El día
que su novia comenzó a usar lentes de contacto las cosas comenzaron a cambiar
entre ellos. Al poco tiempo de usarlos por primera vez, dejó de ser la chica
callada que se ocultaba detrás de unos lentes de vidrio ancho y que evitaba
toda conversación.
Esa
vitalidad que sólo se encuentra en los primeros meses de relación volvió a
crecer en ambos. Ella empezó a pasar menos tiempo en frente de la computadora, habia
noches en las que incluso lo agasajaba con una cena impecable. Él la observaba
extrañado, le gustaba esta nueva versión de su novia. Se sorprendió cuando, por
sugerencia de ella, los fines de semana pasaron de estar en frente al televisor
mirando una película a comenzar a salir a bailar.
Sorpresivamente
ella bailaba en el medio de la pista como si nada le importase. Se le acercaba,
arqueaba, apoyaba los brazos en sus hombros mientras agitaba su cabeza, luego
sonreía mirándolo con su nueva mirada. Él, confuso, seguía su juego y la tomaba
de la cintura mientras ambos se balanceaban de un lado a otro. Él sabía que su
forma de bailar invitaba a la mirada de otros. Incluso cuando se alejó en
dirección a la barra veía como ella los rechazaba cuando intentaban acercarse a
hablarle. Comenzó a sentirse envidiado, "pueden desearla pero está
conmigo" pensaba.
Al cabo
de días, empezaron a aparecer nuevas personas en la vida de ella. Personas que
él no conocía. Nuevos amigos con los que ella podía pasar horas hablando por
teléfono mientras él fingía desinterés. Pero lo que más le molestaba era la
risa tímida que ocasionalmente esbozaba en la conversación mientras acomodaba
su pelo detrás de la oreja. ¿Qué le estarán diciendo? Pensaba. Seguro alguna
propuesta romántica hecha por alguien más fachero que él. Sin embargo todas
estas dudas se iban cuando ella le contaba la conversación. "¿Te pusiste
celoso?" le preguntaba, él lo negaba utilizando la cara de póker que suele
poner cuando no quiere mostrar sus sentimientos.
Ese fin
de semana volvieron a salir. Nuevamente ella lo observaba fijo con la mirada
encendida, como hipnotizándolo. Sentía que podía dejarla sola, que bailar era
un acto que correspondía sólo a ella. Se curvaba fuertemente, más encendida que la vez
anterior, tanto que a él le costaba seguirle el ritmo. Pese a la mirada de
otros, decidió ir a la barra a probar si con alcohol quizás sus pies logren
igualarla.
Ya con
los tragos en la mano se quedó entretenido observando como alguien se acercaba
a hablarle. Estaba seguro que ella lo ignoraría nuevamente, pero esta vez no fue
así. Tomó un trago del vaso al observarla sonreír mientras le hablaban al oído.
Rápidamente comenzó a caminar en dirección a ellos levantando los vasos entre
la gente mientras observaba como le agarraban la cintura al hablarle. Apenas
los alcanzó, intentó imponerse parándose en medio de ambos. "Está
conmigo" dijo mirando fijo al sujeto, que retrocedió rápidamente.
La
confianza de ella no se detuvo sino que continuó aumentando. Comenzó a salir a
correr por las mañanas para bajar esos kilos de más que le molestaban. Él,
inseguro ante el hecho de que la nueva figura de ella atraiga más pretendientes,
insistía en que no le hacía falta, que estaba bien en su cuerpo, pero ella no
lo escuchaba. Corría durante más de una hora mientras él intentaba evadir su
enojo centrándose en el trabajo.
Volvieron
a salir de noche, sólo que esta vez él pasó más tiempo en la barra
emborrachándose intentando llamar la atención mientras ella hablaba entretenida
con otros.
La brecha
entre ambos comenzó a crecer. Buscando gestos de ella, comenzó a dedicar más
tiempo al trabajo mientras se refugiaba cada vez más en el silencio. Ella sabía
que algo le molestaba pero al preguntarle él lo negaba.
Decidió
no salir más con ella de noche, apelando al cansancio o al trabajo para evitar
decir la verdadera razón. Ella no dudaba en salir. Celoso, la observaba con las
manos en los bolsillos mientras ella estrenaba nuevo guardarropas, el cual se
ajustaba perfectamente a su nuevo cuerpo. Para él, todo le quedaba muy corto o
demasiado ajustado, sugería demasiado su silueta. Ella fingía ignorarlo.
Probaba su ropa nueva mientras se miraba de perfil al espejo.
Fueron
varias las noches de insomnio en las que él iba al baño y se encontraba cara a
cara con aquellos cristales flexibles del mal. Como dos viejos rivales, ambos
se observaban. Él los tomaba entre sus dedos mientras coqueteaba con la idea de
que al romperlos, todo el mal que ellos contienen se disiparía y
automáticamente su novia volvería a ser la chica gordita y retraída de la que
se había enamorado. Pero inmediatamente los dejaba, sabía que después de ellos
vendrían otros lentes que generarían el mismo mal, destruirlos sólo es atrasar
un final anunciado.
La última
noche juntos, él decidió salir una vez más con ella. Se limitó a observarla
desde la barra, tomando de a grandes sorbos de su trago mientras ella bailaba
en medio de la pista al ritmo de la música. Parecía que las luces del lugar sólo
se dirigían a ella. Sonriente, agitaba su cabeza para correrse el pelo de la
cara y levantaba los brazos entre las luces intermitentes. Era el centro de
atención, opacaba a cualquiera que intentase igualarla.
A lo
lejos, él la observaba mientras vaciaba su vaso. Ella ya no necesitaba bailar
con él sino que era feliz entre las luces del centro de la pista, un lugar en
el cual los perdedores en la barra sólo se pueden limitar a observar atontados
la sonrisa en los demás. Comprendió que ella era feliz bailando con otros que
le tomen la cintura y le hablen al oído. Feliz como nunca fué con él.
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