Fermín tenía
preferencia por las películas con persecuciones. Esto me lo enteré un tiempo
después. Cuando nos hicimos amigos.
Una noche, después de guardar su bicicleta, se sacó el casco y
me dijo, “Hasta mañana Héctor…” Pero cuando vio que yo estaba mirando una
película en la garita, se acercó y se quedó mirando un rato.
"¿Puedo?". Me preguntó. Le dije que claro que podía pero que ya
estaba terminando. Era una película conocida que pasaban por cable bastante
seguido. Fermín la conocía de memoria. Muy por lo bajo, con su timidez que
tanto lo caracterizaba, balbuceó los diálogos de los personajes, los sabía con
una precisión que impresionaba, él los tenía impresos en realidad, lo tenía
todo en su cabeza. Estaba parado atrás mío. La película terminaba y nuestro
primer encuentro también.
Mi horario de trabajo empezaba a las siete de la tarde y terminaba a las tres de la mañana cuando llegaba Víctor y ocupaba mi lugar. El estacionamiento estaba ubicado en Suipacha y Santa Fé, en las puertas del centro de Buenos Aires. El primer tren que iba para el lado de mi casa, en Merlo, salía a las cinco de la mañana. Así que tenía que hacer dos horitas de tiempo. Por lo general me tomaba un café y comía un pebete en la estación y esperaba a que se haga el horario. Cuando llegaba a casa desayunaba con las nenas y me iba a dormir. Fermín solía llegar siempre alrededor de las diez de la noche a guardar su bicicleta, pagaba por guardarla ahí el diez por ciento de lo que pagaba un auto. Yo trabajaba ahí hacía cuatro o cinco años. Y siempre me había entretenido pensando qué sería de la vida de cada cliente, a dónde iba, de dónde venía. Pero la pregunta que le haría a Fermín, si llegase a darse algún tipo de conversación sería preguntarle dónde y de qué trabajaba. Me había intrigado siempre. Llegar a las diez de la noche y en bicicleta era extraño para un trabajo de oficina normal. Tendría unos veinticuatro años Fermín y era tímido, era muy tímido.
Nuestro segundo encuentro fue dos noches después. A eso de las nueve enganché una película italiana sobre una familia que quedaba pobre y debía mudarse de pueblo. Fermín se adelantó y llegó diez menos cuarto. Me saludó y se acercó. Me dijo el nombre de la película. Me lo dijo en italiano, así que no entendí bien. Le pregunté si quería sentarse y me dijo que no, que ya se iba. Atrás mío otra vez se escuchaban los diálogos en perfecta sincronización con los verdaderos. No podía entender. De ansiedad gasté mi pregunta y le dije cualquier cosa. Creo que le pregunté la hora o si hacía frío o alguna pregunta sin sentido. Sin sentido para mí que lo único que quería era más información de él. Y no del afuera. Quince minutos antes de que la película terminase le sonó el celular, lo miró y no atendió. Eso llamó mi atención. ¿Por qué no había atendido? ¿Para no interrumpir nuestro encuentro? Cuando la película terminó, me dijo hasta mañana y se fue.
Las semanas que siguieron nos seguimos encontrando. Siempre con películas de por medio. La confianza avanzaba con lentitud pero ya se percibía cierta mecánica entre nosotros dos. Un día compré unos chocolates para que compartamos durante la película. La próxima vez, él trajo helado. Nuestros encuentros se habían vuelto necesarios para los dos, o, al menos para mí. Casi que charla no había. El llegaba, la película estaba empezada, la sabía de memoria, me contaba alguna cosa sobre la realización, comíamos o tomábamos algo, la película terminaba y se iba. Cada vez que me decía "hasta mañana” me angustiaba pensar que tenía que esperar hasta la próxima noche para volver a verlo.
Mi horario de trabajo empezaba a las siete de la tarde y terminaba a las tres de la mañana cuando llegaba Víctor y ocupaba mi lugar. El estacionamiento estaba ubicado en Suipacha y Santa Fé, en las puertas del centro de Buenos Aires. El primer tren que iba para el lado de mi casa, en Merlo, salía a las cinco de la mañana. Así que tenía que hacer dos horitas de tiempo. Por lo general me tomaba un café y comía un pebete en la estación y esperaba a que se haga el horario. Cuando llegaba a casa desayunaba con las nenas y me iba a dormir. Fermín solía llegar siempre alrededor de las diez de la noche a guardar su bicicleta, pagaba por guardarla ahí el diez por ciento de lo que pagaba un auto. Yo trabajaba ahí hacía cuatro o cinco años. Y siempre me había entretenido pensando qué sería de la vida de cada cliente, a dónde iba, de dónde venía. Pero la pregunta que le haría a Fermín, si llegase a darse algún tipo de conversación sería preguntarle dónde y de qué trabajaba. Me había intrigado siempre. Llegar a las diez de la noche y en bicicleta era extraño para un trabajo de oficina normal. Tendría unos veinticuatro años Fermín y era tímido, era muy tímido.
Nuestro segundo encuentro fue dos noches después. A eso de las nueve enganché una película italiana sobre una familia que quedaba pobre y debía mudarse de pueblo. Fermín se adelantó y llegó diez menos cuarto. Me saludó y se acercó. Me dijo el nombre de la película. Me lo dijo en italiano, así que no entendí bien. Le pregunté si quería sentarse y me dijo que no, que ya se iba. Atrás mío otra vez se escuchaban los diálogos en perfecta sincronización con los verdaderos. No podía entender. De ansiedad gasté mi pregunta y le dije cualquier cosa. Creo que le pregunté la hora o si hacía frío o alguna pregunta sin sentido. Sin sentido para mí que lo único que quería era más información de él. Y no del afuera. Quince minutos antes de que la película terminase le sonó el celular, lo miró y no atendió. Eso llamó mi atención. ¿Por qué no había atendido? ¿Para no interrumpir nuestro encuentro? Cuando la película terminó, me dijo hasta mañana y se fue.
