No alcancé a mirar las tribunas; nos bajamos del micro y yo
quería seguir en la mía. Sonaba fuerte “Si te vas” y a mí me sacaba alguna que
otra sonrisa, como cuando veía a mis pobres compatriotas quedar arriados a “Garota
de Ipanema”, cada vez que algún local la hacía sonar con algún instrumento o
simplemente la silbaba. Daba exactamente lo mismo estar en Leblon, en Ipanema o
en Copacabana; la gente no la tiene tan clara con las veredas y, sencillamente,
quiere seguir consumiendo lo que vino a buscar. El aleatorio del mp3 saltó a “las
pibas quieren cha cha” y todo me hacía pensar en esa tarde, en si la iba a
poner, cuándo, cómo. Las lluvias de la mañana habían dejado un hueco en el firmamento
para que se filtraran unos rayos de luz. El desayuno había quedado lejos en el tiempo
y la ansiedad me estaba jugando una mala pasada, haciendo retorcer a mi estómago
en un crujir incómodo. Nos arrumbamos en una especie de doble fila y yo no
podía escuchar a la gente, porque de haber prestado atención a aquellos gritos
me hubiese vuelto loco. A mi lado había quedado Juan, que miraba una y otra vez
lo largo del pasillo que terminaba en los vestuarios con sus ojos de canicas,
listos para ser arrojados también en velocidad a lo que sea que haya que
perseguir. No nos hablamos en todo el viaje desde que habíamos salido de la
concentración. El se la pasó con su ipad tratando de pasar el nivel de no sé
qué juego; yo contesté algunos mensajes en el celular, pero sólo aquellos que
no eran importantes. Ya en el vestuario, Cristian se sentó al lado mío; pero su mirada no se cruzó
con la del técnico cuando éste se paró delante de Juan y de mí. Qué negro
hermoso que tenemos al frente del equipo. Siempre tiene la palabra que no te
permitirías en el momento adecuado.
-Manu, sacate esos auriculares de mierda y prestame atención… empezá a meterte en lo que viene, que hoy la rompés… Juan ¡Juan!…. La puta que te parió Juan, vení acá que les quiero hablar a los dos- dijo mientras su mirada periférica controlaba que Emiliano no empilchara para opacarlo, si acaso eso fuera posible. Juan se acercó como corriendo, pero en verdad apenas si se había deslizado dos varillas en los bancos de madera. Así era Juan. A todo le ponía su velocidad.
Recuerdo haber pensado, "cómo quiero a éste hombre". Cuánto le estimo, que tanta admiración no me da vergüenza. Qué feo y qué fanfarrón es, y sin embargo, qué lejos ha llegado paseando su reticente humanidad por los cinco continentes. Su nariz de halcón detectaba una posibilidad de gol a kilómetros de distancia, y todo su cuerpo se sincronizaba para alcanzar el cuero y que éste, blandiera las redes contrarias. Sentí que ése mediodía me hablaba de una manera especial, inédita. Atesoré sus palabras como si se tratara de un incunable; tanto, que no puedo reproducirlas. Era especial para dar a cada uno lo suyo, y para que, una vez recibido el mensaje, uno se fuera contento en su egoísmo.
- Así que los dos se tienen que encontrar; vos lo tenés que buscar a él, que a patir de ahora le vas a tener más ganas que a tu novia. Y vos lo tenés que mirar siempre a los ojos, porque ese amor lo querés corresponder, porque vos querés que él vea en tus ojos que siempre lo vas a esperar- soltó, como si en efecto nosotros fuéramos dos amantes. Sin lograr comprenderlo del todo, ya sabía que tenía razón. El manto sagrado me cubría el pecho, y acaso podría decirse que la sangre que me sobrepasaba el corazón, dibujaba esa banda roja que me teñía el alma. El aroma a alcanfor de las cremas que se untaron en una veintena de cuádriceps me abrió las fosas nasales por completo. El rugir del estadio empezaba a bajar como una condena: "para ser campeón, hoy hay que ganar". No estoy muy seguro de poder alcanzar ese campeonato; los fríos de Rosario vienen pisando fuerte. Pero con ganar damos un paso grande, y empujamos a otro al vacío. Una combinación irresistible.
