Puntadas
El señor Wildrow se miró de nuevo en el espejo de pie,
e hizo una mueca de fastidio. La misma mueca que pone al ver a sus vecinos
adolescentes, que se llaman punks. Estaba por dar el discurso más importante de
su vida, quizás, el único importante de su vida, y el pantalón le quedaba
demasiado corto. Era una situación sencillamente inexplicable. Más aún que el
origen del Universo; de ése podía hablar un rato largo. La situación era
inexplicable al estilo qué quieren las mujeres. Aunque echó mano a sus ciento
treinta puntos de cociente intelectual, no pudo esbozar ni una tibia hipótesis
de por qué le quedaba corto el pantalón del jacquet, si hacía diez años
mantenía su peso y, naturalmente, era imposible que hubiera crecido en altura a
su tercera edad. Hizo medio giro hacia la derecha, un giro entero hacia la
izquierda, y corroboró que, desde luego, de atrás le quedaba tan corto como de
adelante. Al menos, esto era coherente. Lo sobresaltó el golpe a su puerta.
-Señor Wildrow, el señor Rosemberg ya llegó y desea
verlo…
-Está bien, Claire, hágalo pasar, ya sabe lo que tiene que hacer.
Tras los saludos de rigor, afectuosos e intelectuales,
abrazos de un solo brazo, acompañados de una palmada en la espalda y de un chiste
irónico, los amigos salieron de la elegante residencia. Antes de que se
subieran al auto, en el que los esperaba el chofer, Claire, desde la entrada, saludó sin ser respondida, y detuvo su mirada en el pantalón gris claro de su empleador. Advirtió que estaba
bien planchado, pero que le quedaba demasiado corto.
Una vez en la explanada de la Universidad, el señor
Wildrow se lamentó de que, al subir los escalones, se distinguiera todavía más la
estrechez de su vestimenta. Y su acompañante, con su habitual sarcasmo, no le
permitió dudar sobre si se notaba o no el defecto, si debía o no avergonzarse,
cuando le preguntó: “¿Es probable que te hayan crecido las medias?”. El profesor
sintió una gota de ácido bajando por su columna. “Sí, ni me lo menciones, una
contrariedad, pero no interesa…”, le contestó, para parecer menos consternado
de lo que estaba.
Dentro del recinto, la eminencia de Física que
todos los presentes, unos cientos, esperaban escuchar con ansias, dejó de
repasar mentalmente sus enunciados. Ni siquiera reflexionaba ya en la materia,
ni en el motivo de la solemne ceremonia. Tampoco trataba de adivinar con qué
colegas extranjeros se cruzaría, ni en cuáles periódicos saldría retratado.
Sólo pensaba en su pantalón corto. Y al acercarse al escenario, clavó su mirada en el transparente atril. Se había esperanzado con que fuera uno ancho, de madera maciza, como eran casi todos los muebles que tenía en su casa.
El discurso le salió en piloto automático. Desgranó su
teoría correctamente porque, de tantas veces estudiada, no podría olvidarla ni
estando muerto. Pero su disertación no fue bendecida por la elocuencia, y no
pudo disfrutarla como había planeado. Durante la hora que le llevó pronunciar
las palabras, se robotizó y, al recibir los aplausos finales, sonrió
rectangular, como si alguien lo hubiera apuntado por la espalda para hacerlo. Es
que su estrado terminaba en un pie delgado, y había dejado expuestas sus botamangas,
cortísimas, tanto de adelante, como de atrás, como de costado, para que hasta
los alumnos del pullman pudieran apreciarlas. Tras la presentación, el
comentario generalizado fue que estaría bueno volver a escucharla en el video,
para entenderla mejor, porque el tema era complejo. Sólo excusas. A la mayoría
le había costado mucho concentrarse en las ideas de un individuo que, aunque
respetable, llevaba el pantalón así de corto.
El señor Wildrow regresó a su domicilio cabizbajo. Y
Claire lo recibió con compasión y con un té con miel, a la temperatura ideal,
como él le había enseñado en reiteradas oportunidades. Cuando se retiró a la
cocina, mientras caminaba en la penumbra del pasillo, con las manos tomadas
hacia atrás, se le escapó una sonrisa de satisfacción. “¿Así que las mujeres
sólo servimos para limpiar y chusmear? Ja. No, profesor, también sabemos
vengarnos….”.
María Silvana Méndez
2013
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