domingo, 9 de junio de 2013

De lejos, lo vi esperando

Querido diario:

Estoy mirando la última fecha en que te escribí, y fue hace más de tres años. Pero vuelvo a vos, para no explotar. Será que lo que viví ayer me hizo sentir una adolescente de nuevo. Y las regresiones son un bajón. Anoche tuve que ir al casamiento de Nacho. Sí, el mismo. El hombre del que te hablé durante casi la mitad de tus páginas. Se casó, pero con otra. Ya sé lo que pensás, no es que tuve que ir. Nadie tiene que hacer algo así, si no quiere. Pero estaba invitada la oficina entera, desde el cadete hasta el jefe, entonces ir o no ir iba a ser más o menos lo mismo: mis compañeros iban a hablar por días del tema. Y no yendo, generaría suspicacias. Tenía que soportar estoicamente el compromiso, para no parecer tan malherida. Aunque lo estoy. Además, me moría de intriga por saber con quién se casaba, cómo era esa tal Carmela. La “Carme, no sabés, es una divina”, como la llamó Nacho cuando la conoció. Si no la veía con mis propios ojos, la duda me iba a atormentar por meses. ¿Sería re linda? ¿Linda común? ¿Medio feíta pero con una gran personalidad? ¿Fea del todo pero re buena, onda María Teresa? ¿Talentosa? Lo que era seguro es que algún valor tendría, porque él no se casaría con la primera chica con la que pudiera. Capacidad de elección, justamente, no le falta. Yo creía, y no me equivoqué, que cuando los viera, a ella y a su entorno, me iba a dar cuenta de la historia completa. Iba a entender cuál es el arma secreta de esa Carme, la divina. En qué consiste su súper poder, con el que conquistó a mi Nacho.

Cuando bajé del taxi, a media cuadra de la iglesia, me enredé el vestido con el zapato, y pensé: “Cuánta alfombra roja me falta… Cómo se nota que este look lo usé cuatro veces en toda mi vida. Está claro que lo mío no es el glamour, en ninguna forma. No sé maquillarme, no camino bien con tacos, tomo una copa de alcohol y empiezo a decir pavadas…”.

Me sorprendió ver el revuelo de mucha gente en la puerta, y el despliegue de fotógrafos. Había tres, o dos y un camarógrafo. Y por un segundo, se me cruzó la idea que ella podría provenir de una familia conocida. Me había fijado cuál era su apellido en la participación, pero no conozco a nadie que se llame Colombo. A mí, esa palabra no me dice nada. Después, a medida que subía la escalinata, deduje que algunas de esas personas debían ser de la ceremonia anterior, o de la que seguía. Se casan varias parejas la misma noche, así que no iba a ser tan fácil entender el panorama con un solo vistazo.

Me acomodé en un banco medio lejano, de la mitad de la nave para atrás, y pegada al pasillo central. Esta ubicación en un cine sería ideal, pero en una iglesia grande, no tanto. Y cuando estiré el cuello, ahí estaba. De lejos, lo vi esperando, en el altar.

Diario, esperá que me recupere un poquito y te sigo contando. No fue fácil ese momento. Fue como surrealista para mí.

Bueno, ahí estaba. Esperándola a ella. Hecho un … hermoso, como siempre. Yo pensaba que me encantaba el estilo informal en los hombres, la ropa canchera, descontracturada. Pero te juro que cuando lo vi a Nacho en smoking, me quedé sin aire. Si me sirvió de algo práctico haber ido a la boda, es que ahora sé que sí me gustan los hombres bien vestidos. O será que crecí y cambié mis preferencias sin haberme dado cuenta. Parecía una escultura. Peinado impecable, afeitado hasta la tersura, zapatos brillantes. Todo lo perfecto que puede lucir un hombre.

Se lo notaba nervioso también, porque cada tanto se refregaba las manos, y él hace eso por ansiedad. Igual, cuando lo vio acercarse a Miguel, cambió de expresión. Su mejor amigo lo sorprendió de atrás, casi a la altura del atrio, y no sé qué le dijo, pero Nachito se río, y ahí morí otra vez. Así vestido, y con esa sonrisa… Me costó más resucitar después de esa imagen. No me la voy a olvidar nunca. 

Para no desestabilizarme, lo dejé de mirar a él, y empecé a localizar a los demás en la iglesia, a ver quién había llegado. No había faltado nadie. Me sorprendió ver a algunos tan planchados, y a algunas tan brillantes. Como la empresa no tiene requisitos de formalidad, porque no atendemos al público, descubrirnos a cada uno súper producidos fue un espectáculo en sí mismo. La que más gracia me causó fue la recepcionista, Graciela, una mujer de unos sesenta y cinco, que fue con lentejuelas hasta en la cabeza. Y esto no es un chiste. Era como una boya en altamar. La iglesia estaba repleta, pero lo primero que se veía, incluso antes que la cruz y la imagen de María Auxiliadora, era Graciela, desde cualquier punto de alcance. Otro que me entretuvo un rato fue el jefe, más que por él, por su esposa. No me la imaginaba tan bonita y joven, cuando la atendía por teléfono. Supongo que, en general, para los empleados en relación de dependencia, los jefes son, simplemente, seres que existen para complicarnos las horas. Y nos cuesta imaginarlos en otros ámbitos o roles. Siendo divertidos, felices, atractivos para terceros.