Subí las escaleras como flotando en el aire, como si el aliento de mis compañeros me hiciera levitar hasta la boca del túnel. Empecé a sentir el olor de la gramilla húmeda, que suele confundirse, en ocasiones, con una marihuana mal curada. El rojo del estadio pasó a un carmesí intenso, mientras apurábamos el trote que nos dibujaría en el 4-3-1-2 que se veía desde las tribunas. A lo alto, en la tribuna que da la espalda a la Figueroa Alcorta, había un ramillete de hinchas aferrados a una ilusión cada vez más resbaladisa. Ni siquiera se los veía mover los brazos. Muchos permanecieron sentados, porque el mundo entero se les había vuelto demasiado pesado.
El partido recién se estaba armando cuando vi, como en muchos otros partidos, que Leonel empezaba una escalada por el andirivel izquierdo. Otra vez, la ansiedad me hizo dar un pase defectuoso que derivó en un saque de banda para ellos. Pero pareció que el nervisiosmo se fue también con el pase, ya que al instante de ser conectada por el defensor rival quedó en los pies de Gabriel, que me la dio con fuerza y rápido y no pude más que apoyar mi pie en el césped para que rebote la pelota. A Gabriel le pasó lo mismo, sólo que su error derivó en una habilitación genial para Juan, el bueno de Juan, el rápido Juan, el inalcanzable Juan. Apenas tuvo que acariciar el cuero ante la desesperación del arquero rival para ver cómo la pelota pasaba tranquila la línea de sentencia, y el Rojo bajaba unos peldaños más en la escalera del Nacional. La otrora bulliciosa tribuna Centenario parecía un fresco. No llegué a distinguir los rostros demudados de la parcialidad visitante, pero sabía que estaban quebrados.
Podría relatar la extraña sensación de saber que de aquel momento en adelante todo estaba sentenciado, y en esas cavilaciones perdí buena parte del partido. Ellos se venían, más por amor propio que por capacidad, y a nosotros nos alcanzaba con abroquelarnos en defensa para que no pasara un solo centro. De hecho, sucedió más o menos de esa manera.
Fue un centro a media altura, como esos a los que nos tenía acostumbrados justo a nosotros el bueno de Chiche, que Jony se encargó de extirpar y devolver con pelota redonda a mis pies. Yo venía de una excursión infructuosa en los metros finales de Independiente, así que todavía estaba recuperando el aire. Pero lo vi bien parado al tucumano y le entregué la caprichosa. Juan, otra vez Juan, se lanzó en velocidad para atravesar la defensa rival que se empezaba a improvisar desde la mitad de la cancha. El tucu no dudó mucho: con un talento delicioso, lanzó la bola unos sesenta metros para que Juan hiciera lo que más le gusta hacer: mostrarles su brillante dorsal número 15 a los rivales. El pase fue tan pero tan preciso que impulsó a mis piernas cansadas a lanzarse también en esa carrera. Juan llegó prácticamente a la raya del fondo, donde un Morel que tenía bastante de zoombie no sabía si saltarle a la yugular o correrse de la escena para que la culpa sea de otro. Juan le mostró la pelota y la escondió, la cambió para su pie izquierdo y en una suerte de golpe de billar, la devolvió hacia el punto penal. Yo venía tranquilo y aceleré la carrera. Vi otra vez la tribuna Centenario, completamente muda. Se me aparecieron también, y no sé por qué, los morros de Río de Janeiro. Pisé firme con mi pie izquierdo y abrí todo el arco de mi pie derecho, para darle con rosca y precisión al ángulo superior derecho del arquerito de Independiente que se tiró para no hacer vista, pero que nada podía hacer para detener mi disparo. Las redes se agitaron como el velo de una novia, hermosa, que está lista para ser entregada en el altar. Sentí alegría, furor, un leve cosquilleo en el estómago y una sensación inolvidable: ver la soberbia doblegarse ante el talento. A lo lejos, parado sobre el alambrado, vi a un hincha que miraba a esa misma tribuna y esperaba una devolución, mientras juntaba ambos brazos como sosteniendo un niño invisible, haciendo el ademán que hacen los padres para poner sus hijos a dormir. Volaron algunas butacas en su dirección pero el padre siguió sosteniendo a su hijo invisible, abrigado con el vacío de un otrora gran club que se arrastraba casi inerte sobre el césped del glorioso Monumental. Encerrado por una docena de brazos amigos, volví a mirar a Juan como Ramón me había pedido que lo mire. Soltamos una carcajada franca, deliciosa, de un entedimiento más allá del fútbol. Juan miró por primera vez a la tribuna Centenario, que parecía una flor deshojada por los hinchas que no paraban de arrojar las butacas hacia la parcialidad local. Otros, la gran mayoría, se desplomaron sobre sus asientos y llevaron sus manos a la cara. Para ellos empezaba un verdadero infierno que no tiene fecha de vencimiento. Otra vez el recuerdo me llevó a Río de Janeiro, cuando veía esas imágenes invertidas por la televisión. Evidentemente en aquel instante me fui de todos lados, porque Gabriel me zamarreó un poco más como si siguiera festejando el gol, pero me susurró al oído para conjurar de una vez por todas ese recuerdo amargo: "Les cabe por putos".
