sábado, 25 de mayo de 2013

Ella baila con desconocidos


El día que su novia comenzó a usar lentes de contacto las cosas comenzaron a cambiar entre ellos. Al poco tiempo de usarlos por primera vez, dejó de ser la chica callada que se ocultaba detrás de unos lentes de vidrio ancho y que evitaba toda conversación. 
Esa vitalidad que sólo se encuentra en los primeros meses de relación volvió a crecer en ambos. Ella empezó a pasar menos tiempo en frente de la computadora, habia noches en las que incluso lo agasajaba con una cena impecable. Él la observaba extrañado, le gustaba esta nueva versión de su novia. Se sorprendió cuando, por sugerencia de ella, los fines de semana pasaron de estar en frente al televisor mirando una película a comenzar a salir a bailar.
Sorpresivamente ella bailaba en el medio de la pista como si nada le importase. Se le acercaba, arqueaba, apoyaba los brazos en sus hombros mientras agitaba su cabeza, luego sonreía mirándolo con su nueva mirada. Él, confuso, seguía su juego y la tomaba de la cintura mientras ambos se balanceaban de un lado a otro. Él sabía que su forma de bailar invitaba a la mirada de otros. Incluso cuando se alejó en dirección a la barra veía como ella los rechazaba cuando intentaban acercarse a hablarle. Comenzó a sentirse envidiado, "pueden desearla pero está conmigo" pensaba.
Al cabo de días, empezaron a aparecer nuevas personas en la vida de ella. Personas que él no conocía. Nuevos amigos con los que ella podía pasar horas hablando por teléfono mientras él fingía desinterés. Pero lo que más le molestaba era la risa tímida que ocasionalmente esbozaba en la conversación mientras acomodaba su pelo detrás de la oreja. ¿Qué le estarán diciendo? Pensaba. Seguro alguna propuesta romántica hecha por alguien más fachero que él. Sin embargo todas estas dudas se iban cuando ella le contaba la conversación. "¿Te pusiste celoso?" le preguntaba, él lo negaba utilizando la cara de póker que suele poner cuando no quiere mostrar sus sentimientos.
Ese fin de semana volvieron a salir. Nuevamente ella lo observaba fijo con la mirada encendida, como hipnotizándolo. Sentía que podía dejarla sola, que bailar era un acto que correspondía sólo a ella. Se curvaba  fuertemente, más encendida que la vez anterior, tanto que a él le costaba seguirle el ritmo. Pese a la mirada de otros, decidió ir a la barra a probar si con alcohol quizás sus pies logren igualarla.
Ya con los tragos en la mano se quedó entretenido observando como alguien se acercaba a hablarle. Estaba seguro que ella lo ignoraría nuevamente, pero esta vez no fue así. Tomó un trago del vaso al observarla sonreír mientras le hablaban al oído. Rápidamente comenzó a caminar en dirección a ellos levantando los vasos entre la gente mientras observaba como le agarraban la cintura al hablarle. Apenas los alcanzó, intentó imponerse parándose en medio de ambos. "Está conmigo" dijo mirando fijo al sujeto, que retrocedió rápidamente. 
La confianza de ella no se detuvo sino que continuó aumentando. Comenzó a salir a correr por las mañanas para bajar esos kilos de más que le molestaban. Él, inseguro ante el hecho de que la nueva figura de ella atraiga más pretendientes, insistía en que no le hacía falta, que estaba bien en su cuerpo, pero ella no lo escuchaba. Corría durante más de una hora mientras él intentaba evadir su enojo centrándose en el trabajo.
Volvieron a salir de noche, sólo que esta vez él pasó más tiempo en la barra emborrachándose intentando llamar la atención mientras ella hablaba entretenida con otros.
La brecha entre ambos comenzó a crecer. Buscando gestos de ella, comenzó a dedicar más tiempo al trabajo mientras se refugiaba cada vez más en el silencio. Ella sabía que algo le molestaba pero al preguntarle él lo negaba.
Decidió no salir más con ella de noche, apelando al cansancio o al trabajo para evitar decir la verdadera razón. Ella no dudaba en salir. Celoso, la observaba con las manos en los bolsillos mientras ella estrenaba nuevo guardarropas, el cual se ajustaba perfectamente a su nuevo cuerpo. Para él, todo le quedaba muy corto o demasiado ajustado, sugería demasiado su silueta. Ella fingía ignorarlo. Probaba su ropa nueva mientras se miraba de perfil al espejo.
Fueron varias las noches de insomnio en las que él iba al baño y se encontraba cara a cara con aquellos cristales flexibles del mal. Como dos viejos rivales, ambos se observaban. Él los tomaba entre sus dedos mientras coqueteaba con la idea de que al romperlos, todo el mal que ellos contienen se disiparía y automáticamente su novia volvería a ser la chica gordita y retraída de la que se había enamorado. Pero inmediatamente los dejaba, sabía que después de ellos vendrían otros lentes que generarían el mismo mal, destruirlos sólo es atrasar un final anunciado.
La última noche juntos, él decidió salir una vez más con ella. Se limitó a observarla desde la barra, tomando de a grandes sorbos de su trago mientras ella bailaba en medio de la pista al ritmo de la música. Parecía que las luces del lugar sólo se dirigían a ella. Sonriente, agitaba su cabeza para correrse el pelo de la cara y levantaba los brazos entre las luces intermitentes. Era el centro de atención, opacaba a cualquiera que intentase igualarla.
A lo lejos, él la observaba mientras vaciaba su vaso. Ella ya no necesitaba bailar con él sino que era feliz entre las luces del centro de la pista, un lugar en el cual los perdedores en la barra sólo se pueden limitar a observar atontados la sonrisa en los demás. Comprendió que ella era feliz bailando con otros que le tomen la cintura y le hablen al oído. Feliz como nunca fué con él.


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