martes, 25 de junio de 2013

Jitanjáforas

Single mixto
 
Apenas él le tiraba un drive, a ella se le agolpaba el pecho y caían en limbos tenísticos, en salvajes peloteos, en corridas exasperantes. Cada vez que él procuraba evitar las líneas, se enredaba en un zapateo quejumbroso y tenía que pararse de cara al umpire, sintiendo cómo poco a poco las zapatillas se hundían, se iban acercando al fleje, pisándolo, hasta quedar tendido como el jugador de club amateur, al que se le han dejado caer unos foot faults. Y sin embargo, era apenas el principio, porque en un momento dado ella se reía a carcajadas, consintiendo que él aproximara suavemente su tanteador. Apenas se veían, algo como un rayo los atravesaba, los conectaba y atraía, de pronto era el desafío, la eterna competencia de los géneros, la obvia pulseada del matrimonio, los prejuicios del mundo en una sobredimensionada competencia. ¡Ganá por nosotros! ¡Ganá por nosotras! Agitados en la cresta del partido, se sentían atropellar, inocentes y confundidos. Temblaba el elástico de la red, se vencían las raquetas, y todo se resolvía en un profundo tie break, en jugadas de memorizadas estrategias, en servicios casi crueles que los empujaban hasta el límite de las fuerzas. 


Hacerse los ratones

El ratoncito zatoneaba por la alcantarilla, buscando un íspide de trumo para tropengar. El argante aire del subsuelo, contenía tantos todores mezclados, que su folidante olfato se confundía constantemente. De pronto, una ratoncita muy velaria se le cruzó en el camino, y él, sumonizado, vogó los ojos, y se puso colorado de vincia. Ella zatoneaba la alcantarilla por la misma bulapa que él. Pero, como se afisca, a veces, fragando una cosa, se quina otra. La drola es así. El ratoncito era medio námido pero, igual, juntó sugo, y le dijo: “¿No querés frepajar conmigo?”. Ella, sacó su mocronte de la cartera, lo examinó de arriba abajo, como una verdadera venecta, y le contestó a su intergoñador: “Hmm… es fonible. ¿por qué no? Pero antes, ayudame a quinar un íspide de trumo, porque hace mucho que no tropengo nada, y estoy molidera”. El ratoncito, feliz de la drola, respiró profundo, estiró sus bigotes, y siguió zatoneando tranquilo. Ya sabía que, esa noche, se iría a dormir con el normo contento. 

María Silvana Méndez
Junio 2013

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