-Manu, sacate esos auriculares de mierda y prestame atención… empezá a meterte en lo que viene, que hoy la rompés… Juan ¡Juan!…. La puta que te parió Juan, vení acá que les quiero hablar a los dos- dijo mientras su mirada periférica controlaba que Emiliano no empilchara para opacarlo, si acaso eso fuera posible. Juan se acercó como corriendo, pero en verdad apenas si se había deslizado dos varillas en los bancos de madera. Así era Juan. A todo le ponía su velocidad.
Recuerdo haber pensado, "cómo quiero a éste hombre". Cuánto le estimo, que tanta admiración no me da vergüenza. Qué feo y qué fanfarrón es, y sin embargo, qué lejos ha llegado paseando su reticente humanidad por los cinco continentes. Su nariz de halcón detectaba una posibilidad de gol a kilómetros de distancia, y todo su cuerpo se sincronizaba para alcanzar el cuero y que éste, blandiera las redes contrarias. Sentí que ése mediodía me hablaba de una manera especial, inédita. Atesoré sus palabras como si se tratara de un incunable; tanto, que no puedo reproducirlas. Era especial para dar a cada uno lo suyo, y para que, una vez recibido el mensaje, uno se fuera contento en su egoísmo.
- Así que los dos se tienen que encontrar; vos lo tenés que buscar a él, que a patir de ahora le vas a tener más ganas que a tu novia. Y vos lo tenés que mirar siempre a los ojos, porque ese amor lo querés corresponder, porque vos querés que él vea en tus ojos que siempre lo vas a esperar- soltó, como si en efecto nosotros fuéramos dos amantes. Sin lograr comprenderlo del todo, ya sabía que tenía razón. El manto sagrado me cubría el pecho, y acaso podría decirse que la sangre que me sobrepasaba el corazón, dibujaba esa banda roja que me teñía el alma. El aroma a alcanfor de las cremas que se untaron en una veintena de cuádriceps me abrió las fosas nasales por completo. El rugir del estadio empezaba a bajar como una condena: "para ser campeón, hoy hay que ganar". No estoy muy seguro de poder alcanzar ese campeonato; los fríos de Rosario vienen pisando fuerte. Pero con ganar damos un paso grande, y empujamos a otro al vacío. Una combinación irresistible.
Subí las escaleras como flotando en el aire, como si el aliento de mis compañeros me hiciera levitar hasta la boca del túnel. Empecé a sentir el olor de la gramilla húmeda, que suele confundirse, en ocasiones, con una marihuana mal curada. El rojo del estadio pasó a un carmesí intenso, mientras apurábamos el trote que nos dibujaría en el 4-3-1-2 que se veía desde las tribunas. A lo alto, en la tribuna que da la espalda a la Figueroa Alcorta, había un ramillete de hinchas aferrados a una ilusión cada vez más resbaladisa. Ni siquiera se los veía mover los brazos. Muchos permanecieron sentados, porque el mundo entero se les había vuelto demasiado pesado.
