lunes, 6 de mayo de 2013

Por suerte el viaje era largo


Un fin de semana de bióloga

Antes de salir de casa, le puse una aspirina a las flores, y me tomé una yo. Sabía que iba a enfrentar un fin de semana agotador. Apenas llegué a Ezeiza, este hombre, que se llama Ramiro, me hizo señas demasiado ampulosas, y entendí todo. Al acercarme, me acuerdo que le dije, qué mala soy a veces…: “Hola, qué tal. Te cuento que saludando así, sos re gay. Yo puedo pasar por la novia de alguien, pero no de uno que salude así, sorry”. Él se quedó mudo. Igual, me la cobró a la crítica, porque no sabés la cantidad de cosas que tuve que memorizar durante el vuelo. Por suerte, el viaje era largo, que si no… Resulta que un familiar suyo, un primo que vive en Brasil, se casaba, y logró reunir a toda la familia. Se nota que el novio era muy querido, o tenía mucha plata y regaló pasajes, o ambas cosas, no sé. La cuestión es que este hombre que me contrató, Ramiro, todavía no se anima a informarles a sus parientes cuáles son sus preferencias sexuales, y no tuvo mejor idea que llamar a la agencia para alquilar una… vida hetero, más o menos. Lo primero que me dijo fue: “Esta vez es la primera y la última, te juro. Da mucho trabajo mentir, y estoy harto. La próxima, blanqueo todo”. “¿La próxima vez que se case un primo?, ¿qué próxima vez?”, le pregunté. No te rías… Sí, sí, ya sé… estuve bruta ahí. Pero no metí más la pata después, porque pagaba muy bien, y no quería perder el laburo. Lo malo es que no pude disfrutar ni media hora de la playa, porque fuimos a la capital de San Pablo y porque, encima, ya te dije, me hizo aprender un montón de cosas. Casi no tuve tiempo ni de dormir. Me creó un súper personaje de Mujer Maravilla, de lo más inverosímil, pero él se quedó re conforme. Yo, honestamente, pienso que nadie le creyó ni medio, pero bueh… problema suyo. El vuelo tenía escala en Asunción, Paraguay, así que tardamos en llegar siete u ocho horas. Pará, pará, que te sigo contando… Casi no me alcanzaron. ¿No te dije que hasta tuve que estudiar en el hotel, antes de la ceremonia? Hasta último momento. Y además, cada tanto, ¡me tomaba examen! ¿podés creer…? Por ahí, me veía distraída, con una caipirinha en la barra, y se me acercaba sólo para preguntarme, y chequear, algún dato que se suponía tenía que recontra saber. Resulta que yo me llamaba Cecilia Mendizábal, porque ni siquiera el nombre me dejó elegir, y era ¡bióloga! No pudo haber elegido una profesión más complicada de actuar… No te rías, no sabés la cara que le puse cuando me lo dijo en el aeropuerto. “¿¡Bióloga!? ¿en serio? ¿No querés mejor astronauta, o ministra de economía de Alemania?”. No entendí, realmente, por qué se le ocurrió justo eso. Según su explicación, era mejor que fuera algo así, de lo que nadie en su familia entiende mucho, que una profesión más común, como abogada o médica, porque ahí sí, seguro me matarían a preguntas. ¿Y dónde trabajás? ¿Conocés a Fulano o a Mengano..?  Lo que yo le retruqué es que podría tener cualquier otro trabajo, no una profesión de las clásicas. Podía ser peluquera, por ejemplo. O atender un kiosco. “¡Nooo!”, me dijo con ojos de loco, como si le hubiera sugerido ser ladrona de bancos. “Mi novia seguro fue a la universidad”. “Tu novia seguro tiene pito, pensaba yo, y sin embargo, acá estamos… En un avión rumbo a San Pablo, donde no hay playa, leyendo machetitos”. Porque ¡me hizo machetes! Entre otras cosas, afinidades, digamos, yo amaba la ópera. No te rías, pará que te cuento…. Sí, justo yo, ópera. Las galletitas Ópera conozco nada más. Lo frené en seco: “Te aclaro que nunca en mi vida fui a ver una ópera. ¿No podemos cambiar el género? Quizás por…. cumbia. O rock. O salsa. O romántico. Prefiero el tango, mirá. ¡Cualquier otro por el amor de Dios! Pero no ópera”. Él, inconmovible, insistió, dale que dale, con que a mí me tenía que gustar ver gordas cantando arriba de un escenario con cortinas rojas. Me quería morir, pero como ya había arrancado el vuelo, muchas opciones no tenía. “No te preocupes, acá te tengo unas listitas, con nombres y datos, y te las aprendés en una hora”. Hace mil años que yo no estudio nada, por lo menos, quince. Pero ahí estaba, sentadita en el avión, con la mesita de comer abierta, llena de papeles, prolijamente abrochados, con nombres de óperas famosas y una breve descripción de sus argumentos. Te digo una cosa… al final, volví más sabia. Y un poco más rica también. Por suerte, no dijo nada de mi vestuario. Yo temblaba con ese tema. “Me llega a pedir que me calce un tailleur beige, y me intoxico de aburrimiento”, pensaba. Como sabés, soy alérgica al color beige y a los pantalones pinzados, jajaja. Confirmado por análisis de laboratorio. Pero, por suerte, no tuvo objeciones sobre la ropa que llevé. Ahí la pegué. Para la fiesta, me puse un vestido bastante sexy, y creo que a él le gustó que fuera así, para reforzar su imagen de macho. Igual, pobre, me despertó un poco de compasión, al final. En el viaje de vuelta, estuvimos hablando mucho sobre sus sentimientos, y sobre sus planes. Le hice un poco de terapia también, pero eso no se lo cobré, ja. Era un buen pibe, pero muy miedoso. Una lástima. Porque, encima, besaba lindo. 

María Silvana Méndez
2013

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