Las semanas que siguieron nos seguimos encontrando. Siempre con películas de por medio. La confianza avanzaba con lentitud pero ya se percibía cierta mecánica entre nosotros dos. Un día compré unos chocolates para que compartamos durante la película. La próxima vez, él trajo helado. Nuestros encuentros se habían vuelto necesarios para los dos, o, al menos para mí. Casi que charla no había. El llegaba, la película estaba empezada, la sabía de memoria, me contaba alguna cosa sobre la realización, comíamos o tomábamos algo, la película terminaba y se iba. Cada vez que me decía "hasta mañana” me angustiaba pensar que tenía que esperar hasta la próxima noche para volver a verlo.
Una noche, después de un drama francés sobre una violinista y su
profesor, lo seguí dos cuadras. Fermín caminaba pausado, con tranquilidad
quiero decir, transmitía eso, tranquilidad. Paró en un quiosco. No pude ver qué
compraba, pero creo que fueron cigarrillos porque después prendió uno. Me
sorprendió. No creía que fumaba. Nunca lo había visto fumando. Yo también
fumaba pero como él no lo había hecho nunca adelante mío, tampoco lo hice. Por
respeto. Decidí volver al garaje, estaba arriesgando mi trabajo, el dueño de la
panchería de al lado podía contarle a mi jefe, eran amigos. Además también tenía
miedo que me vea él. No quería arruinar lo que habíamos formado. Pensé
estrategias para que nuestros encuentros fueran más largos, para que Fermín se
sintiese cómodo conmigo. La primera sería prender un cigarrillo para poder
fumar juntos. No hay cigarrillo más lindo que el compartido. La segunda buscar
una película que llegase a medianoche. Sin duda nuestra relación estaba
avanzando.
La noche que siguió era Viernes. Compré vino, empanadas y
cigarrillos y lo esperé. Cuando llegó, en la tele, en el canal que estaba la
tele, estaban pasando los créditos de una película. Eso era bueno, era una muy
buena noticia. Empezaba una película y además íbamos a compartir la cena. Y los
cigarrillos. Fermín se sentó en el banquito. La garita era muy chiquitita,
apenas entrábamos los dos. Abrí el atado y le ofrecí uno. “No, gracias. No
fumo” me contestó. Me quedé sorprendido con la respuesta. ¿Quién era el chico
que la noche anterior fumaba apenas algunos metros adelante mío? Pero no podía
decir nada, no podía evidenciar que lo había seguido.
Empezó la película. No dijo los diálogos. Cuando una le gustaba
mucho no los decía, se los guardaba todos para adentro, para disfrutarla
todavía más. La película se trataba de un grupo de detectives que tenía que
encontrar al verdadero culpable de un robo. Había muchos tiros, bombas y
explosiones. Y había, especialmente, persecuciones. De las que le gustaban a Fermín
que en ese momento me miró y, creo yo, fue la primera vez que me dijo
algo. Me preguntó cuántos autos entraban en el garaje. Le dije que fácilmente
setenta. Asintió y no dijo nada. Miró para atrás, miró para los costados. Sacó
un cuaderno y anotó. Estábamos en la propaganda. Con aire tímido y escupiendo
la palabra le pregunté “¿Por qué?”. No me entendió. Tosí y le volví a
preguntar. “¿Por qué?”. Me contó que estaba escribiendo una película, una con
persecuciones en estacionamientos. Y que necesitaba hacer cálculos. Le ofrecí
mi ayuda para lo que necesite.
Esa noche soñé que yo corría a un hombre al cual nunca podía
terminar de verle la cara. Pero tenía que atraparlo. El hombre se subía a una
moto, yo a otra y lo seguía por un campo. Me tocó bocina, timbre, en realidad,
cuando entró al garaje la noche siguiente. Era un timbre de esos que parecen un
yoyó, de metal, antiguos, que tenés que mover una palanquita y suenan. Estela
le había puesto uno muy parecido a las bicis de las nenas.
Ese hecho, el del timbre, hizo darme cuenta que definitivamente
habíamos ganado confianza suficiente. Suficiente no sé para qué. Pero nos
queríamos ya mucho. No había ni chocolates, ni vino, ni mate ésa noche. No
había plan. No había tele. Yo la había sacado. Quería saber si podíamos
acercarnos sin un tercero. Le mentí, le dije que el dueño del garaje la había
prestado por un tiempo y la quería de vuelta. Fermín se sorprendió. Pedimos una
pizza y brindamos, tampoco sé por qué.
Había llegado el frío. Hacía cuatro días que no veía a Fermín,
me habían dado reposo por fiebres altas y vómitos. El Jueves me reincorporé al
garaje. A las doce de la noche entró una moto con dos personas al
estacionamiento. Como tenían casco no pude verles la cara. El de adelante era
un hombre, la de atrás una mujer con un pantalón de cuero que le quedaba muy
ajustado. Bajaron de la moto. Se sacaron el casco. Se acercaban a mí. Salían en
realidad, por la salida de Esmeralda. Era él. Era él con una chica a la que
agarraba de la mano. Me miró, levantó su brazo y asintió con la cabeza. Me
estaba saludando como si fuésemos dos desconocidos, dos cuerpos intocables. No pude
levantar la mirada. Cuando salió, cuando salieron, quiero decir, por Esmeralda,
me asomé para verlo hasta que se desapareciera. Prendió un cigarrillo y dobló.
Se había terminado todo.
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