El partido recién se estaba armando cuando vi, como en muchos otros partidos, que Leonel empezaba una escalada por el andirivel izquierdo. Otra vez, la ansiedad me hizo dar un pase defectuoso que derivó en un saque de banda para ellos. Pero pareció que el nervisiosmo se fue también con el pase, ya que al instante de ser conectada por el defensor rival quedó en los pies de Gabriel, que me la dio con fuerza y rápido y no pude más que apoyar mi pie en el césped para que rebote la pelota. A Gabriel le pasó lo mismo, sólo que su error derivó en una habilitación genial para Juan, el bueno de Juan, el rápido Juan, el inalcanzable Juan. Apenas tuvo que acariciar el cuero ante la desesperación del arquero rival para ver cómo la pelota pasaba tranquila la línea de sentencia, y el Rojo bajaba unos peldaños más en la escalera del Nacional. La otrora bulliciosa tribuna Centenario parecía un fresco. No llegué a distinguir los rostros demudados de la parcialidad visitante, pero sabía que estaban quebrados.
Podría relatar la extraña sensación de saber que de aquel momento en adelante todo estaba sentenciado, y en esas cavilaciones perdí buena parte del partido. Ellos se venían, más por amor propio que por capacidad, y a nosotros nos alcanzaba con abroquelarnos en defensa para que no pasara un solo centro. De hecho, sucedió más o menos de esa manera.
Fue un centro a media altura, como esos a los que nos tenía acostumbrados justo a nosotros el bueno de Chiche, que Jony se encargó de extirpar y devolver con pelota redonda a mis pies. Yo venía de una excursión infructuosa en los metros finales de Independiente, así que todavía estaba recuperando el aire. Pero lo vi bien parado al tucumano y le entregué la caprichosa. Juan, otra vez Juan, se lanzó en velocidad para atravesar la defensa rival que se empezaba a improvisar desde la mitad de la cancha. El tucu no dudó mucho: con un talento delicioso, lanzó la bola unos sesenta metros para que Juan hiciera lo que más le gusta hacer: mostrarles su brillante dorsal número 15 a los rivales. El pase fue tan pero tan preciso que impulsó a mis piernas cansadas a lanzarse también en esa carrera. Juan llegó prácticamente a la raya del fondo, donde un Morel que tenía bastante de zoombie no sabía si saltarle a la yugular o correrse de la escena para que la culpa sea de otro. Juan le mostró la pelota y la escondió, la cambió para su pie izquierdo y en una suerte de golpe de billar, la devolvió hacia el punto penal. Yo venía tranquilo y aceleré la carrera. Vi otra vez la tribuna Centenario, completamente muda. Se me aparecieron también, y no sé por qué, los morros de Río de Janeiro. Pisé firme con mi pie izquierdo y abrí todo el arco de mi pie derecho, para darle con rosca y precisión al ángulo superior derecho del arquerito de Independiente que se tiró para no hacer vista, pero que nada podía hacer para detener mi disparo. Las redes se agitaron como el velo de una novia, hermosa, que está lista para ser entregada en el altar. Sentí alegría, furor, un leve cosquilleo en el estómago y una sensación inolvidable: ver la soberbia doblegarse ante el talento. A lo lejos, parado sobre el alambrado, vi a un hincha que miraba a esa misma tribuna y esperaba una devolución, mientras juntaba ambos brazos como sosteniendo un niño invisible, haciendo el ademán que hacen los padres para poner sus hijos a dormir. Volaron algunas butacas en su dirección pero el padre siguió sosteniendo a su hijo invisible, abrigado con el vacío de un otrora gran club que se arrastraba casi inerte sobre el césped del glorioso Monumental. Encerrado por una docena de brazos amigos, volví a mirar a Juan como Ramón me había pedido que lo mire. Soltamos una carcajada franca, deliciosa, de un entedimiento más allá del fútbol. Juan miró por primera vez a la tribuna Centenario, que parecía una flor deshojada por los hinchas que no paraban de arrojar las butacas hacia la parcialidad local. Otros, la gran mayoría, se desplomaron sobre sus asientos y llevaron sus manos a la cara. Para ellos empezaba un verdadero infierno que no tiene fecha de vencimiento. Otra vez el recuerdo me llevó a Río de Janeiro, cuando veía esas imágenes invertidas por la televisión. Evidentemente en aquel instante me fui de todos lados, porque Gabriel me zamarreó un poco más como si siguiera festejando el gol, pero me susurró al oído para conjurar de una vez por todas ese recuerdo amargo: "Les cabe por putos".
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