Un fin de semana de bióloga
Antes de salir de casa, le puse una aspirina a las
flores, y me tomé una yo. Sabía que iba a enfrentar un fin de semana agotador.
Apenas llegué a Ezeiza, este hombre, que se llama Ramiro, me hizo señas
demasiado ampulosas, y entendí todo. Al acercarme, me acuerdo que le dije, qué
mala soy a veces…: “Hola, qué tal. Te cuento que saludando así, sos re gay. Yo
puedo pasar por la novia de alguien, pero no de uno que salude así, sorry”. Él
se quedó mudo. Igual, me la cobró a la crítica, porque no sabés la cantidad de
cosas que tuve que memorizar durante el vuelo. Por suerte, el viaje era largo,
que si no… Resulta que un familiar suyo, un primo que vive en Brasil, se
casaba, y logró reunir a toda la familia. Se nota que el novio era muy querido,
o tenía mucha plata y regaló pasajes, o ambas cosas, no sé. La cuestión es que
este hombre que me contrató, Ramiro, todavía no se anima a informarles a sus
parientes cuáles son sus preferencias sexuales, y no tuvo mejor idea que llamar
a la agencia para alquilar una… vida hetero, más o menos. Lo primero que me
dijo fue: “Esta vez es la primera y la última, te juro. Da mucho trabajo mentir,
y estoy harto. La próxima, blanqueo todo”. “¿La próxima vez que se case un
primo?, ¿qué próxima vez?”, le pregunté. No te rías… Sí, sí, ya sé… estuve
bruta ahí. Pero no metí más la pata después, porque pagaba muy bien, y no
quería perder el laburo. Lo malo es que no pude disfrutar ni media hora de la
playa, porque fuimos a la capital de San Pablo y porque, encima, ya te dije, me
hizo aprender un montón de cosas. Casi no tuve tiempo ni de dormir. Me creó un
súper personaje de Mujer Maravilla, de lo más inverosímil, pero él se quedó re
conforme. Yo, honestamente, pienso que nadie le creyó ni medio, pero bueh…
problema suyo. El vuelo tenía escala en Asunción, Paraguay, así que tardamos en
llegar siete u ocho horas. Pará, pará, que te sigo contando… Casi no me
alcanzaron. ¿No te dije que hasta tuve que estudiar en el hotel, antes de la
ceremonia? Hasta último momento. Y además, cada tanto, ¡me tomaba examen!
¿podés creer…? Por ahí, me veía distraída, con una caipirinha en la barra, y se
me acercaba sólo para preguntarme, y chequear, algún dato que se suponía tenía
que recontra saber. Resulta que yo me llamaba Cecilia Mendizábal, porque ni
siquiera el nombre me dejó elegir, y era ¡bióloga! No pudo haber elegido una
profesión más complicada de actuar… No te rías, no sabés la cara que le puse
cuando me lo dijo en el aeropuerto. “¿¡Bióloga!? ¿en serio? ¿No querés mejor
astronauta, o ministra de economía de Alemania?”. No entendí, realmente, por
qué se le ocurrió justo eso. Según su explicación, era mejor que fuera algo
así, de lo que nadie en su familia entiende mucho, que una profesión más común,
como abogada o médica, porque ahí sí, seguro me matarían a preguntas. ¿Y dónde
trabajás? ¿Conocés a Fulano o a Mengano..?
Lo que yo le retruqué es que podría tener cualquier otro trabajo, no una
profesión de las clásicas. Podía ser peluquera, por ejemplo. O atender un
kiosco. “¡Nooo!”, me dijo con ojos de loco, como si le hubiera sugerido ser
ladrona de bancos. “Mi novia seguro fue a la universidad”. “Tu novia seguro
tiene pito, pensaba yo, y sin embargo, acá estamos… En un avión rumbo a San
Pablo, donde no hay playa, leyendo machetitos”. Porque ¡me hizo machetes! Entre
otras cosas, afinidades, digamos, yo amaba la ópera. No te rías, pará que te
cuento…. Sí, justo yo, ópera. Las galletitas Ópera conozco nada más. Lo frené
en seco: “Te aclaro que nunca en mi vida fui a ver una ópera. ¿No podemos
cambiar el género? Quizás por…. cumbia. O rock. O salsa. O romántico. Prefiero
el tango, mirá. ¡Cualquier otro por el amor de Dios! Pero no ópera”. Él, inconmovible,
insistió, dale que dale, con que a mí me tenía que gustar ver gordas cantando
arriba de un escenario con cortinas rojas. Me quería morir, pero como ya había
arrancado el vuelo, muchas opciones no tenía. “No te preocupes, acá te tengo unas
listitas, con nombres y datos, y te las aprendés en una hora”. Hace mil años
que yo no estudio nada, por lo menos, quince. Pero ahí estaba, sentadita en el
avión, con la mesita de comer abierta, llena de papeles, prolijamente
abrochados, con nombres de óperas famosas y una breve descripción de sus
argumentos. Te digo una cosa… al final, volví más sabia. Y un poco más rica
también. Por suerte, no dijo nada de mi vestuario. Yo temblaba con ese tema.
“Me llega a pedir que me calce un tailleur beige, y me intoxico de aburrimiento”,
pensaba. Como sabés, soy alérgica al color beige y a los pantalones pinzados,
jajaja. Confirmado por análisis de laboratorio. Pero, por suerte, no tuvo
objeciones sobre la ropa que llevé. Ahí la pegué. Para la fiesta, me puse un
vestido bastante sexy, y creo que a él le gustó que fuera así, para reforzar su
imagen de macho. Igual, pobre, me despertó un poco de compasión, al final. En
el viaje de vuelta, estuvimos hablando mucho sobre sus sentimientos, y sobre sus
planes. Le hice un poco de terapia también, pero eso no se lo cobré, ja. Era un
buen pibe, pero muy miedoso. Una lástima. Porque, encima, besaba lindo.
María Silvana Méndez
2013
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