Es Enero y
pienso que quiero apagar las chicharras. Del barrio de Saavedra al menos las
quiero apagar. Hace calor, son los primeros días del año, no hay nada ni nadie
en ningún lado y a mí me mandan especialmente a un lugar donde hay mucha. ¿Para
qué? Parece que la gente no tolera estar
sola. Y además creo que mi mamá todavía no sabe que la gente no me gusta y
menos los chicos de mi edad. Menos lo debe saber David, su nuevo novio que es
el que más insiste para que me manden a la colonia. Dice que ahí puedo conocer
chicas y que además qué más lindo que una pileta con éste calor. No entiende
que la pileta no está fresca, que no me interesan las chicas y que yo también quiero quedarme en casa con el
aire acondicionado. Pero no le puedo decir nada. Lamentablemente soy
estúpidamente educado.
Desde que
papá murió, mamá cambió. Y también yo. Ella es el recuerdo más próximo que
tengo de papá y yo el del ella. Entonces nos alejamos mucho, es más fácil y
preferimos evitarnos a tener el mínimo contacto. Hace algunos años mamá empezó
a salir con David. David es empresario, trabaja con traje y todo el día. Mamá
es maestra en la escuela a la que yo voy, motivo de bromas y chistes durante
todo el año. Por eso también me dice que en la colonia voy a hacer nuevos y
buenos amigos. Pero la verdad es que los chicos de la colonia son los mismos,
la gente de barrio siempre es la
misma. Es cierto que por lo general está la prima de, o la hermana de, pero pocos son los nuevos y buenos.
Escribir,
que es lo que hago ahora, es lo que me gusta, es el recuerdo de lo nuevo y no
siempre de lo bueno. Mamá me prepara la vianda y David me lleva en su auto.
Fuma David, escucha Aspen Classic David y usa un perfume muy fuerte David. La
buscamos a Martina que vive a tres cuadras de mi casa y seguimos. Ninguno hablo
durante el viaje. Martina y yo nos bajamos en el club y él saluda
eufóricamente.
Después del
vestuario y del protector solar, vamos a la pileta. Una pileta calma y
olímpica. Una pileta a la que solo invadimos diez o doce niños. Una pileta a la
que le sobra agua, una pileta de distintos colores y donde, a veces, me siento
libre. Nadamos crol, pecho y de tanto en tanto espalda. Practicamos patada y
brazada. A veces usamos las patas de rana para ir más rápido. No me divierto
pero hay algo del agua que me gusta, que me conecta con la panza de mi mamá.
Vuelvo a mi
casa con la mamá de Martina, hacemos “pool”. Pool significa que un día volvemos
con un padre y otro día con otro. Se turnan entre ellos, creo que hay días
asignados. Se llama “pool” por pileta en inglés.
Martina es
tímida y callada, pero nos entendemos muy bien, así, en silencio. La mamá de
Martina tarda en llegar al club, así que la esperamos tomando una chocolatada
envasada, y yo mientras, le leo mis cuentos. Martina es la única que me escucha
leer. Digo, que escucha lo que escribo.
Hacen 37º y
yo le cuento uno sobre dos chicos que se escapan juntos a conocer el país.
Martina está muy quemada por el sol porque la mamá le mandó un protector que
estaba vencido. Cuando termino de contar la historia Martina me dice que somos
nosotros.
-¿Quiénes?
Le pregunto
-Los de la
historia de recién, dale, seamos nosotros.
Entiendo que
Martina quiere decirme que quiere que nos escapemos juntos. La idea nunca me
había parecido cercana, pero ahora la pienso posible y empezamos a pensar en la
fuga.
Durante los
próximos días planeamos estratégicamente todo. Hacemos una carta hacia la mamá
de Martina para que nos busque más tarde y firmamos por la profesora. Yo le
pido a David que me lleve antes a la colonia para desayunar con mis compañeros.
Así Martina y yo tenemos más tiempo. Necesitamos eso, mucho tiempo en poco.
Luego de dos
semanas tenemos casi todo armado. Martina se encargó de los pasajes,
falsificando una autorización para viajar solos desde Retiro. Nos vamos a un
lugar que se llama “El árbol solo”. Creo que queda en el sur, o en el norte. No
sé, lo elegimos porque el nombre nos pareció divertido. Yo me hice cargo de
conseguir el dinero suficiente para nuestros primeros destinos. Saqué algo de
mi casa, otro poco de lo de la abuela y vendí los juegos de la Play a mis
compañeros.
Finalmente
llegó el día. Salgo de casa a las 4 de la madrugada y la busco. Martina está
más linda que nunca. Nos tomamos un colectivo que ella dice que nos deja exactamente
en Retiro, que lo averiguó. Tiene una guía a la que no le saca la vista durante todo el viaje. Llegamos con media hora
de anticipación, nos tomamos una chocolatada. A las 5:45 subimos al micro. Ya salió el sol. Martina se siente y
prueba el asiento, lo acuesta y lo sienta de nuevo. Me pide que le cuente un
cuento. Saco mi cuaderno y empiezo. Pero en ése momento Martina pega un grito.
-¡No!
-¿Qué pasa?
-Me olvidé
del protector solar. Dice ella
- No
importa. Le digo yo. -El sol nunca pega como en Buenos Aires.
Martina
sonríe, apoya su cabeza sobre mi hombro y descansa.
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