Corría el mes de abril. Los destrozos del último huracán
habían bajado los precios de Miami hasta un piso no visto desde la década del
60, en ocasión de la crisis de misiles entre Kruschev y aquel “irlandés”.
Siempre que viajaba a ese punto del Caribe, se hospedaba en el Raleigh. No
sabía si el art deco le gustaba más que las mujeres, por eso se empecinaba en perseguir mujeres en la pileta de su hotel favorito.
Miró de reojo la
piel de naranja de su old fashioned, que se movía lentamente de izquierda a
derecha, sin poder completar una vuelta entera. Los hielos duraban poco en ése
vaso y en ése abril; los mozos ya no eran negros, pero insistían de la misma
manera en el servicio permanente.No recordaba (y cabe aclarar que mientras más años se
tienen, menos se recuerda) haber vacilado tanto antes de ubicar en el podio a
semejante piel. Morena, firme, brillante, con un imaginario aroma a olivas
toscanas que la convertía en el mejor de los deseos. El sol de las dos de la
tarde le pegaba al agua de la pileta en un ángulo tal que ella quedaba como
decapitada, separada de la perfección indecible de su cuerpo exultante. Podría haber hablado sueco, ruso o inglés.
Podría incluso haber hablado alemán que ello no la hubiese afeado.
Comenzó a palpitar un acercamiento. La veía carísima y amable; se la imaginaba con algunos pruritos antes de aceptar una invitación, acaso solamente de una copa. Olfateaba que esos dedos dejarían estela por donde se movieran; ardía por probar una y otra vez las resistencias corporales de esa hembra. El viento moviendole el pelo lo habría enamorado para siempre, pero afortunadamente estaba en Miami. Sintió un tirón en la entrepierna y bajó la mirada para comprobar que todo estuviera allí.
Pensó, inesperadamente, en todas esas putas que había
contratado. Pensó en aquella ninfómana bengalí, que dejaba propina a los
clientes que “realmente la penetraban bien”. Pensó en aquella madre
nicaragüense tan bonita y tan desesperada, que cayó en la prostitución por
apenas 12 dólares. Pensó incluso en su propia madre, que había fregado pisos
por bastante menos dinero. Pensó en sus dos hijas, a las que apenas si sabía
invitar a cenar. Pensó en su hermana, tan puta y sin futuro. Pensó que casarse con su mujer fue de las pocas cosas que no se arrepentiría en ésta vida, que para él siempre había sido sólo de pecado. Pensó que se tomaría otro old fashioned cuando todo aquello hubiese terminado, y que en el mundo que él imaginaba para su descendencia, no podían faltar las putas. Juntó un billete de 20 dólares entre sus dedos mayor e índice y le hizo una seña al mozo.
-¿Qué cotiza la puta esa de la piscina? - le dijo a uno que probablemente sería cubano o portorriqueño, en español neutro.
- Señor, aquí no hay putas - le contestó el mozo, algo turbado por la pregunta.
- Muchacho, a tu edad yo ya conocía la verdad de éste mundo: que las putas las hay en todos lados - y le dio los 20 dólares de todos modos, porque ésos estaban perdidos cuando salieron del bolsillo, antes de tocar la mano del destinatario.
Apuró el trago y se incorporó. Con un ademán que imaginó opulento, acomodó su miembro a la derecha del cierre del pantalón. Comenzó a dibujar su sombra sobre el blanco de las baldozas del patio del Raleigh, y luego la perdió al llegar las oscuras. Sorteó con tranquilidad lo que parecía una barrera infranqueable de reposeras hasta llegar a esa morocha de ensueño. Acarició con sabiduría los contornos de su barriga. No hizo nada por disimularla; no contuvo el aire, no usaba ropa blanca. Se agachó para susurrarle algo al oído a ella, que parecía tan de otro planeta. Vio su rostro reflejarse en el agua y se sintió joven y con fuerzas, y no volvió a recordar a sus hijas.
- Dos mil dólares por lo que queda de la tarde, y otros dos mil dólares si te quedas a la noche - le dijo con seguridad y con poder de cancelación; lo dijo olfateando ese aroma inconfundible de la tinta que usa el departamento del tesoro norteamericano.
La chica hablaba español, por supuesto, aunque a Nicolás poco le importara. Ni siquiera levantó la mirada para contestarle. Meneó la cabeza, jugueteó un poco con el agua entre los dedos, y salpicó otro poco hacia atrás para darle entereza a lo que pensaba soltarle a aquel atrevido.
- No follo abuelos - le soltó con la tranquilidad de las lindas, de esas que saben pueden decir las cosas más idiotas sin poner en juego su futuro en ningún momento.
Nicolás sonrió. No las llamaba decepciones, si no "oportunidades de mercado". Recordó, porque de alguna manera tenía una deuda con aquello, una novela de Pierre Rey, que era más una crítica al análisis que el relato del análisis propio en sí, y donde el parisino había arrojado una idea brillante que a él se le había hecho carne en más de una oportunidad. El francés, analizante de Lacan por más de una década, entendió lo que muchos hemos sufrido sin poder verbalizar: el sentido de la creación es algo que se ubica en los 15 o 20 centímetros que separan el culo de una mujer de la mano de un hombre. Si ese ademán es exitoso, si esa mano aprieta ese culo gentil y turgente, se sucede una noche irrefrenable de sexo y placer; puro goce, en palabras de analistas. Pero allí no hay creación. El goce impide que fermente ese huésped indeseado del delirio. Sin embargo, si la intentona falla, entonces sí, el hombre, derrotado, cercenado en la posibilidad del goce, vuelve solo a su casa, esculpe el David, pinta la Gioconda, escribe Romeo y Julieta y levanta el Kavannagh.
Nicolás no quería volver a la fotografía; esos tiempos habían sido hermosos para él, pero ya estaban muertos. Como muy probablemente lo estaría él en breve. Se incorporó de manera lenta y no volvió a mirar aquella escultura de mujer. Volvió sobre sus pasos en el patio del Raleigh, dejó algunos dólares sobre su mesa frente al vaso que no terminó, y encaró hacia la puerta de entrada. Eran casi las 8 de la noche. Seguramente las putas de Ocean Drive estarían llegando en esos momentos a sus puestos de trabajo, y él quería ver todas las posibles al momento de volver a elegir.
Lucas Regolo.
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