jueves, 23 de mayo de 2013

Pileta Libre


Es Enero y pienso que quiero apagar las chicharras. Del barrio de Saavedra al menos las quiero apagar. Hace calor, son los primeros días del año, no hay nada ni nadie en ningún lado y a mí me mandan especialmente a un lugar donde hay mucha. ¿Para qué?  Parece que la gente no tolera estar sola. Y además creo que mi mamá todavía no sabe que la gente no me gusta y menos los chicos de mi edad. Menos lo debe saber David, su nuevo novio que es el que más insiste para que me manden a la colonia. Dice que ahí puedo conocer chicas y que además qué más lindo que una pileta con éste calor. No entiende que la pileta no está fresca, que no me interesan las chicas y que yo también quiero quedarme en casa con el aire acondicionado. Pero no le puedo decir nada. Lamentablemente soy estúpidamente educado.

Desde que papá murió, mamá cambió. Y también yo. Ella es el recuerdo más próximo que tengo de papá y yo el del ella. Entonces nos alejamos mucho, es más fácil y preferimos evitarnos a tener el mínimo contacto. Hace algunos años mamá empezó a salir con David. David es empresario, trabaja con traje y todo el día. Mamá es maestra en la escuela a la que yo voy, motivo de bromas y chistes durante todo el año. Por eso también me dice que en la colonia voy a hacer nuevos y buenos amigos. Pero la verdad es que los chicos de la colonia son los mismos, la gente de barrio siempre es la misma. Es cierto que por lo general está la prima de, o la hermana de, pero  pocos son los nuevos y buenos.

Escribir, que es lo que hago ahora, es lo que me gusta, es el recuerdo de lo nuevo y no siempre de lo bueno. Mamá me prepara la vianda y David me lleva en su auto. Fuma David, escucha Aspen Classic David y usa un perfume muy fuerte David. La buscamos a Martina que vive a tres cuadras de mi casa y seguimos. Ninguno hablo durante el viaje. Martina y yo nos bajamos en el club y él saluda eufóricamente.

Después del vestuario y del protector solar, vamos a la pileta. Una pileta calma y olímpica. Una pileta a la que solo invadimos diez o doce niños. Una pileta a la que le sobra agua, una pileta de distintos colores y donde, a veces, me siento libre. Nadamos crol, pecho y de tanto en tanto espalda. Practicamos patada y brazada. A veces usamos las patas de rana para ir más rápido. No me divierto pero hay algo del agua que me gusta, que me conecta con la panza de mi mamá.

Vuelvo a mi casa con la mamá de Martina, hacemos “pool”. Pool significa que un día volvemos con un padre y otro día con otro. Se turnan entre ellos, creo que hay días asignados. Se llama “pool” por pileta en inglés.

Martina es tímida y callada, pero nos entendemos muy bien, así, en silencio. La mamá de Martina tarda en llegar al club, así que la esperamos tomando una chocolatada envasada, y yo mientras, le leo mis cuentos. Martina es la única que me escucha leer. Digo, que escucha lo que escribo.

Hacen 37º y yo le cuento uno sobre dos chicos que se escapan juntos a conocer el país. Martina está muy quemada por el sol porque la mamá le mandó un protector que estaba vencido. Cuando termino de contar la historia Martina me dice que somos nosotros.

-¿Quiénes? Le pregunto

-Los de la historia de recién, dale, seamos nosotros.

Entiendo que Martina quiere decirme que quiere que nos escapemos juntos. La idea nunca me había parecido cercana, pero ahora la pienso posible y empezamos a pensar en la fuga.

Durante los próximos días planeamos estratégicamente todo. Hacemos una carta hacia la mamá de Martina para que nos busque más tarde y firmamos por la profesora. Yo le pido a David que me lleve antes a la colonia para desayunar con mis compañeros. Así Martina y yo tenemos más tiempo. Necesitamos eso, mucho tiempo en poco.

Luego de dos semanas tenemos casi todo armado. Martina se encargó de los pasajes, falsificando una autorización para viajar solos desde Retiro. Nos vamos a un lugar que se llama “El árbol solo”. Creo que queda en el sur, o en el norte. No sé, lo elegimos porque el nombre nos pareció divertido. Yo me hice cargo de conseguir el dinero suficiente para nuestros primeros destinos. Saqué algo de mi casa, otro poco de lo de la abuela y vendí los juegos de la Play a mis compañeros.

Finalmente llegó el día. Salgo de casa a las 4 de la madrugada y la busco. Martina está más linda que nunca. Nos tomamos un colectivo que ella dice que nos deja exactamente en Retiro, que lo averiguó. Tiene una guía a la que no le saca la vista durante todo el viaje. Llegamos con media hora de anticipación, nos tomamos una chocolatada. A las 5:45 subimos al micro. Ya salió el sol. Martina se siente y prueba el asiento, lo acuesta y lo sienta de nuevo. Me pide que le cuente un cuento. Saco mi cuaderno y empiezo. Pero en ése momento Martina pega un grito.

-¡No!

-¿Qué pasa?

-Me olvidé del protector solar. Dice ella

- No importa. Le digo yo. -El sol nunca pega como en Buenos Aires.

Martina sonríe, apoya su cabeza sobre mi hombro y descansa.

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