Es raro porque no puedo recordarme mirando el Zorro, es como si las imágenes de la serie estuvieran separadas del acto físico de verla, una especie de proyección fuera del tiempo. Intento verme en el living de la casa de mi infancia, sentado en el sillón frente a la tele en blanco y negro que duró hasta la adolescencia, y se me arman escenarios borrosos, una mezcla de los lugares en los que viví, de los aparatos de televisión que vinieron después. Digo que es raro porque otras cosas se me aparecen con mucha nitidez. Por ejemplo, todavía puedo sentir en la mano la aspereza de la madera con la que hacía de espada, unos palitos que usaba mi viejo para prender el fuego, el olor de la capa de un plástico medio berreta, con la zeta blanca pegada en la espalda. Y la humedad del galponcito del fondo, sobre todo la humedad del galponcito del fondo.
Fue un día después de volver de la escuela. Salí al patio vestido del Zorro y cuando iba a buscar la espada escuché que Jimena me llamaba desde la terraza del PH que daba al fondo de casa. No íbamos al mismo grado pero a veces nos veíamos en los recreos del colegio y nos saludábamos desde lejos. Me dio vergüenza que me viera así y corrí a esconderme en el galpón. Siempre que recuerdo esa tarde pienso que, en algún punto, lo que uno es se decide en un momento crucial de la infancia, y con cierta piedad me veo asistir tan desarmado a esa batalla: agarro la espada, me acerco lleno de espanto a la puerta del galpón, me acomodo la capa. Entonces todo estaba ahí, en el aire: podía dar un salto y cagar a espadazos al limonero como hacía siempre que mamá no estaba, dedicarle el triunfo a Jimena que me saludaba desde la terraza como en el colegio. Amagué a salir un par de veces pero al final me quedé en el galpón, y es como si todavía no hubiera salido del todo. Habrán sido tres o cinco minutos. Jimena seguía llamándome. Yo me dejaba ganar por la humedad del galpón, sostenía cada vez con menos convicción la espada, y algo profundo de mi personalidad se iba cuajando, se configuraba para siempre mi relación con las mujeres. Cuando la voz de Jimena se apagó yo seguía disfrazado del Zorro pero ya me había convertido en Bernardo. Me quedé un rato más ahí, sentado en el piso, matando hormigas con la punta de la espada. Salí con la capa arrugada en la mano y la impresión de que me habían cruzado la frente con una zeta gigante.
Fue un día después de volver de la escuela. Salí al patio vestido del Zorro y cuando iba a buscar la espada escuché que Jimena me llamaba desde la terraza del PH que daba al fondo de casa. No íbamos al mismo grado pero a veces nos veíamos en los recreos del colegio y nos saludábamos desde lejos. Me dio vergüenza que me viera así y corrí a esconderme en el galpón. Siempre que recuerdo esa tarde pienso que, en algún punto, lo que uno es se decide en un momento crucial de la infancia, y con cierta piedad me veo asistir tan desarmado a esa batalla: agarro la espada, me acerco lleno de espanto a la puerta del galpón, me acomodo la capa. Entonces todo estaba ahí, en el aire: podía dar un salto y cagar a espadazos al limonero como hacía siempre que mamá no estaba, dedicarle el triunfo a Jimena que me saludaba desde la terraza como en el colegio. Amagué a salir un par de veces pero al final me quedé en el galpón, y es como si todavía no hubiera salido del todo. Habrán sido tres o cinco minutos. Jimena seguía llamándome. Yo me dejaba ganar por la humedad del galpón, sostenía cada vez con menos convicción la espada, y algo profundo de mi personalidad se iba cuajando, se configuraba para siempre mi relación con las mujeres. Cuando la voz de Jimena se apagó yo seguía disfrazado del Zorro pero ya me había convertido en Bernardo. Me quedé un rato más ahí, sentado en el piso, matando hormigas con la punta de la espada. Salí con la capa arrugada en la mano y la impresión de que me habían cruzado la frente con una zeta gigante.
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