Mientras sacaba conclusiones, al lado mío se sentó Damián, un flaco de contaduría, creo que es contador ya, que entró hace dos meses. Todavía es el nuevito, porque es el último en sumarse, así que está siempre de buen humor. Contento de conocernos. Le caemos genial los veintipico, y cualquier comentario al pasar le parece gracioso. A veces, me tira onda, con el grado de represión justa que le imponen las circunstancias. Él es nuevo, yo hace siete años trabajo ahí, y no sabe cómo viene la mano, si el terreno es firme o movedizo. Apenas me vio, eligió sentarse cerca, y me saludó con un entusiasmo casi infantil. Hasta me acuerdo que me dijo algo lindo, tipo “qué linda estás, Juli…”, pero no me importó.

A la que busqué y busqué hasta detectarla, porque tenía mucha curiosidad sobre cómo iba a ir, es a Mariela. Yo sé bien, porque me lo confesó hace un par de años, que ella moría también por Nacho. Conmigo no se podía hacer la distraída. Hace por lo menos diez meses que no la veo seguido porque, desde que se recibió, la transfirieron al sector de diseño, en planta baja. Pero tengo muy presente que le encantaba Nacho y que, un día, la caradura lo invitó a un recital. Él no pudo ir, me dijo, porque tenía el cumpleaños de su mamá. Para mí que mintió esa vez. En síntesis, me costó, pero la encontré a Mariela: cerca de un confesionario, a los besos con su novio. Un muchacho que no conocía, pero con el que, era claro, se estaba llevando bárbaro. “Buenísimo”, pensé. Mi sospecha se acababa de confirmar: la persona más desdichada de la totalidad de los presentes en el recinto era yo. Se casaba el hombre que era para mí, con otra mujer, y encima, a diferencia de Mariela, no tenía ni un palenque donde rascarme.

Seguía ahí, auto compadeciéndome, cuando me despabiló el órgano. La novia estaba por entrar, y las cabezas giraron hacia la puerta, esperando a que se abra, como si fuera la misma entrada al paraíso. La única que miró justo para el lado opuesto fui yo, porque lo enfoqué a Nacho. Él estaba feliz. De golpe, los nervios se le habían ido, y sonreía con cara de satisfacción. Me pareció que, al acercarse ella, automáticamente, adoptó el modo “hombre bajo control”. Como si no hubiera querido mostrarse débil ante su mujer, sino confiado, seguro.

Damián, el de contaduría, sin vislumbrar una sola idea del universo complicadísimo en el que navegaba mi mente, interrumpió de nuevo mis pensamientos: “¿Querés un Beldent?”, me preguntó. “No, gracias”, le contesté ipso facto, sin siquiera mirarlo. Pobre, no era su culpa tampoco. Pero si él hubiera sabido en el atolladero emocional en el que me encontraba en ese preciso instante, esperando descubrir a la mujer que me arrebató a mi príncipe, porque iba a pasar espléndida al lado mío, en apenas segundos, jamás, ni en un millón de años, me hubiera hablado para ofrecerme chicles. Hubiera preferido no molestarme, y dejarme sola, elaborando el mal trago, por lo menos, hasta que se hicieran las cinco de la mañana. Ahí sí, tras tomar varias copas, probablemente, yo dejara que él me convidara con algo más que una golosina. No era seguro, porque la situación me había golpeado bastante, pero hubiera sumado chances. Por el contrario, en ese particular segmento de tiempo, su interés me resultó insoportablemente empalagoso. Cuando me tocó el brazo para hablarme, sentí, no te miento, que me estaba manchando con… no sé… dulce de leche. Me dio ganas de encararlo y decirle: “Please, dejá de enchastrarme. ¿No ves que estoy ocupada y que no tengo hambre..?”.

La puerta, finalmente, se abrió, y en el lugar se escuchó una ovación elegante. Exclamaciones en voz baja, mezcla de sorpresa y de alegría, junto con comentarios halagueños, del estilo “qué hermosa está” y “mirá el bordado de ese tul, es precioso”. No sé bien porque, de inmediato, no me animé a darme vuelta. Sólo orienté hacia Nacho. Y me di cuenta que las únicas personas que nos concentrábamos en el novio eran su mamá y yo. Las dos estábamos, a la fuerza, cortando un cordón umbilical. Ella, el de ser la mujer más importante en la vida de su hijo. Yo, el cordón que me ataba a un sueño imposible. En ambos casos, vivíamos un duelo. Pero lo vimos a él sonreír ampliamente, orgulloso, y se nos escapó a nosotras también una sonrisita. “Qué rico, Nachito. Ojalá sea feliz”.

Cuando Carme, la divina, había dados varios pasos, supe que el contacto era inevitable, y logré enfrentarla. Ahí se develó el enigma. Ella rubia, yo morocha. Ella alta, yo no tanto. Ella flaca, yo también, pero no importa. Ella sonriente como una reina, yo desahuciada como un vagabundo. Era linda, sí. Y daba una excelente primera impresión. Se veía buena gente también. Y alegre. Cómo no estarlo, si Nacho te quiere. Su traje de novia, efectivamente, era hermoso, y tenía un tul bien bordado. Además, aunque llevaba tacos, caminaba con mucha gracia. Después de mi escaneo de tres segundos, no pude evitarlo, y me largué a llorar.

Damián me habló otra vez, como si me hiciera falta: “Juli, ¿estás llorando?”. “Sí –le contesté, como pude-. Es que los casamientos me emocionan… No me hagas caso, es algo femenino”. “Claro, a mi vieja le pasa lo mismo. Siempre se le escapa un lagrimón en los casamientos”, me dijo Damián. Ahí, lloré todavía más. Y me importó un cuerno lo que fueran a pensar de mí: decidí no ir a la fiesta y volverme a casa.

María Silvana Méndez

Junio 2013

No hay comentarios:

Publicar un comentario