrente, que desbordaba pasión mundialista, con tipos grandes vestidos con la camiseta de la selección, y nos comimos cuatro con Alemania. Cuando hicieron el tercero un gordo que puteó todo el partido le gritó “callate pibe” a un nenito que soplaba una vuvuzela y me dieron ganas de volver al otro bar con mis compañeros de exilio, al sosiego sin estridencias de mi lado B. De eso tendría que escribir, de la experiencia de ver partidos en los bares, de esos microclimas que se arman, un par de mesas en las que se toma birra y se grita como si se estuviera en la cancha, al lado una pareja totalmente abstraída que toma café con leche con medialunas como en un bar paralelo, mientras un tipo hace comentarios en voz alta como si fuera Macaya. Hacerme el etnógrafo, ir a distintos bares y tomar notas en una libreta, copiar los diálogos, tirar comparaciones y pensar en alguna periodización, cuando no había fútbol ni plasmas para todos y los bares ponían el fixture de los partidos para los que no tenían cable. Vuelvo al word. Pienso en la consigna y no viene nada, una imagen de los más obvia, una mujer esperando el colectivo en la parada. No puedo pasar de ahí, rebusco en el cerebro y me vuelve la misma imagen, sin avanzar un centímetro, sin ninguna punta para seguir. ¿De dónde viene? ¿A dónde va? Como si me faltara otro cablecito para conectar y hacer sinapsis, me queda una neurona regulando sola, trabada en esa imagen totalmente estéril. Siento que el espíritu de David Viñas me mira desde la mesa de al lado, a la que se sumó el ferretero, y les dice a los tipos que soy un pecho frío como el Rolfi. Pienso que voy a repetir el año en el taller. Antes de que me revuelquen con otra toma de judo pido la cuenta y me voy a casa. 

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